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mayo 12th, 1995:

Libros y escritores alegran la Concordia de Guadalajara

Un documento del Archivo Municipal de Guadalajara

 

Tiene estos días Guadalajara un olor a tinta de imprenta, un brillo de papel couché, un perfil inconfundible a libro. Porque a lo largo de este fin de semana se celebra, como siempre que llega la primavera, la Feria del Libro. Una tradición mínima, pero con solera pujante. Una propuesta que viene de diversos ángulos para entregar a todos su mensaje: que leer no es malo, que los libros no son enemigos, que el saber no ocupa lugar y que sólo adentrándonos en los caminos del conocimiento podremos llegar a ser (o a intentarlo) sabios, bondadosos y perfectos. La Concordia otra vez será escenario de esta concentración de libros, de libreros y de lectores. En un lugar como esta Guadalajara donde la historia del libro no ha sido especialmente esplendorosa, ni sus escritores demasiado abundantes. Pero que no por ello dejan de merecer que en unas jornadas como estas se les recuerde a unos y otros, se les rescate su verdadero valor, la esencia de su esfuerzo. 

Libros aquí nacidos

Aunque en Guadalajara se imprimieron libros desde los primeros instantes de la aplicación del «invento‑Gutenberg», la constancia fidedigna, y concreta (tanto que aparece una imagen de su portada junto a estas líneas) de haber sido impreso un libro en nuestra ciudad es de 1564, cuando el propio duque del Infantado, el cuarto de la lista, don Iñigo López de Mendoza, mandó venir de Alcalá a dos famosos impresores, técnicos reputados en sus días como perfectos conocedores de los tórculos, para que en las salas bajas de su palacio montaran el sistema necesario de prensas, tipos y papelería con que poder dar vida a su creación literaria, la única hoy por hoy conocida:, el «Memorial de Cosas Notables», un polimorfo sucederse de anécdotas clásicas, paralelas vidas y decires de sabios antiguos. Pedro de Robles y Francisco de Cormellas dedicaron su esfuerzo y su paciencia a dar vida a este que podemos decir es el primer libro impreso en nuestra ciudad, allá por las mediadas calendas del siglo XVI. ¿Y el último? Ni me atrevo a escribir su título, porque estoy seguro que cuando estas líneas aparezcan en «Nueva Alcarria» ya habrá otro más nuevo entre las manos de los lectores alcarreños. A tal velocidad se escribe hoy, se publica y se comenta lo que sale, que no pasa una semana sin que contemos los lectores alcarreños con alguna publicación novedosa que trate de Guadalajara, que esté firmada por algún autor alcarreño, o que simplemente aquí haya sido editada o impresa. 

Hasta hace unos meses, en una columna independiente de este Semanario escribía yo los comentarios que me suscitaban esta densa cosecha de bibliografías y publicaciones. Por decisión de quienes marcaban las líneas directrices del periódico (no mía) dejaron de publicarse estos comentarios, aunque sé que muchos lectores de «Nueva Alcarria» los echan en falta. Hoy, en esta tarde de Feria y libros, no puedo por menos que proclamar de nuevo mi amor por ellos, por esos bloques de papel y láminas, por esas alfombras donde pisa el alma, se entretienen los ojos y el corazón se alegra. 

En cierta ocasión eché las cuentas de lo que se publica en Guadalajara, comparando número de libros aquí surgidos con población total de la provincia. Y nos colocábamos a la cabeza de todas las demarcaciones españolas. Con tiradas reducidas, no mucho menores que en otras partes, pero. con abundancia de temas, con variedad alentadora de propuestas: surgen los libros de historia (porque Guadalajara la tiene tanta, tan interesante y densa); de arte, recogiendo siluetas de su patrimonio abundante; de poesía, en efusión generosa de sus poetas y poetisas, que tan bien se afanan en entregamos sus ideas y sus palabras bien medidas; de teatro incluso, con la recogida de textos de autores antiguos, de ganadores modernos en los concursos municipales, e incluso con la recopilación de historias relativas al Teatro (40 años ahora de Antorcha) como acabamos de encontrar en una pequeña publica­ción surgida a instancias de dicho grupo cultu­ral Cualquier alcarreño que se lo proponga tie­ne decenas de ofertas en las que encontrar la huella de su tierra, de sus antecesores, o de sus contemporáneos amigos, en libros de variado pelaje y vestimenta. Todo es proponerse encon­trarlos, y recibir el favor de su compañía. 

Escritores de raza alcarreña

Ese milagro no ha sido caído del cielo, ni surgido como del encanto de un hechicero. Ese milagro se ha hecho gracias a la tenacidad de muchos: de sus escritores, que los hay y muy buenos. Que conforman, yo diría, una raza especial, un grupo de gentes nobles, serias y responsables, que dedican su tiempo libre a la unión de palabras, a la ligazón de ideas y al duro esfuerzo de calentar el alambique de la literatura. Si hubiera que dar nombres, y para no molestar a los vivos solamente recordar a los muertos, se nos iría la mano a escribir los nombres de José María Alonso Gamo, de Jesús García Perdices, de Francisco Layna Serrano o de José Antonio Ochaíta. Por escribir sólo los que la mano no aguanta callar. Porque haberlos, haylos, y muchos. Repase cualquiera que tenga tiempo, y ganas, las composiciones de estos autores comentados. Lea sus poemas, regocíjese en sus neologismos, sumérjase en sus historias. Y verá qué filón de literatura, qué riqueza de ideas y de informaciones aportan. Desde el propio cuarto duque del Infantado, al que mencionaba líneas más arriba ­hablando de libros, hasta sus contemporáneos Gálvez de Montalvo y Medina de Mendoza, también en el siglo XVI, pasando por Fray José de Sigüenza, León Merchante, Villaviciosa o Herrera Petere, en un encadenamiento de siglos y de ideas que forjan toda una noria de magnetismos. 

Entre los vivos, para alegría de todos, quedan figuras de relieve estelar. Guadalajara cuenta hoy con nombres que son gloria de la literatura española. Unos por consagrados, porque han visto discurrir toda una vida de trabajo y consecuciones. Otros porque están haciendo, ahora mismo, esa tarea paciente Y segura de la «obra completa» a cada instante. Y así no es posible olvidar a Antonio Buero Vallejo, el gran dramaturgo que sigue, teniendo la clara mente y el corazón firme en ideas y planteamientos. Ni a José Antonio Suárez de Puga, poeta de la cabeza a los pies, que ni una sola palabra dice en vano, cuando escribe. Ni a Alfredo Villaverde, al que no sólo por compañero de página, de colegios y de aventuras menciono, sino porque tiene también en su venero toda la fuerza de un literato ejemplar. Ni a Ramón Hernández, novelista que sabe retratar tiempos más que situaciones, y prototipos más que personajes. Todos ellos, más la Mi Ángeles Novella de la poesía, la Mª Antonia Velasco del periodismo, y la Margarita del Olmo de las historias, completan un retablo que es de catedral. Todo un lujo del que me alegro, y al que saludo, en estas jornadas en las que Guadalajara se vuelca a celebrar el libro, y oficia un primaveral aquelarre de páginas y plumas.