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Oseira: Un monasterio gallego con resonancias alcarreñas

Fuente del claustro del monasterio gallego de Oseira

 

Aunque no es habitual, ni siquiera ocurre todos los años en lo más crudo del invierno, la llegada a Oseira, en medio de las verdes y frondosas montañas de Orense, está sumida en la blancura cegadora de la nieve. Es pleno mes de mayo, pero la meteorología gallega tiene estas sorpresas, y el frío más intenso se ha adueñado de los norteños ribetes de la Península, dejando una fuerte y cuajada nevada sobre los entornos medievales de Oseira.No fue hecha al «buen tuntún» esta excursión, en el seno del Congreso Nacional de Escritores de Turismo, que desde el balneario de Mondariz nos habría de llevar hasta Ribadavia. El paso por la provincia de Orense, todavía desconocida en su íntima grandeza, y alejada de forma inexplicable de las rutas habituales del turismo nacional, está cuajado de sorpresas: un castillo soberbio sobre la peña verde, el de Vilasobroso; ‑una ciudad encantada prendida como en un cuento sobre los límites de ‘una judería perfectamente conservada, Ribadavia. Y un monasterio cisterciense, lejos de todo, en lo profundo de valle cuajado de bosques de roble, la mole pétrea confundida con el entorno, los líquenes invadiendo cada milímetro de sus muros severos y sonoros.  

Un monasterio cisterciense en Galicia

Oseira lleva un nombre que alude a ser, en tiempos, lugar donde ‑abundaban los osos. En aquellas apartadas soledades se fijaron los renovadores monjes de San Bernardo (cuatro eran: García, Diego, Juan y Pedro), que en 1137 fundaron la casa primitiva dedicada a Dios Nuestro Señora y a Santa María de Ursaria, y enseguida recibieron del rey Alfonso VH la gracia de todos los terrenos circundantes, poniéndose a construir, con la piedra del lugar, a la orilla del río Osera en plena sierra de Martiñá, un monasterio y su templo anejo que iría recibiendo, a lo largo de los, siglos, todo tipo de ampliaciones, destrucciones, abandonos y reconstrucciones, hasta llegar al día de hoy, en el que luce espléndido, en toda su grandeza, este monumental conjunto al que con justeza denominan «el Escorial de Galicia».Guiados del hermano portero, malagueño afincado con su hábito pardo y blanco en Oseira desde hace muchos decenios, visitamos este portento del arte hispánico. Galicia se hace aquí monumental y asombrosa. Merece la pena hacer el viaje para disfrutar tanta maravilla. La iglesia primero nos’ ofrece su arquitectura primitiva románica, con los cánones cistercienses bien madurados. Escueta decoración sobre los muros de lastres naves y sobre los capiteles que rematan las columnas, gruesas y de corto fuste, que, limitan el presbiterio con la girola, en la que se abren capillas, algunas de ellas luciendo altares, ya barrocos, que dejan al visitante sorprendido cuando le, dicen que no son de madera, sino de pura piedra de la zona.  

Es verdaderamente impresionante la sala capitular de Oseira. Ocupando el lugar tradicional de los antiguos monasterios, al extremo del crucero del templo, esta fue construida en el siglo XV, y nos deleitan sus formas y detalles con las cuatro columnas centrales cuyos fustes torneados se decoran con estrías y de él arrancan profusión de nervios que se extienden y entrecruzan en el abovedamiento, de tal forma que al espectador le da la sensación casi real de encontrarse bajo un bosque de palmeras pétreas. Junto a estas líneas aparece una imagen de esa Sala Capitular de Oseira increíble.  

Pero es destacable también el conjunto de los patios. Hasta tres tiene: el de los caballeros, el de los pináculos y el de los medallones. En todos ellos, de proporciones desmesuradas, los muros perforados de altos vanos arqueados son de piedra granítica, y en ellos destacan tallados medallones con imágenes de santos y prelados, o bien se levantan sobre el alero los pináculos gotizantes que le dan esbeltez al segundo.  

La portada del templo y la del convento forman un ángulo y están renovadas en el siglo XVIII en un estilo barroco gallego, en el que destaca el paramento con almohadi­llado severo, y la portada escoltada de columnas salomónicas, más complicadas cenefas entre las que se incluyen escudos, imágenes de San Benito y San Bernardo, y la parafernalia típica de un monasterio riquísimo, como lo era Oseira en esa época.  

En cualquier caso, una, excursión que satisface plenamente. Más aún, creo yo, si como en el caso que cuento el frío es recio, la nevada de esas que dejan hundir los pies en el blanco hielo impoluto, y al final los aldeanos tienen a punto un buen caldo gallego, humeante y sabroso, de los que resucitan a un muerto.  

Noticias de la Alcarria en la Galicia profunda

Pero eso no es todo. Rastreando siempre la huella de la Alcarria por cualquier rincón del mundo, hete aquí qué Oseira reserva una sorpresa al alcarreño que hasta allí llegue. Fray Damián. Yáñez es el bibliotecario de la casa, regenta un salón magnífico, de altísimos techos oscuras estanterías de madera de castaño, cuajada hasta arriba de viejos libros y polvorientos legajos. Uno de esos es el tumbo de Ovila. El monasterio que junto al río Tajo aguas arriba de Trillo compró William R. Hears en 1931 y desmontado se lo llevó a California. La suerte hizo que se salvara, (tras grave incendio en siglo XVIII, el correspondiente pillaje de la Desamortización en el XIX, y la locura vendedora del XX) este fabuloso documento en el que está entera, alzada y vibrante, la historia de aquel monasterio alcarreño, también de la Orden del Cister.Fray Damián, que es un venerable anciano de 78 años colmado de sabiduría, bondad y generosidad, me lo enseña calmoso: en mis manos está el tumbo de Ovila: se trata de una verdadera joya, de una riqueza incalculable. Es un volumen de 25 x 34 cm. de 328 folios, algunos de ellos en blanco, forrado en pergamino de la época. Lleva este título Libro Tumbo del Monasterio RI. de Nuestra Señora Santa María de Ovila orden de Nro.Pe.Sn.Bdo. Año de 1729. Fráter Hyerotheus Vallisparadissi filius laboravit et scripsit. La portada es sencillísima, sin ningún, distintivo especial, sin dibujo alguno.  

La historia de la llegada a Oseira de este impresionante manuscrito es también como un relato de aventuras: consta allí ser donativo de una señora que lo había heredado de su abuelo, muy amante del monasterio de Monfero (La Coruña), fallecido hacia 1925, y que se lo dejó para devolverlo a la orden, en el momento que hubiera monjes en Galicia. Este señor intentó restaurar dicho monasterio, y hasta logró que se instaurara allí vida cisterciense hacia 1882, pero al fin fracasó al cabo de ocho o diez años, por falta de una persona equilibrada que guiara al grupo de muchachos que logró reunir el monje que se comprometió a tomar a su cargo la empresa un tal fray Manuel Díez, que pertenecía al monasterio segoviano de Sacramenia, y debió andar por tierras alcarreñas tras la Desamortización ¿Sería un conventual de Ovila? Al monasterio de Monfero debió llegar en 1882, en las manos del referido Manuel Díez, o quizás de fray Atilano Melguizo, monje de Sobrado, aunque natural de Gárgoles, quien al jubilarse se retiró a Betanzos, donde falleció. Como este era Vicario general de la Congregación de Castilla y anduvo por los monasterios, a lo mejor lo encontró en alguno y lo recogió, llevándolo a Betanzos y entregándolo antes de morir a quienes intentaban volver a abrir Monfero. El caso es que allí está, en las honduras de la Galicia más recóndita, un pedazo, un hermoso pedazo, de la historia de la Alcarria. Al igual que el propio monasterio de Ovila, hoy desperdigado entre los parterres del Golden Gate Park de San Francisco, se fueron muy lejos de su solar primitivo, pero en cualquier caso han pervivido. Porque, como tantas veces pasa en la vida, aunque la luz no esté siempre con nosotros, sabernos que, al menos, existe. Y algunas veces, incluso, la vemos… con eso simplemente nos conformamos algunos.

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