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Marchamalo camina de nuevo

 

Nuevamente Marchamalo se viste de fiesta (todos los años por mayo, por la Santa Cruz que viste con su pátina de oro el verdeante campo de la Campiña, como figura en su escudo de armas municipal) y vuelve a entregarnos su rítmico y habitual sonido de alegrías. Es este quizás un buen momento para entretenernos un momento a meditar, a saber de razones por las que la historia va por donde va, y quiere llegar a un objetivo que parece nuevo y que, sin embargo, es más antiguo que la orilla del río.

Y no voy a ser yo sólo quien diga razones y memorias. Me apoyaré, desde el inicio, en unas palabras sabias y justificativas, que pueden dar pie a estas líneas. Son de José Serrano Belinchón, ilustre vecino de esta página, y en ellas nos dice que Marchamalo es un pueblo antiguo, con una persona­lidad y una categoría propias y bien ganadas que jamás debió exponer en almoneda. Bien es verdad, y aunque sea en apretada gavilla de razones, pondremos aquí algunos retazos de su historia y algunas justificaciones que hacen de su memoria un granado anaquel de razones para esta nueva vida que ahora se avecina, que es y ha de ser vida propia.

La historia antañona

Desde hace muchos siglos existe Marchamalo, allanada su faz sobre la vega del Henares. Tanta es su veteranía, que ha habido quien supone que es esta villa la superviven­cia de la antigua Arriaca, la fundación ibera de Guadalajara, que tuvo asiento inicial en la margen derecha del Henares. Nada tendría de extraño, pues entre las dos orillas, sin duda la más cómoda y útil para el hombre ha sido de siempre la derecha, fértiles sus llanadas y abiertos sus horizontes.

Lo que sí está confirmado es su existencia en época romana, pues por allí pasaba la calzada que se dirigía a Zaragoza, y en su término se encontraron en años pasados diversos materiales arqueológicos de esa época. En un lugar que popularmente llaman El Tesoro, entre la villa y el río Henares, aparecieron a comienzos de siglo innumerables fragmentos de cerámica antigua, incluso piezas completas de uso diario y ollas de incineración. Modernamente, hace pocos años, un investigador (Abascal Palazón) analizó todo aquello, y convino en que eran pruebas irrefutables de que en aquel lugar, pocos metros cuesta abajo de donde ahora asienta Marchamalo, existió un gran poblado de la época hispano-romana.

La Toponimia

Siempre con población, más o menos de asiento definitivo, anduvo Marchamalo donde hoy está. Su nombre, según el decir de los eruditos en toponimia (el principal, Ranz Yubero) alude a un sentido de lugar fronterizo, de espacio donde una tierra termina y otra comienza. Es, sin duda, de origen árabe, pues los vocablos «marcha», «marach» o «marchamo» derivan del árabe «marsam» que significa señal, ó marca. Ha habido (Epalza) quien ha querido dar a Marchamalo el significado de prado hermoso, derivado su nombre de «march-chamal» que eso significaría en árabe. Lo que parece estar claro es que este pueblo tuvo su existencia, y su importan­cia, ya en la época del predominio político de los musulmanes en España. Lo cual no es de ayer la cosa…

Tras la reconquista, se unió al alfoz o Común de Guadalajara, y en su jurisdicción estuvo en calidad de aldea, durante muchos siglos. Los caminantes que no necesitaban cruzar el puente y atravesar la muralla de la gran ciudad, seguían por la vega su andar, y desde Marchamalo veían, allí arriba, la urbe de los Mendoza. Es por ello que podemos, también, calificar a Marchamalo de lugar caminero, de espacio por el que discurren los caminos cómodos, que llevan desde Mérida a Zaragoza, las principales ciudades de la España romana, y que durante muchos siglos sigue siendo este el paso de peregrinos y soldados, de comerciantes y aventureros.

La proximidad de la gran ciudad (que nunca fue más grande de veinte mil habitantes, en su época de mayor esplendor allá por el siglo XVI) hizo que Marchamalo fuera siempre el lugar donde se aprovisionaba la aristocracia, el clero y el pueblo llano de lo principal de su mantenimiento. Y así encontramos cómo los grandes de Guadalajara (Mendozas, conventos, etc.) tenían tierras en la vega de Marchamalo. Concretamente el monasterio de monjas de Santa Clara poseía numerosas tierras en esta zona, según demuestran los viejos documentos del Medievo.

Reyes y reinas en Marchamalo

En los años primeros del siglo XVI pasó en Marchamalo unos días la Reina doña Juana, conocida por la Loca, que fue agasajada por el duque del Infantado en este lugar. Existe en la Fundación Zabalburu de Madrid una carta manuscrita de esta señora reina, en la que con frases muy campechanas le dice al duque (era don Diego Hurtado, tercero de la serie, y era 1521) que se aposenta en Marchamalo y le ha gustado enormemente el venado que le ha enviado para que ella y los suyos lo coman. Alaba las virtudes venatorias del aristócrata, y a nosotros los sirve para ver, una vez más, que Marchamalo era lugar de aposento de caminantes antes que villa perdida: en un camino Real supo nuestro pueblo de ires y venires de ricos y pobres, durante siglos.

Señorío de los Villarroel

Sería en 1627 cuando los vecinos de Marchamalo decidieron comprarse, rescatarse con dineros propios de la jurisdicción de Guadalajara, haciéndose villa con justicia propia. Necesitado de dineros el rey Felipe IV, acuciado por sus acreedores entre los que figuraban algunos importantes banqueros italianos (léase Octavio Centurión, Carlo Strato y otros) tuvo que poner a la venta, como en una repetida Desamortización que ya sus abuelos el Emperador Carlos y Felipe II habían hecho, muchos lugares de su reino, pertenecientes (como ocurría con Marchamalo) a la jurisdicción y dominio fiscal de la Monarquía. Los del pueblo decidieron ser ellos mismos los que se compraran, y así pusieron cada vecino 15.000 maravedises de la época, cantidad nada pequeña, para que por parte de la realeza se les diera su autonomía, se les concediera la capacidad de nombrar entre ellos juez que decidiera sobre todo lo humano (sobre lo divino ya tenían quien hablara) que ocurría en el lugar. Villa por sí misma, Marchamalo levantó en ese año, tras constituir su propio Concejo, horca formada por unos palos en Valquemado, junto al camino de Alcalá, y rollo o picota que alzaron, de piedra, en las eras de la Veracruz, hacia la llamada puerta Marquina, también junto al camino real de Aragón. Los 194 vecinos con que contaba Marchamalo en 1627 dieron muestras de su sentido de la libertad y la gallardía al enfrentarse con los poderosos comisionados de la ciudad de Guadalajara, que acudieron a protestar de esta independencia. El juez que diligenció el asunto conminó a los arriacenses a que, en el plazo de media hora, presentaran los documentos probatorios de sus derechos. Cosa que no pudieron hacer, y sirvió para mofa de su pretensión. El caso es que desde ese año, 1627, Marchamalo fue Villa por sí, con justicia propia, y dependiente solo del Rey.

En el siglo XVIII, quizás por problemas pecuniarios del concejo o los vecinos, púsose a la venta la villa marchamalera, siendo adquirida por grandes señores de la nobleza castellana. Vemos así cómo en 1750 eran señores de Marchamalo los descendientes de don Juan Antonio de Villarroel. Concretamente en ese año tenía el señorío sobre la villa doña María Manuela de Villarroel Fernández de Lorca y Trasmiera, residente en Medina del Campo. A finales del siglo XVIII era el conde de Villariezo quien tenía los derechos del señorío. Y a comienzos del XIX, y tras las Cortes liberales de Cádiz, Marchamalo se libró de la dominación (que siempre fue más de derecho que de hecho) de estas familias y se convirtió en Municipio independiente.

Luego barrio y otra vez villa

La manía que hace unos años entró de organizar el país fundiendo en uno sólo varios municipios, hizo que Marchamalo perdiera su personalidad administrativa de Villa y Municipio quedando adscrita al de Guadalajara. Por decreto nº 3388 de 30 de noviembre de 1972, se disponía la incorporación de Marchamalo a Guadalajara, en calidad de «barrio anexionado», incorporación que se hizo efectiva el día 8 de enero de 1973. Después de muchos años de pertenencia administrativa a la ciudad vecina, y aún sin integrarse nunca ni urbanística ni socialmente con ella, un decreto (3/1994) de 18 de marzo de 1994 de la Junta de Comunida­des de Castilla-La Mancha hizo que Marchamalo adquiriera el carácter de Entidad Local de Ámbito Territorial Inferior al de Municipio, lo cual era regresar, aun partiendo desde muy abajo, al carácter histórico, que siempre tuvo, de Municipio.

Ese hecho se produjo tras un ofrecimiento del Ayuntamiento de Guadalajara de celebrar una consulta popular, un referéndum, a los vecinos de la entidad. Efecto tuvo ese hecho, vivido como una fiesta, pues los resultados podían preverse de antemano, el 17 de Noviembre de 1996, quedando acordado en sesión celebrada por el grupo de concejales de la Entidad Local el 13 de diciembre de 1996 que se iniciaban desde ese momento los trámites conducentes a la segregación del Municipio de Guadalajara.

Una historia, como se ve, repetida. Una hermosa historia, que me recuerda una vez más aquella frase de Napoleón: «Los pueblos que ignoran su propia historia, están condenados a repetirla». Es útil conocer la historia, de uno mismo, y del pueblo en que se vive. Así puede saberse (y yo creo que con estas líneas queda medianamente claro) los avatares por los que, en más de veinte siglos, ha pasado Marchamalo. Así será posible, en el futuro, que sólo se cuenten nuevos hechos y maravillas del pueblo. Nunca que vuelvan a repetirse procesos desafortunados.

De momento, el futuro de Marchamalo no puede ser más risueño. Independiente casi, con su vida propia, su historia asumida, y su desarrollo industrial y social en alza. ¿No son condiciones, aunque en horizonte algunas, para que estas fiestas que ya suenan sean las más felices en muchos años?

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