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diciembre, 1995:

Castillos a cada paso

El castillo de Anguix, desde el aire

Una caminada por las tierras adustas y ya frías de nuestra provincia nos puede deparar sorpresas sin tasa. Aunque en esto de los castillos, ya es difícil. Pero siempre queda el torreón singular que nunca se vio, la buitrera asomada al precipicio donde un montón bien colocado de piedras nos dicen que allí hubo castillejo, y aún ver por vez primera alguno de los casi centenar de fuertes edificios que en la Edad Media sirvieron como refugio, vigías o arietes en la guerra sin fin de aquellos tiempos.

Una nueva publicación acude en nuestra ayuda para mejor saborear estas antiguas arquitecturas. Se trata del libro «El castillo medieval español y su evolución», que ha escrito Jorge Jiménez Esteban, un buen conocedor de la castillología española, y más en particular de la guadalajareña, pues no en balde escribió y vio publicada por Penthalón hace algunos años su obra «Castillos de Guadalajara» en dos tomos.

El recorrido que hace Jiménez Esteban por los castillos españoles en su obra magníficamente ilustrada es de antología. No los recorre por provincias, como se ha hecho hasta ahora, ni por épocas, o dueños, sino en función de su tipología. Y ahí es donde vemos la gran variedad de formas que estos edificios, de los que se han contabilizado e inventariado un total de 5.422 en toda España, tienen y nos entregan para redención de rutinas y acedías. Viajar por España buscando las mil formas y usos de sus castillos es un gustazo al que difícilmente puede uno sustraerse, máxime si se lleva en la mano la obra de Jiménez Esteban.

Los castillos torrejones: Pioz y Torija

Aunque hay muchas formas de castillos, desde el palacio renacentista de La Calahorra a la Casa de la Encomienda de Estremera, o desde la maravilla mudéjar de Coca al ábside fortificado de Palacios Rubios en Avila, no cabe la menor duda que los más espléndidos castillos de España son los torrejones, aquellos que lucen en una de sus cuatro esquinas una gran torre del homenaje, corazón duro e impenetrable de su ser. De esos, que como el de Torrelobatón en Valladolid o el de Medina del Campo, nos salen al encuentro en cada enciclopedia, hay en Guadalajara varios, y hermosísimos. Son los que yo recomendaría que se vieran primero, para mejor captar el sabor de su historia y el pálpito de su fuerza.

Así, cabe recordar la fortaleza, bien cercana a nuestra capital, de Pioz, que se ve rodeada de un foso hondo y toda una línea de defensa en talud dentro de la cual se alza el castillo propiamente dicho, en cuya esquina occidental surge la gran torre del homenaje, ahora desprovista de almenas, pero segura en su invencibilidad. Las palomas atruenan el interior de este castillo que sigue, como hace siglos, en progresiva ruina, mientras unos y otros discuten su posesión y su destino. O el de Torija, este con mayor fortuna, porque ha sido restaurado, paso a paso, por la Diputación Provincial de Guadalajara, que finalmente ha colocado en su interior un Museo inusual y sorprendente: el Museo del «Viaje a la Alcarria», primero en nuestro país que se dedica por entero a un libro. El castillo de Torija, posesión (como casi todos los de mayor envergadura) de los Mendoza en siglos pasados, tiene sus cuatro altos muros bien firmes y con remates, enseñando gloriosa la torre del homenaje en su ángulo oriental, en la que se han puesto, sabiamente dispuestos los pisos con escaleras, muretes, paneles y cristales, todos los recuerdos que era dable materializar del Viaje que por nuestra tierra hiciera Cela hace 50 años: fotografías, cajas de membrillo, una silla de barbero y una ristra de melancolías difíciles de remansar. Un castillo sobrecogedor para un fin doméstico y literario.

Los castillos montanos: Jadraque y Embid

En la tipología castillera que Jiménez Esteban estudia por toda España, destacan también los castillos montanos, aquellos que se alzan sobre la verticalidad o dulzura de los cerros. En nuestra provincia tenemos también varios ejemplares señeros de esta escuela. Pero nos fijamos ahora en dos de ellos: el de Jadraque, junto al río Henares, y el de Embid, allá en la última frontera de Castilla con Aragón, al oriente máximo del Señorío de Molina. Acompañan sus siluetas a estas líneas. El de Jadraque está puesto sobre «el cerro más perfecto del mundo» como de su sustentáculo dijo Ortega. También mendocino, con uso palaciego después de haber servido en la guerra de las fronteras, ha sido adquirido y restaurado por los vecinos de Jadraque, que no llegan a olvidarse del todo de su castillo, aunque a veces se les confunde entre las nieblas de la altura celeste. Sus muros otean el ancho valle del Henares, y desde él se alcanzan (lo he comprobado) las almenas de Sigüenza y los muros del alcázar de Guadalajara. Toda una sabia colocación para mejor vigilar el rastro de un río que, cuando se construyó, en la época que los árabes de Al-Andalus dominaban hasta la orilla izquierda del Henares, servía de frontera entre dos reinos, entre dos religiones, entre dos formas radicalmente de entender la vida.

Embid es el ejemplo máximo del castillo recóndito, silencioso, abandonado. También vigilante sobre su oterillo del valle del río Piedra, tenía por misión ser atalaya y defensa de la frontera de Castilla contra Aragón. En torno a sus muros se dieron fuertes batallas durante los siglos XIV y XV. Luego, abandonado e inútil, fue pasto de la soledad, de las inclemencias del tiempo y, ya al final de sus días (que son estos en que vivimos) tuvo que pasar por ser frontón de mocedad -mocedad que ya ni acude por aquellos pagos- y apoyo de antenas televisivas que le llevaran a las gentes molinesas la imagen de cantantes de pantalón-campana y concursos de a millón la pregunta. Ya ni eso. Hace unos inviernos, el frío y la dejadez permitieron que su torre principal se viniera abajo con estrépito (en la fotografía adjunta aún está en pie).

Castillos de las fronteras

Guadalajara fue tierra de frontera. Atienza vigiló el paso de moros y cristianos desde su alta torre. Sigüenza sirvió de sede a los obispos. Cifuentes cobijó las ensoñadas rimas de don Enrique el Nigromántico. Zorita alojó a los caballeros calatravos en su lucha continua contra el Islam. Y Galve tuvo arrestos siempre para otear el paso de la Somosierra, allí más dulce aunque no menos fría. Guadalajara entera cuajada de castillos. Que tampoco hace mucho han visto sonreír sus mejores estampas en esa inolvidable y única obra de Layna Serrano que titula «Castillos de Guadalajara». Parece como si unos y otros se aliaran en pregonar tanta hermosura. Un patrimonio impresionante, único en el mundo, suculento, anonadador. Un patrimonio que, desde dentro, como siempre ocurre, se mira con indiferencia, cuando no con desprecio. Pero que desde las cuatro esquinas del mundo asombra y se pone como meta ensoñada de cualquier viaje.

¡Qué suerte tenemos de contar con ellos aquí al lado! Hoy a Pioz, mañana a Torija. La semana que viene a Jadraque, a Embid o hasta Arbeteta. Decenas, ristras de nombres, catálogos de imágenes que nunca se borrarán de nuestros ojos, nunca dejarán de palpitar en el almario más íntimo de nuestros recuerdos.

Un convento entre tomillos: el de Nuestra Señora de la Salceda

Ruinas de un monumento expoliado: la capilla de las Reliquias del Convento franciscano de La Salceda, entre Tendilla y Peñalver

 

Al viajero que sube la cuesta desde Tendilla al alto de la Alcarria (tierras de Peñalver y Fuentelencina) no deja de sorprenderle la silueta, -medio fiera, medio angélica-, de unas ruinas que parecen cada vez más mimetizadas con el rebollar y el tomillo que las rodea. Se trata de los restos comidos por el tiempo del convento de Nuestra Señora de la Salceda, uno de los ejemplos clave de la arquitectura alcarreña en los primeros años del siglo XVII. A pesar de la desfigurada faz que hoy muestra tras la bofetada del tiempo, sabemos de sus caracteres más importantes a través de una amplia bibliografía de cronistas de la orden Franciscana (Salazar, Waddingo), de historiadores de Guadalajara (Hernando Pecha, Francisco de Torres) y de algunos moradores y patronos de dicho convento (Fray Alonso López Magdaleno y sobre todo Fray Pedro González de Mendoza, quien escribió una ejemplar «Historia del Monte Celia» en la que cuenta orígenes y acabamientos de este monasterio). Sin embargo, todavía permanecen en el anonimato los arquitectos, escultores y decoradores que levantaron este cenobio.  

Aquí estuvo, en estos lares primigenios del Valle del Infierno, entre las villas de Tendilla y Peñalver, a caballo entre sus dos términos, el origen de la reforma franciscana en Castilla, realizada por el padre Villacreces, uno de los religiosos más destacados en los siglos XIV y XV, a partir de quien la fama de este «Monte Celia» creció ininterrumpidamente, a la par que su estructura arquitectónica y sus posesiones materiales.  

Concesiones papales y nobiliarias (Paulo V, Bonifacio VIII, Nicolás V, etc por un lado, y los duques de Pastrana, Ruy Gómez de Silva y doña Ana de Mendoza y de la Cerda, mas su hijo Pedro González de Mendoza por otro) hicieron de este lugar uno de los puntos de referencia de las novedades organizativas y espirituales de la reforma franciscana en Castilla.  

En su origen fueron simples ermitas

El emplazamiento se hizo sobre el Monte Celia, en el cual se elevaron la iglesia y las dependencias conventuales. En las laderas de este monte se pusieron quince ermitas donde los frailes flagelaron sus cuerpos y oraron, guardaron ayunos, y se mortificaron en virtud de la estricta observancia de la regla de San Francisco. Hasta nosotros han llegado algunos de sus nombres: en la ermita de San Diego hizo penitencia San Diego de Alcalá; la de la Concepción, donde se alojaba en los días primeros el padre Villacreces, y la de San Juan Bautista, donde sabemos que hizo penitencia el cardenal Cisneros.  

La iglesia era un portento arquitectónico

Sobre el conjunto de ermitas se alzaba la iglesia, abierta ante ella una inmensa lonja que la precedía. Desde el punto de vista arquitectónico, era fiel a la tipología dominante de los años finales del siglo XVI: un clasicismo plenamente escurialense. En el interior y en la parte baja de sus muros aparecía un zócalo de azulejos donde se narraban los milagros de la Virgen, mientras que del techo colgaban exvotos, prueba del agradecimiento de las gentes de la Alcarria por favores recibidos de la Virgen de la Salceda.  

Al fondo de la nave se alzaba el altar mayor, al que se accedía por medio de tres gradas y un arco triunfal, cuyo centro estaba ocupado por un sauce esculpido cuyas ramas alojaban muchos ángeles. Un lienzo de la Asunción y la custodia de la Virgen con las joyas (regalo de múltiples señoras de la casa de Pastrana) era lo más señalado iconográficamente de este conjunto plenamente manierista. Además el tabernáculo se adornaba de múltiples jarras de plata y lámparas que los devotos ofrecían.  

La ruina más solemne: la capilla de las Reliquias

Aparece en situación al mediodía de la iglesia, habiendo sido mandada construir y sufragada totalmente en sus costes por Fray Pedro González de Mendoza, el hijo de la princesa de Éboli, con el objeto de colocar en su interior todas las reliquias que fue reuniendo en su vida. Las paredes estaban también revestidas de azulejos en su parte inferior y hacia lo alto se abrían nichos para esas reliquias. Frente a la puerta estaban el altar y unas gradas que se abrían hacia una capilla cuadrada llena a su vez de otras reliquias de variadísima procedencia. Quizás lo más llamativo de esta capilla sea su planta, que tiene una configuración centralizada y ensambla a su vez dos elementos: el cuadrado y el círculo, representación de lo humano y lo divino respectivamente. La originalidad de este edificio se centra en esa unión del círculo y el cuadrado por medio de dos bóvedas de similar forma, y con dos altares con idénticos planteamientos en los espacios mayor y menor. Según refieren los cronistas de la orden francisca, tanto las columnas y sus capiteles, como la disposición geométrica de los relicarios, y la combinación de múltiples materiales, daban la fuerte impresión de un espacio acorde con el denominado «Acto Divino», una posibilidad difícil hoy de imaginar, pero que centra las intenciones simbólicas de la arquitectura religiosa del Siglo de Oro español. Las relaciones proporcionales y armónicas que desarrolla esta capilla, cada figura geométrica, cuadrada o circular de ella, iniciaba la generación de otras. El cuadrado central desde su punto medio desarrollaba hacia los vértices otros cuatro tetraedros, y entre cada par de ellos aparecían los triángulos desplegando sus formas, y engendrando conos que servían de base a la bóveda. Según la estudiosa de este edificio, Mª Teresa Fernández Madrid, el conjunto era de evidente inspiración bíblica, pues el número cuatro en geometría simboliza el universo conocido; el número tres, el triángulo, representa la Trinidad y su forma de materializarse en un principio activo.  

La planta de esta capilla de las Reliquias de la Salceda reúne en su esquema muy variados planteamientos simbólicos de diseño, con proporción numérica, especulación geométrica, armonías musicales y simbolismo numérico, lo cual la confería un interés que sólo por el milagro de los documentos conservados nos ha sido permitido comprender hoy, a pesar de su casi total ruina.  

En la biblioteca, todo el misterio y la sabiduría

La biblioteca de los monasterios era (recordar «El nombre de la rosa» y sus intrigantes caminos) una cumbre rodeada de misterios y sabiduría. De la primitiva estructura de la biblioteca de la Salceda no se conocen detalles, pero sí sabemos que existía, y estaba llena de libros, y de cuadros representando a los sabios frailes de la Orden.  

El cronista más eximio de este «Monte Celia», fray Pedro González, nos la pinta muy al vivo: Hacia las ventanas existían mapas, esferas, globos y grabados de antiguas ciudades y en cada parte de la librería un libro impreso del catálogo de toda ella y tablas particulares de los libros de aquel paño donde en primer lugar se ponen las classes de las sciencias para que el theologo bien visto, el Jurista o humanista que buscare cualquier libro, halle allí citado el folio donde hallare todos los de su facultad y no solo la substancia, sino los (…) de cada autor y porque esté impreso en libro de folio el orden y número de los libros no e querido dilatar en historia (…) todos los estantes son de tres gradas en alto, levantándose entre pilastras y coronas donde está la guía para quien busca el libro, retrato de su autor o del doctor que escribió sobre ella con eminencia. Una larguísima serie de retratos de frailes eméritos adornaba los muros de este recinto. Dice de ella Fernández Madrid que «Con este tipo de decoración, la Biblioteca puede valorarse como una unión entre la Razón  ‑Filosofía, Historia, Cánones‑  y la Fe  ‑Biblia, Padres de la iglesia‑.  La retórica visual es el ámbito en el que convergen todas las disciplinas enseñando al espectador las fuentes del conocimiento humano encarnado en un estudio fidedigno e interpretativo que permita actuar al entendimiento humano. Además de esta síntesis de lo divino y lo humano ‑que la aproxima iconográficamente a la Capilla de las Reliquias‑ subyace una exaltación de la orden franciscana por los retratos de los personajes que destacaron en cada una de las disciplinas‑ y su actividad propagandística y predicadora que se plasma también en un deseo de orden y gradación de saberes con el fin de permitir al lector acceder progresivamente a la Fuente Máxima del Saber: Dios, utilizando al tiempo las dos vertientes de la mente humana: Razón y Fe.  

En definitiva, y a pesar de la sensación de desolación, de abandono, de muerte y letargo que entre las ruinas de la Salceda hoy se respira, para cualquiera que hasta allí acuda con las orejas del alma bien dispuestas, y los dedos de la sensibilidad profunda dispuestos a palpar los bordes del aire, no tendrá mucha dificultad en encontrarse con la silenciosa letanía de su mensaje. Este era el de una exaltación de la Orden franciscana a través del patronato nobiliario, típico del Renacimiento español, que se plasmaba en las donaciones de objetos litúrgicos y reliquias y en el deseo de favorecer un enclave de devoción tradicional y popular.  

En palabras de Torres, el Monte Celia debió ser, con sus muchas y devotas ermitas, un sitio clave para la contemplación. Toda la casa fue un edificio curioso con oficinas acomodadas, librería famosa, iglesia graziosa donde están pintados en azulejos los muchos milagros de Nuestra Señora que está en custodia de cristal. Un halo de poesía, de misterio y de tristeza al mismo tiempo, cunden hoy sobre los secos páramos de la Alcarria de entre cuyos tomillares se alza esta venerable ruina, merecedora de una atención por parte de espectadores y viajeros.

Al final de un camino: el V Centenario del Cardenal Mendoza

Estampa del Cardenal Mendoza

 

Llegamos al fin del 1995, el año del Centenario (quinientos años de su muerte) del Cardenal Mendoza, y nos sentimos convocados para hacer un balance de lo que ese momento ha supuesto para ahondar en el conocimiento y aupar la memoria de tan insigne sujeto. Este ejercicio de análisis (con lo que supone de crítica y alabanza a las personas y fuerzas sociales implicadas en el tema) es siempre saludable, y alecciona para futuras empresas similares. 

El artículo que en el ABC del domingo 15 de enero publicó Salvador Andrés Ordax ha sido prácticamente el único homenaje que a su figura se ha dedicado a nivel nacional. ¡Un artículo de media página en un diario madrileño! Algunos artículos de otros compañeros y míos en este mismo periódico, y la dedicatoria por otro semanario provincial del facsímil de su propio extraordinario de 1895, es todo lo que la prensa provincial ha dedicado a su figura. La Diputación Provincial de Guadalajara se adelantó con la edición de un libro de Fernando Vilches publicado en 1994, y ofreció la exposición «Villas y Señores» que con fotografías de documentos de Archivos Municipales se ha expuesto en Guadalajara, Sigüenza, Casa de Guadalajara en Madrid y otros pueblos de la provincia (de esta exposición ya hicimos la correspondiente valoración cuando fue inaugurada). Se han anunciado para un futuro próximo una serie de conferencias sobre el mismo personaje, de las que en este momento no tenemos noticias de títulos y/o conferenciantes. 

Por otras partes han llegado también los justos y esperados homenajes: una serie de conferencias dedicadas al Cardenal en la catedral seguntina por la Asociación de Amigos de la misma, y el denso programa desarrollado por la Casa de Guadalajara en Madrid han servido para que la memoria del que fuera uno de los más grandes alcarreños de la historia no quedase varada en el yermo del olvido. Se han organizado dos series de conferencias, que han examinado de arriba a abajo, y con lupa, la figura del purpurado mendocino. Se han realizado viajes, multitudinarios siempre, a los más apartados lugares de la geografía española, donde el Cardenal dejó su huella más o menos profunda. Se han reeditado algunos folletos y guías de Layna Serrano para recordar cómo por todos los pueblos alcarreños quedaron retazos de esta apasionante vida. Se ha dicho algo, en fin. Algo más de lo que otra institución que tendría que haberse volcado, (me refiero a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha) ha dicho o hecho en torno a la memoria de este individuo, de don Pedro González de Mendoza, el Cardenal de España que junto a los Reyes Católicos fraguó la unidad política peninsular y gestó el salto a América. Al menos por Guadalajara no nos ha llegado noticia de ello. Porque si en algún lugar era lógico celebrarlo, era en la ciudad del Henares, donde nació en 1428 y murió en 1495. Donde, además, vivió largos años en su gran palacio frente a Santa María. Y donde algunos aún nos acordamos de él, y le tenemos como cifra de un espíritu y modelo de fuerza vital. 

Para mayor contraste de actitudes, puedo recordar cómo, durante el mes de Octubre, la capital de la «otra» Comunidad castellana ha celebrado una suntuosa exposición antológica de la vida y la obra del Cardenal Mendoza. Tomando como sede principal el Colegio mayor de la Santa Cruz, en Valladolid, numerosas conferencias, muestras de cuadros, libros y documentos se han ofrecido al público curioso, con la edición de variados folletos y un especialísimo Catálogo de gran vistosidad y muy útil. 

Esta tarde mismo, y quizás como colofón en este año de lo que por estos lares ha sido pálido Centenario cardenalicio, daré una conferencia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, invitado por la Sociedad Española de Heraldistas y Genealogistas. Allí volveré a rememorar la trayectoria vital de este egregio alcarreño, al que por faltar, aún le falta el indispensable monumento (una placa por lo menos, cuando no una merecidísima estatua) en Guadalajara. Allí recordaremos su paso por la política, por la cultura, por las artes, por la Iglesia. Un cúmulo de grandes decisiones que salieron de su mano, un inacabable rosario de maravillas a las que Pedro González de Mendoza dio a luz y alentó a crecer. Quizás sea ese el destino de la mayoría de los humanos: como dice el refrán que «nadie es profeta en su tierra», así al Cardenal Mendoza darán cumplido homenaje más en tierras ajenas que en las propias.

Medinaceli, una ciudad del cielo para vivir un rato

Arco romano de Medinaceli

 

Será que uno se va volviendo viejo. La vida es una rueda que nos lleva desde la inconsciencia al saber, y luego al olvido. Cuando vuelvo al alto llano numantino, leo los versos de Machado, y me emociono. No es un pecado, ni desmerece de un ser humano que el sentimiento se le alborote, que se le atraganten las palabras, que se le agolpen los sentimientos y le hagan nudos, y le aprieten, entre el corazón y los conductos lacrimales. Será que uno se va volviendo viejo, pero al leer las palabras, tan antiguas ya, tan impresionantes, que escribe Machado al ver morir a su amor único, no puedo por menos de sentir un temblor en la mano que sostiene el libro: «Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería./ Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./ Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía./ Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar». 

Esta atroz reclamación, este grito de soledad y de impotencia, me vuelve a la cabeza siempre que llego a las tierras de Soria. Donde no hay mar. Donde, sin embargo, resuena siempre la serena, la hermosa, la imperecedera palabra de Antonio Machado. Aquí, en la Plaza Mayor de Medinaceli, cuando el sol último de la postrera tarde del sereno otoño pone de gala los muros solemnes del palacio ducal y a la alta torre de la Colegiata la enciende como una antorcha sobre los doloridos campos grises, me vuelven las palabras de Machado a repicar en las entrañas: «Allá, en las tierras altas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria, entre plomizos cerros / y manchas de raídos encinares, / mi corazón está vagando, en sueños…» No hay nadie en la plaza. Sólo el viajero, que acude allá a lo alto con su tristeza, «tristeza que es amor», y sigue mascullando tantas frases que lleva en el corazón marcadas, que en un momento ya no sabe si las recuerda, las vive, las sueña o están grabadas en placas de granito y bronce por los muros opacos de aquellas casas viejas: «¡Oh, sí! Conmigo váis, campos de Soria, /tardes tranquilas, montes de violeta, / alamedas del río, verde sueño / del suelo gris y de la parda tierra, / agria melancolía / de la ciudad decrépita». 

Medinaceli es una fastuosa representación del alma de España. Un espacio urbano puesto en lo alto de un cerro, vigilante de un valle caminado intensamente desde los tiempos de los romanos. Ellos le pusieron el nombre, al ver tan alta su silueta: Medinaceli, «ciudad del Cielo», en una simbiosis toponímica en la que participaron tras los romanos los árabes. Y luego el Cid Campeador, el adusto guerrero que puso revolución, guerra y orden al fin en las tierras hispanas desde Burgos a Valencia. Por aquí pasaron -¡cómo no!- los Mendoza, entroncados desde el siglo XV con los duques de Medinaceli, señores de bosques y de yermos, duros jerarcas de esta fría altura. Y pasó don Ramón Menéndez Pidal, estudiando el habla de estos pastores que aún se embuchan en mantas pardiblancas, bajo la boina toda la sabiduría de quien oye, por todos lados, palabras sin descanso, y luego piensan, a solas, entre estas rocas de los campos de Soria «donde parece que las rocas sueñan…». Y llegó Gerardo Diego, poniendo su verso a latir entre la prieta formación de estas casas emplazadas y serias. Y Machado, con su dolor a cuestas. Y este viajero, el último, con su tristeza. 

Merece la pena llegarse, desde Guadalajara por la autovía, en una hora corta, o desde Sigüenza quien por allí pase algunos días, en poco más de un cuarto de hora, hasta Medinaceli. Es un lugar muy próximo a nuestra provincia, tan próximo que por fuerza comulga en su historia con la nuestra. Señora del Jalón y de las altas sierras del Ducado, Medinaceli fue la sede de un fuerte concejo al que perteneció Sigüenza en la Edad Media, y muchas otras aldeas del norte de la tierra guadalajareña. Sus señores, guerreros antiguos de la corte Trastamara, entroncaron con los Mendoza de los valles del Tajo, y en esta espina, en esta vértebra máxima de Iberia, se unieron para dar una raza de aristócratas que pondrían España en sazón (el marqués de Santillana, el Cardenal Mendoza, don Luís de la Cerda, el embajador don Iñigo López, y muchos otros) y la harían grande por dentro e inmensa por fuera. Tierras estas para pensar, para trazar proyectos al amor de una buena lumbre, para detrás de unos cristales medio empañados soñar con inmensos campos lejanos, con mares de azul inacabable, pero a los pies puestos. 

En Medinaceli el viajero se para un buen rato a admirar la Plaza Mayor. Allí está, ya lo dije, el gran palacio de los duques. Hoy conserva de un mediano buen ver tan sólo la fachada, porque el resto está en ruinas: los tejados cayéndose, los salones vacíos, la humedad creciendo por las junturas. Hay muchas casas, entre ellas el Ayuntamiento, y algunas otras en las que crece, como un milagro, el Restaurante «Las llaves» que es una de esas joyas increíbles en las que además de encontrar un puerto seguro de atenciones se come bien y se disfruta. Sobre sus tejados, aparece la torre de la gran Colegiata de Santa María, elevada de nuevas en el siglo XVI con aire renacentista, grandiosas proporciones, muchos escudos de los señores duques, y retablos dorados y relumbrones. Por el pueblo, como monumentos, pueden verse casonas palaciegas adinteladas de piedras armeras y cimadas de castellanos lambrequines; conventos vivos donde las monjas rezan y hacen pastelillos, dulces de altura, con susurros suaves tras los hierros negros de sus clausuras. Pero también hay bares, y galerías de arte, y casas reconstruidas que dan cobijo, sobre todo en los fines de semana, a gentes que valoran esta soledad, esta lejanía, de modo distinto a como el común de las gentes piensa que debe ser la vida. 

Ahora, en el invierno, en los días más cortos del año, hay que subir a Medinaceli a mediodía. Para poder ver, desde la balconada que se forma ante el gran arco de triunfo puesto por los romanos, la gloria luminosa del valle y los montes lejanos. Las piedras de la vieja muralla árabe soltarán sombras duras, como palabras hondas. Palabras que serán como estas, compases de la vida para justificar latidos. Aquí no se viene a nada: a pasear, a mirar, a soñar. A saber que se está en Medinaceli, a sentir silenciosa y fría la mano de la historia en el cogote. A pensar que España es grande porque nació, tras siglos de sufrimiento y renuncias, de sitios como este, de gentes que aquí habitaban. Se viene también, -pienso- a recordar los versos de Pedro Salinas en «La voz a ti debida», cuando dice que «Nos cobijaban techos,/ menos que techos, nubes;/ menos que nubes, cielos;/ aún menos, aire, nada», y bajo el azul sereno, potente, del cielo castellano en otoñada limpia, poder con el poeta castellano decir en verdad que «No en palacios de mármol,/ no en meses, no, ni en cifras,/ nunca pisando el suelo:/ en leves mundos frágiles/ hemos vivido juntos». Aquí puedes, lector, si quieres sentir la gloria de ser humano, o el «dolorido sentir» de aquel hombre de Azorín, que miraba a Castilla con la cara apoyada en una mano, estar a gusto. Medinaceli, tan cerca de nosotros, es un espacio-tubo por donde se va a otros mundos. ¿Una base de lanzamiento? No lo sé. Uno de esos mundos frágiles donde poder vivir fuera de los meses, de las cifras, de los palacios de mármol… o de los supermercados y las autopistas. Un lugar donde -lo sé por experiencia- se adelanta el alma a conocer futuros.

El castillo-parador de Sigüenza: entrada aen el laberinto

Salon del Trono en el Parador de Sigüenza

 

El laberinto es la figura arquetípica de la vida, por lo que supone de continua pérdida, de continua búsqueda, de comprobación permanente. Para los antiguos tuvo muchos otros simbolismos: en la edad larga del teocentrismo, el laberinto se consideraba una representación de la peregrinación a Tierra Santa, y aunque se supone que siempre fueron terrestres esos inciertos caminos, una imagen de Goose van Wreeswyk en su obra De Groene Leeuw muestra el santuario del lapis alquímico circulando por las órbitas de los planetas, representadas a modo de muros que dan lugar a un laberinto cósmico. Las ciudades antiguas dan también esa sensación de laberinto, de no poder encontrar ya nunca la salida, y permanecer in aeternis circulando por sus calles estrechas. Esa sensación tuve, y no hace mucho, al perderme por las callejas de la Medina de Túnez. En el mundo clásico, y según los cronistas del mismo, existieron cinco grandes laberintos: el de Egipto, que Plinio sitúa en el lago Moeris; los dos laberintos cretenses: el de Knosos y el de Gortyna; el del mundo griego en Lemnos, y el de los etruscos en Clusium. Aquí, en Guadalajara, hubo otro famoso laberinto: el de los jardines del palacio del Infantado  construidos desde un inicio por el renacentista segundo duque, y mejorados luego por su tataranieto de igual nombre, don Iñigo López de Mendoza, duque quinto del Infantado. A poniente del gran edificio se alzaba una complicada construcción de parterres, arcos y arboledas de apretada textura, que llevaban en misteriosos zigs-zags hasta el centro, donde se encontraba un toro, el Minotauro, rodeado de ancho estanque. Nada quedó, ni tampoco de los antiguos complejos laberínticos. Pero la vida sigue siéndolo, como cualquier actividad humana. 

El castillo-parador, un lugar de ensueño

El castillo-parador de Sigüenza bien puede calificarse como un lugar de ensueño, pues cumple a maravilla las condiciones de irrealidad que a las imágenes de la ensoñación les pedimos. Grande, alto, solemne, hierático. Sobre la colina por la que se extiende Sigüenza, en lo más alto, el castillo impone su estampa. No se ve otra cosa si se mira a lo alto. A veces queda medio confundido entre la niebla. Otras es el último rayo de sol de la tarde lo que, en premio a su altura, se lleva la alcazaba. Y entra en esa categoría porque es, también, un laberinto completo. No porque esté mal señalizado, no. Es porque la sensación de recorrer sus pasillos, sus salones, subiendo a pisos, moviéndose por galerías, encontrando inesperados rincones apacibles, espejos que devuelven la visión de lo ya andado, descubriendo desde lo alto una capilla medieval escondida… por lo que uno alcanza esa misteriosa sensación. Yo lo he andado multitud de veces, lo conozco bien, me maravillo siempre que en él vivo o la palpo; pero una vez más que todas esas, mantengo la sensación de que hay un núcleo que no veo, de que queda alguna habitación más allá que se me niega. En el castillo de Sigüenza siempre queda la posibilidad de que se guarde un lugar sagrado y misterioso, un lugar solo para iniciados: el pozo de la sabiduría ¿podría ser ese pozo que, dicen, comunica desde el patio al castillo con la catedral a través del que esta tiene en su claustro? Caminos de ensueño, de leyenda y de gozo. 

El castillo en la historia

No merece la pena entrar aquí a una larga disquisición acerca del origen, de los avatares y el final de esta mole pétrea. Su historia es larga, casi como lo es la de la Humanidad. Porque sobre el río Henares, vigilante de peñas y bosques circundantes, se alzó en siglos remotísimos un castro que fue inicio seguro de esta alcazaba. Los celtíberos se refugiaban aquí de los romanos. Los hombres del Lacio pusieron allí arriba su torre vigilante. Los visigodos después la mejoraron y cavaron los fundamentos delanteros de las torres actuales de la entrada. También los árabes, a la conquista de Hispania en el siglo VIII, se fijaron en este cerro y pusieron sus defensas sobre él. Y finalmente los castellanos (que más bien fueron mezcla de aragoneses, franceses y gentes de la Castilla norte) dijeron su deseo de poner allí su alta bandera carmesí. Y lo hicieron. La conquista de la ciudad en el año 1123 supone que a partir de ese momento el castillo seguntino cobrará su máxima pujanza. Se alzará enorme, creciente cada año, albergando en sus salas todo el poder concentrado en un solo hombre: el obispo de Sigüenza. Aquí residieron siempre estos eclesiásticos, señores de la ciudad, teniendo en sus salones la sede de sus instituciones de justicia, recaudación y corte. Aquí pasean todavía las sombras de aquellos grandes señores que fueron don Fernando de Luján, el guerrero Simón Girón de Cisneros, el levantisco López de Madrid, el sabio Bernardino López de Carvajal, o el renacentista Pedro González de Mendoza. Sus escudos, sus emblemas armeros, vénse por todas partes, pintados sobre reposteros o labrados a cincel sobre la piedra. Tras el abandono del señorío a principios del siglo XIX, y la retirada de aquella altura de sus propietarios, el castillo inició su ruina, que llegó a extremos lastimosos en esta centuria, siendo rescatado recientemente de su abandono mediante una cuidadosa restauración que le ha destinado al uso de Parador Nacional, y es hoy en este aspecto uno de los más grandes y hermosos de España. 

El castillo como Parador Nacional

En el Parador «Castillo de Sigüenza», que puede visitarse libremente, aparte de los servicios hoteleros que presta, y una extraordinaria gastronomía castellana que ofrece, se admira su planta irregular desde la distancia, con múltiples paramentos y torreones esquineros. La entrada la tiene en el costado norte, a través de las torres parejas que en el siglo XIII construyera el obispo Girón de Cisneros, y tras un vestíbulo de altas techumbres donde sobre cerámica se lee los avatares de la reconstrucción, se pasa al patio central, con jardines y pozo, y de allí a los diversos salones, como el del Trono, donde ejercían los obispos su justicia privada; o el de doña Blanca, donde aún se visita la estancia estrecha de la torre que contuvo ‑dicen‑ a la desgraciada esposa de Pedro I el Cruel, allí encerrada una temporada. También existe una pequeña capilla en la que se hacen exposiciones pictóricas durante el verano. Hace ahora dos años se remozó por completo el edificio que el arquitecto Picardo reconstruyera casi de la nada. Con ello se ha mejorado aún más la capacidad de acogimiento, y así resulta la sorpresa, que todos tienen cuando en él se alojan, de cómo un lugar de presencia tan adusta es capaz de tener unas habitaciones tan modernas, tan acogedoras, tan llenas de todo avance tecnológico. Porque hoy en el Parador de Sigüenza hay estancias con yakussi. Y las cadenas europeas se pueden ver en sus televisores sin problemas. 

La oferta de este centro hotelero ha llegado ultimamente a extremos insospechados. No sólo es sede habitualmente de exposiciones de arte, en las que los mejores pintores y escultores del país muestran su obra, sino que este invierno está teniendo lugar una temporada de conciertos en vivo por los salones del mismo. Se utiliza de vez en cuando como sede cumplida para presentaciones de libros, sin entrar al pormenor en las reuniones que  todos los niveles de la administración, pública y privada, mantienen con habitualidad en él. La distancia a Madrid, que es lo suficientemente justa como para que por tiempo no se tarde mucho más de una hora, pero por su recatamiento sea el lugar ideal para la tranquilidad y el gozo: ello hace que sea este el lugar escogido por muchas parejas de novios para pasar su primera noche de bodas, o para que los miembros de este o aquel comité ejecutivo de partido político tengan de vez en cuando su reunión secreta. 

Todo es de admirar en este lugar, que además no está vedado a nadie. ¿Quien no daría cualquier cosa por pasar un fin de semana en este castillo, rodeado de historia, de emociones, de laberínticas expectativas por todas partes? Pues lo que hay que dar es más bien poca cosa. Porque encima sus precios son baratos. Ser como por una noche señor del castillo, calentarse en invierno al amor de la lumbre, discurrir por sus salones admirando la carga de historia de sus sombras, y aún degustar en su inmenso salón-comedor con vistas al pinar seguntino de los mejores platos de la cocina alcarreña y castellana. 

No hace mucho tiempo, en el gran salón de rojas paredes que llaman del Trono porque en él los obispos se sentaban a administrar la justicia entre sus súbditos, presentó Juan-Antonio Martínez Gómez-Gordo, cronista de Sigüenza, junto a su hija Pilar Martínez Taboada, su libro sobre «La Cocina de Guadalajara». En ese marco se completó el acto con una cena servida por el Parador que puedo calificar sin duda alguna, de antológica. El pastel de cordero a la alcarreña, mezclado con la cecina, las verduras limpias y los postres ingeniosos, todo supone un auténtico reto, una llamada contundente a la visita, a la recidiva, al enamoramiento sin fisuras de este lugar. 

Un reclamo para el turismo

Para terminar, y como una apreciación personal que no creo descaminada, después de haber dado muchas vueltas por el mundo en mi calidad de miembro de la Federación Internacional de Escritores de Turismo: el castillo-parador de Sigüenza es la institución que más está haciendo por el turismo en la provincia de Guadalajara. No solo por su simple existencia, por su perfecto funcionamiento. También, y ahí está el mérito, por su dinamismo en ofertas, por su continua evolución, por el trato perfecto que a todos cuantos a él llegan les concede. Desde la subida en globo hasta las exposiciones de los Santos en verano,  la iniciativa del Parador seguntino está siempre en punta. Hay un elemento que bien puede decirse responsable de esta maravilla, aunque nombrarle supone que, con su clásica elegancia, reclame el mérito para toda la plantilla de trabajadores del centro: es su director, Francisco Alvaro, quien ha puesto muy alta la cota de servicio y acogida que da este lugar. Guadalajara entera debería estar realmente orgullosa de contar entre sus fronteras con un espacio así. Porque la avalora y la realza ante los ojos, todos los ojos, que la miran.