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octubre 18th, 1996:

Regino Pradillo, cinco años después

Cristina Guijarro, esposa del pintor, en 1957

 

Hoy se cumplen exactamente los cinco años de la desaparición de quien haya sido uno de los más destacados artistas alcarreños de este siglo. Y de todos los siglos juntos, sin duda. La muerte de Regino Pradillo, hombre nacido entre nosotros, pero de proyección universal, se produjo también en Guadalajara, en el Sanatorio de Nuestra Señora de la Antigua, donde él quiso -viéndose ya terminar su vida- venir a dejar su último respiro.

Cuento estas cosas con la emoción nacida de una amistad verdadera. Lo confieso. Trato de ser imparcial, pero no niego que le admiré desde el primer día que, alto y barbado, apareció por los crujientes pasillos del viejo Instituto «Brianda de Mendoza» y nos explicó -éramos chavales de doce años- cómo dibujar una manzana. A él, que ya era un artista de cuerpo entero, le salía limpiamente, sin problemas. A nosotros, que no íbamos para nada en concreto en esta vida, se nos resistía mucho más. La manzana me salió, finalmente. Algo deforme pero con sus sombras, que es al parecer donde está el truco de la ficción.

Era el más joven de los profesores que pululaban por aquellas estancias miserables y añoradas: don Adolfo Gómez Cordobés, la señorita Horts, Escriche, don José, el cura de Santiago, y don Alejandro, que también se fue hace poco… además de Pepe de Juan y Embid, que con Ahumada y el señor Pedro le daban el ambiente administrativo y estatal a aquel Instituto del que, ahora restaurado, por no quedarle parecido, no le queda ni la palmera.

Regino Pradillo se hizo desde entonces amigo mío, y a pesar de ser lanzado a más altos destinos, aún con haber estado largos años en París, como llevaba a Guadalajara dentro, todos los de Guadalajara seguíamos estando con él: por carta, o a trompicones en sus regresos fugaces.

Un artista genial

Había nacido Regino Pradillo Lozano en Guadalajara, en 1925, y desde pequeño demostró su afición al dibujo y la pintura. A base de muchos sacrificios por parte de su familia y de él mismo, que dedicó algunas temporadas de sus vacaciones a trabajar como pintor industrial en obras y reformas, consiguió estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, donde se graduó con notas brillantes, consiguiendo a continuación y por oposición el grado de Catedrático de Dibujo en Enseñanzas Medias.

En ese cargo estuvo algunos años enseñando a los/las adolescentes de Guadalajara, a dibujar y a tomar afición por las formas y los colores. Después fue a París, también como Catedrático de Dibujo y ya como Director del Liceo Español, permaneciendo allí hasta su jubilación en 1989.

Destacó Pradillo, a lo largo de una vida plena, con arraigo intelectual de pleno desarrollo, en su calidad de artista creativo, de pintor, dibujante y grabador. Dominaba Pradillo todas las técnicas del arte figurativo, y muy especialmente el óleo, en el que destacó por su maestría en el retrato, habiendo llegado a pintar varios centenares de ellos a muy destacadas personalidades de la vida española y francesa. Uno de los primeros ensayos que hizo en este campo, en 1949, fue el retrato del Mariscal portugués Carmona. A su pincel se deben, desde entonces, algunos de los retratos de las galerías oficiales de Arzobispos de Toledo, de Gobernadores civiles de Guadalajara y de Presidentes de la Diputación de nuestra tierra. Y esos otros de amigos, y de familiares, que derramó por todas partes. Cada cuadro de Pradillo llenaba el alma de emoción. ¿No lo explican así esos retratos de su madre Apolonia Lozano y de su hija Myriam Pradillo, que junto al suyo en los meses últimos de vida ilustran estas líneas? Sensibilidad y amor caben en ellos, y una maestría inigualable para captar la autenticidad (y el parecido, siempre necesario) de sus personajes.

Destacó también Pradillo en la pintura de escenas y figuras religiosas, adornando con sus grandes paneles la capilla de la Residencia Infantil de Solanillos, y dejando maravillosas composiciones con tipos y tipas beréberes, observados en sus viajes por Marruecos, que en una temporada a principios de los años cincuenta produjo con abundancia, como el clásico lienzo de «la mora» que desde hace tantos años adorna una céntrica pastelería de Guadalajara.

Yo destacaría, al glosar la obra pictórica de Regino Pradillo, sus paisajes. Especialmente aquellos en los que trata la tierra de Castilla, el paisaje austero y difícil de su tierra natal, nuestra Guadalajara. Las ondulaciones, los rastrojos, el distanciamiento neblinoso de los montes y carrascales tupidos, se reflejan magistralmente en las pinceladas llenas de vigor e inteligencia, también de sensibilidad y cariño, de este artista. Son, quizás, al menos para mí, la mejor expresión de su arte. Dibujó además, y pintó al óleo, muchos lugares europeos, especialmente de París, de Estrasburgo, de Moscú, etc.

En otras facetas del arte descolló Regino Pradillo. Son quizás las más conocidas las del dibujo y el grabado. En el primero de ellos realizó multitud de bocetos, apuntes rápidos, composiciones muy sueltas con figuras femeninas, imágenes de la Virgen María, grupos de niños, etc. En el segundo, a pesar de la dificultad que entraña técnicamente, logró Pradillo maravillosas piezas, también con retratos de personajes alcarreños, tipos populares y paisajes entrañables de la ciudad que le vio nacer. Fue el primero aquel retrato de su abuela Francisca que en 1951 causó admiración en la primera Bienal Hispanoamericana de Arte que tuvo lugar en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid.

De tanta actividad y creatividad singular, cosechó Pradillo innumerables galardones y la admiración de toda Europa, alcanzando el nombramiento de Académico correspondiente en París de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la Encomienda con Placa de la Orden de Alfonso X el Sabio, la Encomienda al Mérito Civil del Ministerio de Asuntos Exteriores, Académico correspondiente de la Academia del «Second Empire» de París, llevando por otra parte multitud de premios, como la gran Medalla de Oro del Salón de los Artistas Franceses celebrada en el Grand Palais de París, trofeo que muy pocos españoles han alcanzado.

Un año después de su muerte, dedicó la Junta de Comunidades a su memoria una Exposición antológica en el Palacio del Infantado, en la que se reunió lo mejor de su arte. Inolvidable encuentro aquel con su viuda, la inteligente Cristina, y con sus hijos. Impresionante el hallazgo de tanta belleza, de tanto arte junto. Un catálogo en el que me cupo el honor de participar, nos ofreció su biografía apretada y medida, escrita por Jesús Fomperosa. Y todo el color, todo el alarde de genialidad en su obra. Una obra que hoy recordamos. Un personaje al que hoy, una vez más, recuperamos en el recuerdo. Porque fue el mejor, porque no le olvido.