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mayo 5th, 1995:

Cogolludo: hechura del Renacimiento

Capitel alcarreño en el patio del palacio de Cogolludo

 

Llegar ahora a Cogolludo, mañana mismo por ejemplo, a ver su plaza mayor, su palacio, y a comer en cualquiera de los restaurantes que pululan por su entorno, es un ejercicio de saludable turismo interior que puede dejar muy hermosa huella en la memoria de quien lo practique. Y puede dejarla por varios caminos, distintos pero confluentes: el de la vista, con la contemplación de la fachada grandilocuente del palacio ducal; el del gusto, cuando por el gaznate atraviese una buena ración de cabrito al estilo serrano; o el de los pulmones, que podrán ensancharse a su gusto cuando se escale la cuesta que lleva hasta Santa María (la parroquia) o las ruinales medievales (las del castillo) que en lo alto del cogollo de Cogolludo se alzan. 

Un palacio con 500 años encima

Hablaremos hoy, para quienes quieran sacar el mayor provecho de esa propuesta visita a Cogolludo en tres horas rápidas, del palacio que los duques de Medinaceli mandaron levantar hace ahora cinco siglos. Porque, y dicho sea de paso, sin mayores pretensiones que las de informar, ya que para dar aldabonazos culturales cuenta nuestra provincia con destacados vates, justamente ahora, en este año de 1995, se cumplen exactamente los cinco siglos de la terminación de este grandioso edificio, primicia del Renacimiento en España. Fue en el año de 1495 cuando con toda seguridad, se concluyó de edificar y pasaron los duques a residir en esta grande y maravillosa casona. No sería mala cosa celebrarlo como merece… 

El autor del palacio, Lorenzo Vázquez de Segovia

Hace escasas fechas fue presentado en Guadalajara un interesante librillo, escrito por el arquitecto Enrique Martínez Tercero, que bajo el título de La primera arquitectura renacentista fuera de Italia. Lorenzo Vázquez en Guadalajara, nos ofrece sucintamente la visión cumplida y meticulosa de lo que en punto a mecenazgo artístico y empuje de ideas nuevas supuso la saga de los Mendoza en nuestras tierras. De la mano del Cardenal don Pedro González de Mendoza, surge el castellano Lorenzo Vázquez, que aporta sus conocimientos técnicos y su genialidad compositiva a una serie de edificios a los que hoy todavía podemos acercarnos con la boca abierta y la máquina de fotos preparada, porque cinco siglos después continúan haciéndonos vibrar y emocionarnos. 

Martínez Tercero elogia en esta obra, sobre todas las demás, la mole arquitectónica del palacio de Cogolludo. De tal manera, que la pone en su portada representada en un exquisito dibujo en el que, acentuando aún más su línea clasicista, le adorna con ventanas similares al palacio Strozzi de Florencia, y le quita la escocia superior, quedando un auténtico y soberano palacio toscano, milagrosamente puesto sobre los secarrales de la Alcarria. 

De Lorenzo Vázquez nos hace M. Tercero una breve fotografía vivencial. Nacido en Segovia en torno a 1450, se formaría en la profesión trabajando en las obras del castillo de Pioz, que hacia 1470 estaba levantándose por orden de su dueño, el Cardenal Mendoza, pasando luego a laborar en las reformas del castillo de Jadraque, patrocinadas también por el purpurado alcarreño. Vázquez, al que Tercero califica de «joven brillante y receptivo», alcanzó la consideración de «maestro de obras» de Don Pedro González de Mendoza, quien en 1486 le envió con su sobrino, el segundo conde de Tendilla don Iñigo López de Mendoza, en la embajada de este aristócrata a Italia, para que allí se empapara de las nuevas técnicas y estilos, interveniendo al dictado del Cardenal en su proyecto de la Basílica romana de la Santa Cruz. La estancia de Vázquez en Roma y Toscana sería de un año y seis meses, aprendiendo tantas cosas que a su regreso, todo lo que hizo adquirió un evidente tono italiano y puramente renacentista, algo nunca visto en Castilla. Tras su regreso en 1487 comenzó a trabajar en otra obra de su patrón que ya estaba comenzada, el Cole­gio de la Santa Cruz de Valladolid, que fue concluido en 1491, y en el que quizás por su influjo se incorporan una serie de elementos renacientes, de los que no es el menor el almohadillado prominente y geométrico de su fachada. Poco después, Vázquez es requerido por don Luis de la Cerda, gran Duque de Medi­naceli, casado con la sobrina del Cardenal Mendoza, y plenamente adscrito al grupo de poder encabezado por este linaje. Para él construye, entre 1492 y 1495, su palacio de Cogo­lludo, primer edificio completo del Renacimiento fuera de Italia. 

No para ahí Vázquez su actividad. En plena madurez creadora, interviene después en el Convento de San Antonio de Mondéjar, patrocinado por su compañero de viaje a Italia, y gran protector de las artes, el conde de Tendilla don Iñigo. Es obra esta del último decenio del siglo XV. Poco después se pone a trabajar en el diseño y construcción del palacio de Don Antonio de Mendoza en Guadalajara, que debió acabar hacia 1507, pasando inmediatamente, llamado por el Mar­qués de Cenete (hijo mayor del Cardenal Mendoza) a las obras del Castillo de La Calahorra en Granada, joya preciosísima del Renacimiento hispano. Y aquí, en 1509, es donde perdemos su pista. Probablemente poco después moriría, o, en cualquier caso, inició el mutis definitivo de su vida. 

Con palabras de Martínez Tercero, podemos concluir que «fue Vázquez un personaje excepcional por su receptividad, brillantez y capa­cidad de organización, dada la cantidad de obras en que intervino… gozó de la confianza plena del gran Cardenal y sin la muerte de éste en 1495 es proba­ble que hubiese proyectado y dirigido el Hospital de Santa Cruz de Toledo. Intervi­no en cuatro obras bajo su patronazgo: castillos de Pioz y Jadraque, Sopetrán y Santa Cruz de Valladolid. El resto de su actividad la desarrolló para sus sobrinos: Medinaceli en Cogolludo, Tendilla en Mondéjar, Don Antonio de Mendoza en Gua­dalajara y su hijo Cenete en La Calahorra». 

El palacio de Cogolludo

No cabe en esta ocasión adentrarnos con detalle en la descripción y valoración de este edificio. Al ser este su año gozoso aniversarial (quinientos años no se cumplen así como así…) nos ocuparemos de él más adelante y con más detenimiento. Cabe ahora significar el gran valor que tiene dentro de la arquitectura española, pues sin duda es el más antiguo de los edificios renacentistas europeos fuera de Italia. 

Para M. Tercero, cuyo libro glosamos en esta ocasión como merece, el palacio de Cogolludo no pierde un ápice de su importancia aunque de él se diga que es menos airoso que los palacios renacientes de la Toscana, pues «mientras éstos se levantaban sobre solares ciudadanos limitados por la apretada trama urbana y consiguiente dificultad de ex­pansión, en Cogolludo el Duque no tenía ningún problema para extenderse sobre todo el territorio que le fuese necesario». A pesar del indudable clasicismo de sus formas, de sus detalles ornamentales, de su concepto palaciego simétrico (esa puerta centrada es realmente novedosa, inédita en el arte de la construcción castellana medieval), el palacio de Cogolludo presenta una serie de hispanismos muy característicos, tanto en el alzado como en la planta. En el alzado es de resaltar que el muro de la planta baja es ciego, sin una sola ventana, algo inusual en Florencia, donde los edificios de este estilo siempre ofrecen huecos que iluminan desde la calle las de­pendencias inferiores. La obsesión hispánica, heredada de los árabes, de reservar en la más absoluta privacidad los interiores, se expresa en este detalle, así como en el que ofrece la planta de que el eje de la puerta principal hacia el interior del edificio coincide con un muro ciego que impide la visión del patio desde el exterior, siendo el acceso a este en zigzag, en clara herencia medieval y defensiva. Esa asimetría se observa también en la colocación de la puerta de entrada al patio desde el zaguán, que queda frente a una columna de este, así como el hecho de que la escalera principal del palacio se encuentre descentrada respecto al eje transversal del mismo, hecho que se ve en el palacio del Infantado y en el más moderno de don Antonio de Mendoza en Guadalajara. 

La fachada del palacio de Cogolludo, no hace falta repetirlo, es magnífica. Toda su superfie está tratada con un almohadi­llado continuo como ocurre en el Palacio Strozzi de Florencia, aunque la imposta que señala la división de las plantas no corre por los alféizares de los huecos, sino más abajo, marcando el nivel del forjado. Tanto la portada como la cornisa de la fachada son soluciones muy renacentistas, aún simplificadas de las que Vázquez había proyectado en Valladolid. Sin embargo, en el frente de Cogolludo aparecen una serie de elementos que no se encontrarían bajo ningún concepto en una fa­chada boloñesa o florentina, y que son los que marcan el valor novedoso y personal del palacio ducal de los La Cerda. 

Sería el primero la serie de escudos del linaje de La Cerda que campan en esta fachada: uno, mezquino y agobiado entre la cornisa del arquitrabe y el tímpano semicircular de la portada, le debió parecer pobre al orgulloso duque, por lo que se añadió otro mayor, rodeado de una corona re­nacentista de laureles, en el eje central y elevado de la fachada. 

Y ya para terminar, porque el espacio se nos acaba, dejar constancia del hecho sorprendente de la aparición de unas ventanas netamente gotizantes, de unos elementos decorativos verdaderamente raros, modernos y casi misteriosos, como son las panochas de maíz que rodean el arco de la portada, sin olvidar el arcaísmo gótico de la crestería, a los que Martínez Tercero califica, creo que con toda razón, capricho hispánico del duque, o, más bien, de la duquesa. Sea como fuere, un edificio asombroso, un edificio cinco veces centenario, una joya más de nuestra tierra que hay que correr a verla. Porque, en este año al menos, hay además que jalearla