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Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli

 

A propósito de una conferencia de Suarez de Puga

Tuve la suerte, hace poco menos de quince días, de vivir una tarde de intensa evocación alcarreñista en la villa de Pastrana, de la mano de uno de nuestros mejores escritores, de José Antonio Suárez de Puga, quien, en un entorno ideal de arte e historia, en el oratorio de San Ana de la plaza del Deán de Pastrana, habló de mil cosas relativas a esa villa, a la princesa de Éboli, a Santa Teresa y a los Mendoza que impregnaron -siglos atrás, ecos sin fin hasta hoy mismo- cada esquina pétrea de nuestra tierra.

La tarde se fraguó al calor (lo hacía ya, en una primavera recién estrenada, verde como nunca) de una reunión científica protagonizada por los médicos y cirujanos especialistas en Otorrinolaringología de nuestra Región, que habían elegido la villa de Pastrana para celebrar su Congreso anual. Tuvo una primera visión del palacio ducal, que ya es propiedad de la Universidad de Alcalá, aunque su figura valiente pero llena de rotos (como el traje de un hidalgo castellano, honorable y sin zurcir) sigue sin poder desmenuzarse con la visita a su interior. Siguió con un paseo por la calle mayor, a la sombra de sus palacios, de sus casonas sencillas pero vividas, hasta la alta plaza del Ayuntamiento y la Colegiata, donde los poderes civil y eclesiástico se miran siempre, sin exclamar más que colores de banderas y lambrequines o capelos de entallados blasones.

En su interior, y acompañados por don Licinio, amable siempre, sabio siempre, cuidadoso siempre de cuanto en el venerable templo se contiene, todos contemplaron atónitos (yo mismo, siempre dentro de la Colegiata pastranera, siento ahogo por tanta grandeza y tan medida) el crucero que mandara levantar don Pedro González de Mendoza, el retablo cuajado de pinturas de santas vírgenes, y el húmedo y críptico subsuelo en el que los mármoles se mezclan a los huesos, y el nombre del marqués de Santillana convive en talladas letras romanas con el de la biznieta del gran Cardenal, doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la tuerta Éboli.

Por fin, nuestro pasar fue a las enmaderadas salas del Museo, donde otra vez surgieron, como montañas de color y de vida, los seis tapices de las cruzadas africanas de Alfonso V de Portugal. Vistos de todos, emocionados rostros y asombrados corazones (el orgullo de ser español y tener entre nuestros límites esas joyas del arte universal) tras alguna explicación que esbocé por aquello de que, tras estudiar largo tiempo esos paños algo sé de ellos, la mayoría de los comentarios fue dirigida a la necesidad de que tal colección de tapices merecería mejor emplazamiento.

Luego vino la subida pausada por las callejas viejas: la Palma y su caserón inquisitorial, el Colegio de San Buenaventura, con el recuerdo de los niños cantores, y al final el arco de San Francisco, por donde se cruza a la plaza del Deán, ese ámbito evocador y solemne en el que la historia de Pastrana vuelve a respirar a pecho henchido.

Allí, en un lugar antiguo y ahora recuperado gracias a las tareas restauradoras del Ayuntamiento pastranero, fue la conferencia de Suárez de Puga. El oratorio de Santa Ana está anejo al palacio del deán. Era este caserón la residencia del presidente del Cabildo de la Colegiata pastranera. El duque don Ruy, por no contar con catedral en la villa de la que fue nombrado duque, quiso tener algo similar, levantando sus muros, consiguiendo su titulación de colegiata, y patrocinando generosamente un Cabildo de curas que en todo simulara la grandiosidad litúrgica de una catedral tradicional. Pues este oratorio, creado para la devoción de tan altos señores, ha sido limpio y adecuado a charlas, a exposiciones, a conciertos. Allí fue que Suárez de Puga habló de la Princesa de Éboli en un largo y meticulosamente alzado andamio de erudición, de saber y de análisis. En su presentación, pedí para él el nombramiento de Hijo Adoptivo de Pastrana, porque es de justicia que cuando hay alguien, en algún lugar, que siempre que tiene ocasión eleva su voz para decir la gloria de ese lugar, y la dice con razón y con profundidad (incluso con hermosura) debe ser reconocido al máximo nivel. Suárez de Puga lleva muchos años cantando a Pastrana en sus versos, analizando su ser y su existir; el de sus personajes, el de sus edificios, el de su figura única en la Alcarria y en España. Y es justo que le sea reconocido (con algo que cuesta tan poco, es más, que no cuesta dinero, que es de lo que andan hoy ayunos, al parecer, nuestros estamentos oficiales) su trabajo con ese aplauso que honrará tanto a quien lo dé como a quien lo reciba.

Suárez de Puga, con un auditorio formado por profesionales de la Medicina, la mayoría (por universitarios y humanistas) interesados en las secuencias de la vida y pasiones de una mujer única, desgranó en una conferencia bien trabada, construida meticulosamente con los elementos todos de la biografía de un personaje del que apenas contó su biografía, la íntima creencia de que fue en Pastrana, en su palacio ducal, y de la mano de la princesa de Éboli, que el Renacimiento español cuajó definitivamente su retrato. Porque en doña Ana de Mendoza confluían unas fuerzas familiares (era bisnieta del Cardenal Mendoza, por lo tanto rama central de los Mendoza de Santillana e Infantado) y unos ánimos fundacionales (la traída a Pastrana de Santa Teresa para, junto con San Juan de la Cruz, promover el asentamiento del Carmelo reformado en la villa) que mezclados a sus posteriores intrigas en la Corte, y su ilusión (cuajada al fin, pero tras su muerte) de «reconquistar» en cierto modo el trono de Portugal para su familia, elevan y afianzan el entramado de secuencias que sin duda permiten afirmar esta hipótesis esgrimida por Suárez de Puga desde un principio. Pastrana, eje del Renacimiento en España, gracias a sus señores los duques de Silva y Mendoza, tanto de don Ruy Díaz como de doña Ana la de Éboli. Un magnífico decir que culminó con un poema a Pastrana fuera de todos los cánones excepto del último y más recóndito de los círculos: el de la belleza literaria plena.

Una tarde que no acabó ahí. Siguió en el interior del templo de Santa María de Gracia (iglesia renacentista de los franciscanos de Pastrana, ahora en proceso de restauración para albergar la Feria Apícola) con un concierto excelente de la Agrupación Coral «La Paz» de Pastrana, que hizo adquirir nueva dimensión sonora a las venerables cúpulas del crucero del templo. Y acabó al fin con una cena de gala en el Salón de la Biblioteca del Convento de San Pedro, hoy rehabilitado como «Hostería Real de Pastrana», en cuyos ventanales las frases latinas de los padres de la iglesia y los ascéticos escritores del Carmelo hispano parecen rememorar horas, cuando no siglos, de pensares y lecturas.

Pastrana demostró en esta ocasión, junto al interés que por el grupo demostró su Teniente de Alcalde, Laureano Losada, y la amabilidad de la población en cada momento, que está preparada para acoger acontecimientos regionales, y aun nacionales, de interés y altura. En ese camino, siempre lo hemos dicho, nos encontrarán sus responsables. Porque en ese camino es en el que debe echar a andar la villa: en el de la convocatoria de gentes que sepan apreciar cuanto con siglos y responsabilidad ha ido guardando.

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