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Fray Molina Piñedo, una escritor de raza

 

Entre los personajes que, en el mundo de la literatura, de la investigación, de la creación y el afán continuo por el trabajo intelectual destacan entre nosotros, no puede faltar el nombre y la figura de quien se apartó del mundo voluntariamente, pero su fuerza vital impide que quede silenciado: Ramón Molina Piñedo es un campiñero, un yunquerano que ha dado, en su fructífera vida, una buena dosis de trabajos y escritos que, si no fuera porque es además un monje benedictino, y eso ya es suficiente mérito para pasar a la historia, le colocan en lugar preeminente entre los autores vivos de Guadalajara.

Una biografía sencilla

Ramón Molina pertenece a una humilde familia de agricultores de Yunquera. Nació allí en septiembre de 1941. Desde pequeño sintió la llamada vocacional de la religión más auténtica. Fuése a Silos, donde se adaptó enseguida a esa difícil disciplina de la monástica convivencia. Profesó en el monasterio burgalés el 21 de septiembre de 1963, y allí forjó su sentido del sacrificio, de la obediencia y del trabajo. Su voz rimada en el canto gregoriano surgió pareja al ansia por la investigación de la historia. Junto a Luís María de Lojendio, el mítico abad del Valle de los Caídos, que se hizo monje negro después de ocupar importantes cargos en la política del régimen franquista, caminó hacia el norte, llegaron a las ruinas de uno de los más famosos monasterios medievales del Pirineo navarro, a Leyre, entonces por los suelos. Y allí fundaron. Una fundación larga, prolífica, que hoy ha dado el fruto de tanto trabajo, de tanto tesón, y es un alarde de maravillas (el paisaje montañero, la arquitectura románica, la acogida hospitalaria, el cántico de la comunidad en completas…) Sacerdote desde 1972, dom Fray Ramón Molina Piñedo se dedicó al estudio de los miles de volúmenes de la biblioteca que él amorosamente cuidó de ir creciendo en Leyre. Hoy es hermano hospedero en San Salvador, con la misma sencillez y entusiasmo con que antes fue bibliotecario, y mañana será… lo que el Padre Abad le ordene.

He paseado con el hermano Raymundus Molina (así se le llama en el «Catalogus Monasteriorum OSB» en que figuran, con su nombre en latín, los miles de monjes benedictinos que pueblan el mundo) por los paseos que circundan la abadía navarra. He penetrado en la cripta de San Salvador, la de los grandes capiteles incógnitos que sirvieron de basas a templos romanos. He sentido, en el frío y el silencio del templo antiquísimo, un escalofrío al oír a la comunidad cantar la Salve final de las completas horas. Y he visitado ese cementerio, tibiamente iluminado por la tarde flaqueante, donde descansan sin lápida, con una simple estela de piedra encima, los hermanos que marcharon del mundo. San Virila, el monje que pasó mil años escuchando un pájaro en el bosque que rodea a Leyre, y volvió a la casa como si sólo hubiera estado fuera un par de horas, es la cifra y el símbolo de la paz que se respira en aquella altura.

Un escritor alcarreñista

Fray Ramón Molina Piñedo puede ser destacado como uno de los más prolíficos escritores e investigadores de nuestra provincia. Aunque trabaje en esa celda recóndita, con su ordenador y un minialtar dedicado a la Virgen de la Granja, con su viejo sillón de orejas y su ventana que asoma sobre el pantano de Yesa y las cumbres nevadas del pirineo oscense, una parte de su corazón está siempre en Yunquera, en las orillas del Henares, por la Alcarria paseando. Además de algún libro sobre «San Benito, patrón de Europa» y «La Abadía de Leyre» en la Colección Temas Navarros, Molina ha producido abundante cosecha en Guadalajara: así, y porque todos tengan noción somera de sus trabajos, puedo citar la bibliografía alcarreñista de Molina Piñedo: En la Revista «Wad-al-Hayara» de investigación histórica publicó en 1977 su trabajo sobre La Cofradía de la Santísima Trinidad y de San Nicolás de Bari, en Yunquera de Henares; en 1978, las Notas para la historia de Yunquera de Henares en la primera mitad del siglo XVIII, y en 1980 dos trabajos: La epidemia de peste en 1599 en Yunquera de Henares y el voto que se hizo a la Virgen de la Granja, acompañando a la más breve noticia de La hermandad entre el Cabildo catedral de Sigüenza y el monasterio de Silos. Tanta noticia sobre Yunquera se suponía que daría frutos más abundantes a continuación. Y así fue como apareció, en 1983, y editada por la Institución de Cultura «Marqués de Santillana» y el Ayuntamiento de Yunquera, el libro titulado Yunquera de Henares: Datos para su historia, un voluminoso tomo que llevaría, cubriendo sus varios centenares de páginas, una cubierta en la que aparece un hermoso cuadro representando al pueblo, y debido al pincel de Luís María de Lojendio, revelado aquí, como un hombre del Renacimiento más auténtico, además de político, historiador, monje y escritor, un pintor de nota.

Todavía Ramón Molina escribió más adelante, concretamente en 1987, El Misterio de Bermudo, un retablo escénico dividido en seis estampas, en el que se narra la aparición de la Virgen de la Granja al pastor Bermudo, y que está desarrollado en cientos de versos, recreando con él la tradición antigua del teatro dramático-religioso de Castilla, y tomando el argumento directamente de un viejo manuscrito del siglo XVII conservado inédito en el pueblo, y que fue escrito por fray Bartolomé Garralón en 1658: Fundación, orígenes y linajes de la villa de Yunquera…

Para terminar esta glosa y referencia bibliográfica, confirmar la gran talla de historiador que ha ido fraguando nuestro paisano, con su última y quizás más importante obra: Las Señoras de Valfermoso, una voluminosa historia del Monasterio benedictino de Valfermoso de las Monjas, que en el valle del río Badiel hoy todavía se mantiene vivo, recogiendo una historia de más de ocho siglos ininterrumpidos. Este libro, que fray Ramón ha podido construir después de consultar miles de documentos, contenidos en legajos, en manuscritos y obras dispersas, durante años, es una prueba de la consistencia de su trabajo. Y en sus más de 500 páginas abundan los datos, no sólo relativos al propio monasterio de San Juan, sino a la diócesis de Sigüenza, a los señoríos territoriales en torno, a guerras y acontecimientos que dejaron su huella no sólo en ese cenobio humilde, sino en toda la provincia.

En definitiva, y a pesar de saber que estas líneas, condensadas de admiración y afecto, no le gustarán al hermano Ramón, enajenado de humildad y prudencia, ello no obsta para declarar aquí su valía entre todos, y poner su nombre en la nómina de cuantos, día a día, hacen que Guadalajara tenga mayor consistencia en el conjunto de la tierras de España. Aunque, si no por su economía, la tenga por su sapiencia, por su entrega a la cultura, por su generosidad en el trabajo. Fray Ramón, al pie de la gran portada románica de San Salvador de Leyre, rodeado de símbolos medievales, es sin embargo un hombre de abiertos ojos al mundo, un corazón que sabe valorar todas las estaturas.

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