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Con los Mendoza por el poniente granadino

 

No hace muchas fechas he tenido la ocasión de viajar al Poniente Granadino. Un lugar de España donde la belleza del paisaje se mezcla con la fuerza de sus monumentos y la densidad de los recuerdos históricos, en los que Guadalajara y sus gentes más principales (desde los Mendoza al Doncel de Sigüenza) fueron protagonistas esenciales. Estas que siguen son, pues, líneas de contar, y líneas también de recordar nuestras cosas. Párrafos en los que sin esfuerzo animo a quienes me lean a que se preparen un viaje por este lugar de ensueño (las sierras de Loja, el llano de Zafarraya, los olivares de Montefrío y las abruptas alturas, ahora nevadas, de la Parapanda (junto a Illora) y los cerros de la Maroma, entre Granada y Málaga. Lugares donde se mezcla, en una sinfonía de color y evocaciones, la historia de los moros nazaritas con la guerrera adustez de los castellanos mendocinos.

El conde de Tendilla por Granada

Llegar a Alhama de Granada, y encaramarse a las buhardillas del recuerdo alcarreñista, es todo uno. La ciudad que fue perla del reino granadino en la Baja Edad Media, ofrece hoy al visitante su espectacular situación urbana. Situada sobre un empinado montículo, al sur se corta abruptamente por riscos que la defienden de forma natural. En esa altura, quedan los vestigios perfectamente restaurados de su alcazaba mora, de su iglesia parroquial (la primera cristiana que se alzó en terreno nazarita) y un sinfín de callejuelas retorcidas y empinadas (un pueblo árabe cien por cien) donde aparece el Hospital de la Reina, la Casa de la Inquisición, el Pósito de la plaza de los Presos, y el convento del Carmen, júbilo del barroco andaluz.

Pero a un alcarreño le tiembla la memoria cuando evoca algunas figuras que aquí no solamente estuvieron, sino que tallaron el esqueleto de esta ciudad con sus primeras voces. Uno de ellos, el más principal, fue don Iñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla, que en Alhama mantuvo la capitanía -dificilísima- de las fuerzas cristianas en el corazón de la Granada islámica, y protagonizó varias anécdotas que más adelante referiré.

Este fuerte bastión de los árabes fue tomado por sorpresa en 1482, concretamente el 28 de febrero, produciendo un efecto de pavor en el Reino de Granada de Muley Hassán. Cuando el rey nazarita se enteró de que un breve ejército de cristianos, comandados por el marqués de Cádiz (Ponce de León) y el asistente de Sevilla Diego de Merlo, con la ayuda de los escaladores del Rey, comandados por Ortega del Prado, habían logrado adueñarse de Alhama, la riquísima, la preciosa ciudad de las aguas termales, no dudó en «matar al mensajero»: su desesperación fue infinita.

Inmediatamente Muley Hassan acorraló a los cristianos, hechos fuertes en la atalaya empinada de Alhama. Las voces, -los emisarios-, de socorro llegaron a Castilla. Fernando el Católico armó un poderoso ejército que se dirigió de inmediato a socorrer a los sitiados. Tan grande potencia reunió, que los árabes abandonaron el cerco. El Rey Católico juntó nada menos que al Cardenal Mendoza, con su hermano Pedro Hurtado como adelantado de Cazorla, sumando más de 400 lanzas del arzobispado toledano; a ellos se unieron las fuerzas de don Beltrán de la Cueva, del segundo Conde de Tendilla, don Iñigo López; del segundo duque del Infantado, de igual nombre, que junto a su hermano al caballero Antonio de Mendoza, y su primo Bernardino Suárez de Mendoza, conde de Coruña, reunían lo más selecto de la armada castellana. Venían también don Diego Hurtado, continuo del Cardenal, nombrado ya obispo de Palencia, pero guerreador como su tío. La entrada, en la primavera de 1483, fue triunfal. Cualquier alcarreño sentirá un regusto emotivo al pasear por las calles de Alhama y saber que por aquí anduvieron, todos juntos, con sus pendones de gules, sinople y oro por delante, los más famosos Mendoza de la historia. El propio Cardenal consagró las tres principales mezquitas en sendos templos cristianos, que enseguida comenzaron a reformarse. La reina Católica donó una gran cantidad de ornamentos religiosos, que hoy todavía muestra orgulloso el párroco, perfectamente guardadas en armarios de la sacristía…

Pero todos marcharon, y el Rey dejó en funciones de defensor de aquella punta de lanza al segundo conde de Tendilla. Don Iñigo López de Mendoza hubo de aguantar en meses y años sucesivos fortísimos embates del ejército granadino. Muley Hassan primero, y enseguida su hijo Boabdil hicieron de la recuperación de Alhama su obsesión primera. Tan duro fue el asedio, que ya sin dineros para pagar a sus hombres, el conde hubo de fragmentar su vajilla de oro y plata en pequeños trozos para con ellos pagar sus sueldos a los soldados. El apuro llegó a tanto, que ya sin nada se le ocurrió escribir en pequeños fragmentos de cuero valores diversos junto a su firma, para que tuviera legalidad de cambio, y posibilidad de ser convertida en moneda metálica al fin de las hostilidades. Así ocurrió. Circularon los cueros como «billetes» de banco, en los que todos confiaban, y finalmente el Conde los cambió todos por dinero contante y sonante. En Alhama, a fines del siglo XV, el conde de Tendilla inventó sin duda el «papel moneda».

Incluso su ingenio y valor le permitieron, en el invierno de 1483 a 1484, en que llovió mucho, salvar la fortaleza de una invasión segura. Los nazaritas asediaban, como de costumbre, y un gran fragmento de la muralla en el lado más débil se vino al suelo. De inmediato, la misma noche del suceso, el conde mandó a todos sus hombres ponerse a desplegar papel, cueros, maderas y todo material imaginable teñido de color ocre y negro, semejando muralla, para que los árabes no se percataran de que se había derrumbado. Por detrás, se aplicaron a reconstruirla a toda prisa, y en pocos días la fortaleza volvía a serlo.

El embrujo de Alhama

La noche clara, muy fresca en estas serranías del sur de Andalucía, rezuma humedad. El agua suena, se precipita entre altísimas paredes de roca, en equilibrio los árboles, las torres y los molinos… al fondo del barranco, se abre el establecimiento de los baños. Nos enseñan sus cuidadores la maravilla de su alberca cubierta de arcos de herradura, monumentales, simulando un gran templo o palacio nazarita, remoto en su construcción de más de mil años, y con el agua manando en su interior, a 47 grados permanentemente, obrando en quienes se introducen en ella los milagros más increíbles. A mi amigo y gran escritor alcarreño Felipe Olivier López-Merlo, que en la ocasión me acompañaba, no tardó más de medio minuto en curársele un terrible dolor artrítico de su mano derecha que ya le duraba varios días. Para él, sin duda, estas aguas son un manantial de milagros, y para mí un espacio que, ahora que lo recuerdo, cada vez más me parece un sueño.

Las callejas retorcidas de su ciudad vieja, en las que aparecen palacios y lonjas, conventos y hospitales medievales, son un espacio que merece ser conocido. Aunque un terrible terremoto (en la Navidad de 1884) dejó el pueblo por los suelos, produciendo más de 300 muertos y casi 1500 casas derruidas, la fuerza de los alhameños logró en poco tiempo recuperar su vieja grandeza. En España hay mil lugares sonde la Naturaleza, la historia y el esfuerzo humano han logrado puntos maravillosos. Uno de ellos es, sin duda, Alhama de Granada, en el sur del Poniente Granadino. Desde Granada y desde Loja se llega fácilmente. Merece la pena acercarse, aunque sólo sea por degustar entre sus muros el aroma mendocino de tantos nombres que en ella hicieron historia.

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