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En la muerte de Julio Caro Baroja, un enamorado de Guadalajara

Julio Caro Baroja tuvo una especial predilección por Guadalajara

 

La última vez que Julio Caro Baroja estuvo en Guadalajara fue el 12 de febrero de 1991. Poco más de cuatro años hace. Fue esa también una de las últimas veces que se alejó más de lo debido de «lchea», su casona residencial, su familiar mansión en la orilla del Bidasoa, en un difícil equilibrio fronterizo entre España y Francia, pero en el corazón de uno de los territorios más hispánicos que existen: Euskadi, Y entonces, aquella noche al salir del Ateneo Municipal donde dio una inolvidable conferencia sobre «La Historia falsa de España», el último aire que la Alcarria dejó en sus mejillas fue el sonoro beso de una admiradora que, después de haberse leído muchos de sus libros, no se aguantó y le despidió con un «¡Le quiero, don Julio!» que al solemne académico le debió sonar como el más maravilloso de los piropos que jamás le hayan dicho. Máxime viniendo de quien venía exclamación y beso. 

Esa fue la última vez que el gran historiador, el gran intelectual español Caro Baroja estuvo en Guadalajara. Antes había venido muchas otras veces por nuestra tierra. En ella fue el descubridor, junto al también desaparecido recientemente Sinforiano García Sanz, de las botargas de nuestros pueblos serranos y campiñeros. El fue quien valoró el inmenso tesoro etnológico de estas figuras ancestrales, y con ellas y la pericia cinematográfica de su hermano Pío, rodó una película de soberana grandeza: «A caza de botargas» que no hace mucho tiempo tuve la inmensa suerte de ver proyectada en un popular salón de Robledillo de Mohernando. 

Julio Caro Baroja, muerto en su casa de Vera de Bidasoa (Navarra) el pasado 18 de agosto, ha sido una de las colosales figuras de la cultura española de este siglo. Como decía Alvar en su apresurada necrológica, la mejor definición que le cabía era la de ser «un hombre libre, un hombre independiente». Qué pocos podemos decir hoy eso. “Sólo soy libre, cuando me siento libre” intentaba definir Paul Valéry a esa intangible condecoración que para el hombre es la Libertad. Caro Baroja la llevaba puesta, antes que esos premios (decenas de ellos tenía cosechados) que Academias, jurados, Príncipes y ministras le han concedido. En 1980, el entonces ministro de Cultura Ricardo de la Cierva le nombró asesor suyo. Pocos meses después abandonaba: el puesto (que a tantos les hubiera parecido miel sobre hojuelas) declarando que la vida pública española le desencantaba profundamente: seguiría dedicando sus horas a la investigación, al estudio, a la meditación, a los viajes, a ilustrar con sus libros y sus palabras la inacabable y honda avenida de las antropo-aguas españolas. ¡Qué sencillo era, qué sabio! Como le admiramos todos a don Julio, a su ejemplo de serenidad, de paciencia, de serio enfrentamiento con la realidad del pasado, que es mucho más difícil que la de hacerlo con la del presente, tan vacía. 

Julio Caro Baroja había nacido en Madrid el 13 de Noviembre de 1914. Su padre, Rafael Caro Raggio, era editor de libros, y su tío, Pío Baroja, universal escritor hispano. En un ambiente de intelectualidad serena y cierta creció el joven, que estudió en el Instituto Escuela de Madrid, luego en la madrileña Facultad de Filosofía y Letras, y después de la guerra en numerosas escuelas y universidades de Europa. Soltero pero no sólo («el hombre no tiene una soledad absoluta decía‑ porque la soledad pura no existe») alcanzó a ser director del Museo del Pueblo Español en su primera etapa, abriendo un camino de investigaciones sobre antropología española, hasta entonces tan marginales entre los sesudos profesores universitarios, que no tardaría en hacerse acreedor a las máximas distinciones de la cultura española: académico de número de la Real de Historia en 1962, fue elegido en 1985 miembro de la máxima entidad de las letras, la Real Academia de la Lengua. Su bibliografía llegó a ser tan extensa, que en 1978 se contabilizaban ya 380 títulos entre libros y artículos, y hoy alcanzan el millar sin duda. Un récord que no es tan sólo numérico, sino cualitativo, porque pocas personas habrá en España que hayan dicho tanto, tan importante, y tan sucintamente como lo ha dicho Caro Baroja. No sólo antropólogo fue, como su estereotipo repite, sino grandioso historiador, fabulador, folclorista, científico, pintor, y viajero: un sabio al uso antiguo, pero en nuestros días. Un ejemplo para todos. Un español, como acaba de calificarle Laín Entralgo, «irrepetible». 

Guadalajara es, ‑en esta hora de dolor por la pérdida de un español insobornable, antológico y realmente merecedor de aplauso‑, un lugar donde el hueco de su vida se muestra patente y dolorido. Porque él conoció bien esta tierra, la pateó a modo, la estudió y dibujó con pausa, con amor incluso. Recordar solamente cómo de su viaje a Robledillo tomó apuntes que luego plasmó en sendos dibujos: la ermita de la Soledad y una casona popular, que serían incluidos en el Catálogo de su Exposición antológica de 1986 en San Sebastián. Recuerdos del paso de este hombre por la Campiña del Henares, y que también anduvo la Alcarria buscando colodras para su Museo madrileño, que llenó con lo que él y su amigo el americano Foster recogieron a través de los 16.000 kilómetros que se hicieron andando por España. 

La alcarreña de mirada limpia y corazón firme que hace cuatro años, ‑en el momento en que Caro Baroja se alejó para siempre de esta tierra nuestra‑, le dio un beso de despedida, podría haber hecho mejor que yo esta semblanza última de Julio Caro. Su silencio incrédulo, como el de tantos muchos admiradores que este hombre tenía en Guadalajara, es la mejor expresión del fervor que en esta provincia cosechó este sabio madrileño, vasco y español. Este hombre que, en el necrológico «tombeau» de Francisco Rico, ha recibido los justos calificativos de «Libre, genial, erudito,/ tímido y audaz y raro,/ en la prosa y en la vida… Julio Caro».

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