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septiembre, 1997:

Algunas noticias nuevas sobre Sopetrán

Sopetrán, lo dije hace poco, está renaciendo de sus seculares ruinas. Es este un tema que debe alegrar, y ocupar mucho más espacio del que está teniendo en la prensa, a las gentes que pueblan Guadalajara y les interesa las cosas que pasan en su cifra y en su raíz.

Que un lugar con más de trece siglos a sus espaldas, en el que han pasado cosas milagrosas, históricas, legendarias, fantásticas, adorables y aborrecibles, tenga de nuevo voz propia, tenga latido, y ponga su nombre añadido a la red de realidades provinciales, es algo que no ocurre todos los días. Cuando tantas cosas se inventan, tantas «tradiciones» de cuatro años reclaman el protagonismo, llega Sopetrán y pone encima de la mesa su historia larga y suculenta, su voz de sosiego y cultura, su promesa de futuro razonable, de ese que afecta a las almas y a cuantos son conscientes de tenerlas.

Recuerdo que hace pocos meses, cuando estuve unos días en el monasterio también benedictino de Leyre, en el Pirineo navarro, sus frailes me comentaban que el renacimiento de aquella gran abadía se había hecho todo con el dinero público del gobierno autónomo de Navarra (durante los años de mandato socialista, fundamentalmente) porque los políticos de aquella región norteña pensaron que Leyre conformaba una de las esencias ciertas de la historia de Navarra. Y ayudar al monasterio, a los monjes de su comunidad, y a cuantos querían ver Leyre de nuevo alzado y vivo, era ayudar a que Navarra tuviera más firmes y visibles sus raíces históricas.

Sin complejos se llega muy lejos. Con complejos, evidentemente, aparte de sufrir mucho, no se llega a ninguna parte. La restauración que se plantea de Sopetrán, va a requerir que se dejen a un lado muchos complejos. Ayudar a que renazca un monasterio benedictino, un lugar en el que visigodos, árabes, cristianos, monjes, guerreros, aristócratas mendocinos, simples aldeanos y sacrílegos pusieron su huella durante más de mil años será una tarea que, si se hace con el espíritu abierto con el que estamos llamando a Europa, tendrá muy buenas consecuencias. Ojalá que esto arranque pronto, y la utopía que ya está planteada en Sopetrán sea un día realidad jugosa.

Un escudo de Sopetrán

Gracias a las búsquedas que los monjes de Sopetrán (Miguel Antonio y Juan Carlos) están haciendo por archivos documentales y memorias humanas, me ha llegado la noticia de la existencia del escudo heráldico del monasterio. Sopetrán formó parte, desde que en el siglo XV se procedió a la reforma de las órdenes religiosas, de la Congregación de San Benito de Valladolid. En el gran monasterio negro de la capital castellana, se reunían todos los años los abades de los más importantes monasterios españoles, y allí decidían sus asuntos más trascendentales. Casi nada queda hoy de aquel gran cenobio. Tras la Desamortización de Mendizábal, en 1835, y gracias al celo liberal y militaroide del general Zariategui, San Benito de Valladolid se convirtió en cuartel, sus claustros en lugares de instrucción, y sus salas capitulares en almacenes y cuadras. En la iglesia, a la que dotó Berruguete de un supremo retablo, había también una gran sillería de coro, tallada en madera, que hacia 1522 comenzó a construir Andrés de Nájera ayudado de gentes como Juan de Castro, Ortega de Córdoba, Francisco de San Gil, Guillén de Holanda, y otros. Cuando se reunían en Valladolid los abades de todos los monasterios de la Congregación, ocupaban estos las sillas del coro alto, en las que se pusieron, como remate de cada una de ellas, los escudos de las respectivas abadías. En 1529 acudieron representantes de 40 monasterios hispanos. Entre ellos, en el sitial número 10 del lado de la epístola, se sentaba el abad de Sopetrán. En el remate de la silla, una cartela decía «Domina Nostra de Sopetrán» y tallado en madera, policromado, aparecía el escudo que reproduzco junto a estas líneas, en dibujo tomado de una fotografía antigua.

Además, sabemos que existían en San Benito la Sala Capitular para recibir las reuniones de los abades de la Congregación. De esa sala, dedicada en el siglo pasado a cuadra, solo quedan los planos en el Archivo Histórico Nacional. Y en ellos se constata que también un lugar estaba asignado al abad de Sopetrán, pues junto a su advocación (Sopetran = Joannes Papa) aparece la reseña de su espacio y escudo.

El escudo, tallado a mediados del siglo XVI, timbrado de corona real abierta, ofrece un complicado campo en el que un cuartelado al centro ofrece alternando tres fajas con cinco roeles, y en la bordura, de amplios espacios, se van alternando los castillos y los leones propios de la monarquía. Quizás fuese un escudo de linaje, correspondiente al del abad titular en el momento de la talla. El hecho es que está bien constatado de que como escudo del monasterio benedictino de Sopetrán existió este escudo en Valladolid, y por ello lo traemos.

El claustro de Sopetrán

A quien llega, viajero curioso, hasta Sopetrán hoy, le invade una sensación de pequeñez y armonía cuando le llega la visión de las ruinas de su claustro. Es un espacio grandioso, completo en sus muros a excepción del costado oriental. Dos niveles de arquerías se levantan, con arcos semicirculares y pilares a los que se adosan medias columnas que sujetan entablamentos lisos. Todo ello en un limpio estilo herreriano, al que Muñoz Jiménez, el estudioso de nuestra arquitectura clásica, denomina manierista clasicista herreriano. El orden toscano de sus capiteles le da mayor sentido de elegancia y pureza.

No sabemos a ciencia cierta quien diseñara y construyera este claustro monasterial de Sopetrán. Se comenzó en 1610, cuando fray Francisco Ortiz actuaba como su abad (había sido monje de San Benito de Valladolid durante muchos años antes) y no se acabó hasta 1642.

Lo curioso es comprobar lo mucho que se parece al claustro mayor del monasterio vallisoletano. En este había, en sus buenos tiempos, cinco claustros. El mayor se construyó también en el siglo XVII. El llamado claustro procesional se comenzó a levantar tras la decisión del capítulo de la Congregación reunido en 1596, tras pedir ayuda al moribundo Felipe II. Se comenzó al año siguiente, con planos de Juan de Herrera, y actuó como maestro de obras Juan de Ribero Rada, uno de los principales seguidores del herrerianismo, traductor de Palladio y muy apegado al clasicismo italiano más solemne. Pongo junto a estas líneas fotografía del claustro procesional de San Benito de Valladolid, y del de Sopetrán, para que el lector juzgue si se parecen. Es tanto su parecido, que no sería excesivo aventurar que reconocen ambos la misma mano tracista. Aunque desde lejos, desde Valladolid mismo, ¿no habría podido ser el cántabro Juan de Ribero el autor del gran claustro alcarreño de Sopetrán? Una pregunta que dejo en el aire, pero que a falta de la confirmación documental bien valdría la pena tomar como premisa consistente para filiar esta gran obra.

En cualquier caso, un vistazo más sobre lo que hoy son ruinas (pero temblorosas ya, renacientes) de Sopetrán, y una voz en favor de su restauración total, de su puesta en marcha como gran proyecto espiritual-turístico-cultural que se está planteando. Todas las ayudas para ello serán válidas.

Donceles y muertos que leen

 

La mirada que lee, y luego medita, tiene su cifra en el alabastro de la catedral de Sigüenza. Allí está, en la tamizada luz de la capilla de San Juan y Santa Catalina, la estatua yacente del caballero santiaguista Martín Vázquez de Arce, quien tras morir en una batalla de la guerra de Granada, en el verano de 1486, fue enterrado bajo un pétreo bloque que tallara ignoto artista, y que le dejó eternizado más que por su biografía, por su atenta postura de «muerto que lee». Como le llaman Doncel a este Martín Vázquez, y es sin duda el paradigma de cuantos esperan la resurrección en la postura atenta del reposo y la lectura, he querido traer aquí la memoria de otras estatuas que se le parecen, por si alguien con curiosidad gusta de saber que existen.

El Doncel de Malta

En el centro mismo del Mediterráneo, a una distancia similar de Gibraltar y de Estambul, a poco más de 200 kilómetros desde la costa africana, y a un centenar de kilómetros de Sicilia, se alza plana y suave, despejada de árboles y densa de historias la isla de Malta. Los caballeros de la Orden de Malta, extraídos durante varios siglos de lo más granado de la aristocracia europea, establecieron en esta isla un estado soberano, y pusieron su capital en un puerto natural de la costa norte, que aún hoy, como hace varios siglos, permanece a cubierto de cualquier ataque rodeado de altas murallas sobre el mar, albergando en su interior infinidad de palacios, iglesias y monumentales perspectivas propias de una ciudad que parece anclada en el siglo XVIII.

Dentro de su catedral de San Juan, un murmullo de historia recorre el pavimento, los abovedados cielos cuajados de pinturas, los muros sembrados de impresionantes túmulos de arrebatado barroquismo donde solemnes caballeros pregonan su constante afán por defender el ombligo del Mediterráneo frente al turco. El suelo de este templo está totalmente cubierto por cientos de grandes lápidas realizadas en taracea de mármoles de colores donde se pintan los escudos, las leyendas y aún retratos de los grandes maestres de Malta. Tras pasar las capillas de los castellanos, de los aragoneses y navarros, llegamos a la de la lengua de Francia.

Allí está, bello y pálido, el retrato yacente del príncipe Luís Carlos Aurelio. Es una estatua de mármol blanco que representa a un militar francés en vestimenta de principios del siglo XIX, acostado sobre su lado izquierdo, apoyando su cabeza de cerrados ojos durmientes sobre la mano izquierda, mientras la derecha, indolente, sostiene un pergamino en el que aparece, tallado, un plano. Tras de él, una talla en medio relieve que representa la virtud del muerto. En el mármol gris del sepulcro, aparecen estas frases en latín decadente:

PRINCIPI ILLUSTRISSIMO ET SERENISSIMO / LUDOVICO CAROLO AURELIANENSI, / COMITI DE BEAUJOLAIS / IN MELITA INSULA

QUO SE AD REFICIENDAM VALETUDINEM CONTULERANT, / ANNO DOMINI MDCCCVIII. / DIE MAII VIGESIMA NONA / DEPEXCTO / ET IN HAEC SANCTI JOANNIS AEDE.

* * *

INTER SUMMOS MILITENSIS ORDINIS MAGISTROS / CONSEPULTO / HOC MARMOR / PIAE RECORDATIONES MONIMENTUM / DICAVIT. / FRATER AMANTISSIMUS ET DILECTISSIMUS / LUDOVICUS PHILIPUS, FRANCORUM REX. / ANNO DOMINI MDCCCXLIII.

Esto es todo lo que sabemos de este magnífico y emocionante «Doncel de Malta». Hermano del rey Luís Felipe de Francia, murió el 29 de mayo de 1808, siendo allí mismo enterrado y construido luego el monumento y estatua a costa de su real hermano en 1843. Formaba parte este individuo del ejército francés puesto por Napoleón en 1798, cuando de paso hacia Egipto conquistó y se anexionó la isla de Malta, expulsando a sus maestres y caballeros. Aunque finalmente los ingleses se harían con el poder en la isla desde 1815 por el tratado de París, durante unos años se sucedieron las revueltas de los nativos contra los ocupantes franceses, muriendo en estas trifulcas el caballero hoy tallado en mármol. De su estatua sabemos que la talló Jacques Pradier (1794-1852), en 1843, y que la placa al estilo de Cánova que cubre su espaldar es de mano de Augustin-Félix Fortin (1736-1832). El arrebatado romanticismo de la estampa del «Doncel de Malta» no tiene comparación con la serenidad clasicista de la estatua de Martín Vázquez de Arce en Sigüenza. Pero la similitud de actitudes ante la vida, la sorpresa de la muerte en batalla, en plena juventud, y el aire de resignada espera que la dureza del mármol impregna a su actitud le hace familiar y querido.

El Doncel de Palermo

En la cripta de la Catedral de Palermo (Sicilia, Italia), bajo un arco apuntado nos aparece «el Doncel de Sicilia», un enterramiento medieval que contiene los restos de un misterioso caballero cruzado, Federico de Antioquía, muerto en 1305, y cuya estatua yacente luce encima, tallada por alguno de los miembros de la familia/escuela de los Gagini. Se trata de un individuo un tanto hierático en su aspecto, revestido de armadura metálica, las piernas cruzadas por haber muerto, sin duda, en batalla contra los moros, y a los pies depositado su yelmo o celada. Apoya el cuerpo sobre su costado izquierdo, y reposa su cabeza sobre la mano de ese lado, cuyo codo descansa a su vez en un manojo de almohadones. Con la mano derecha mantiene abierto un libro que se apoya en su cadera, y que, si antes lo estuvo leyendo, ahora le ha entrado el sueño y sólo lo señala, abierto, y lo muestra al visitante. El no lee, ni medita, como el seguntino Martín Vázquez. El caballero mediterráneo Federico de Antioquía está, resueltamente, dormido. La lápida que en un primitivo gótico ofrece la escena de la Anunciación y los escudos del caballero, nos dice algo sobre su condición de magnífico guerrero («miles magnifico») y hermano del arzobispo de Palermo don Olegario.

El interés de esta estatua radica en la demostración que efectúa  de que la corriente de tallar estatuas funerarias con un sentido especial que sobrelleva la simple pérdida de la vida, y representar caballeros, luchadores, en actitud de descanso o dormición, mientras exhiben papeles y libros que demuestran su afición a las letras, es algo de muy antigua y prolongada tradición en las tierras del Mediterráneo. Si líneas más arriba hemos visto el que pudiera considerarse último eslabón de esta cadena (el «Doncel de Malta» como hemos llamado a la estatua yacente del vizconde de Beaujolais), esta de Palermo se pondría sin discusión al comienzo de la cadena: este Federico de Antioquía es el caballero yacente, meditabundo y lector más antiguo de toda la Mediterranía.

En España la tradición es amplia, llena de excelentes figuras entre las que, sin discusión destaca la de don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza. Aunque con muchas razones sospechamos fue tallado en Guadalajara, en el taller de Sebastián de Almonacid, la tradición sigue queriendo que fuera de la mano de algún italiano, de Sansovino, por ejemplo, que en aquellos años anduvo la Península, y que tenía ya por entonces, en los finales años del siglo XV, la gloria de haber tallado en la iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, las estatuas sepulcrales del cardenal Girolamo Rosso y la de Ascanio Sforza, sin duda claros antecedentes del Doncel, pero también, con menos duda aún, clarísimos herederos de este Doncel siciliano que, un tanto primitivo, inicia un camino muy utilizado en los países mediterráneos.

Y otros Donceles españoles

En España no puede dejar de admirarse la rica factura del sepulcro de Antonio del Corro, en la iglesia parroquial de San Vicente de la Barquera, en Cantabria. El ilustre inquisidor vio su figura tallada por Juan Bautista Vázquez el Viejo, quien aprendió este escorzo en Italia, cuando allí viajó a formarse. Después del Doncel seguntino, el cántabro es el mejor de la Península. Contemporáneo suyo, además. Pero si alguien quiere empaparse de Donceles españoles, puede hacerlo con una «tournée» no excesiva. Puede ir al monasterio de Montserrat y ver el enterramiento de Bernardo de Vilamarí, o a la iglesia parroquial de Bellpuig y admirar el soberbio conjunto en el que descansa, dormido y apoyado sobre su mano, el caballero Ramón Folch de Cardona. También en Salamanca hay más de un ejemplo: en la iglesia de San Martín está la estatua semiyacente de Roberto de Santiesteban (que como Corro y Martín Vázquez está con los ojos abiertos, leyendo o meditando), en la iglesia de San Martín descansa Rodrigo de Maldonado, y en la catedral nueva está Francisco Sánchez de Palenzuela. El segundo de ellos lee un libro, aunque tiene su mano en la sien, en una postura un tanto forzada. También en Guadalajara hay dos magníficos ejemplos de yacentes incorporados: son hombre y mujer, y proceden sin duda del mismo taller que tallara al Doncel seguntino. En la iglesia de San Ginés, hoy muy destrozados desde la Guerra Civil, están los bultos en mármol de Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, y de su esposa Elvira de Quiñones: despiertos, incorporados, lectores de sendos libros, lloran su muerte sendos pajecillos dolientes puestos a sus pies.

Son todos ellos claros ejemplos de ese arquetipo que podríamos denominar «el muerto que lee», y que aparece si cesar en la ruta monumental de la Europa mediterránea. El de la oscura cripta de la catedral de Palermo es, sin duda, el más antiguo de todos los hasta ahora conocidos, y bien pudiera tenérsele por el antecedente más venerable del Doncel. Pero seguro que la imagen deriva de anteriores modelos, y sin forzar mucho, cualquier especialista en la Antigüedad clásica nos entregaría algún ejemplo pretérito. Es, en cualquier caso, un motivo muy atrayente para seguir viajando por el ámbito mediterráneo.

Guadalajara, ciudad de estatuas

 

Tiene Guadalajara alguna que otra estatua repartida por sus calles, por sus plazas, por algunos recónditos lugares en los que la vista de visitantes y residentes no suele detenerse más allá de unos segundos. Pocas, en realidad, y muy politizadas. Porque si uno se pone a echar la cuenta, a recolectar en la memoria las estatuas que Guadalajara tiene dispersas por su espacio urbano, se dará cuenta de que abundan con mucho las dedicadas a políticos. Para empezar, la más conocida, que está en la Mariblanca como arropada de los pinos, se dedicó a comienzos de este siglo a don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, por haber sido un buen ministro de Instrucción Pública y haber puesto en nómina a los maestros. Pero don Álvaro, no lo olvidemos, fue también presidente del Consejo de Ministros, alcalde de Madrid, presidente del Partido Liberal,  y muchas otras cosas en la política de comienzos de este siglo.

Siguen luego las estatuas a Francisco Franco, el general que gobernó España durante cuarenta años, y al ideólogo y presidente del partido de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. Se añade, todavía en la Concordia, la que en busto recuerda a don Francisco de Paula Barrera, que además de periodista fue alcalde de la ciudad. Y en el mismo entorno la dedicada al general Pedro Vives, creador en Guadalajara del Arma de la Aviación Militar Española.

Otras representaciones, en bronce y en piedra, recuerdan a personajes que algo, o mucho, tuvieron que ver con Guadalajara. Desde una perspectiva social y cultural, nos encontramos la que en el ángulo de la Residencia de Ancianos está elevada a la memoria de Santa María Teresa Jornet, catalana ella, fundadora de la comunidad de Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Las que en honor de un historiador (Francisco Layna Serrano, cronista provincial) y un poeta (José Antonio Ochaíta, jadraqueño ilustre) se reparten por las recoletas plazas de Moreno y el Carmen. Y aun la enternecedora pareja (él sentado, ella acompañándole de pie) de la Tercera Edad está puesta junto a San Ginés. Dedicada al escolar, una preciosa talla en bronce, original de Jesús Campoamor, se encuentra en el vestíbulo del Colegio Río Tajo. Y una magnífica talla en bronce con el busto de Saleri II, inaugurada en 1990 ante la Plaza de Toros, hubo de ser retirada a los almacenes municipales ante el evidente riesgo de ser destrozada por la impune  agresividad que hacia todo lo que está en la calle, y se está quieto, ejercen algunos de nuestros vecinos.

Hay otros elementos que, como elementos escultóricos, pero sin personalidad concreta, se exhiben por los jardines: la Mariblanca y el guerrero con la bola en la mano que desde los verdes parterres de la Concordia despiertan nuestra curiosidad; y el Neptuno que en el Jardinillo se alimenta con el clamor del agua.

El gran conjunto arquitectónico-escultural que al inicio de la avenida del Ejército en su entronque con la Autovía de Aragón nos habla de la pasión geometrista de Francisco Sobrino es, quizás, el más moderno y elocuente de los programas visuales que nuestra Guadalajara tiene hoy en día.

No hablo ya de monumentos a los Ejércitos (el del Aire, con una hélice; el de la Marina, con un ancla, y el de la Guardia Civil, con su emblema minúsculo) puestos a lo largo de la Avenida del Ejército. Ni de las placas conmemorativas de personajes, algunas con hermosas tallas como la dedicada a Tomás Camarillo en la cuesta de Luís de Lucena, o la de Creeft en la rinconada de la calle Museo frente al antiguo Instituto). De placas cerámicas, tan frágiles, unas se mantienen porque están altas o escondidas (la de Vives en los muros del Archivo Militar, o la de Luís de Lucena en el patio delantero de la iglesia de la Piedad) pero otras fueron brutalmente destrozadas, como la que con un verso de Ochaíta al mismo Lucena se puso junto a su capilla en la cuesta de San Miguel. ¿Porqué ese odio de algunas gentes a lo hermoso, a lo delicado, a lo que adorna la vida ciudadana? Recientemente, fíjense quien no lo haya hecho aún, el Ayuntamiento ha tenido que retirar la magnífica colección de cerámicas de tema taurino realizadas por Bosch que adornaban los huecos bajos de la Plaza de Toros. Estaban comidas a pintadas, a golpes y a desprecio de los bárbaros.

Una esperanza y un ruego

Creo sinceramente que a la población arriacense le gustan las estatuas. No todos sus gobernantes están a favor de ellas. Lo han dicho públicamente. Pero no hay duda que una ciudad con estatuas es una ciudad hermosa. Vayan, si no, a Viena, y miren cómo tienen la ciudad. Toda cuajada de monumentos escultóricos a personajes y a cosas relativas a su historia. Sin ir tan lejos, vayan a Burgos, y vean los recuerdos de su Cid Campeador; vayan a Barcelona, y asómbrense de los homenajes a Miró, a Picasso, a los grandes músicos, escritores y personajes populares (¿quién no ha creído ver moverse a la señorita de la sombrilla en el Parque de la Ciudadela?). Vayan sin más, a Madrid, y miren las formas de Botero ante el Banco de España, o la lista de los Reyes Godos, en mármol vibrante, ante el Palacio Real.

Guadalajara debe crecer en estatuas. Tiene suficientes elementos en su densa historia [hechos y personajes, figuras populares e ideas] como para ponerlos en dura materia adornando el horizonte limitado de una plaza o un jardín. Recordar nuestra esencia, admirar más allá de la muerte y del centenario a quienes hicieron algo positivo por su ciudad, que es la nuestra. Dar al aire la voz y la memoria de lo que tuvo vida entre nosotros. Y así, por recordar alguno de los individuos, mitad real mitad fantasma, que forman parte honda de nuestra historia, saco a relucir de nuevo (lo fue, y con polémica también, a principios de siglo) la idea de hacer una estatua a Alvarfáñez de Minaya, conquistador de la ciudad a los moros. Se podría, al año siguiente, hacer una estatua recordando la figura del general al-Faray, el árabe que a mediados del siglo IX fundó la ciudad en que hoy vivimos (llamada entonces Madinat-al-Faray y luego «Wad-al-Hayara» por ser capital del «valle de los castillos» que forma el Henares. Y aun luego podría pensarse en poner el busto, que tendría que ser inventado en sus trazos, pero firme en la admiración, del judío Moisés ben Sem Tob de León, autor del «Libro del Esplendor», que vivió en esta Guadalajara del siglo XIII largos años de su vida. ¿No nos daría, esa trilogía de personajes, una imagen de ciudad abierta a todos los aires, de generosa alberguería de culturas y religiones como realmente hemos sido?

Una estatua al Cardenal Mendoza

Dejemos la teoría y vayamos a la práctica. En estos momentos, y después de los actos que hace un par de años se realizaron en conmemoración del quinto centenario de la muerte del gran Cardenal Mendoza, se está trabajando en el proyecto de levantar una estatua que rememore a esta figura, señera y única, de la historia de la ciudad. En ella nacido y muerto, a ella entregado siempre en dádivas y cariños, don Pedro González de Mendoza, gran Canciller del Reino de los Reyes Católicos, promotor de las artes y la cultura, merece más que nadie esa estatua. El Ayuntamiento guadalajareño convocó un concurso de ideas y proyectos para alzarla. Con él en la mano, con la maqueta de la estatua preparada, sólo falta ya el dinero para levantarla. Y el mejor matiz que ha tenido la idea, el de que sea hecha con el dinero de todos los ciudadanos, en colecta pública y amplísima, ya está en marcha. Todas las ofertas son útiles. Desde el más pequeño de los billetes actualmente en uso, hasta la millonaria cantidad que alguien quiera marcarse: contribuir todos con una cantidad simbólica, supondrá hacer más hermosa la ciudad, y hacerla con la masa de nuestra propia entraña. Una sociedad no puede, no debe ser hecha solamente por los políticos. La ciudadanía ha de cobrar su protagonismo siempre. En esto de las estatuas, también. No sólo poniendo su óbolo, pequeño, mediano o grande, sino dando ideas para llenar todos los rincones de la ciudad con estatuas. Que Guadalajara sea «la ciudad de las estatuas», como ya lo es (y con nuestro aplauso) «la ciudad de los cuentos», es algo que depende de todos y cada uno de nosotros.

Mondéjar, patria del vino alcarreño

 

Otras patrias tiene el vino alcarreño, y desde hace muchos siglos. Illana producía unos caldos que alegraban el corazón de los etéreos personajes del teatro de Lope de Vega. Y Sacedón cumplía con la tradición de hacer un vino consumado y alegre. Sin olvidar los caldos fraguados en las pequeñas bodegas de Trillo, de Gárgoles, de Horche y de Henche. Pero es hoy Mondéjar la que, con la razón que da el trabajo y la inteligente estrategia promocional, se ha colocado con sus caldos en la cabeza de la producción vitivinícola de Guadalajara. Y tras conseguir una Denominación de Origen para los vinos de su comarca, alcanza hoy viernes a inaugurar la decimocuarta edición de su «Feria del Vino».

Mondéjar está así alzada con el título que al inicio de estas líneas pongo. Frase lapidaria, como me lo van pareciendo todas las que no se limitan a llamar a las cosas por su nombre. Pero frase que sirve para decir a quienes pasen sus ojos por esta página, que la Alcarria tiene un producto sumado a la gloria de la miel. Y es el vino. Y que en Mondéjar se hace uno muy bueno, y que hoy se abre una gran Feria que lo viene a promocionar, un año más. Y eso nos alegra a todos.

Mondéjar en los blancos campos

Me han pedido que ponga mi palabra en la inauguración de esta Feria del Vino y Agroalimentaria que hoy se inaugura en Mondéjar. Hablar de la historia, del patrimonio, de los personajes que constituyen la esencia de la villa mondejana, más que un compromiso, es un emocionante pasatiempo. Porque entrar, una vez más, en el análisis y el recuerdo de los avatares de nuestros pueblos, en las líneas intrigantes de sus monumentos, en los azares de las vidas de sus gentes, se me hace siempre apasionante.

Mondéjar tiene un nombre curioso, del que a veces hemos discutido por su etimología. La palabra Mondéjar es de procedencia románica aunque presenta un indudable origen árabe. La raíz se refiere a «monte» y la desinencia puede referirse a «híjar», «téjer» o «tejar» que en definitiva viene a significar lugar pedregoso. Sería, pues, la definición de un monte de piedras o montículo cubierto de mineral deslabazado, como en realidad es. También podría referirse ese nombre, y aceptando esa etimología, a la posibilidad, no remota, de que en el momento de la repoblación encontraran allí los cristianos del norte un pequeño castillete o torreón, medio en ruinas, que les sirviera de patrón para dar nombre al lugar. Un nombre que late en los corazones todos de los mondejanos.

Su historia es larga, o ancha (según se mire) y desde luego nada aburrida. Incluido como lugar mínimo en la tierra de Almoguera, perteneció a la Orden de Calatrava durante el siglo XII, siguiendo las normas dictadas por la Corona de entregar a estas Ordenes militares de avanzadilla los territorios que todavía quedaban fronterizos con Al‑Andalus. Pero a mediados del siglo XIII encontramos nuevamente a Mondéjar, con la Tierra de Almoguera, en dependencia directa del Rey de Castilla, fuera ya del Señorío de los calatravos. Así permanecería en adelante, sujeta solamente a las leyes reales y reconociendo al monarca como único señor del territorio. El crecimiento de Mondéjar se inició en esos momentos, a mediados del siglo XIII. En 1285, el Rey Sancho IV concedió al concejo un privilegio por el que le permitía celebrar un mercado franco los jueves. Esto suponía que quienes ese día vendieran o compraran en Mondéjar estaban exentos de impuestos. Ello era una poderosa razón para estimular el comercio en ese lugar, y por tal razón Mondéjar inició en ese momento un rápido crecimiento. A ello se añadió poco después, la concesión real de una feria anual por San Andrés, también con exención de impuestos a quienes a ella fueran, lo que terminó de consagrar su importancia comarcal. La separación de Mondéjar del Común de Almoguera ocurrió también en 1285, cuando el mismo Sancho IV la segregó de la villa cabecera, y la entregó en señorío particular a su merino mayor, el noble caballero don Fernán Ruiz de Biedma. A partir de entonces, los señoríos de diversas familias castellanas fueron respetados por las gentes que pasaron sus vidas en el trabajo del campo, y en las artesanías propias de una vida autárquica.

A finales del siglo XV, los Reyes Católicos dieron el dominio de Mondéjar a Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, y desde entonces los alcarreños Mendoza señorearon este lugar, entregando para su mejora, su ornato y su grandeza muchos dineros transformados en edificios, obras de arte, fiestas y pólvora. Una suerte que no a todos los lugares de la Alcarria correspondió con la fuerza que a Mondéjar le cayó esta fortuna. Los señores, ya marqueses desde principios del siglo XVI, fueron además capitanes de la Alhambra y Reino de Granada, durante varias generaciones.

En mis paseares por Mondéjar, siempre me llamaron la atención varias cosas. Una es la plaza, tan recoleta y simpática, un tanto rota en su clásico perfil con el modernizante diseño de su edificio concejil. Terminará por hacerse también clásico.

Otra es el templo parroquial de Santa María Magdalena, un obrón de titanes, un lujo de estetas: el estilo renacentista en todo su esplendor ofrece grutescos, capiteles, columnas y chapiteles rebozados de escudos, estatuas y maravillas, a las que ha venido a sumarse, muy recientemente, el lujo de un gran retablo mayor hecho a imagen y semejanza del que tuvo durante siglos y fue quemado en 1936. Y al final de mis amores mondejanos, surge la ruina última, como perdida y olvidada en las afueras del pueblo, del antiguo convento franciscano de San Antonio. Una pieza aislada, triste entre las huertas, vallada para que no le sigan ensuciando los perfiles, que marca el inicio de un estilo artístico en España: el plateresco. Lo que queda de aquel antiguo monasterio, la fachada espléndida, es algo tan hermoso y crucial en la historia del arte español, que en 1923 fue declarado Monumento Nacional.

Son lugares, puntos de esta hermosa villa alcarreña, a la que una vez más volveré, para admirar sus calles y plazas, y departir con sus gentes amables, llenas de nobleza y amor al trabajo.

El vino de Mondéjar

Desde que hace un par de años se concedió a los vinos de la comarca de Mondéjar la Denominación de Origen, se ha tenido a este producto como algo emblemático de nuestra Alcarria. La verdad es que ya se producían, y muy buenos, en siglos pasados. Consta en la Relación que la villa mondejana envió a Felipe II en los finales años del siglo XVII, que la zona producía unos vinos «aloques» de gran sabor y extraordinaria calidad, apreciados incluso en la Corte (se supone que por personas de paladar entendido). Tras el desaguisado que la filoxera causó a comienzos de nuestro siglo en las viñas españolas, y especialmente en los últimos años, la estrategia empresarial de unos cuantos valientes ha hecho que los vinos mondejanos hayan escalado a cotas de progresiva calidad, estando hoy algunas de sus variedades en las listas de premiados de importantes certámenes. Un dato que viene a reconocer, finalmente, dos cosas: que el clima de la Baja Alcarria (sol, temperaturas suaves, terrenos adecuados) es muy bueno para el crecimiento de la uva, y que los empresarios con ideas y empeño son, a la postre, quienes hacen mover un pueblo. En Mondéjar, a la puerta de esta XIV Feria del Vino, esto queda muy evidente.