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Manuel Medrano Huetos: (1860-1906) un arquitecto en el recuerdo

 

El pasado lunes se rindió un cálido homenaje a la figura de uno de los más ilustres hijos de la Guadalajara decimonónica: uno de esos trabajadores que pasaron su vida (su corta vida, en este caso) haciendo cosas nuevas, casas altas, trazos sobre el papel, memorias ciertas… Se trató en la salón de actos del Colegio Oficial de Arquitectos de nuestra ciudad de la figura de Manuel Medrano Huetos, en la ocasión de la presentación de un libro que sobre él y la obra que dejó edificada acaba de escribir Miguel Ángel Baldellou, un prestigioso profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, que conoce como nadie la historia del quehacer constructivo de la Guadalajara del siglo XIX. La obra, que inaugura con su número uno la Colección Juan Guas de libros de arquitectura, es un monográfico repaso a la vida y obra de un profesional que nació en nuestra ciudad en 1860, y que tras hacerse un hueco de auténtica altura en el complejo mundo de la arquitectura de la Corte, murió en ésta a los 44 años de edad. Es de aplaudir esta iniciativa, debida en primer lugar al profesor Baldellou, que con tanto interés se ha ocupado siempre en estudiar el mundo arquitectónico de la capital de la Alcarria, lo suficientemente subyugante como acaparar la atención de los especialistas. Y en segundo lugar al Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha, en su delegación de Guadalajara, presidida por Javier Solano, así como a la Excma. Diputación Provincial de Guadalajara, cuyo presidente Francisco Tomey también ha apoyado esta iniciativa. De ella surge la posibilidad de tener esta obra dispuesta para cuantos quieran saber, leyéndola y admirando sus múltiples grabados, muchos de ellos a color, algo más acerca del personaje que rememoramos: el arquitecto finisecular Manuel Medrano.

Vida de Manuel Medrano Huetos

Manuel Medrano nació en Guadalajara el 25 de Diciembre de 1860, hijo de Félix Medrano Polo y de Gregoria Huetos, en la casa familiar situada en la antigua calle de San Antonio, que poco después de su muerte fue renombrada con el apelativo de quien también recibiera el título de Hijo Predilecto de la ciudad. Aunque la mayor parte de su vida la pasó en Madrid, como estudiante, profesional y político, a Guadalajara siempre quiso volver, y de hecho sus restos fueron trasladados al Cementerio Municipal en 1948 por sus hijos.

Hacia 1879 comenzó sus estudios de Arquitectura, teniendo como profesores, entre otros, a personajes de la talla de Lallave, Aguado, Cabello, Jareño, y Velázquez Bosco. Con muy buenas notas, acabó la carrera en 1874, y de ella salió con un bagaje de conocimientos técnicos y sobre todo con una ilusión por poner en práctica las teorías recibidas que le lanzaron inmediatamente al ejercicio profesional. Uno de los referentes estéticos que indudablemente marcarían al joven Medrano sería la obra de Ricardo Velázquez Bosco, entonces construyendo en Madrid cosas tan impresionantes como el ministerio de Fomento (hoy Agricultura), el palacio de Cristal del Retiro o la Escuela de Minas. Incluso es posible que ya por entonces comenzara a trazar los primeros apuntes de su obra magistral, el conjunto del Panteón y Fundación de la Duquesa de Sevillano en Guadalajara.

Casado con Mª Cruz Miguel Sánchez, tuvo con ella seis hijos, y en 1886 abrió una Academia preparatoria para carreras técnicas, donde varios años dio clases a multitud de alumnos. El prestigio que como profesor alcanzó en esta su Academia de la Plaza de la Cebada, fue sin duda la causa de que el Claustro de la Escuela Superior de Arquitectura le propusiera para el cargo de profesor «accidental», que ejerció durante un curso en la más alta escuela de la profesión, en Madrid. Gracias a su adhesión, mantenida toda su vida, a las ideas y a la persona del Conde de Romanones, pudo entrar también en la Administración para la que desempeñó el puesto de «Auxiliar para trabajos de inspección de Monumentos históricos», y a través de la política democrática de fines del XIX, fue elegido en diversas ocasiones concejal del Ayuntamiento madrileño, llegando a ser Teniente de Alcalde cuando don Álvaro de Figueroa presidió el Concejo madrileño. Ese quehacer le supuso también llegar a ser no solamente el arquitecto «personal» del egregio político alcarreño, sino que por esa vía alcanzó a ponerse de moda entre la alta sociedad madrileña, de la que empezó a cosechar encargos y éxitos relevantes.

La obra de Manuel Medrano

Sus más importantes construcciones las dejó Medrano Huetos en Madrid. Para el Conde de Romanones labró un impresionante edificio residencial en la calle del Marqués de Villamejor, y para los herederos de la madre del Conde, ella misma marquesa de Villamejor, proyectó y levantó la casa de la calle Maestro Victoria nº 3, así como otras edificaciones todas soberbias, diseñadas con gusto, con muchos detalles historicistas propios de la época. No olvidamos la casa que levantó en la calle Mayor madrileña, esquina a Postas, y algunas otras.

En Guadalajara dejó lo más cordial de su imaginación. Para Romanones hizo (rehizo, mejor dicho) el palacio de la Cotilla, casona dieciochesca que precisaba arreglos y ampliaciones. Para la familia del propio Medrano, y para él mismo cuando viniera a su burgo natal, en la calle de San Antonio donde había nacido, elevó un edificio dignísimo de cuatro plantas, hoy rehabilitado con gran acierto.

Con el prestigio adquirido en la Corte, el Ayuntamiento de Guadalajara, que en aquella época de finales del siglo XIX andaba buscando soluciones «modernas» para erigir su nueva sede, tras requerir proyectos de sus arquitectos municipales y de otros profesionales de prestigio, acudió a solicitar consejo y proyecto a Manuel Medrano. Uno con torre central y gran empaque salió de sus manos, aunque fue muy contestado por los compañeros que como de plantilla actuaban en el Concejo. No obstante, siempre se le consultó a Medrano acerca de los problemas que iban surgiendo en la erección del nuevo Ayuntamiento, valiéndole su dedicación los mejores elogios y aplausos de la ciudad.

Finalmente, quizás la obra más singular que de la imaginación y saber de Manuel Medrano salió: el panteón funerario de los marqueses de Villamejor. «Se trata, -según nos describe M.A. Baldellou en su obra ‘Tradición y Cambio en la Arquitectura de Guadalajara’- de un templo elevado sobre un alto podio con acceso por uno de sus lados. La planta es de cruz griega, de brazos muy cortos, lo que la hace parecer cuadrada. Un pórtico clásico con frontón y columnas jónicas se adelanta sobre el acceso, cubriéndole. Sobre esta base se eleva un templete de planta circular con tambor rodeado de columnas unidas por arcos de medio punto y cubierto por una bóveda que soporta una cruz con paño colgante». Lo terminó de construir en 1899, y por entonces se alzó ante los ojos de nuestros conciudadanos como uno de los monumentos más llamativos de la ciudad (aún no existía el Panteón de la Duquesa…) Hoy todavía sorprende a quien, entre los silenciosos cipreses del Camposanto, se da una vuelta a mirar arquitecturas.

De esta breve biografía, de esta densa obra arquitectónica. De tanto amor dedicado a una profesión, y de tanta sabiduría y buen criterio, quedó memoria entre quienes le conocieron. Y hoy, creo que con toda justeza, la mano también presta y sabia de Miguel Ángel Baldellou, animada por el Colegio de Arquitectos y la Diputación Provincial, han hecho posible que la memoria de Medrano Huetos se rescate entre nosotros, y el homenaje que muchos ciudadanos le dieron el pasado lunes nos supo a todos más a merecido. Obligado.

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