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El Marqués de Montesclaros, prosa y poesía de la Alcarria

Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros

 

El principal biógrafo de don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros y Virrey del Perú, don Aurelio Miró‑Quesada, nos dice que a pesar de la vaguedad y oscuridad en que siempre se tuvo a este personaje de la nobleza castellana en punto a sus cualidades como poeta, es indudable que «tuvo una resonancia singular en su tiempo, y realizó una labor eminentemente directiva en una etapa de las letras peruanas. Versificador discreto él mismo, le cupo la fortuna de vivir rodeado de poetas y de despertar los elogios rimados de los más altos nombres de la literatura española en la Edad de Oro y de los más representativos escritores de América». 

Don Juan de Mendoza y Luna fue tercer marqués de Montesclaros, una de las líneas segundonas de la alta nobleza medocina, y había nacido en la ciudad de Guadalajara, en el palacio de sus ancestros, situado frente por frente al de los duques del Infantado, en 1571. Su paso por la vida, en aquellos lejanos días de los siglos XVI y XVII, fue sonora y triunfante. Aristócrata, culto, gobernante y poeta, no le faltaron, sin embargo, sombras a su madurez, y un final regusto de fracaso aunque sus años mozos los pasara como Virrey, nada menos, que de los dos territorios más ricos y espléndidos del Imperio español en América: México y Perú. 

No haremos hoy el memorial de sus dotes políticas, de sus sagacidades militares, de su gestión administrativa entre los indígenas de aquellos territorios: desde el urbanismo mejicano hasta la organización de las minas de mercurio de Huancavelica, muchas facetas del creativo discurrir de la América española tuvieron a don Juan de endoza y Luna por inspirado director. Serán sus dotes como poeta, simplemente, y como prosista, las que hoy nos conciten para traer su memoria a esta página de alcarreñistas evocaciones. 

Además del ya mencionado estudioso Miró-Quesada, son otros varios historiadores americanos quienes admiten el valor de Montesclaros como poeta y, especialmente, como protector de la literatura y los literatos de su época y entorno peruano. Mendiburu es de los primeros que hace referencia a su vena creativa. Lavalle dijo de él que había dejado escrito un libro de poesías sagradas, y el chileno Toribio Medina hace alusión a la valía del alcarreño como versificador y poeta. También Galvez hace alusión a él como «prosador elegante y poeta sutil» añadiendo que era «hombre de claro ingenio, buen gobernador, y a la vez espíritu contemplativo con sensibilidad ante el paisaje y amor al recogimiento». Aunque no dejan de ser ésas unas meras frases de cumplido vacío, el historiador Lohmann Villena las apoya con las suyas, diciendo de Mendoza que «el advenimiento de este risueño y activo gobernante impartió un considerable impulso a la literatura limeña», añadiendo que «era fino poeta castellano a quien complacían en extremo las chanzas y las bromas». Ahí vemos a un Mendoza de pura cepa, a un alcarreño también, de los de ley. El mismo Cervantes llegó a referirse a Montesclaros diciendo que era un «poeta celebérrimo y de cuenta». El crítico Irving Leonard compendia la actividad literaria de Montesclaros diciendo que su obra queda reducida «a unas pocas traducciones del latín diestramente hechas, y en ocasionales romances en octavas y sonetos, pocos de los cuales existen hoy, aunque las muestras de su prosa dejan entrever un dominio de las expresiones en sentido figurado llenas de colorido e ironía». 

Al parecer, su afición a la poesía le vino desde muy joven. Ya su padre, el segundo marqués de Montesclaros, llamado también Juan Hurtado de Mendoza y Luna, era amigo de poetas, y los recibía y protegía en su recién levantado palacio de Guadalajara, durante la segunda mitad del siglo XVI. Era éste amigo, entre otros, de Francisco de Figueroa, poeta latino muy famoso, quien le dedicó algunas poesías, una de las cuales empezaba así: «Montano che nel sacro e chiaro monte…» Fue también amigo de Laynez, y del humanista aragonés Juan de Verzosa. Escribió cartas muy elegantes, una de las cuales fue publicada por Menendez Pidal, y se conocen algunos versos suyos, muy engolados, que se conservan manuscritos en la Biblioteca Nacional de París. 

Sirva este soneto que publicó Pérez de Herrera en el Preámbulo de su obra «Discursos del amparo de los legítimos pobres…» para valorar la capacidad creativa y poética del alcarreño marqués. 

Pues Dios cargó pensión sobre la hazienda
Del rico y quiso que la goze el pobre,
Y a este le concede que la cobre,
Mandando al rico que la mano estienda.
Razón ha sido que se ponga rienda
Al pobre de oro disfraçado en cobre,
Porque al mendigo verdadero sobre
Lo que urta el falso de la sacra ofrenda.
Esto ha acabado con industria tanta
En sus discursos sabios nuestro Herrera,
Que dexa limpia la colmena santa,
Y al zangano cruel ha echado fuera,
Que come, roba y cena su garganta
Con la miel de la abeja verdadera. 

Su obra es, por lo corta, difícil de valorar. Se conocen concretamente tres composiciones poéticas de don Juan de Mendoza y Luna. Una de ellas es el romance que comienza «hiço calor una noche…» que pertenece a la época inicial, cuando en la Corte, con el Duque de Alba y el propio Lope de Vega, se entretenía en tertulias y reuniones literarias. Se conserva en manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid. Otro verso de Montesclaros es el titulado «Otava al Juicio, del marqués de Montesclaros», que se conserva manuscrito en el mismo lugar. Y finalmente es conocido otro soneto del aristócrata alcarreño que escribió en honor y lauda de los «Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos», de su amigo el doctor Cristóbal Perez de Herrera.   Sabemos que, como prosista, hizo algunas traducciones de los clásicos (oraciones de Cicerón, epístolas de Orosio, etc.) También vemos algún rastro de su facilidad e inspiración en la prosa en todos los informes y escritos, muy numerosos que, emanados de su función política y administrativa, hubo de dirigir al Rey o a otros funcionarios. En todos éllos se encuentran claros destellos de su galanura y buen estilo. De todos ellos es especialmente interesante el documento titulado «Tocante a las Indias de Castilla deduzido de los papeles  del Marqués de Montesclaros, Virrei del Perú». Entre su fácil y clara prosa van cayendo consejos variadísimos y provechosos, propios de una vida densa, de una experiencia cierta y una humanidad granada. La de este hombre que nacido en Guadalajara, muerto en Madrid (1628) y paseado por medio mundo, hoy nos sirve de ejercicio para la memoria común de esta tierra.

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