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octubre, 1995:

El monasterio jerónimo de San Bartolomé de Lupiana

 

Estos días vuelve a ponerse de actualidad el monasterio de Lupiana. Algo de lo que hemos oído hablar, en nebulosa, como si se tratara de algo relacionado con Hollywood (cuando, como ahora, hacen alguna sonada película entre sus muros) o con la historia misteriosa y lejanísima de Castilla. El caso es que en el término de Lupiana, a quince minutos de Guadalajara viajando en coche, asomado al borde de la meseta alcarreña, entre una variada espesura, y en lugar pintoresco como pocos, se levantan los restos del que fue Real Monasterio de San Bartolomé, primero de los que la Orden de San Jerónimo tuvo en España, y casa madre de la misma durante varios siglos. Es sin duda uno de los motivos que pueden suscitar un viaje turístico para muchos amantes del arte y admiradores de la historia castellana. Sin embargo, y de forma paradójica, a los habitantes de Guadalajara y su provincia esto del monasterio de Lupiana les suena todavía a chino. Un porcentaje elevadísimo de nuestros paisanos, muchos de ellos habiendo saltado ya las fronteras españolas y con algún que otro paseo por las playas caribeñas, no sabe ni donde está el monasterio de San Bartolomé, ni cómo es, ni lo que supone en la historia patria. Una pena, porque está tan cerca, es tan hermoso, y resulta tan barato verlo…

La historia del monasterio de San Bartolomé

La raíz de la españolísima orden monástica de los jerónimos estuvo en tierra de Guadalajara, y fue plantada por hombres de esta ciudad. Un noble arriacense, Diego Martínez de la Cámara, había erigido una ermita en los cerros que rodeaban a Lupiana, a comienzos del siglo XIV, y en su capilla mayor se había enterrado al morir en 1338. Los patronos de la ermita, que pasaron a ser los alcaldes y concejo de Lupiana, recibieron la petición de un sobrino del fundador, un joven de Guadalajara, de conocida familia de la villa, -Pedro Fernández Pecha se llamaba-, de colocar en su espacio lugar de recogimiento de eremitas. Solicitado al arzobispo toledano, don Gómez Manrique accedió y en aquella altura se instalaron varios ermitaños que, junto a Pedro Fernández Pecha, se dedicaron a la vida comunitaria y de oración. Dispuestos a fundar nueva orden bajo las normas y patrocinio de San Jerónimo, se trasladaron a Avignon Pedro Fernández Pecha y Pedro Román, y después de varios ruegos recibieron de Gregorio XI la Bula de fundación con fecha del día de San Lucas de 1373, recibiendo de manos del Pontífice el hábito, que consistía en «túnica de encima blanca, cerrada hasta los pies; escapulario pardo; capilla no muy grande, manto de lo mismo», y cambiando de nombre en el sentido de adoptar en religión el apellido de la ciudad de que eran naturales, costumbre que hasta hoy han conservado los jerónimos.

El fundador de la Orden, fray Pedro de Guadalajara, ayudado de otros animosos compañeros, entre ellos don Fernando Yáñez de Figueroa, y su propio hermano fray Alonso Pecha, uno de los grandes escritores místicos españoles del siglo XIV, se dedicó a levantar en Lupiana el primer gran monasterio de la Orden, lanzándose después por toda Castilla a fundar otras casas, y surgiendo en años y siglos posteriores grandes monasterios de la orden jerónima, como los de Guadalupe, la Sisla de Toledo, la Mejorada de Olmedo, San Jerónimo de Madrid, el Parral de Segovia, Fresdelval en Burgos, Yuste en Extremadura, Belem en Portugal y El Escorial, además de otro centenar de casas.

La alcarreña familia de los Mendoza, desde su asentamiento en esta tierra durante el siglo XIV, ayudó al crecimiento y desarrollo de este monasterio. El marqués de Santillana dio muchas ayudas, y su hermanastra doña Aldonza de Mendoza entregó grandes cantidades de dinero a los monjes, para que a su muerte la pusieran el enterramiento (que hoy se conserva en el Museo Provincial de Bellas Artes de Guadalajara) delante de las gradas del altar. Los condes de Coruña fueron patrones de la capilla mayor durante el siglo XV y a mediados del XVI fue el propio rey Felipe II quien acogió bajo su protección al templo.

La Orden fue muy poderosa y jugó su papel en la política imperial con Felipe II, quien siempre cuidó mucho de consultar a las altas jerarquías jerónimas algunas de sus decisiones, y en Lupiana se entrevistó con el general de la Orden en varias ocasiones.  La Orden se disolvió, tras la Desamortización, en 1836, pero en este siglo XX ha vuelto a renacer, contando con varios conventos en España, y teniendo ahora su casa madre en el Parral de Segovia.

Visitando el monasterio de Lupiana

La visita del monasterio de San Bartolomé de Lupiana solo puede hacerse los lunes por la mañana. Es el horario que la propiedad particular del inmueble, a tenor de la normativa establecida para la visita de los edificios que son Monumento Nacional, ha establecido. Ciertamente no es la más adecuada para permitir a grandes masas de turistas su admiración, pues muchos españoles los lunes por la mañana se dedican a trabajar y afanarse en otros quehaceres distintos de la mera visita turística. Pero es lo que hay…

Así pues, cualquier lunes, a eso de los once de la mañana, quien se decida a coger la carretera de Cuenca y desviarse en dirección a Lupiana, dos kilómetros adelante encontrará otra estrecha carreterilla que le llevará, atravesando frondoso bosque, hasta las puertas de esta mansión suculenta de la historia. Allí podrá admirar el lugar bellísimo en que se encuentra, muy frondoso, y además su patio de entrada, las galerías y salones cubiertos de buenos artesonados, una pequeña capilla, el claustro antiguo, obra en ladrillo, y el claustro grande, mas los restos de la iglesia.

El claustro grande de Lupiana es una hermosísima muestra de la arquitectura renacentista española. Fue diseñado, en su disposición y detalles ornamentales, por el arquitecto toledano Alonso de Covarrubias, en 1535. Y construido por el maestro cantero Hernando de la Sierra. Presenta un cuerpo inferior de arquerías semicirculares, con capiteles de exuberante decoración a base de animales, carátulas, ángeles y trofeos, y en las enjutas algunos medallones con el escudo (un león) de la Orden de San Jerónimo, así como grandes rosetas talladas. Un nivel de incisuras y cinta de ovas recorre los arcos. La parte inferior de este cuerpo tiene un pasamanos de balaustres.

El segundo cuerpo de este claustro consta de arquería mixtilínea, con capiteles también muy ricamente decorados, y los arcos cuajados de pequeñas rosáceas. El antepecho ofrece juegos decorativos de sabor gótico. En uno de los laterales se añadió un tercer cuerpo en el que figuran columnas con capiteles del mismo estilo, antepecho de balaustres, y zapatas ricamente talladas con arquitrabe presentando escudos. Los techos de los corredores se cubren de sencillos artesonados, y en las enjutas del interior de la galería baja aparecen grandes medallones con figuras de la orden.

En este monasterio merecer ser visitada la iglesia, hoy muy alterada en su aspecto, después de que en los años veinte de este siglo se hundieran las bóvedas de la nave y todo el coro, quedando como un espacio murado y hueco, aprovechado para construir en su centro un estanque y unos jardines.

Este templo, construido en la segunda mitad del siglo XVI, y posiblemente la última gran obra artística del monasterio, fue realizado cuando Felipe II aceptó ser patrono del templo, a la oferta de los monjes jerónimos. Ocurría esto en 1569, en el momento en que el monarca andaba entusiasmado con la contemplación de la construcción del gran monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que había entregado a los jerónimos para su cuidado. No sería de extrañar que el proyecto de esta iglesia fuera debido a Juan de Herrera, y no hay duda, por las escasas trazas que quedan, que las pinturas de sus bóvedas fueron realizadas por los artistas italianos que en esos años decoraban El Escorial: los nombres de Tibaldi, Zúcaro, Cincinato y otros bien podrían sonar para autores de esa decoración, hoy totalmente perdida. 

La fachada del templo, se orienta a poniente, y consta de un gran paramento de remate triangular, con portada semicircular y hornacina que incluye una estatua de San Bartolomé. A un lado, la torre almenada trae evocaciones castilleras. La iglesia es de planta única y muy alargada, con crucero poco pronunciado. Las bóvedas del templo estaban totalmente decoradas con pinturas al fresco, tal como Cordavias, en un simpático y breve librito descriptivo, se encargó de transmitirnos a comienzo del siglo. Finalmente, el presbiterio, elevado sobre el nivel de la nave, era accesible gracias a una escalinata. De planta rectangular, y muro del fondo liso, también se cubría de bóveda encañonada con decoración de pinturas al fresco, de las que aún quedan trazas hoy día, pero tan deterioradas que es imposible ni siquiera imaginar los temas que proponían.

Todo un monumento, declarado nacional por su subido mérito, que tenemos ahí, a tan solo doce kilómetros de la plaza mayor, un cuarto de hora sin correr demasiado. ¿Por qué no se animan mis lectores, y el próximo lunes van a verlo?

Un centenario más: el del monasterio cisterciense de Buenafuente del Sistal

 

En este año de 1995 se cumplen los setecientos cincuenta años en que por las alturas de la Buenafuente del Sistal, allá entre los acantilados del Alto Tajo y sus aledaños bosques de sabinas, se constituyera la comunidad de monjas cistercienses que hicieron posible entre los abades de Santa María de Huerta y los obispos seguntinos. Aunque en esto de los centenarios a fecha exacta siempre queda un resquicio para la interpretación y el afine, no cabe duda que en Buenafuente se han colmado de sobra las expectativas de larga duración, de casi eterna vida a una comunidad religiosa que con la misma estructura que hace más de siete siglos, y con el dinamismo propio del mundo actual, pervive lozana y cada día más próspera y alta en el espíritu. Vayan aquí unas pinceladas de recuerdo a su historia y la monumentalidad de este conjunto de edificios, porque se lo merece.

Breve historia de la Buenafuente

En el término de Villar de Cobeta, y aislado en un valle que se escolta de sabinares y sierras, se encuentra el antiguo monasterio de la Madre de Dios de Buenafuente del Sistal, uno de los conjuntos conventuales más hermosos y de ambiente más misterioso que asientan en la tierra de Guadalajara. Aparece este cenobio, masa pétrea de tonalidades grises y blanquecinas, en el fondo de un poco profundo valle que, ahondándose rápidamente, dará en el cercano foso del alto Tajo. El origen de este monasterio es muy remoto, y está ligado íntimamente con el nacimiento del Señorío molinés, pues como él, en el siglo XII, tuvo su inicio. Reconquistada la zona por las tropas del reino de Aragón, y luego señor de toda la comarca el magnate y cortesano castellano don Manrique de Lara, en su tarea repobladora se propuso la colocación de algunas casas‑conventos en la orilla derecha del río Tajo, que sólo sus sucesores llegaron a materializar.

La tradición dice que fue en vida de don Manrique, hacia 1136, que los primeros monjes llegaron a Buenafuente. Es cierto que este noble propició la entrada en su señorío de gran número de gentes llegadas desde el sur de la Galia a causa de las buenas relaciones del señor de Lara con los duques de Narbona: don Manrique estuvo casado con doña Ermesinda, hija del jerarca aquitano. El primer documento relativo a Buenafuente data de 1176. En ese año, ya habían asentado en este lugar los canónigos regulares de San Agustín, procedentes de la abadía de Monte Bertaldo, en Francia. Desde ese momento, los monjes‑guerreros comienzan a levantar templo y convento, conforme a un estilo arquitectónico plenamente heredado del románico francés meridional. Adquirieron, por donaciones de los señores molineses y de otros particulares, algunas posesiones en el páramo molinés: las salinas de Anquela, la heredad del Campillo, junto a Zaorejas, y ciertas tierras «allí donde se juntan el río de Molina y el Tajo», de manos del rey Alfonso VIII de Castilla. En 1234, el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, adquirió por compra el monasterio y sus términos, en trato directo con las jerarquías agustinianas de Monte Bertaldo. En 1242, el arzobispo se lo cedió a doña Berenguela, hija de Alfonso VIII y madre de Fernando III, con la condición de poner allí un convento de monjas de la advocación de la Santísima Virgen. Para entonces ya no estaban los canónigos que durante casi un siglo lo habitaron.

Doña Berenguela lo cedió a su hijo don Alonso, señor de Molina por estar casado con doña Mafalda, hija del conde don Gonzalo Pérez de Lara. Y es este infante don Alonso quien al año siguiente, en 1243, se lo vende en 4.000 maravedíes alfonsíes a su suegra doña Sancha Gómez con la expresa condición de poner en él «duennas en la Orden de Cistel». Fue en 1246 que llegaron desde Casbas (Huescas) las primeras monjas, cuya comunidad, en un alarde de fuerza y espiritualidad, ha pervivido hasta hoy mismo. Justo los 750 años que ahora sirven, en justa cuenta, para conmemorar aquellas remotas primeras andadas. La imaginación y el tesón de esta comunidad y de su capellán don Angel Moreno han hecho posible un auténtico «renacimiento» en aquella altura de esta institución medieval y venerable, plenamente inserta en las inquietudes de nuestro mundo actual.

Visitando el monasterio de la Buenafuente

Desde el punto de vista monumental y artístico, lo más interesante que posee el monasterio de la Buenafuente es su iglesia conventual, construida en el siglo XIII dentro de un estilo románico que desentona del que estamos acostumbrados a encontrar en nuestra provincia. Es una iglesia de grandes proporciones, correctamente orientada, de una sola nave cubierta de altísima bóveda apuntada reforzada por arcos formeros, que se sostienen sobre grandes mensulones sin llegar a tener pilares adosados que carguen con su fuerza. Esta iglesia estuvo en un principio totalmente aislada del monasterio. Estilísticamente es un trasunto fiel del estilo cisterciense francés que desde el siglo anterior se extiende hacia el sur desde el centro de Francia. El templo nos ofrece en su cabecera un ábside cuadrado escoltado por un par de fortísimos machones, y en su muro surgen dos ventanales estrechos del mismo estilo. Sendas portadas románicas, de arco semicircular con arquivoltas baquetonadas que descansan sobre capiteles foliados, sirven de ingreso al templo: una por el norte (hoy al exterior) y otra al sur (que cae dentro de la clausura). La bóveda del presbiterio o capilla mayor muestra restos de pintura en los que fácilmente se adivina un Pantocrator rodeado de los cuatro Evangelistas. A los pies del templo, y ligeramente elevado de la nave, existe un espacio en el que suena la «buena fuente» que da nombre al lugar, y que mana dentro de la iglesia, bajo un románico arco preparado al efecto. La iglesia posee diversos altares: el retablo principal es barroco, mostrando santos y santas de la Orden del Císter, lo mismo que otro lateral del mismo tema, y otro más con una buena pintura de San Bernardo. Los enterramientos de las infantas (doña Sancha Gómez, la fundadora, y su hija doña Mafalda) que desde su muerte en el siglo XIII estuvieron situados en el centro de la iglesia hasta 1765, no se han conservado, pero sí sus restos, incluídos ahora en un cofre tras una reja, puesto pajo un arcosolio en el muro norte del templo.

Otras muestras artísticas de interés son el Cristo de la Salud que hoy conserva en la Capilla de invierno, en el primer piso del edificio de la hospedería. Esta talla de Cristo es de estilo románico, y constituye, sin duda, la más patética y enternecedora muestra de la escultura románica de la provincia de Guadalajara. El archivo documental de este cenobio cisterciense es importantísimo, y puede visitarse, admirando en él antiguos pergaminos y sellos de los reyes de Castilla que ayudaron notablemente a este monasterio de Buenafuente del Sistal. Al viajero, curioso, o asceta, que se acerque a este lugar, le saldrá siempre al paso la capacidad de acogida y bondad que aquella comunidad destila. Es un viaje, el que a través de las serranías boscosas del Alto Tajo lleva hasta Buenafuente, que no debe demorarse. Y más ahora, en plena conmemoración sesquicentenaria.

La Ruta del Quijote por la provincia de Guadalajara

Nos estamos moviendo, en este Congreso Quijotesco, tratando de concretar cual fuera la ruta que don Alonso Quijano, el universal Quijote hispano, siguió a lo largo de sus múltiples aventuras, en sus tres salidas hacia el mundo desde su pequeña aldehuela de la Mancha. El cometido añade una dificultad a la propiamente investigadora de las referencias textuales: y es el de contar con que el análisis se hace sobre una obra literaria, de creación, irreal, por lo que el autor ni se impuso la obligación de hacer recorridos reales, ni siquiera lo consideró útil o conveniente. Miguel de Cervantes conocía, sin duda, todos los lugares donde pone las aventuras concretas y bien localizadas del Quijote, pero no trató en ningún caso de hacer coincidir con exactitud las distancias y los tiempos de sus traslados entre poblaciones y lugares, por lo que, ya de entrada, conviene advertir que no puede abordarse este estudio con una base científica de ningún tipo, sino, en todo caso, con la relatividad y aproximación que toda construcción literaria conlleva.

Establecer la ruta exacta del paso de don Quijote por la actual provincia de Guadalajara es punto menos que imposible. Sabemos, con certeza lógica, que por ella debió pasar, pues accede a Zaragoza desde la Serranía de Cuenca, y camina en derechura a través de espesos bosques y oscuras sierras, cruzando sin duda el Alto Tajo y las parameras de Molina. Pero en ningún caso el relato de la tercera y definitiva salida del Quijote concreta ningún lugar que permita identificar pueblos, villas o ciudades de la provincia de Guadalajara. Es por ello que el intento de trazar una ruta para don Alonso por el territorio serrano y molinés de Guadalajara sea una aventura parecida, -por quijotesca, ingenua y romántica- a las que el propio hidalgo manchego protagonizara.

No obstante, y para eso estamos aquí, ha de intentarse. Tras la sonada aventura de la cueva de Montesinos, localizada en plena serranía de Cuenca, en el capítulo 25 de la segunda parte, se suceden algunas nuevas andanzas de don Quijote, entre ellas la del titiritero, que pudiera localizarse en la venta del Puente Vadillos, a la entrada de la portentosa hoz de Beteta, en la confluencia de los ríos Guadiela y Cuervo. Todo se hace ya «de pasada», cuando don Alonso camina de fijo en dirección al Ebro, el gran río que desea ver y aventurar en él. Ello no obsta para que quieran entretenerse un algo por aquellos contornos. Vemos así que en los capítulos 25 al 27 esos contornos por los que don Quijote y Sancho se entretienen están ocupados por grandes y profundos valles, atravesando una sierra negra de magníficas proporciones. Cervantes conocía bien aquellos lugares de la serranía de Cuenca y el Alto Tajo, pues en alguna ocasión pasó por ellos para visitar a su hija, cuyo marido tenía una fundición inmediata a Carrascosa de la Sierra, en Cuenca.

En el acontecer de los atambores del capítulo 27, la aventurera pareja sigue atravesando paisajes de gran bravura, muy accidentadas sendas y lento caminar. Cuando Sancho rebuznó, lo hizo tan reciamente que todos los cercanos valles retumbaron, lo que viene a darnos idea de la grandiosidad del término. No están ya en la Mancha (aunque Cervantes nos dice que el titiritero es de la zona donde andan, de la Mancha de Aragón), sino en territorios fragosos. Tampoco en el propio Aragón, sino en plena serranía ibérica. ¿Provincia de Cuenca, de Guadalajara, de Teruel? Imposible decidirlo.

Lo cierto es que por los Montes Ibéricos atraviesan, y uno de los elementos más claros de ello es la presencia de hayas en su camino. Cervantes, que conocía y amaba los árboles, siempre que los identifica en su novela es con conocimiento de causa. El sabe bien que el haya es una especie rara, propia de lugares fríos y húmedos. Y que en la Mancha no existe, en absoluto. Tampoco en el sur de Aragón. Aunque hoy ya no aparece esta especie en Castilla (los hayedos más meridionales, y bien esquilmados por cierto, están en la sierra de Ayllón y Somosierra, en Montejo (Madrid) y Cantalojas (Guadalajara)) entonces debía haber algunos ejemplares, escasos y llamativos, en la zona del Alto Tajo. Y es por eso que aprovecha Cervantes a describirlos y nombrarlos en su obra, porque él sabe que existen allí.

Caminan don Quijote y Sancho hasta tres días por terreno áspero, durmiendo y reposando bajo estos densos bosques. Atraviesan sin duda el páramo de Molina, en uno de cuyos términos les sucede la aventura de los alcaldes que rebuznaron y se enfrentaron las gentes de dos pueblos entre sí, saliendo como siempre Sancho molido. Es imposible averiguar cual sean estos pueblos, si es que Cervantes pensó en alguno en concreto. Los estandartes que llevan, con un burro por mueble, no identifican a ninguno de la zona molinesa. En aquellos desiertos, encuentran una alameda para descansar, y al final de otros dos o tres días de marcha arriban a Zaragoza, al Ebro concretamente.

En el mapa o Carta Geográfica de los Viages de don Quixote y sitios de sus aventuras que según las teorías de Pellicer dibujó Manuel Antonio Rodríguez, se le hace avanzar desde Priego y Beteta a cruzar el Tajo por Peñalén ó mejor, creo yo, tras pasar por Cabeza del Hierro, hacerlo por Poveda de la Sierra, subiendo luego por Taravilla tras saltar el río Cabrillas y llegando a Molina de Aragón, población de gran importancia entonces y que, sin embargo, no es referenciada de ningún modo en la obra. Seguirían la paramera o meseta molinesa por la sesma del Campo, siguiendo la ruta de Rueda de la Sierra, Hinojosa, Milmarcos y bajando al Jalón por donde ya cómodamente llegarían hasta Zaragoza.

Llegados al Ebro, les sucede la aventura de las aceñas en medio del río, y tras ella viene la larga y trascendental secuencia del gobierno de la Insula por Sancho, mantenida durante diez días.

Es aquí donde cabe entretenernos un poco, y aclarar la teoría expuesta por Serrano Vicens, quien suponía que tal aventura y universal parábola ocurrió en la ciudad de Molina de Aragón, y más concretamente en la corte provinciana de los Hurtado de Mendoza, que en Castilnuevo tenían una gran casa ó palacete donde recibieron a Sancho y le mantuvieron de engañado señor durante esos días.

Dice Serrano y otros que le han seguido que atendiendo a las palabras con que Cervantes comienza el capítulo 30 de la segunda parte, se apartaron del famoso río, bien pudiera ser que acudieran hasta Molina de Aragón a vivir en ella esta secuencia. El texto del Quijote dice que al otro día, al ponerse el sol y salir de una selva, vieron a la duquesa cazando. Esos datos han hecho suponer a algunos que la acción discurre en Molina. Ello es imposible. Por una razón muy sencilla. Si don Quijote y Sancho desde Zaragoza y el Ebro caminan hacia Barcelona, no van a retroceder tan enorme espacio de terreno y menos en un sólo día. Aparte de que el hecho de que «salieran de una selva» no nos permite pensar en que fuera el territorio molinés, pues allí tampoco las hay. Otros autores han supuesto, creo que con mucha más objetividad, que la aventura de la Insula ocurre en Aragón, en algún lugar cercano a Zaragoza y a las orillas del Ebro. García Soriano y García Morales, en su edición explican, siguiendo a Pellicer, que el hecho ocurre en Buenvía, cerca de la villa de Pedrola, en el palacio de los duques de Villahermosa, don Carlos de Borja y doña María Luisa de Aragón, y la Insula propiamente dicha habría estado en Alcalá de Ebro. De allí a Barcelona, donde pierde ya todas sus esperanzas y es herido, –en el alma, que es el peor sitio– don Quijote, quien con Sancho vuelve, cabizabajo y como en un vuelo, a su aldea natal, donde muere pocos días después.

No cabe duda que la vuelta de Barcelona a la Mancha, pasando el Ebro y la Serranía Ibérica, la haría esta pareja cerca de la tierra molinesa. Quizás desde Daroca siguiendo el curso del Jiloca y cruzando las sierras de Albarracín y bordeando por oriente a Cuenca, alcanzara de nuevo su llanura manchega y llegara a Argamasilla (¿o a Santa María del Campo Rus, como quiere Serrano Vicens?) a morir. Nada dice Cervantes que pueda orientarnos al respecto.

Tras lo expuesto, con la brevedad y aun parquedad de datos que el tema impone, queda claro que la Ruta del Quijote por la provincia de Guadalajara pasó por sus territorios más orientales, por las fragosas serranías del Alto Tajo, por Molina de Aragón, capital de antiguo territorio histórico, y su paramera de anchos caminos y fríos cierzos. Concretar más es imposible.

Ecos de la Alcarria en el monasterio portugués de Batalha

El monasterio de Batalha, en Portugal

Recordábamos la pasada semana uno de los hechos trascendentales de la historia de Guadalajara, pero desarrollado en la lejana llanada atlántica de la Beira portuguesa: la batalla de Aljubarrota, ocurrida el 15 de agosto de 1385, entre los ejércitos de Castilla, con su rey Juan I de Trastamara al frente, y los de Portugal, comandados por Juan I de Avís y su condestable Alvares Pereira. La victoria, rápida y contundente de los portugueses, supuso la pérdida definitiva de las aspiraciones de los monarcas castellanos hacia el reino portugués. Supuso también, por añadidura, la muerte en esa batalla de muchos caballeros alcarreños que había acudido, brillantes con sus armaduras y lujosos sus caballos con las gualdrapas rojas y doradas, a formar la mesnada de su caudillo, don Pero González de Mendoza, señor de Hita y Buitrago, gran mecenas de la ciudad de Guadalajara, inteligente y bravo como pocos. Supuso, en fin, la muerte del mismo don Pero. 

Hemos visitado recientemente los campos verdes y siempre húmedos de la Beira litoral, y en la plazuela sencilla de Aljubarrota, en la explanada imponente del monasterio de Batalha, y en los silencios fragantes de las colinas portuguesas hemos escuchado las voces de aquellos dignos alcarreños que dejaron su vida en lo que ellos consideraron una causa noble y digna. 

El monasterio de Batalha

Para los portugueses, Batalha es lo que El Escorial para los españoles. La expresión pétrea y monumental de una gran victoria; el lugar donde reposan los restos de sus más grandes monarcas: la esencia concentrada, vibrante y tallada con hermosura de una historia, de un sentido puramente nacional. En Portugal, quizás, ese valor es aún mayor que en el Escorial. Resume y conmemora el día y el lugar en que los ejércitos del maestre de Avís, allá por el siglo XIV, consumaron la independencia de Portugal frente a Castilla. La afirmación del orgullo patrio que todos los pueblos con historia tienen. 

Aunque los días de sol el monasterio dominico de Santa María de la Victoria de Batalha luce en sus piedras mil veces talladas un color dorado que parece hecho de ámbar, la verdad es que en la ocasión que le visitamos la amenaza de la lluvia y el viento fortísimo del Atlántico le conferían un aspecto adusto, casi amenazador. Grande y violento, este monasterio es, sin embargo, uno de los monumentos más impresionantes de toda Europa: el más señalado, sin duda, del vecino país, y que por sí solo justifica un viaje a Portugal. 

A solo 71 metros sobre el nivel del mar, desde Lisboa por autopista hay unos 150 kms. que se hacen cómodamente en poco más de una hora, y viniendo por el norte, desde Salamanca, Ciudad Rodrigo y Guarda, desde Coimbra unos 80 Kms. al sur. Entre suaves colinas tras las que se huele el océano Atlántico, en medio de una explanada pavimentada de piedra milenaria, se alza esta joya de la arquitectura portuguesa que es difícil clasificar, porque su construcción se alargó desde los finales años del siglo XIV hasta bien entrado el XVI. Lleva, por tanto, el sello del más puro gótico lusitano, que a su vez está sumamente influido por el arte de la Borgoña y de Inglaterra, junto a las líneas barrocas y vibrantes del estilo manuelino, ese coda gigantesco, único y originalísimo que a lo largo del reinado de don Manuel I (1495-1521) impregnará los monumentos del vecino país (especialmente los Jerónimos de Lisboa y el templo de la Orden de Cristo en Tomar, además de la cabeza de este monasterio de Batalha) de un exacerbado barroquismo surgido del gótico final, algo así como el toque «isabelino» o flamígero en el último gótico castellano. 

Visitando Batalha

Obra del arquitecto luso Alfonso Domingues, se comenzó con sus planos góticos inmediatamente después de la batalla de Aljubarrota, en 1388, y ya en 1402 estaba dirigiendo las obras un tal maestro Huguet o Ouguet, (de ori­gen inglés, al parecer de Canterbury) que siguió fielmente el modelo cister­ciense. 

La iglesia, grande y ancha, espectacular, es sin duda lo más rep­resentativo del conjunto. Consta de tres naves, con un crucero al que se abren una serie de capillas que formaban la cabecera primitiva. En el exterior, destaca la decoración de su fachada, cuajada de elementos góticos con tracerías de gran variedad y enorme gusto. Escudos de la casa de Avís campean sobre puertas y ventanas. Esta fachada está dividida claramente en dos partes: la inferior, con la inmensa y profunda portada, es obra de Afonso Domingues y la superior, del Maestro Ouguet, se nos presenta revestida por frágiles pilastras de clara influencia inglesa. En su par­te baja está abierta por una portada con esta­tuas modernas de apóstoles en las jambas, fi­guras bíblicas y profanas en los alféizares: el Creador y los Evangelistas en el tímpano y la Coronación de la Virgen en la cúspide. Arriba aparece un extraordinario ventanal de estilo gótico flamígero, que para muchos es lo más bonito de todo el monumento. 

A los pies de la iglesia se encuentra adosa­da una amplia capilla funeraria, la llamada «ca­pilla del fundador». Es de planta cuadrada, de 20 metros por lado, y está cubier­ta por una bella bóveda estrellada sustentada por ocho pilares. Desde el suelo, en el que se admiran poderosos los túmulos tallados del rey Juan I de Avís y su esposa Felipa de Lancaster, la mirada hacia lo alto deja atónitos por su belleza a todos cuantos se llegan a este lugar. Alrededor de las tumbas de los fundadores, bajo ni­chos denticulados, aparecen los sepulcros de los más célebres Infantes de Portugal: destacan, de izquierda a derecha, el de Fer­nando el Santo (muerto en el año 1443 prisio­nero de los árabes) y el del céle­bre Enrique el Navegante, muerto en 1460. 

Pero quizás lo más interesante de Batalha sea la gran capilla de planta circular que fue adosada a la capilla mayor en el eje mayor de la iglesia, como la de San lldefonso de la catedral de Toledo. Esta capilla se planteó para albergar en su centro el enterramiento del rey don Duarte, el hijo de don Juan. Pero no llegó a concluirse, quizás por la grandiosidad excesiva con que fue proyectada, y hoy al conjunto de la capilla central y sus capillas laterales se le conoce con el nombre de «Capelhas Imperfeitas». Comenzadas a cons­truir en 1438, y reanudadas las obras durante el reinado de don Manuel I, quedaron finalmente abandonadas. A ellas se accede por una puerta monumental, quizá la mayor creación del estilo manuelino. Consta de varias arquerías trilobuladas escul­pidas con exquisita delicadeza, cargadas con motivos florales y geométricos. Cientos de veces se ve repetido el emblema del rey don Duarte (1433‑38). Fue el Maestro Ou­guet quien se hizo cargo del diseño e inicio de la construcción de este espacio solemne y fantástico, pero después de su muerte en 1478 fue sustituido por Mateus Fernandes el Viejo (has­ta el año 1509), y es a este a quien se deben las siete ca­pillas de alrededor, en las que lucen magníficos y voluminosos pilares de orden ma­nuelino, truncados todos al comienzo del arranque de la bóveda. Sobre la portada aparece una tribuna real re­nacentista. En estas capillas «imperfectas», pero que asombran a quien con pausa las recorre, hay numerosas tumbas de per­sonajes religiosos y reales, abades y príncipes, nobles y guerreros. En la capilla central sobresale la tumba de rey Eduardo y la de su esposa. 

El claustro de Batalha

No debe dejarse de admirar el gran Claustro Real de Batalha. Es de estilo gótico, también obra de Afonso Domingues, con anchas arquerías ce­rradas por delicados calados de influencia oriental. Sus dimensiones, amplísimas para lo que suele ser un claustro monasterial, son de 50 x 55 metros, lo que nos da idea de la grandiosidad del lugar. Es interesante también la sala capitular, de proporciones cuadradas, perfectas. Un plano de Batalha acompaña estas líneas para que los amantes de la arquitectura ibérica se hagan una idea de cómo se estructura este edificio, al que sin duda calificamos, tras haber pasado en su interior un rato de inolvidable asombro, como una de las joyas del arte europeo. Con razón está considerado Patrimonio de la Humanidad, y, para los alcarreños, suma el valor de saber que sobre aquel lugar se desarrolló en 1385 la gran batalla de Aljubarrota en la que, perdedoras las armas castellanas, dejaron la vida multitud de hombres de Guadalajara, con su comandante al frente, don Pedro González de Mendoza, al que todas las crónicas conocen como «el héroe de Aljubarrota». Un motivo más que suficiente para, en cualquier ocasión que se presente, por breve que sea, acercarse hasta Portugal y viajar, sin desviarse a ningún otro sitio, hasta Batalha.

La batalla de Aljubarrota, memoria de la Alcarria en Portugal

 

Parece imposible que, vaya uno donde vaya por el ancho mundo, siempre se encuentren recuerdos de la Alcarria, de sus hombres, de su historia, prendidos en los más recónditos paisajes, en las ciudades más misteriosas, en los más silenciosos campos. Un breve paseo por Portugal nos ha deparado la memoria de los Mendoza en la llanada suave y luminosa de la costa atlántica del vecino país.

Pero González de Mendoza

Puede considerarse a don Pero González de Mendoza como el fundador de la dinastía mendocina en Guadalajara. Originarios de la llanada alavesa, estos guerreros valientes bajaron a Castilla a servir en la Corte de Alfonso XI, en la que encontraron cobijo y empleo. Luchadores profesionales, capaces de dar fuerza a un reino en expansión, el primero en llegar por estos lares de la Castilla nueva fue don Gonzalo Yáñez (o Ybáñez) de Mendoza, a quien Alfonso XI nombró su Montero Mayor. Casado con la hija de otro vascongado emigrado, Iñigo López de Orozco, su vástago don Pero sería primer señor de Hita y de Buitrago, apoyo del nuevo monarca Trastamara surgido de la reyerta fraternal de Montiel, y muy introducido en la Corte de Juan I de Castilla, del que llegó a ser, en sus últimos años, capitán general de sus ejércitos.

Castilla enfrentada a Portugal

A Juan I, que como nos dice Layna era «pundonoroso y afectivo, liberal, caballeresco y esforzado» le vino a las manos la posibilidad de poner el reino de Portugal bajo su cetro. En el vecino país, gobernado por la dinastía de Borgoña desde la primera mitad del siglo XII, el rey Fernando I quedó sin sucesión masculina. Su hija Beatriz casó con el rey de Castilla Juan I. Los hijos de este matrimonio eran considerados, desde la perspectiva castellana, como herederos incuestionables del reino de Portugal. Eso, al menos, era lo que Juan I creía y mantenía: eso era lo que estaba dispuesto a mantener por encima de cualquier razonamiento u oposición.

En Portugal, sin embargo, las cosas se veían de otro modo. La herencia legítima de Pedro I se acabó en Fernando, pero uno de los retoños bastardos del gran monarca, el infante don Juan, maestre de la Orden caballeresca de Avís, proclamó su derecho al trono lusitano. El pueblo entero le aclamó como a su caudillo. Nombró su condestable a Nuño Alvares Pereira, y en medio de un apoyo entusiasta del pueblo entero, dijeron a Juan I de Castilla que se olvidara de su intento de hacerse con el reino portugués. Las condiciones para una guerra estaban dadas. En 1384 unas incursiones breves de los castellanos sembraron aún más el terror, y el odio, entre los portugueses. La batalla final se daría al siguiente año. En el verano de 1385 Castilla concentró su gran flota en el estuario del Tajo, amenazando a Lisboa, mientras por tierra, desde Salamanca y Ciudad Rodrigo, Juan I acompañado de un poderoso ejército de 30.000 hombres, comandados por el alcarreño Pero González de Mendoza, penetró en Portugal, asolando cuanto encontraban a su paso: quemaron los arrabales de Coimbra, y bajaron por el litoral de Beira hacia Lisboa, para tomarla por tierra con ayuda de la Armada naval.

La campaña, decisiva para unos y otros, crucial para la independencia de Portugal, empezó a definirse cuando la peste bubónica hizo acto de presencia entre la gran mesnada castellana. El propio rey, enfermo, hizo testamento en Cellorico. Pero la maquinaria de guerra siguió avanzando, baja de moral al ver cómo un pueblo al que se quería dominar, solo tenía para ellos gestos  de repulsa y odio.

La batalla de Aljubarrota

Por fin, el 15 de agosto de 1385, a primeras horas de la mañana, ambos ejércitos se dieron vista. Eran las suaves colinas y llanadas atlánticas de Aljubarrota. De un lado, el ejército del maestre de Avís, con solo 2.000 hombres de armas y 10.000 peones debía enfrentarse a los 30.000 caballeros e infantes bien pertrechados de Juan I. Figuraban entre ellos lo más selecto de la corte de Castilla: los mariscales, los adelantados, los maestres de Órdenes y los almirantes. Algunos de ellos enfermos. El rey deprimido y fatigado, hasta el punto de que habían de llevarle en una camilla transportable. La batalla, tras las primeras avistadas, se planteó para la tarde. El cronista portugués Fernando Lopes, el francés Froissart y el canciller Pero López de Ayala, cuñado de nuestro paisano González de Mendoza, se encargaron de relatar, como testigos directos, la apasionada jornada. Algunos capitanes castellanos aconsejaron esperar, rehacer la moral de su gente, pero el rey no quiso atender razones: el ataque era la suprema expresión de un pueblo fuerte, de un rey que pretendía un nuevo reino. Conocedores del terreno, los portugueses hicieron desde el inicio una maniobra de envoltura que consiguió crear el pánico entre la tropa castellana. La enardecida tropa de Juan de Avís se lanzó sobre los experimentados jinetes e infantes castellanos, que sucumbieron a miles, en una jornada dantesca y triste como pocas se contabilizan en la historia de nuestro país.

Allí mismo, y en poco más de media hora que, según los cronistas, duró el encuentro, murieron gentes como Juan Fernández de Tovar, almirante de Castilla; Diego Gómez Manrique, adelantado mayor del reino; Pedro Díaz, prior de la Orden de San Juan; Juan Ramírez de Arellano, señor de los Cameros; Pero González Carrillo y Diego Gómez Sarmiento, los dos mariscales de Castilla; el señor de Aguilar y Castañeda, y un largo etcétera de aguerridos caballeros hispanos, que fueron víctimas de la desorganización y arrasados por un pueblo lleno de fe en la victoria.

El heroísmo de Pero González de Mendoza

Murió también, y aquí nos llega el son alcarreño de esta historia, don Pero González de Mendoza, capitán general del ejército castellano. Al ver el cariz que tomaban los acontecimientos, se decidió que el rey Juan I montara una mula fuerte y saliera protegido en huída. Una flecha mató a su montura, y el rey, enfermo y debilitado, quedó en el suelo tendido. Los portugueses estaban ya encima. En esto llegó el Mendoza, y bajando de su caballo, puso sobre la silla al Rey, pidiéndole que huyera al galope. El rey, conmovido, le dijo que subiera a la grupa, que escaparían los dos. La contestación de González de Mendoza fue gallarda, heroica: «Non quiera Dios que las mujeres de Guadalaxara digan que aqui quedan sus fijos e maridos muertos e yo torno allá vivo». Cuando dijo aquello don Pero, había visto ya como cientos de convecinos suyos, de hombres de Guadalajara que le habían acompañado en su lucida hueste personal, yacían muertos sobre el campo de Aljubarrota. Y se quedó luchando a pie, a brazo partido, hasta morir atravesado del hierro lusitano.

El poeta alcarreño Hurtado de Velarde, ya en el siglo XVII, y recogiendo la leyenda que de siglo en siglo y de boca en boca corrió por Guadalajara desde entonces, compuso aquel hermoso poema que hoy, aquí, recordamos, y que todos los alcarreños deberían conocer, sentir, como expresión de la valentía de un pueblo que, a pesar de una derrota sonora, aún era capaz de actos de valentía, incluso de heroísmo:

Si el caballo vos han muerto,

sobid, Rey, en mi caballo

y si no podeis sobir,

llegad; sobiros hé en brazos.

Poned un pie en el estribo

y el otro sobre mis manos;

mirad que carga el gentío;

aunque yo muera, libradvos.

Un poco es blando de boca,

bien como a tal sofrenaldo

afirmándoos en la silla,

dalde rienda, picad largo…

Dixo el valiente alavés

señor de Fita y Buitrago

al Rey Don Juan el primero

y entróse a morir luchando…

Allí quedó el bravo Mendoza, su cuerpo perdido en la turbamulta de los desangrados torsos. Antes de partir hacia Portugal había hecho testamento. Una buena parte de sus riquezas las donaba a los franciscanos de Guadalajara para que construyeran, inmenso y solemne, el claustro de su monasterio.

Pero sería otro monasterio el que reflejara aquella jornada terrible y heroica. El monasterio de Santa María de la Victoria, o de la Batalha, que el maestre y ya rey Juan I de Avís junto a su condestable Nuño Alvares Pereira prometieron levantar para los dominicos si la victoria era suya. De ese monasterio, que también lleva resonancias alcarreñistas, hablaremos la semana próxima.