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Una nube de cuentos se acerca a Guadalajara

El patio del palacio del Infantado en una Jornada del Maraton de Cuentos

 

Guadalajara va a vivir es fin de semana un nuevo Maratón de Cuentos. Ya el cuarto. Si se mantiene el nivel y la tónica de los años precedentes, este ha de ser mejor que ellos: más colorista, más variado, más nutrido en participación, y más largo. Así lo tienen dispuesto los organizadores, que cada día son más, contagiados ya sin vacuna posible por la irresistible ilusión que Blanca Calvo pone en ello, puso desde que lo imaginó. 

Pero ésto de los cuentos tiene muchas lecturas. Tiene, al menos, dos principales lecturas: la primera es la superficial, el plexiglás con que todo en la vida se adorna, y que para muchos es lo único que existe de las cosas: piensan que el alma es brillante, y te rodea como una nube. Este Maratón anual, primaveral, que trata de batirse a sí mismo en duración, y que consiste en que cientos de personas, de toda edad y condición, se suba a un estrado y cuente un cuento, puede aparecer ante los ojos de muchos como un divertimento insustancial de una sociedad que no tiene más meta que la de «vivir del cuento…». Hay una segunda lectura, para mí la más cierta, porque soy en esencia (y hasta que algún enzima se me tuerza) optimista y de natural alegre, de que Guadalajara es capaz de superar amarguras, enconos, crispaciones y alelamientos, y sabe poner sobre un escenario a sus gentes, vestidas de sonrisa natural, a contactar con los demás mediante la palabra, la fábula y el gesto. De una visión despectiva de la vida, a otra optimista y vital. ¿Para qué sirve, en esencia, este Maratón de Cuentos? Yo creo, sinceramente, que para mucho: por lo menos para hacer una cura de espíritus arrugados y enclenques. Sería como un régimen, pero no de adelgazar, sino todo lo contrario, de ensanchar el espíritu y hacerlo más joven, más entusiasta. Una recarga de baterías. 

Hay muchísima gente que está en la organización de este encuentro ciudadano desde hace tiempo. Si Blanca Calvo es la cabeza visible, no pueden ser olvidadas tantas y tantos como, desde la Biblioteca Provincial sobre todo, y a través de otras organizaciones, se están moviendo para que todo resulte un éxito. La propia Calvo lo contaba hace poco en unas páginas amigas: «Contar la historia del Maratón es rela­tar la pequeña cróni­ca de un milagro». Todo empezó en la primavera de 1992, cuando la Feria del Libro salió por primera vez a la calle, y la Plaza Mayor se llenó de telas transparentes, de flores y niños sentados por el suelo. En aquella ocasión fueron altas figuras de la literatura española las que abrieron el fuego: Antonio Buero Vallejo, Ramón de Garciasol, Andrés Berlanga o José Luis Sampedro contaron sus cuentos, sus anécdotas, y le pusieron la sonrisa a la ciudad, que ya no paró en toda la tarde, en toda la noche. Se estuvo 24 horas seguidas oyéndose (los muros de la Plaza Mayor se hicieron también de cristal y papeles, y todo retumbaba como campanillas) el desgranar de las fábulas y los dichos. Fue después en el Palacio del Infantado, acogedor y misterioso, el que en años sucesivos ha albergado esta reunión: en 1993 se alcanzó ya el record y se entró con todos los honores en el «Guinness», para llegar a 1994 en que durante veintinueve horas y media hubo gente que se subió al estrado a contar su historia, a relatar cuentos, a interpretarlos, a cantarlos, a llorarlos y a susurrarlos. Nadie a leerlos. Porque esa es la condición que se ha establecido, además, como un elemento capaz de levantar por los aires este castillo: la voz gobernada por la pasión es lo único que cuenta. Dice Blanca Calvo cuando nos presenta el Maratón de este año que «Cada cuento es un regalo de ida y vuelta, que va y vuelve por el aire desde el que lo da al que lo recibe; y va formando, cuando se junta con otros, esa nube…» Una nube de moros y moras, de trasgos y tesoros, de humos de todos los colores, de aromas y sonidos de cristal y bronce, y mármol, y afilados aceros, y cosquillas. La posibilidad de olvidarse, por unas horas, de que esto es España, y de que unos cuantos imbéciles están empeñados en amargarnos la vida. 

Quieren estas palabras ser anuncio, uno más, y bien grande, del cuarto Maratón de Cuentos de Guadalajara. No puedo por menos de utilizar otra vez las palabras de Blanca Calvo cuando ha querido presentarlo: «Se pretende que inter­vengan más personas y más colectivos de la ciudad, y que se convierta en un fiesta imprescindible del calendario de festejos locales, …se están cur­sando invitaciones a narradores de to­das las demás Comunidades Autóno­mas y de otros países, sobre todo los más próximos por lengua o geografía… con ello se quiere abrir el Maratón al mundo, recoger tradiciones narrativas cercanas y lejanas, convertir a Guadala­jara en la Capital Mundial de los Cuen­tos». 

Como pastores iremos los alcarreños a este encuentro, el alma (que no es, repito, un plexiglás que nos envuelve) dispuesta a diluirla con otras, los oídos a sorprenderse con historias de princesas y enanos, los ojos a maravillarse por ver algunas manos volar entre los leones de piedra, y al fin sacar conciencia de que esto que Guadalajara va a vivir el próximo fin de semana, es algo más que un «vivir del cuento». Es, en definitiva, reivindicar la humanidad cierta de una ciudad, y de sus gentes. Sólo así podremos sobrevivir a tantas bajezas.

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