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noviembre, 1995:

Otro hallazgo mediterráneo: el Doncel de Sicilia

Estatua de caballero lector en la cripta de la Catedral de Palermo (Sicilia)

 

Tuve la suerte el pasado mes de septiembre de recorrer algunas de las principales islas del Mediterráneo, en el seno del 6º Congreso de la Organización Mediterránea de Escritores de Turismo. Y después de atracar en Malta, de recorrer las calles de La Valeta, Medina y Rabat, sus principales ciudades cuajadas en densidad de recuerdos históricos y monumentales del paso de los españoles, otra mañana de fuerte sol, de colores rientes y alegría a la italiana por todas las aceras, me bajé a las calles de Palermo, un enclave de más de un millón de habitantes donde (como en toda Italia) el inmenso caos circulatorio de las calles se suple con el buen humor y la amabilidad sin fin de sus gentes. (La historia de la mafia es cosa que sólo se ve en películas, culebrones y, por supuesto, en las lápidas del Cementerio de los Capuchinos…)Es, en cualquier caso, una cosa de ellos (la cosa nostra) no de los visitantes. 

Cantando Granada con el taxista, que en un rapto de alegría se aplaude a sí mismo soltando las manos del volante, llego a lo alto de la Conca de Oro, el Monreale donde pusieron los reyes normandos y los aragoneses su principal palacio dominante del montañoso territorio. La iglesia más impresionante de Sicilia (porque en Italia es difícil que algo supere a otra cosa) ofrece la mezcla de bizantinismo, arabismo y románico estilo más alucinante que se puede imaginar. 6.500 metros cuadrados de mosaicos bellísimos decoran muros y bóvedas del anchuroso templo, mientras que en el claustro de la abadía cientos de columnas y capiteles ofrecen la talla más fina, exuberante y delicada que el románico europeo puede ofrecer. 

Hay muchas otras cosas en Palermo. El recuerdo de Carlos V permanece en la grandiosa Puerta Nueva que la ciudad le ofreció en homenaje de sumisión. Deja pequeña a cualquier otra puerta española, con sus enormes atlantes sujetando los frisos y el airoso cuerpo de columnas en el remate. Las Cuatro Esquinas en la calle Vittorio Enmanuel, llamada también Piazza Vigliena en recuerdo del virrey hispano que la mandó erigir, son otros tantos edificios monumentales con fuentes, placas y estatuas que representan a todos los reyes Felipes que ha tenido España. Junto a ellas, la elegante Piazza Pretoria, con su enorme fuente repleta de dioses tallados, que para su particular regalo mandó levantar ante su palacio el virrey Pedro de Toledo. 

Finalmente, y tras recorrer la concurrida Vía Maqueda, en recuerdo de otro virrey aragonés, me enfrento al polimorfo edificio de la catedral palermitana, donde se mezclan enterrados en extraños mausoleos los primitivos reyes normandos, con otros aragoneses y gentes diversas de una nobleza que, en esta isla, conoció las más exageradas mezclas de sangre que pueda imaginarse. Cartagineses, griegos y romanos en la antigüedad le dieron su firmeza cultural. Normandos, árabes y bizantinos sus orígenes históricos. Españoles y franceses su solera última. Y hoy la alegría de un pueblo italiano que vive en la calle y, al mismo tiempo, es culto y sabio. Dentro de la catedral, retablos y mármoles, como todas. Y bajo el altar mayor, una cripta. Las guías anuncian un espacio amplio, a medio excavar, con decenas de sepulcros depositados sin mayor orden: unos de origen romano, otros medieval, algunas placas bizantinas… 

Por cumplir hasta el fin el rito de la visita turística (y llevado, estoy seguro, de alguna llamada secreta en el corazón) visito esta cripta palermitana. Sorpresa mayúscula, porque nadie habló nunca de él. Allí estaba, en la penumbra penúltima de un arco apuntado, “el Doncel de Sicilia”, un enterramiento medieval que contiene los restos de un misterioso caballero cruzado, Federico de Antioquía, muerto en 1305, y cuya estatua yacente luce encima, tallada por alguno de los miembros de la familia/escuela de los Gagini. Se trata de un individuo un tanto hierático en su aspecto, revestido de armadura metálica, las piernas cruzadas por haber muerto, sin duda, en batalla contra los moros, y a los pies depositado su yelmo o celada. Apoya el cuerpo sobre su costado izquierdo, y reposa su cabeza sobre la mano de ese lado, cuyo codo descansa a su vez en un manojo de almohadones. Con la mano derecha mantiene abierto un libro que se apoya en su cadera, y que, si antes lo estuvo leyendo, ahora le ha entrado el sueño y sólo lo señala, abierto, y lo muestra al visitante. El no lee, ni medita, como el seguntino Martín Vázquez. El caballero mediterráneo Federico de Antioquía está, resueltamente, dormido. La lápida que en un primitivo gótico ofrece la escena de la Anunciación y los escudos del caballero, nos dice algo sobre su condición de magnífico guerrero («miles magnifico») y hermano del arzobispo de Palermo don Olegario. 

Pero esta estatua tiene, sin duda, un enorme significado para cuantos nos interesamos por el arte hispano, por el arte de la tierra de Guadalajara en particular. Porque nos viene a demostrar que la corriente de tallar estatuas funerarias con un sentido especial que sobrelleva la simple pérdida de la vida, y representar caballeros, luchadores, en actitud de descanso o dormición, mientras exhiben papeles y libros que demuestran su afición a las letras, es algo de muy antigua y prolongada tradición en las tierras del Mediterráneo. Si la semana pasada veíamos el que pudiera considerarse último eslabón de esta cadena (el «Doncel de Malta» como hemos llamado a la estatua yacente del vizconde de Beaujolais), la que hoy comento se pondría sin discusión al comienzo de la cadena: este Federico de Antioquía es el caballero yacente, meditabundo y lector más antiguo de toda la Mediterranía. 

En España la tradición es amplia, llena de excelentes figuras entre las que, sin discusión, y sin falsos chauvinismos, destaca la tallada cifra caballeresca de don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza. Aunque con muchas razones sospechamos fue tallado en Guadalajara, en el taller de Sebastián de Almonacid, la tradición sigue queriendo que fuera de la mano de algún italiano, de Sansovino, por ejemplo, que en aquellos años anduvo la Península, y que tenía ya por entonces, en los finales años del siglo XV, la gloria de haber tallado en la iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, las estatuas sepulcrales del cardenal Girolamo Rosso y la de Ascanio Sforza, sin duda claros antecedentes del Doncel, pero también, con menos duda aún, clarísimos herederos de este Doncel siciliano que, un tanto primitivo, inicia un camino muy utilizado en los países mediterráneos. 

En España no puede dejar de admirarse la rica factura del sepulcro de Antonio del Corro, en la iglesia parroquial de San Vicente de la Barquera, en Cantabria. El ilustre inquisidor vio su figura tallada por Juan Bautista Vázquez el Viejo, quien aprendió este escorzo en Italia, cuando allí viajó a formarse. Después del Doncel seguntino, el cántabro es el mejor de la Península. Contemporáneo suyo, además. Pero si alguien quiere empaparse de Donceles españoles, puede hacerlo con una «tournée» no excesiva. Puede ir al monasterio de Montserrat y ver el enterramiento de Bernardo de Vilamarí, o a la iglesia parroquial de Bellpuig y admirar el soberbio conjunto en el que descansa, dormido y apoyado sobre su mano, el caballero Ramón Folch de Cardona. También en Salamanca hay más de un ejemplo: en la iglesia de San Martín está la estatua semiyacente de Roberto de Santiesteban (que como Corro y Martín Vázquez está con los ojos abiertos, leyendo o meditando), en la iglesia de San Martín descansa Rodrigo de Maldonado, y en la catedral nueva está Francisco Sánchez de Palenzuela. El segundo de ellos lee un libro, aunque tiene su mano en la sien, en una postura un tanto forzada. También en Guadalajara hay dos magníficos ejemplos de yacentes incorporados: son hombre y mujer, y proceden sin duda del mismo taller que tallara al Doncel seguntino. En la iglesia de San Ginés, hoy muy destrozados por la Guerra y sus agentes, están los bultos en mármol de Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, y de su esposa Elvira de Quiñones: despiertos, incorporados, lectores de sendos libros, lloran su muerte sendos pajecillos dolientes puestos a sus pies. 

No merece la pena seguir desgranando erudición en una nota que quiere ser de asombro por ver cómo un tipo universal, el muerto que lee, aparece si cesar en la ruta monumental de la Europa mediterránea. Este que he encontrado en la oscura cripta de la catedral de Palermo es, sin duda, el más antiguo de todos los hasta ahora conocidos, y bien pudiera tenérsele por el antecedente más venerable del Doncel. Pero seguro que la imagen deriva de anteriores modelos, y sin forzar mucho, cualquier especialista en la Antigüedad clásica nos entregaría algún ejemplo pretérito. Bebemos y vivimos, sin cesar, de la fuente de Roma, mientras el viento del Peloponeso nos revuelve el pelo. Y la verdad, cuando se ve amanecer sobre la cubierta de un barco, perdido en la infinidad azul y dorada de las aguas del Mediterráneo, uno no puede más que sentirse feliz, esperar el último puerto, y adivinar la voz que en él nos llama.

En busca de El Doncel de Malta

 

En el centro mismo del Mediterráneo, a una distancia similar de Gibraltar y de Estambul, a poco más de 200 kilómetros desde la costa africana, y a un centenar de kilómetros de Sicilia, se alza plana y suave, despejada de árboles y densa de historias la isla de Malta. La celebración en la capital de Túnez del 6º Congreso de la Organización Mediterránea de Escritores de Turismo, en la que tuve ocasión de presentar una ponencia sobre el tema oficial «Los Legados arqueológicos como nexo de unión entre los países mediterráneos», y el posterior viaje, en barco, por diversas islas y puertos del Mare Nostrum, me permitió arribar un día luminoso a La Valeta, la mítica ciudad que resultó invicta ante los ataques turcos durante siglos. Los caballeros de la Orden de Malta, extraídos durante varios siglos de lo más granado de la aristocracia europea, establecieron en la isla un estado soberano, y pusieron su capital en un puerto natural de la costa norte, que aún hoy, como hace varios siglos, permanece a cubierto de cualquier ataque rodeado de altas murallas sobre el mar, albergando en su interior infinidad de palacios, iglesias y monumentales perspectivas propias de una ciudad que parece anclada en el siglo XVIII.

El objetivo al desembarcar era bien claro: había que encontrar, donde fuera y como fuera, la estatua del «Doncel de Malta», que aquí en Guadalajara todos hemos oído nombrar pero hasta ahora nadie, al menos en el círculo de las amistades más cercanas, había conseguido ver. Sabíamos que estaba en una iglesia de La Valeta, y que se trataba de la estatua de un joven caballero, recostado, apoyada su cabeza en una mano y con un libro en las manos, todo ello tallado en mármol y con sus correspondientes explicaciones y/o epitafios.

Después de subir cuestas sin fin, bajar otras tantas, entrar en un par de suntuosos templos barrocos y preguntar a viandantes y porteros, la aparición (yo diría que milagrosa) de un personaje menudo y parlanchín nos dio la clave inmediata del misterio. -«¿Un caballero tallado en mármol, recostado y meditabundo?… por supuesto. Está en Saint John, y se trata del enterramiento del vizconde de Beaujolais, un caballero francés que murió aquí, en Malta, en 1808»-. La explicación venía de boca de quien luego enseguida, y en un perfecto castellano, se presentó como Spiro Cauchi e Imbroll, cónsul del Soberano Estado de Malta por diversos países del mundo, y ahora a la fuerza varado en su palacio de la Old Bakery Street. A la fuerza porque su madre, Carmen de Imbroll, de origen aragonés y descendiente directa de uno de los maestres de la Orden maltesa, con 94 años necesitaba de su permanente atención y ayuda. Ella había conseguido, por los años veinte, el doctorado en Literatura y Ciencias por la Universidad de Saint Andrew de Edimburgo, y su hijo, con quien tenía yo la suerte de estar hablando, se había hecho gran amigo de monseñor Suquía y había alcanzado el grado de Caballero de Santiago. Listo y menudo, Spiro Cauchi me llevó, como un pájaro alegre y sabio, por las calles de La Valeta.

Entramos en la catedral de San Juan. Un murmullo de historia recorre el pavimento, los abovedados cielos cuajados de pinturas, los muros sembrados de impresionantes túmulos de arrebatado barroquismo donde solemnes caballeros pregonan su constante afán por defender el ombligo del Mediterráneo frente al turco. El suelo de este templo está totalmente cubierto por cientos de grandes lápidas realizadas en taracea de mármoles de colores donde se pintan los escudos, las leyendas y aún retratos de los grandes maestres de Malta. Tras pasar las capillas de los castellanos, de los aragoneses y navarros, llegamos a la de la lengua de Francia.

Allí está, bello y pálido, el retrato yacente del príncipe Luis Carlos Aurelio. Es una estatua de mármol blanco que representa a un militar francés en vestimenta de principios del siglo XIX, acostado sobre su lado izquierdo, apoyando su cabeza de cerrados ojos durmientes sobre la mano izquierda, mientras la derecha, indolente, sostiene un pergamino en el que aparece, tallado, un plano. Tras de él, una talla en medio relieve que representa la virtud del muerto. En el mármol gris del sepulcro, aparecen estas frases en latín decadente:

PRINCIPI ILLUSTRISSIMO ET SERENISSIMO

LUDOVICO CAROLO AURELIANENSI,

COMITI DE BEAUJOLAIS

IN MELITA INSULA

QUO SE AD REFICIENDAM VALETUDINEM CONTULERANT,

ANNO DOMINI MDCCCVIII.

DIE MAII VIGESIMA NONA

DEPEXCTO

ET IN HAEC SANCTI JOANNIS AEDE.

= = = = = =

INTER SUMMOS MILITENSIS ORDINIS MAGISTROS

CONSEPULTO

HOC MARMOR

PIAE RECORDATIONES MONIMENTUM

DICAVIT.

FRATER AMANTISSIMUS ET DILECTISSIMUS

LUDOVICUS PHILIPUS, FRANCORUM REX.

ANNO DOMINI MDCCCXLIII.

Esto es todo lo que sabemos de este magnífico y emocionante «Doncel de Malta». Hermano del rey Luís Felipe de Francia, murió el 29 de mayo de 1808, siendo allí mismo enterrado y construido luego el monumento y estatua a costa de su real hermano en 1843. Según Cauchi, que de Malta se lo sabe todo, este individuo formaba parte del ejército francés puesto por Napoleón en 1798, cuando de paso hacia Egipto conquistó y se anexionó la isla de Malta, expulsando a sus maestres y caballeros. Aunque finalmente los ingleses se harían con el poder en la isla desde 1815 por el tratado de París, durante unos años se sucedieron las revueltas de los nativos contra los ocupantes franceses,  muriendo en estas trifulcas el caballero hoy tallado en mármol. De su estatua sabemos que la talló Jacques Pradier (1794-1852), en 1843, y que la placa al estilo de Cánova que cubre su espaldar es de mano de Augustin-Felix Fortin (1736-1832).

«El Doncel de Malta» está ya, pues, localizado y definido. Su imagen acompaña estas líneas, y el arrebatado romanticismo de su estampa no tiene comparación con la serenidad clasicista de la estatua de Martín Vázquez de Arce en Sigüenza. Pero la similitud de actitudes ante la vida, la sorpresa de la muerte en batalla, en plena juventud, y el aire de resignada espera que la dureza del mármol impregna a su actitud le hace familiar y querido. Mereció la pena el viaje a tan lejana isla (por la que pasaron, a lo largo de la historia, muchos otros alcarreños de los que otro día hablaré) y la búsqueda de esta fúnebre constancia del vizconde Beaujolais se vio recompensada no solo con su hallazgo y admiración directa, sino con la afortunada adquisición de una nueva amistad: la del cónsul y entrañable Spiro Cauchi, todo un símbolo de lo que la cultura mediterránea ha ido dejando en cada una de las mil esquinas de sus secas tierras.

Mensajes desde Guadalajara

El Pico Ocejón, la estampa de la Naturaleza en Guadalajara

Las cuatro pasadas semanas del mes de octubre hemos dedicado nuestros andarines esfuerzos a visitar, admirar y comprender cuatro señeros monasterios que tienen mucho que ver con la historia de Guadalajara: Batalha en Portugal, Buenafuente en el Alto Tajo, Lupiana cerca de la capital y los carmelitas de Budia en plena Alcarria. Metidos ya de lleno en el otoño, la época ideal para hacer por la tierra de Guadalajara excursiones a pie, no me cabe otro remedio que alentar a mis lectores a que vayan, a que suban, a que sigan todas las trochas posibles de la sierra del Ocejón.

Ahora mejor que nunca, llevados de la mano de un estupendo carpetín que ha editado la Mancomunidad de Servicios del Ocejón, y que con textos de Marcelino Ayuso, fotografías de Santiago Bernal y Alfonso Romo, y mapas de Pepe Fernández-Montes, podremos llegarnos hasta los ya amarillos bosques de melojo en Gascueña o de hayas en Cantalojas, mientras a las chorreras de Despeñalagua en Valverde no les faltará agua y a las pendientes laderas del Ocejón le irán naciendo, como cada año, las nieves primeras tras los Santos.

La idea de esta carpeta conteniendo catorce hojitas en las que se cantan y se cuentan las excelencias de los pueblos y los paisajes serranos, no ha podido ser más acertada. La primera, tras la presentación, lleva un gran mapa de la comarca. Es todo ese rincón del noroeste de Guadalajara, los cauces altos de los ríos Jarama y Sorbe, con las montañas de las que nacen y que limitan nuestra provincia de las de Madrid, Segovia y Soria. En él se nos entregan carreteras actualizadas, signos que centran alojamientos, restaurantes, bellezas naturales, posibilidades deportivas, etc. Y una relación exhaustiva y actualizada también de todos ellos, con teléfonos, direcciones… Total, un reclamo que pone las cosas fáciles.

Después vienen las hojas particulares de los pueblos. Puebla de Valles, Tamajón, Campillo de Ranas, Majaelrayo y Valverde de los Arroyos centran, con tres hojas cada uno, el interés de esta promoción serrana. ¿Por cual de estos lugares debe empezar el viajero a entusiasmarse? Difícil es decirlo. El orden en que los hemos puesto es el meramente geográfico llegando desde Guadalajara. Pasado Humanes, y con una carretera CM-1004 (según la nueva denominación autonómica) pavimentada y acondicionada a las mil maravillas, es sencillísimo llegar a Puebla de Valles. Allí el viajero se entretendrá, al «machadiano estilo», en recorrer sus calles y admirar desde las afueras los bellos paisajes de arcillas erosionadas y sierras en permanente alzado. Por su término discurre el Jarama entre peñas y arboledas. Merece la pena bajar hasta sus orillas y escuchar, ¡oh milagro! las aguas limpias que bajan desde las cumbres.

Tamajón luego, en la planicie que se recoge ante el señor Ocejón. Este folleto nos propone primero admirar el pueblo, su iglesia de tradición románica, su antiguo palacio mendocino hoy convertido en Ayuntamiento, las ruinas de su fábrica de cristal y de su convento de franciscanos… pero también nos dice de ir hasta la «Ciudad Encantada», poco antes de llegar a la ermita de los Enebrales, y siempre por tierras que superan los mil metros de altitud admirar formas sorprendentes de la naturaleza, vegetación incesante, murmullo de animales en libertad y gozo. Todavía en torno a Tamajón nos ofrece esta carpeta la posibilidad de recorrer el «Camino olvidado» entre Tamajón y el monasterio de Bonaval, un paradisíaco rincón en término de Retiendas donde, al término de un estrecho valle, se encuentran las románticas ruinas medievales de un monasterio cisterciense abandonado.

¿Hay quién dé más? Pues sí. En la sierra del Ocejón cabe llegarse hasta Majaelrayo pasando antes por los pueblos negros. En ellos pararse a mirar sus cuatro casazas 

construidas, al aire de los viejos siglos y las humildes formas de vida, con piedras oscuras de gneis y negras pizarras. Asombra comprobar la solidez de estos edificios, su funcionalidad primitiva, lo acogedor del entorno de unos pueblos tan mínimos y tan bellos (Campillo de Ranas, Campillejo, El Espinar, Robleluengo… hasta la posibilidad de hacer itinerarios en bicicleta se nos ofrecen amigables: desde Campillo de Ranas se baja al arroyo del Soto y por Campillejo se vuelve al lugar de partida. Siempre con el viejo Ocejón por centinela, las praderas y los melojares recónditos son contrapunto al cielo abierto y luminoso de esta sierra.

Ocejón que preside totalmente la vida de Majaelrayo, el último lugar al que se llega por esta vertiente norteña. Si se va a primeros de septiembre, puede admirarse en todo su mágico ambiente la Fiesta del Santo Niño. Los hombres de la Cofradía se visten blusas blancas, faldones multicolores y se tocan con gorros cubiertos de flores. Danzan con la parsimonia de las gentes celtibéricas, como en homenaje al sol, a las fuerzas de la tierra, a los antepasados. Pero desde aquí se pueden hacer muchas otras cosas: subir al Ocejón, por ejemplo. Un día perfecto es el domingo anterior a la 

Navidad. Entonces el Club Alcarreño de Montaña y montañeros de toda la región centro se ponen de acuerdo para llegar a la cumbre (2.048 m.) y allí poner un Belén entre las rocas, oír misa y cantar villancicos. La Peña Bernarda y el Collado Perdices son jalones de la subida que se pueden poner por meta los menos ágiles.

Finalmente, yendo a su vez desde Tamajón, y pasando por los felices enclaves de Almiruete y Palancares, entre robledales y húmedos valles encajonados, se llega a Valverde de los Arroyos, que para muchos es el más bello pueblo de la provincia. No le faltan méritos, es la verdad. Por muchos motivos. Por el paisaje, que abriga como en alto circo de azuladas montañas al valle por el que baja naciendo el Sorbe. Entre pequeños grupos de frutales, corralizas del ganado y helechos salvajes, baja el agua de la cumbre, que a dos kilómetros arriba del pueblo da la grandiosa cascada de las «chorreras de Despeñalagua». Subir al Ocejón por este sitio es más fácil, pero también cansado. Merecerá intentarlo.

Valverde tiene, además, otros alicientes. Su arquitectura popular, su urbanismo único, con plazuelas mínimas y caserones antiguos en los que la pizarra es señora de los perfiles y la madera sustenta con fuerza los espacios domésticos. En junio generalmente, en el domingo posterior a la octava del Corpus, tienen lugar en Valverde las danzas más espectaculares de la sierra central. Ocho hombres revestidos de blusas blancas, sayas ampulosas y altos sombreros de flores danzan ante el Santísimo, tocan instrumentos primitivos y entrechocan sus palos con maestría y sosiego, como en rito guerrero y homenaje a los ancestros.

La verdad es que todo en la Sierra del Ocejón tiene su encanto. Cada pueblo el suyo particular. Cada camino, una atracción única. Un viaje hasta estas oscuras sierras no va a resultar en vano. Porque animará a hacer otros. Porque ir un día a Tamajón supone repetir otro a Campillo de Ranas, seguir con Majaelrayo, preparar para el verano la visita a Valverde, y animarse en la Navidad a escalar el Ocejón. La Mancomunidad de Servicios del Ocejón ha hecho pero que muy bien editar esta carpeta con las hojas pregoneras de sus pueblos mejores. Hará todavía mejor si las reparte por aquí y allá, entre gentes civilizadas que acudan en cantidad, pero en sosiego y paz, hasta sus cuadrangulares límites y sus infinitas alturas. Harás tú también muy bien, lector amigo, si me haces caso y, ya este mismo domingo, te subes a la sierra del Ocejón a ver tantas maravillas.

El monasterio carmelita de Budia: un rescate pendiente

El convento de los Carmelitas de Budia, una ruina posible

Uno de los monumentos más señalados, y, por desgracia, abandonados y en trance de ruina progresiva, que posee la villa de Budia, es el antiguo convento de la Orden de Carmelitas, situado en la parte alta del pueblo, en las eras de Santa Lucía, desde donde se divisa un bello panorama de la localidad y de los montes del entorno.

En el siglo XVI existía una casa donde vivían en comunidad cuatro beatas, según dice la Relación de la Villa enviada a Felipe II en 1580. El convento de altura que se fundó en esta villa es el de la Orden del Carmelo Reformado, en el siglo XVIII. Corta vida tuvo la fundación carmelitana en este pueblo alcarreño, pero siempre muy querida de sus vecinos, quienes procuraron hacer la vida amable a sus religiosos huéspedes. Tuvo su origen en la piedad netamente popular: varios vecinos de Budia habían entregado, en el primer cuarto del siglo XVIII, algunas cantidades para fundar con ellas un convento de la Orden Carmelitana reformada. Así nos lo cuenta don Juan Catalina García López, el que fuera Cronista Provincial a principios de este siglo, en sus Aumentos a las Relaciones Topográficas de Budia, y fray Silverio de Santa Teresa en su Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América. Puestas en renta dichas cantidades, producían al año 13.956 reales de vellón. Por otra parte, donativos o compromisos de otras personas, ascendiendo a 12.000 ducados, llevaron al provincial de la Orden, fray Bernardo de San José, a presentar en 1732 la formal solicitud de levantar en Budia una nueva casa del Carmelo, en la que podrían vivir cómodamente más de 15 religiosos, sin necesidad de acudir a la limosna pública.

Accedió el obispo seguntino, el franciscano fray José García, unos días después, como el año anterior lo había hecho el duque del Infantado, señor del pueblo, y en agosto de 1732 lo hacía el Consejo Real. El 22 de octubre de ese mismo año, ya estaba levantado el cenobio: casa conventual y hospicio anejo, se congregaban en torno a una grandiosa iglesia a la que se trasladó el Santísimo desde la parroquia con mucho boato y popular festejo. Quedaba así instituido el Convento de la Concepción de Nuestra Señora, siendo general de la Orden el padre Antonio de la Asunción. Era la última fundación carmelitana en la provincia de Guadalajara, la que cerraba una interesante serie de Casas santas donde la oración y el acercamiento a Dios fueron siempre las metas más apetecidas.

Tranquila fue la existencia de este convento a todo lo largo del siglo XVIII. A mediados de él, concretamente en 1747, se trasladó desde Madrid la casa de profesos, siendo un prior, nueve religiosos y seis legos conventuales los que la habitaban. Ya finalizando la centuria, en 1796, quiso la Orden carmelitana probar fortuna nuevamente poniendo en este convento de Budia una modesta fábrica para hacer en ella sayales de las religiosas y religiosos. En otras casas y ocasiones se había intentado ya, pero con muy escaso éxito. Se contaba ahora con la tradición probada de las industrias laneras y de buenos paños que habían existido en la alcarreña localidad, y así, en el Capítulo de 1796, se acordó «que para su establecimiento se tomen a censo 50.000 reales, hipotecando todos los bienes de la Provincia, dando plena autoridad al definitorio provincial sobre la disposición y giro de esta fábrica». El experimento comenzó a funcionar, y mal que bien, y renovando frecuentemente de religioso organizador, se llegó como pudo a 1814, en que, después de mucho sufrir en la guerra de la Independencia, el obispo de Sigüenza se propuso comprar la fábrica de tejidos de estos religiosos, poniendo por condición que continuase el hermano Pedro de San Antonio al frente de ella. El Capítulo Provincial accedió a este deseo, pero el obispo no llegó a comprarla finalmente. En 1820 se nombró al padre Julián de San Jerónimo administrador de la fábrica, a quien debían rendir cuentas los dos religiosos que en ella trabajaban. En 1824 se decidió se fabricase solamente sayal pardo o blanco, nunca paño.

Los franceses llegaron a Budia en enero de 1809. Ante las noticias de su inmediata llegada, y los desmanes de brutal salvajismo a que sometían a ciertos sectores de la población, en especial del estado religioso, decidieron los carmelitas de la Concepción de Budia abandonar su convento, dejando únicamente a dos miembros de la comunidad entre sus muros. Llevaban los frailes cálices y custodia, resignándose a perder algunas cosas, como altares, sagrario, copones, etc., que destrozaron los invasores nada más llegar. De vez en cuando aparecía una columna francesa por Budia, y aprovechaban la fábrica del Convento como cuartel. Finalmente, en 1814 volvieron los religiosos. Ignorando seguramente lo poco que le quedaba de vida al convento. Fue su último prior fray Cristóbal del Niño Jesús, pues la Desamortización de Mendizábal dio la puntilla y llevó a la ruina esta fundación religiosa.

En la pág. 482 de su obra Brihuega y su partido, transcribe D. Antonio Pareja Serrada, que también fuera Cronista Provincial de Guadalajara, el Inventario y recogida de los bienes pertenecientes al convento de carmelitas de Budia aparecido en el «Boletín Oficial de la provincia de 1837». Junto a la multitud de enseres para el uso diario y la larga copia de cuadros y estatuas, figura el demostrativo epígrafe siguiente: «Libros de la Biblioteca: Una librería compuesta de siete estantes de pino con más de ochocientos libros viejos de varias obras incompletas y desencuadernadas, que por estar estropeadas y de mal uso con las invasiones de los enemigos, no sirven para otra cosa que para papel viejo». Clara muestra de la ignorancia supina que ha preponderado entre aquellos que tuvieron a su cargo la conservación del patrimonio espiritual español.

El edificio entero, con su huerta, pasó a poder de particulares. Fue concretamente en 1842, poniendo en práctica la Desamortización de Mendizábal, que el Gobierno había decidido dedicar el convento a hospital y escuela de la villa, y la iglesia dejarla para el culto. La Diputación Provincial se opuso, y exigió que todo saliera a subasta. Así fue que en 1847 lo adquirió doña María Isidra Pastor, vecina de Madrid, en la cantidad de 140.000 reales, quedando de todos modos la iglesia para culto y uso de cementerio, como hasta hoy ha permanecido. Una carta autógrafa de Santa Teresa quedó en la parroquia del pueblo y otros objetos e imágenes se llevaron al convento de franciscanos de Pastrana.

El edificio de este convento, especialmente la iglesia, es una obra magnífica de la arquitectura carmelitana española, que tuvo unas características muy propias desde que en el siglo XVII el arquitecto y religioso de la Orden fray Alberto de la Madre de Dios levantara diversos templos con una estructura similar y muy hermosa. Esta iglesia de Budia está construida a imagen y semejanza de las que diseñara el fraile santanderino (que por cierto murió en Pastrana) en San José de Guadalajara, la Encarnación de Lerma, los Reyes de Guadalajara y San Pedro de Pastrana. El cuerpo central de su fachada presenta tres arcos bajos de acceso, hoy cerrados de una verja. El central se escolta de planas pilastras, y se remata con vacía hornacina. Sobre ella aparece un enorme ventanal escoltado de almohadillado, que tenía por misión dar luz al coro, y sobre ella todavía gran remate triangular con bolones. El templo es de tres naves, con gran linterna sobre el crucero, hoy ya hundida. En 1968 se desmontaron las cubiertas de este templo, lo que supuso un verdadero atentado al arte y la monumentalidad de Budia, pues éllo ha propiciado la aceleración del hundimiento de esta joya de la arquitectura barroca castellana. Una asignatura pendiente que tienen quienes cuidan del mantenimiento del patrimonio arquitectónico y monumental de nuestra provincia.