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diciembre 1st, 1995:

El castillo-parador de Sigüenza: entrada aen el laberinto

Salon del Trono en el Parador de Sigüenza

 

El laberinto es la figura arquetípica de la vida, por lo que supone de continua pérdida, de continua búsqueda, de comprobación permanente. Para los antiguos tuvo muchos otros simbolismos: en la edad larga del teocentrismo, el laberinto se consideraba una representación de la peregrinación a Tierra Santa, y aunque se supone que siempre fueron terrestres esos inciertos caminos, una imagen de Goose van Wreeswyk en su obra De Groene Leeuw muestra el santuario del lapis alquímico circulando por las órbitas de los planetas, representadas a modo de muros que dan lugar a un laberinto cósmico. Las ciudades antiguas dan también esa sensación de laberinto, de no poder encontrar ya nunca la salida, y permanecer in aeternis circulando por sus calles estrechas. Esa sensación tuve, y no hace mucho, al perderme por las callejas de la Medina de Túnez. En el mundo clásico, y según los cronistas del mismo, existieron cinco grandes laberintos: el de Egipto, que Plinio sitúa en el lago Moeris; los dos laberintos cretenses: el de Knosos y el de Gortyna; el del mundo griego en Lemnos, y el de los etruscos en Clusium. Aquí, en Guadalajara, hubo otro famoso laberinto: el de los jardines del palacio del Infantado  construidos desde un inicio por el renacentista segundo duque, y mejorados luego por su tataranieto de igual nombre, don Iñigo López de Mendoza, duque quinto del Infantado. A poniente del gran edificio se alzaba una complicada construcción de parterres, arcos y arboledas de apretada textura, que llevaban en misteriosos zigs-zags hasta el centro, donde se encontraba un toro, el Minotauro, rodeado de ancho estanque. Nada quedó, ni tampoco de los antiguos complejos laberínticos. Pero la vida sigue siéndolo, como cualquier actividad humana. 

El castillo-parador, un lugar de ensueño

El castillo-parador de Sigüenza bien puede calificarse como un lugar de ensueño, pues cumple a maravilla las condiciones de irrealidad que a las imágenes de la ensoñación les pedimos. Grande, alto, solemne, hierático. Sobre la colina por la que se extiende Sigüenza, en lo más alto, el castillo impone su estampa. No se ve otra cosa si se mira a lo alto. A veces queda medio confundido entre la niebla. Otras es el último rayo de sol de la tarde lo que, en premio a su altura, se lleva la alcazaba. Y entra en esa categoría porque es, también, un laberinto completo. No porque esté mal señalizado, no. Es porque la sensación de recorrer sus pasillos, sus salones, subiendo a pisos, moviéndose por galerías, encontrando inesperados rincones apacibles, espejos que devuelven la visión de lo ya andado, descubriendo desde lo alto una capilla medieval escondida… por lo que uno alcanza esa misteriosa sensación. Yo lo he andado multitud de veces, lo conozco bien, me maravillo siempre que en él vivo o la palpo; pero una vez más que todas esas, mantengo la sensación de que hay un núcleo que no veo, de que queda alguna habitación más allá que se me niega. En el castillo de Sigüenza siempre queda la posibilidad de que se guarde un lugar sagrado y misterioso, un lugar solo para iniciados: el pozo de la sabiduría ¿podría ser ese pozo que, dicen, comunica desde el patio al castillo con la catedral a través del que esta tiene en su claustro? Caminos de ensueño, de leyenda y de gozo. 

El castillo en la historia

No merece la pena entrar aquí a una larga disquisición acerca del origen, de los avatares y el final de esta mole pétrea. Su historia es larga, casi como lo es la de la Humanidad. Porque sobre el río Henares, vigilante de peñas y bosques circundantes, se alzó en siglos remotísimos un castro que fue inicio seguro de esta alcazaba. Los celtíberos se refugiaban aquí de los romanos. Los hombres del Lacio pusieron allí arriba su torre vigilante. Los visigodos después la mejoraron y cavaron los fundamentos delanteros de las torres actuales de la entrada. También los árabes, a la conquista de Hispania en el siglo VIII, se fijaron en este cerro y pusieron sus defensas sobre él. Y finalmente los castellanos (que más bien fueron mezcla de aragoneses, franceses y gentes de la Castilla norte) dijeron su deseo de poner allí su alta bandera carmesí. Y lo hicieron. La conquista de la ciudad en el año 1123 supone que a partir de ese momento el castillo seguntino cobrará su máxima pujanza. Se alzará enorme, creciente cada año, albergando en sus salas todo el poder concentrado en un solo hombre: el obispo de Sigüenza. Aquí residieron siempre estos eclesiásticos, señores de la ciudad, teniendo en sus salones la sede de sus instituciones de justicia, recaudación y corte. Aquí pasean todavía las sombras de aquellos grandes señores que fueron don Fernando de Luján, el guerrero Simón Girón de Cisneros, el levantisco López de Madrid, el sabio Bernardino López de Carvajal, o el renacentista Pedro González de Mendoza. Sus escudos, sus emblemas armeros, vénse por todas partes, pintados sobre reposteros o labrados a cincel sobre la piedra. Tras el abandono del señorío a principios del siglo XIX, y la retirada de aquella altura de sus propietarios, el castillo inició su ruina, que llegó a extremos lastimosos en esta centuria, siendo rescatado recientemente de su abandono mediante una cuidadosa restauración que le ha destinado al uso de Parador Nacional, y es hoy en este aspecto uno de los más grandes y hermosos de España. 

El castillo como Parador Nacional

En el Parador «Castillo de Sigüenza», que puede visitarse libremente, aparte de los servicios hoteleros que presta, y una extraordinaria gastronomía castellana que ofrece, se admira su planta irregular desde la distancia, con múltiples paramentos y torreones esquineros. La entrada la tiene en el costado norte, a través de las torres parejas que en el siglo XIII construyera el obispo Girón de Cisneros, y tras un vestíbulo de altas techumbres donde sobre cerámica se lee los avatares de la reconstrucción, se pasa al patio central, con jardines y pozo, y de allí a los diversos salones, como el del Trono, donde ejercían los obispos su justicia privada; o el de doña Blanca, donde aún se visita la estancia estrecha de la torre que contuvo ‑dicen‑ a la desgraciada esposa de Pedro I el Cruel, allí encerrada una temporada. También existe una pequeña capilla en la que se hacen exposiciones pictóricas durante el verano. Hace ahora dos años se remozó por completo el edificio que el arquitecto Picardo reconstruyera casi de la nada. Con ello se ha mejorado aún más la capacidad de acogimiento, y así resulta la sorpresa, que todos tienen cuando en él se alojan, de cómo un lugar de presencia tan adusta es capaz de tener unas habitaciones tan modernas, tan acogedoras, tan llenas de todo avance tecnológico. Porque hoy en el Parador de Sigüenza hay estancias con yakussi. Y las cadenas europeas se pueden ver en sus televisores sin problemas. 

La oferta de este centro hotelero ha llegado ultimamente a extremos insospechados. No sólo es sede habitualmente de exposiciones de arte, en las que los mejores pintores y escultores del país muestran su obra, sino que este invierno está teniendo lugar una temporada de conciertos en vivo por los salones del mismo. Se utiliza de vez en cuando como sede cumplida para presentaciones de libros, sin entrar al pormenor en las reuniones que  todos los niveles de la administración, pública y privada, mantienen con habitualidad en él. La distancia a Madrid, que es lo suficientemente justa como para que por tiempo no se tarde mucho más de una hora, pero por su recatamiento sea el lugar ideal para la tranquilidad y el gozo: ello hace que sea este el lugar escogido por muchas parejas de novios para pasar su primera noche de bodas, o para que los miembros de este o aquel comité ejecutivo de partido político tengan de vez en cuando su reunión secreta. 

Todo es de admirar en este lugar, que además no está vedado a nadie. ¿Quien no daría cualquier cosa por pasar un fin de semana en este castillo, rodeado de historia, de emociones, de laberínticas expectativas por todas partes? Pues lo que hay que dar es más bien poca cosa. Porque encima sus precios son baratos. Ser como por una noche señor del castillo, calentarse en invierno al amor de la lumbre, discurrir por sus salones admirando la carga de historia de sus sombras, y aún degustar en su inmenso salón-comedor con vistas al pinar seguntino de los mejores platos de la cocina alcarreña y castellana. 

No hace mucho tiempo, en el gran salón de rojas paredes que llaman del Trono porque en él los obispos se sentaban a administrar la justicia entre sus súbditos, presentó Juan-Antonio Martínez Gómez-Gordo, cronista de Sigüenza, junto a su hija Pilar Martínez Taboada, su libro sobre «La Cocina de Guadalajara». En ese marco se completó el acto con una cena servida por el Parador que puedo calificar sin duda alguna, de antológica. El pastel de cordero a la alcarreña, mezclado con la cecina, las verduras limpias y los postres ingeniosos, todo supone un auténtico reto, una llamada contundente a la visita, a la recidiva, al enamoramiento sin fisuras de este lugar. 

Un reclamo para el turismo

Para terminar, y como una apreciación personal que no creo descaminada, después de haber dado muchas vueltas por el mundo en mi calidad de miembro de la Federación Internacional de Escritores de Turismo: el castillo-parador de Sigüenza es la institución que más está haciendo por el turismo en la provincia de Guadalajara. No solo por su simple existencia, por su perfecto funcionamiento. También, y ahí está el mérito, por su dinamismo en ofertas, por su continua evolución, por el trato perfecto que a todos cuantos a él llegan les concede. Desde la subida en globo hasta las exposiciones de los Santos en verano,  la iniciativa del Parador seguntino está siempre en punta. Hay un elemento que bien puede decirse responsable de esta maravilla, aunque nombrarle supone que, con su clásica elegancia, reclame el mérito para toda la plantilla de trabajadores del centro: es su director, Francisco Alvaro, quien ha puesto muy alta la cota de servicio y acogida que da este lugar. Guadalajara entera debería estar realmente orgullosa de contar entre sus fronteras con un espacio así. Porque la avalora y la realza ante los ojos, todos los ojos, que la miran.