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Cuenca y Guadalajara se hermanan por el verano

 

Tiene nuestra región de Castilla-La Mancha mil y una rutas por las que andar y asombrarse. Desde el valle de Alcudia a los páramos de la Sierra de Pela, hay tanta variedad de paisajes, de gentes y costumbres, que parecen países distintos si no los uniera el lenguaje, ese elemento que hermana y funde latidos.

Hay en este verano pleno de agosto una razón por la que bien podemos decir que especialmente se hermanan las tierras de Cuenca y Guadalajara, las más norteñas meridianas de la región. Por ambas pasó, aunque como de refilón, el señor don Quijote. Y por ambas ha corrido, a lomos de borrico unas veces, otras de globo y casi siempre a pata monda, don Camilo José, el Nobel Cela. Hoy vienen porque en ambas se han publicado libros que tratan y muy hermosamente, de estas tierras. Vamos a ellos, animando a mis lectores a enzarzarse, ahora que hay tiempo, y luz hasta tarde, en la lectura de estos fantásticos volúmenes.

Cuenca siempre

Es el primero de estos libros el que ha escrito mi buen amigo y admirado periodista (y aun poeta de valores firmes) José María Olona de Armenteras, quien a pesar de sus años luengos anda por ahí como una rosa, metido en viajes y aventuras sin cuento, atento siempre a su entorno, escribiendo y glosando cuanto ve. En este libro que aparece dentro de la Colección «Viajero a pie» de la alcarreña editorial AACHE, como su número 4, Olona plantea un sugerente viaje literario por la ciudad y provincia de Cuenca.

Es esta, la del «viaje literario» una forma cómoda y muy sugerente de andar. Porque repasa espacios, rincones y viejas construcciones; recuerda fiestas, personajes y ciudades plenas. Y lo hace siempre con la visión propia y la palabra prestada de otros que antes estuvieron: comentarios de grandes personalidades de las letras españolas van glosando los lugares por donde, Cuenca al completo, camina Olona. Así parece que aún viven, y alientan junto al autor, los poetas Federico Muelas, Jorge Manrique o Gerardo Diego; los escritores Miguel de Cervantes, Raúl Torres ó Miguel de Unamuno; los ascetas Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León y Luis de Góngora. Y frases largas, explícitas, rotundas siempre, de Larrañaga en su «Guía», de César González Ruano en sus «Rutas» o de Rodrigo de Luz en su «Catedral» conquense.

En el libro de Olona de Armenteras, que sin duda se sitúa en la vanguardia de la poesía de estilo tradicional en nuestra patria, destacan imágenes, descripciones y propuestas. Con él en la mano es fácil plantearse hace un recorrido total por la tierra conquense: desde la Mancha de Belmonte y Mota, donde los molinos se alzan señoriales y espléndidos, hasta la barroca letanía de los verdes en su Serranía del Agua, pasando -¡cómo no!- por el abrazo que Huécar y Júcar dan a la roca y forman Cuenca ciudad, esa de la que como verdadero blasón identificativo surgen las «casas colgadas», casas mágicas también, ocupadas de arte, de gastronomía única, de música sacra… Un libro de interés que a mí me ha sabido a poco, que encanta y enamora a quien lo lea de esa Cuenca hermana, milagrosa y múltiple que «siempre» estará a nuestro lado.

El Corpus Christi de Francisco Sánchez

El Ayuntamiento de Guadalajara, su Concejalía de Cultura, acaba de sacar a luz en reedición un libro que en el género de la novela puede decirse que es un clásico, aunque moderno, y que retrata a nuestra ciudad con una meticulosidad, una intensidad y un apasionamiento, que no puede dejar a nadie indiferente. Su autor, el diplomático y gran escritor Salvador García de Pruneda, construye una densa historia de pasiones, de dolores y de insatisfacciones, tan dura y real como la vida misma. Y lo hace en un entorno al que no nombra, pero que cualquiera (y más si es de aquí, de Guadalajara!) identifica con facilidad. Porque el protagonista, Francisco Sánchez, es un tratante de ganado de raíces alcarreñistas, y pertenece a una Cofradía (la del Santísimo Cuerpo de Cristo y Sacro Colegio Apostólico) que no es otra que la de los Apóstoles que sale acompañando al Santísimo por las calles de Guadalajara el jueves del Corpus. La descripción de la ciudad, de sus calles y plazas, de sus tipos y fiestas, de la gente que en torno a Santa María, a su Cofradía y a la procesión se centra es tan viva, tan emotiva, que nos parece al leerla que entramos en ella, que saludaremos al alcalde, al gobernador, al Vicario, y se nos irán los ojos a la lejanía presente del Arrabal del Agua, al Sotillo, al arroyo de los Mandambriles, mientras los cánticos de los niños y el color de los disfraces de los Apóstoles ciegan el horizonte.

Ha hecho muy bien el Ayuntamiento en editar esta novela, que, si no muy antigua, estaba completamente agotada en librerías. El prólogo del alcalde José María Bris sirve de presentación  y de útil «resumen» para apresurados. La crisis de la lectura que hoy nos aprieta hubiera hecho imposible que ninguna editorial se arrancara reimprimiendo esta obra. Es así que nos llega, con una sobria cubierta morada, como el color de nuestro pendón ciudadano, a las manos que se aprestan a leerla, a releerla en algunos casos, en estos días largos y cómodos del verano.

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