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septiembre 6th, 1996:

Guadalajara entre las ciudades mágicas

 

Guadalajara es una ciudad mágica. De hecho, puede contarse ya entre las que la Editorial Words así califica, en Castilla-La Mancha, y en su nómina de libros con esta temática acaba de aparecer un magnífico volumen que se une a los que previamente habían aparecido ya con Sigüenza y Toledo por protagonistas.

Es este un calificativo que últimamente se le aplica con gran facilidad a las cosas: se adjetiva de mágico a un momento de fulgor en la vida, o se le aplica a una persona que capta, como si tuviera magnetismo propio, la atención allí donde va. En puridad, mágico es todo aquello que escapa en mayor o menor dosis de la realidad, y camina por el mundo, o está en él, con unos parámetros que no se acompasan exactamente con los de la realidad circundante. Lo mágico nos sorprende, nos cautiva, se nos clava en la memoria y se hace inolvidable. Es único. Dando la vuelta al razonamiento, pienso yo, que es por eso que hoy se califica de mágico a lo que nos gusta más que otras cosas, a lo que surge ante nosotros inesperado y hermoso. Fuera de normas. Como increíble.

Guadalajara es, así, una ciudad mágica. El libro que Alfredo Villaverde ha escrito sobre Guadalajara, su historia, sus gentes, sus plazas y sus fiestas, sus mínimas tascas y sus atípicos personajes, aunque no llevara por subtítulo el que lleva, nos pondría muy fácil apellidar de mágica a nuestra ciudad. Porque surge en sus 150 páginas cuajadas de fotos a color tal cual es: pletórica de vida en los conciertos de la Concordia, íntima y urbana en la Calle Mayor, solemne y eterna en sus monumentos mudéjares, en sus palacios, en los escudos mendocinos que parecen querer decir, pertinaces, su última palabra. Y Guadalajara tiene muchas otras palabras. Tiene las de los rótulos azules de sus calles, las de los niños vestidos de alcarreñitos, las de los apóstoles del Corpus y las aéreas vistas del caserío varado sobre el adusto páramo. Todas ellas, juntas, forman un tratado de maneras propias y algaradas cordiales que la hacen inconfundible. Tanto, que no se olvida.

En estos días va a comenzar, un año más, la fiesta grande de Guadalajara. La Virgen de la Antigua será venerada y tras ella vendrá el correr de los toros y el sonar de las charangas. Todo unido ya, en larga semana de pregones y norias. Este año empieza con el prólogo de un libro que como este «Guadalajara, ciudad mágica» que escribe Alfredo Villaverde nos pone ante los ojos las mejores doscientas fotografías de la ciudad y de sus gentes, y nos da en literaria oración mil y una claves para ver de nuevas a este lar común, para comprenderle desde mejores puntos de vista, o para decir simplemente: no conocía este rincón de Guadalajara. Parece, de tanta novedad, una ciudad distinta. Es, sin duda de ningún género, una ciudad mágica.

Viejas historias, nuevas posibilidades

Nos ha cambiado la ciudad y los que vamos para viejos ni nos hemos dado cuenta. Es otra distinta de la de hace treinta años. Entonces el Jardinillo era el centro neurálgico donde «la gente bien» tenía a mejor sentarse en la terraza del Regio a tomar horchatas y naranginas. El baile del Casino por San Pedro reunía a lo más granado de la sociedad (ferreteros de nota, transportistas, incluso el Gobernador Civil y su prole numerosa…) y en las Ferias el teatro del Guiñol y las Revistas de La Latina llenaban todas las expectativas de asombro para chicos y grandes. Hasta veinte años después de la Guerra, solo éramos 20.000 habitantes, y nos conocíamos todos, sabíamos de qué pie cojeábamos y se hablaba del arreglo o desarreglo de una acera durante meses. La televisión en los escaparates de Taberné era un espectáculo que hacía furor, y el circo cuando las Ferias teñían a la ciudad con un color de internacionalismo, de norteamericanismo que a todos nos hacía ahuecar el traje de contento.

Guadalajara ha cambiado mucho. Viniendo desde El Casar, poco antes de llegar a Cabanillas, hay una curva de la carretera desde la que se ve Guadalajara entera. También desde los altos que van de Marchamalo a Usanos, pero ahí menos. En cualquier caso: la silueta de Guadalajara es hoy otra distinta a la que vio en el siglo XVII el duque de Médicis a su paso por Castilla, o a la que a mí mismo, de pequeño, me asombraba desde los jardines del Depósito de las Aguas, cuando húmedos y misteriosos parecían el reino de neptuno que tuviera de piedra sus músculos. Entonces era una silueta de campanarios, de conventos, de veletas y caserones ocres. Hoy, cualquiera puede comprobarlo cuando se suba al quinto piso de la Urbanización Mirasierra, sobre el jardín que rodea a los Minicines: Guadalajara es un tumulto de igualitarias colmenas, de líneas horizontales y verticales como un crucigrama todavía virgen.

¿Es bonita esta ciudad? Sobre gustos no hay nada escrito. A mí me gustaba más la otra: la del callejón del Pifa oliendo a orines, la del corralón de Topete lleno el suelo de flores de acacia, la de la plaza de Budierca con cabras y mujeres cogiendo agua en cántaros de la fuente central. Todo eso se fue, y aquí hemos quedado las gentes, proclives, como se ve, a la melancolía y la evocación. Pero sin dejar de reconocer que los nuevos barrios (La Chopera, las Adoratrices, el parque de la Amistad, Mirasierra…) tienen un aire de alegría y una buena cara que invitan a vivir en ellos, a ser más jóvenes en ellos, a dejar que alguien te cuente cómo era aquella ciudad, antigua y beaturrona, sobre cuyas ruinas asentó esta.

Imágenes y palabras

El libro que acaba de aparecer en estos días, esa «Guadalajara mágica» que ha sacado a la calle la Editorial Words con ayuda del Ayuntamiento, y que firma Alfredo Villaverde y alguien más que ahora no recuerdo, viene a ser una maravillosa tarjeta de presentación de esta Guadalajara eterna. De la que tuvo al Cid, a Alvarfáñez y al barbado Alfonso VI por reconquistadores. Y de la que se llena de antenas, de teléfonos móviles y conexiones a Internet por todos los rincones. Las fotografías magníficas que ahí aparecen nos dan como fragor de ovaciones, como un verso recitado en la intimidad, como un aliento que nos pide (concedido, muchacho) que no nos vayamos nunca… Calles y plazas, jardines y fiestas, personajes que recitan y personajes que son recitados, señoritas de buen ver y alcarreñitos tiernos. Hay de todo. Guadalajara entera se cuela entre sus páginas. Sería un libro perfecto sólo con sus fotos. Pero añade algo más, algo que a mí me llena de entusiasmo: las frases de Villaverde, sus versos, sus reflexiones, sus alientos certeros, sus palabras cuajadas de poesía y ternura. Todo ello conforma esta «Guadalajara mágica» que me acaba de llegar a las manos en este pórtico de la fiesta anual, de la que a todos deseo sea maravillosa, única, inolvidable.