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abril, 1995:

El Marqués de Montesclaros, prosa y poesía de la Alcarria

Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros

 

El principal biógrafo de don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros y Virrey del Perú, don Aurelio Miró‑Quesada, nos dice que a pesar de la vaguedad y oscuridad en que siempre se tuvo a este personaje de la nobleza castellana en punto a sus cualidades como poeta, es indudable que «tuvo una resonancia singular en su tiempo, y realizó una labor eminentemente directiva en una etapa de las letras peruanas. Versificador discreto él mismo, le cupo la fortuna de vivir rodeado de poetas y de despertar los elogios rimados de los más altos nombres de la literatura española en la Edad de Oro y de los más representativos escritores de América». 

Don Juan de Mendoza y Luna fue tercer marqués de Montesclaros, una de las líneas segundonas de la alta nobleza medocina, y había nacido en la ciudad de Guadalajara, en el palacio de sus ancestros, situado frente por frente al de los duques del Infantado, en 1571. Su paso por la vida, en aquellos lejanos días de los siglos XVI y XVII, fue sonora y triunfante. Aristócrata, culto, gobernante y poeta, no le faltaron, sin embargo, sombras a su madurez, y un final regusto de fracaso aunque sus años mozos los pasara como Virrey, nada menos, que de los dos territorios más ricos y espléndidos del Imperio español en América: México y Perú. 

No haremos hoy el memorial de sus dotes políticas, de sus sagacidades militares, de su gestión administrativa entre los indígenas de aquellos territorios: desde el urbanismo mejicano hasta la organización de las minas de mercurio de Huancavelica, muchas facetas del creativo discurrir de la América española tuvieron a don Juan de endoza y Luna por inspirado director. Serán sus dotes como poeta, simplemente, y como prosista, las que hoy nos conciten para traer su memoria a esta página de alcarreñistas evocaciones. 

Además del ya mencionado estudioso Miró-Quesada, son otros varios historiadores americanos quienes admiten el valor de Montesclaros como poeta y, especialmente, como protector de la literatura y los literatos de su época y entorno peruano. Mendiburu es de los primeros que hace referencia a su vena creativa. Lavalle dijo de él que había dejado escrito un libro de poesías sagradas, y el chileno Toribio Medina hace alusión a la valía del alcarreño como versificador y poeta. También Galvez hace alusión a él como «prosador elegante y poeta sutil» añadiendo que era «hombre de claro ingenio, buen gobernador, y a la vez espíritu contemplativo con sensibilidad ante el paisaje y amor al recogimiento». Aunque no dejan de ser ésas unas meras frases de cumplido vacío, el historiador Lohmann Villena las apoya con las suyas, diciendo de Mendoza que «el advenimiento de este risueño y activo gobernante impartió un considerable impulso a la literatura limeña», añadiendo que «era fino poeta castellano a quien complacían en extremo las chanzas y las bromas». Ahí vemos a un Mendoza de pura cepa, a un alcarreño también, de los de ley. El mismo Cervantes llegó a referirse a Montesclaros diciendo que era un «poeta celebérrimo y de cuenta». El crítico Irving Leonard compendia la actividad literaria de Montesclaros diciendo que su obra queda reducida «a unas pocas traducciones del latín diestramente hechas, y en ocasionales romances en octavas y sonetos, pocos de los cuales existen hoy, aunque las muestras de su prosa dejan entrever un dominio de las expresiones en sentido figurado llenas de colorido e ironía». 

Al parecer, su afición a la poesía le vino desde muy joven. Ya su padre, el segundo marqués de Montesclaros, llamado también Juan Hurtado de Mendoza y Luna, era amigo de poetas, y los recibía y protegía en su recién levantado palacio de Guadalajara, durante la segunda mitad del siglo XVI. Era éste amigo, entre otros, de Francisco de Figueroa, poeta latino muy famoso, quien le dedicó algunas poesías, una de las cuales empezaba así: «Montano che nel sacro e chiaro monte…» Fue también amigo de Laynez, y del humanista aragonés Juan de Verzosa. Escribió cartas muy elegantes, una de las cuales fue publicada por Menendez Pidal, y se conocen algunos versos suyos, muy engolados, que se conservan manuscritos en la Biblioteca Nacional de París. 

Sirva este soneto que publicó Pérez de Herrera en el Preámbulo de su obra «Discursos del amparo de los legítimos pobres…» para valorar la capacidad creativa y poética del alcarreño marqués. 

Pues Dios cargó pensión sobre la hazienda
Del rico y quiso que la goze el pobre,
Y a este le concede que la cobre,
Mandando al rico que la mano estienda.
Razón ha sido que se ponga rienda
Al pobre de oro disfraçado en cobre,
Porque al mendigo verdadero sobre
Lo que urta el falso de la sacra ofrenda.
Esto ha acabado con industria tanta
En sus discursos sabios nuestro Herrera,
Que dexa limpia la colmena santa,
Y al zangano cruel ha echado fuera,
Que come, roba y cena su garganta
Con la miel de la abeja verdadera. 

Su obra es, por lo corta, difícil de valorar. Se conocen concretamente tres composiciones poéticas de don Juan de Mendoza y Luna. Una de ellas es el romance que comienza «hiço calor una noche…» que pertenece a la época inicial, cuando en la Corte, con el Duque de Alba y el propio Lope de Vega, se entretenía en tertulias y reuniones literarias. Se conserva en manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid. Otro verso de Montesclaros es el titulado «Otava al Juicio, del marqués de Montesclaros», que se conserva manuscrito en el mismo lugar. Y finalmente es conocido otro soneto del aristócrata alcarreño que escribió en honor y lauda de los «Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos», de su amigo el doctor Cristóbal Perez de Herrera.   Sabemos que, como prosista, hizo algunas traducciones de los clásicos (oraciones de Cicerón, epístolas de Orosio, etc.) También vemos algún rastro de su facilidad e inspiración en la prosa en todos los informes y escritos, muy numerosos que, emanados de su función política y administrativa, hubo de dirigir al Rey o a otros funcionarios. En todos éllos se encuentran claros destellos de su galanura y buen estilo. De todos ellos es especialmente interesante el documento titulado «Tocante a las Indias de Castilla deduzido de los papeles  del Marqués de Montesclaros, Virrei del Perú». Entre su fácil y clara prosa van cayendo consejos variadísimos y provechosos, propios de una vida densa, de una experiencia cierta y una humanidad granada. La de este hombre que nacido en Guadalajara, muerto en Madrid (1628) y paseado por medio mundo, hoy nos sirve de ejercicio para la memoria común de esta tierra.

Santa María de Brihuega: arte y devoción sobre la roca bermeja

Interior de la iglesia de Santa María de la Peña de Brihuega

En el llamado Prado de Santa María, al extremo sur de la población, puede admirarse la iglesia parroquial de Santa María de la Peña, uno de los seis templos cristianos que tuvo Brihuega y que fue construido, en la primera mitad del siglo XIII, a instancias del arzobispo toledano Ximénez de Rada.

Si el otro día paseábamos por Brihuega buscando sus templos góticos (unos en pie todavía, otros ya irremisiblemente perdidos en la memoria de las viejas crónicas), el más importante de ellos lo dejamos reservado para mirarlo en exclusiva: el de la patrona, el de Santa María de la Peña, el edificio que subido a la roca bermeja otea el valle del Tajuña y remata espléndido el espacio romántico e inolvidable del Prado de Santa María. Todo un objetivo para un buen día de asueto.

La puerta principal está orientada al norte, cobijada por atrio porticado. Se trata de un gran portón abocinado, con varios arcos apuntados en degradación, exornados por puntas de diamante y esbozos vegetales, apoyados en columnillas adosadas, que rematan en capiteles ornados con hojas de acanto y alguna escena mariana, como es una ruda Anunciación. El tímpano se forma con dos arcos también apuntados que cargan sobre un parteluz imaginario y entre ellos un rosetón en el que se inscriben cuatro círculos. La puerta occidental, a los pies del templo, se abrió en el siglo XVI por el cardenal Tavera, cuyo escudo la remata. La cabecera del templo está formada por un ábside de planta semicircular, que al exterior se adorna con unos contrafuertes adosados, y esbeltas ventanas cuyos arcos se cargan con decoración de puntas de diamante.

El interior es de gran belleza y puro sabor medieval. Los muros de piedra descubierta de sus tres naves comportan una tenue luminosidad grisácea que transportan a la edad en que fue construido el templo. El tramo central es más alto que los laterales, estando separados unos de otros por robustas pilastras que se coronan con varios conjuntos de capiteles en los que sorprenden sus motivos iconográficos, plenos de escenas medievales, religiosas y mitológicas. La capilla mayor, compuesta de tramo presbiterial y ábside poligonal, es por demás hermosa. Se accede a ella desde la nave central a través de un ancho y alto arco triunfal apuntado formado por archivoltas y adornos de puntas de diamante. Esbeltas columnas adosadas en su interior culminan en nervaturas que se entrecruzan en la bóveda. Su muro del fondo se abre con cinco ventanales de arcos semicirculares, adornados a su vez con las mismas puntas de diamante. Todo ello, especialmente después de la restauración de hace pocos años en que se ha quitado un feo baldaquino que lo ocultaba, le confiere una grandiosidad y una magia que sin esfuerzo nos transporta como en un sueño al momento medieval en que tal ámbito servía de lugar ceremonial para los obispos toledanos, que tanto quisieron a esta villa de Brihuega, señorío relevante de la mitra arzobispal.

El alzado del templo ofrece como hemos dicho la visión de una nave central más alta que las laterales, enlazando así con el carácter de la arquitectura propiamente gótica, en la que los avances técnicos se plasman en una nueva estética. Las grandes arcadas que separan las naves, todas ellas de medio punto, hacen perder al conjunto el neto carácter románico de muro que pesa posibilitando un nuevo tratamiento estético. Una torre se alza a los pies del templo, y que tradicionalmente se ha tenido por construida en siglos más avanzados, quizás en el siglo XVI. En cualquier caso, ya en su origen debió tener una torre en este ángulo noroccidental, aunque fuera de menor elevación que la actual.

Las techumbres de las naves se forman con nervaturas góticas. Sobre la entrada a la primera capilla lateral de la nave del Evangelio se muestra una gran ventana gótica, elemento cumbre del resto de vanos apuntados que ofrecen también el valor, nuevo en el gótico, de la luz como elemento ornamental e incluso simbólico.

En la iglesia de Santa María de la Peña de Brihuega destaca como en pocos sitios el carácter netamente cisterciense de la arquitectura de transición del románico al gótico que promovió en sus territorios toledanos el arzobispo Ximénez de Rada. La escasez de ornamentación, su rigidez y parquedad, es propia de este momento, y del concepto de pureza y renovación que se quiere difundir.

En las molduras y arquivoltas de sus puertas y ventanales, así como en buena cantidad de capiteles se encuentran con exclusividad decoraciones a base de puntas de diamante, hojillas, y pequeños triló­bulos que se ven también en muchos otros lugares de la baja Alcarria y territorio de Cuenca, como Santa María de Alcocer, monasterio bernardo de Monsalud, etc.

Respecto a los capiteles de este templo, se encuentran algunos elementos iconográficos que brillan por su ausencia en el resto de las iglesias de Brihuega. Dentro de la gran variedad existente en su temática vegetal, pueden encontrarse tres grupos que ofrecerían, respectivamente, una traza fina y muy cuidada, que recuerda a los capiteles de las gran­des catedrales francesas; una flora más jugosa que la acerca a un estilo más rural; y finalmente un grupo de capiteles rústicos que de mano popular y tomando por motivo los anteriores modelos, se repiten en infinitas fajas.

Muchos elementos zoomorfos se ven en este templo tallados: unos proceden de la rica fauna románica, como toros alados, cerdos de gran tamaño que ocu­pan la casi totalidad de la superficie del capitel, de los que, en menor tamaño, y de una forma más naturalista, surgen entre las hojas: pájaros, monos, linces o perros acompañados a veces de hombres. La interpretación de estos anima­les, más de que símbolos abstractos, es simplemente de signos maléficos y benéficos.

También se ven múltiples elementos antropomorfos: gentes aisladas y escenas complejas nos sorprenden talladas con tosquedad en la múltiple riqueza de los capiteles de Santa María. Diversos cánones pueden ser apreciados: unos de figuras rechonchas, como en la Anunciación (en el segundo pilar desde los pies del lado derecho de la nave central), y otros de elementos más estilizados, como las del centauro del pilar del ángulo derecho de los pies. Unas escenas están rígidamente enmarcadas, como la de la Anunciación, mientras que otras como el banquete se muestran en total libertad compositiva. A pesar de la riqueza de imágenes que en este templo se advierte, no encontramos un claro programa iconográfico que las unifique. Parece como si los autores hubieran querido simplemente recordar los hitos principales del Antiguo y Nuevo Testamento, sin más hilación entre ellos. Hay un predominio de los temas marianos, dada la advocación del templo, y algunas son de muy difícil interpretación, como la situada en el extremo inferior del lado de la Epístola, en el que aparece un centauro vuelto hacia atrás dispa­rando sus flechas a un hombre que se encuentra al lado de un león erguido, mientras entre ellos se alza un árbol de dos ramas. Pudieran ser alusiones a la eterna lucha de las fuerzas malignas y benigas sobre el hombre.

Es digno de ser destacado el hecho de que este templo, aun con ser iglesia parroquial de una villa, sobrepasa por sus dimensiones y disposición lo que era tradicional en el siglo XIII enla Alcarria, donde aún se construía habitualmente en estilo románico, con galería porticada al sur, y una sola nave. Las edificaciones litúrgicas promovidas por el arzobispo Rada (Brihuega, Uceda, etc.) tienen tres naves y una funcionalidad que supera lo meramente parroquial, intentando alcanzar un grado más alto, como pequeñas catedrales, respecto al entorno en que asientan.

Este templo recibió una trasformación y ampliación en el siglo XVI.

En el verano de 1539 llegó a Brihuega el Cardenal D. Juan de Tavera, quien se prendó del ambiente y situación de la villa en tal grado que no le quedaron ganas de volver a Toledo, pese a la insistencia del Emperador Carlos V que lo reclamaba en la Corte.

De su mecenazgo han llegado hasta nosotros algunas muestras en los templos briocenses: los hubo en la derruida iglesia de San Juan, y los hay en las de San Miguel y San Felipe. Pero fue fundamentalmente en Santa María donde la renovación se hizo en tan gran medida que bien puede decirse que se edificó de nuevo: Derribó y rasgó muros, levantó nuevos arcos de estilo renacentista, edificó capillas adosadas al presbiterio y ábside, tapió ventanales, y construyó un coro al fondo de la iglesia sostenido por un gran arco escarzano, abrió una puerta en el muro occidental rematada de su escudo de armas, construyó la sacristía con el balconcillo, edificó el camarín de la Virgen y acortó el presbiterio. Posteriormente se levantaron adosadas al primitivo algunas otras capillas, como la que dedicada a la Virgen del Pilar mandó hacer don Juan de Brihuega y Río en el siglo XVIII, sobre la nave norte, colocando su escudo de armas al exterior.

Ha habido que esperar a nuestro siglo para que nuevas e importantes reformas se hicieran sobre el templo. En 1988 se ha realizado una gran restauración del mismo, lo que ha venido a dignificarle y recuperar su aspecto más primitivo y elegante, pues desmontado el camarín de la Virgen quedó totalmente al descubierto el magnífico ábside primitivo, románico, en el que algunos ventanales se reconstruyeron, recobrando su aspecto original.

Hoy no hay brihuego que pase su mirada sobre Santa María y no sienta un calambre por el espinazo, una savia subir y bajar por las venas, que debe ser sangre morena, puro jugo de Alcarria puesto a llamear tras los ojos. Y el que no sea brihuego que también venga, porque esta silueta, este contorno, esta pieza arquitectónica cuajada de espectáculo silencioso, le llenará tanto que nunca la olvidará. Todo es probarlo.

Semana Santa en Guadalajara

La cofradía del Cristo Yacente en la Semana Santa de Guadalajara

 

Es ya abril, mediado abril, pero aún sopla en las sierras el relente que pone la carne de gallina. Es el tiempo en que parece el cielo más nublado, más triste, llorón casi. Es la Semana Santa, un espacio del calendario en el que -colmados los corazones de los devotos con el recuerdo de la Pasión de Cristo- muchas gentes en muchos lugares ponen todo su entusiasmo y su piedad en la manifestación pública de su Fe. La Semana Santa ha llegado a Guadalajara, y aunque muchos están repartidos por playas y jardines, otros se afanan en las callejas empinadas de sus pueblos por revivir las tradiciones que sus antepasados pusieron como bandera de una firme voluntad trascendente. 

Guadalajara ciudad va mejorando año tras año el aspecto, la imagen de su Semana Santa. Una Federación de Cofradías y la colaboración encontrada en el Ayuntamiento capitalino, hace que nuevas procesiones, nuevos atavíos y nuevos pasos pongan en la noche del Jueves y Viernes Santo el rigor de la música fúnebre y los silencios pautados de los capuchinos. El recorrido, la familia entera generalmente, de las estaciones a lo largo del Jueves por la tarde y la mañana del Viernes, daba carácter a la ciudad, más animada que de costumbre, hecha toda una vela, un tul, un sagrario blanco. 

En los pueblos se ha vivido siempre con mayor intensidad estos días. Son múltiples, casi infinitas, las variedades de celebración. Por recordar algunas, la de Usanos. La procesión del Santo Entierro salía en la noche del Viernes Santo, y durante su recorrido en torno a la iglesia, las ventanas y balcones de todas las casas del recorrido se veían alumbradas por candelas, velas, faroles y candiles de aceite, en los que temblaban sus llamas atónitas y humildes, como si fueran las almas asombradas que se entregaban al rito del misterio, la muerte del Dios. La imagen acostada de Cristo era seguida en Usanos por otra de la Virgen de la Soledad, y esa procesión humilde y sencilla, similar a la de tantos otros pueblos de la Campiña y la Alcarria sigue siendo referente común y habitual de estos días. 

En el otro extremo de la provincia, en Fuentelsaz, existe una costumbre en esta época que reconoce un antiquísimo origen: en las ermitas de San Roque y de la Virgen de las Angustias se guardan siete cruces de madera en cada una de ellas; son de madera de sabina, madera incorruptible y recia donde las haya. La costumbre es que el Miércoles de Ceniza, después de la misa, las gentes van a clavar por el campo las referidas cruces, distribuyéndolas junto a los caminos que cruzan el páramo de la Sesma del Campo. De esta forma quedan conectadas las dos ermitas, mediante un auténtico viacrucis, y de esta forma durante toda la Cuaresma, y muy en especial durante la Semana Santa, las gentes de Fuentelsaz pueden hacer las catorce estaciones de la Pasión de Cristo a lo largo del camino de Las Cruces, que es como vulgarmente se le conoce. En las tardes de los domingos de la Cuaresma, se solían hacer apuestas entre la juventud, para ver quien era capaz de hacer el Vía Crucis entero con varias cruces encima, en plan penitencia. El Viernes Santo, por fin, el pueblo todo se unía en una procesión por este recorrido, mientras los campos, fríos aún, ateridos como pocos, en la altura de Fuentelsaz se sobrecogen ante tal manifestación. 

Entre las más curiosas costumbres de la Cuaresma alcarreña, pueden contarse las Ramas de Robledillo. Largos siglos tiene la tradición en este pueblo campiñero de reunirse las mozas y elegir a las Ramas que sustituirán a las que lo fueron el año anterior. Las Ramas no son otra cosa que las tres mozas que durante la Cuaresma, y muy especialmente el Domingo de Ramos, desempeñan unas funciones consistentes en ir por todo el pueblo pidiendo donativos para cera y velas que depués se usarán consumiéndose ante el monumento de Jueves Santo y en todos los actos de esta Semana tan religiosa. El Domingo de Ramos, las Ramas confeccionan una especie de gran escudo de forma ovalada, a base de cintas, medallas, cruces, abalorios, relicarios y miniaturas, poniendo sobre su extremo superior tres ramitas de olivo. Además se adornan dos espadas o floretes con lazos y cascabeles en sus empuñaduras. Armadas con estos tres símbolos, las Ramas de Robledillo se dirigen a la iglesia y allí los depositan ante el altar mayor, en el transcurso de la misa. Ataviadas con falda y chaquetilla negra, blusa blanca con encajes en el pecho, cuello y puños, mantilla de encaje negra en la cabeza, medias blancas y zapato negro, las Ramas de Robledillo son toda una institución en el pueblo y uno de los más sencillos y hermosos manifiestos del folclore religioso de Guadalajara. 

Sin demasiada tradición, pues no a más de veinte años se remonta, en Hiendelaencina, (el pueblo de las minas de plata), el Viernes Santo se celebra la Pasión Viviente. Consiste esta vistosa celebración en una representación comunitaria al aire libre, en la que intervienen una buena parte de los vecinos del pueblo, todos ellos vestidos con trajes de la época de la Pasión de Cristo, auxiliados incluso por alguna decoración ambiental, especialmente inspirada en los palacios de Poncio Pilato y el Sanedrín, que se montan en dos de los extremos de la Plaza Mayor; en su centro, junto a la fuente, se instala un olivo entre unas matas de romero y unas grandes piedras, figurando así el Monte de los Olivos. Cuando por la calle del Comercio aparece Jesús montado en una borriquilla, rodeado y seguido del pueblo que le aclama con palmas y ramos, mientras algunos extienden sus mantos por el suelo a su paso, puede decirse que comienza la representación, y a partir de ese momento se sucederán las escenas, muy medidas y bien ambientadas, de la Pasión Completa de Jesucristo. Así, pues, a la entrada en Jerusalén seguirán la oración del huerto, el Prendimiento, el juicio ante los jerarcas judíos y romanos, cruzando la plaza los actores de palacio en palacio, acabando en la condena y flagelación, y en la imposición del manto y de la corona de espinas. El tránsito por la calle de la Amargura, con sus caídas con la cruz a cuestas, mas las escenas de la Verónica y el Cirineo, se representan con gran patetismo por la calle del Cementerio y el Camino de la Dehesa, al final del cual, y sobre un pequeño montículo, se desarrolla con gran realismo la escena de la Crucifixión de Jesús entre los dos ladrones, mientras suena el llanto de las tres Marías y los soldados, distraidos, se juegan sus vestidos a los dados. Finalmente, se llega al trance de la muerte, que la representan con tal verismo que parece cierta, pues los efectos especiales preparados al efecto la hacen acompañarse de ruidos de truenos y disparos de flash simulando relámpagos. El espectáculo es realmente emocionante, sobre todo teniendo en cuenta que se desarrolla la Pasión Viviente al aire libre, enmarcada siempre por el paisaje de montañas bravías, muy a menudo aún nevadas, a las que preside el Santo Alto Rey muy cercano. 

Aunque hoy Viernes Santo muchos alcarreños lo pasarán lejos de sus habituales lygares de residencia, en muchos otros anidará aún esa nostalgia y el impulso de participar en la celebración litúrgica de la Iglesia: las procesiones, los pasos, el rezo bajo y el adorno sinfin de costumbres ancestrales, dan a estas celebraciones un aire propio, un nuevo valor a nuestras más puras raíces territoriales.

Asombros y recuerdos: iglesias de hoy y de ayer en Brihuega

Fachada de la iglesia de San Miguel de Brihuega

 El viajero se ha lanzado a la Alcarria, como quien se lanza a un universo nuevo, recién hallado en la página recóndita, nunca vista, de un libro. Con los ojos por primera vez abiertos, tras cruzar páramos y cuestarrones, el viajero llega a Brihuega, un lugar donde la historia de largos siglos ha ido cuajándose en edificios que mantienen en pie el vigor de las tradiciones. En Brihuega, lejos de cualquier eje del mundo, la paz sale tras las esquinas, y en los edificios señeros de su castillo, de su fábrica de paños, de su iglesia de Santa María de la Peña, de su Escuela de Gramáticos, y tantos otros, se relame la mirada y se pide que el tiempo pare, aunque sólo sea por un rato.

Hoy hemos llegado a Brihuega, y vamos en ella a visitar, aunque sea sólo el exterior, su templos de hoy, y a evocar, por escasos instantes, su templos de ayer, perdidos entre la maleza o entre las cisuras calientes y blandas del cerebro. De Santa María hoy nada decimos, porque es tan grande, tan alta su estampa, que en próxima semana nos entretendremos sólo con ella.

San Miguel

De los otros edificios sacros de Brihuega cabe decir algunas frases. Está situada la iglesia de San Miguel en la parte baja de la villa, a la salida de la misma camino ya de Cifuentes, y ha sido recientemente restaurada con unos criterios de modernidad. Así, y a pesar de que siempre está cerrada, puede verse su grandiosa portada abierta al muro de poniente, en limpio estilo románico de transición, con sencillos capiteles y múltiples arquivoltas apuntadas, y otra puerta sobre el muro meridional, del mismo estilo pero más sencilla. A levante se alza el ábside poligonal de traza mudéjar, construído de ladrillo descubierto, con múltiples contrafuertes adosados y sin ventanas. El interior, en el que prácticamente han quedado tan sólo los muros, ofrece tres naves separadas entre sí por fuertes arcos apuntados de ladrillo, decorados muy simplemente con aristas vivas. La nave central, más alta, tiene sus muros de aparejo perforados por vanos de diverso tipo, tanto alargados con remate semicircular, como de herradura y aun simples óculos, todo ello muy decorado con elementos de ladrillo. La cabecera se muestra completa, y se accede a ella a través de un arco triunfal apuntado que apoya en columnas y pilastras con capiteles de decoración vegetal, cubriéndose en su parte absidal mediante una hermosa bóveda nervada de ladrillo, en forma de estrella de seis puntas, lo mismo que el tramo recto del presbiterio. El estilo que inspiró este templo estaba netamente en conexión con el más puro mudéjar toledano, al que recuerdan las escasas estructuras que aquí quedan. La nave principal se cubre hoy de una estructura metálica con acristalamiento que le permite la entrada de luz cenital. La torre de las campanas está adosada al lado norte del templo, y muy posiblemente fue alzada primitivamente junto al templo inicial.

San Felipe

Para quien llega a Brihuega desde Guadalajara, es esta la primera iglesia que encuentra, porque está junto a la Alameda de María Cristina. Se trata sin duda del más bello de los templos de Brihuega. Construida en la misma época que la anterior, en el primer cuarto del siglo XIII, presenta la portada principal orientada al oeste, escoltada por dos potentes contrafuertes, cobijada en cuerpo saliente que se cubre de tejaroz pétreo sustentado por canecillos zoomórficos, alzándose las apuntadas arcadas que nacen de los capiteles vegetales y culminado el muro con tres rosetones, el central calado con semicírculos formando una estrella. Al sur existe otra puerta, más sencilla, pero también de estilo tradicional. El interior ofrece un aspecto de autenticidad y galanura medieval como es muy difícil encontrar en otros sitios. Se forma por tres naves esbeltas, la central más alta que las laterales, que se separan por pilares con decoración vegetal y se recubren con artesonado de madera. Se ven tallados algunos elementos zoomorfos en los capiteles de los pilares: algunas cabezas de lobos o perros que apa­recen en el tramo de los pies del templo. Al fondo, el presbiterio, con su tramo recto inicial, y la capilla absidial, semicircular, de muros lisos, cinco ventanales aspillerados y cúpula de cuarto de esfera, completa el conjunto que sorprende por su aspecto románico de transición, netamente medieval.

La torre del templo no está totalmente unida a él, sino que se aprovechó uno de los torreones de la cercana muralla, poniéndole en lo alto unas campanas. Sin duda se alzó este elemento al mismo tiempo que el templo. Ello conlleva la evidencia de que los principales templos briocenses mandados construir por el arzobispo Rada tuvieron torres desde sus inicios, lo que también les daba un aire de modernidad añadida.

San Simón

Y ahora toca el turno de hablar de los edificios que fueron y hoy ya no son. A más de uno le encantará saber que Brihuega tuvo seis iglesias. Tres subsisten (San Miguel y San Felipe las acabamos de ver; Santa María será nuestro objetivo para dentro de quince días). Y otras tres desaparecieron (San Simón, San Juan y San Pedro). Recordemos estas brevemente.

La iglesia de San Simón es la primera de estas piezas arquitectónicas desaparecidas, aunque los mínimos restos que aún quedan están al parecer incluidos entre antiguas edificaciones, sin que pueda ya apreciarse estructura ni detalles.  Catalina García alcanzó a verla muy entera a finales del siglo XIX, describiéndola así en su Catálogo Monumental de Guadalajara: «Iglesia mudéjar del siglo XIV, de ladrillo, con planta rectangular de siete metros de lado. Con ábside semicircular. En éste, cuatro arcos ciegos, lobulados, así como en los lados, se abrían otros de este mismo dibujo y de herradura. Sobre la puerta principal, frente al ábside, gran rosetón, también lobulado. En el fondo del ábside se abría un nicho de yesería, con decoración plateresca». Pudiera tratarse quizás del primitivo edificio de la mezquita, o de la sinagoga, pues ambos templos existieron con seguridad en Brihuega. Un documento de 1436, redactado por el visitador del arzobispo de Toledo disponía que se publicara un edicto en las iglesias de Santa María de la Peña et de Sant Phelipe e en la sinoga e mesquita de la dicha villa de Brihuega. En Brihuega existe aún una calle con el nombre de «La Sinagoga», por lo que no sería difícil que tal edificio fuera utilizado tras el año 1492 como iglesia, con apreciables restos de tipo medieval mudejarizante.

San Pedro

Es San Pedro otra de las seis iglesias que se levantaron en la Edad Media a instancias de los arzobispos toledanos. y que vino a presidir el barrio del mismo nombre, situado en la falda oriental del castillo. Se construyó a finales del siglo XII, presumiblemente en un estilo románico puro y ya en los finales del XVI no se utilizaba, iniciando su ruina que hoy ha llegado a ser tan completa que apenas se ven de ella mínimos restos entre las huertas. Fue parroquia al menos hasta 1650, y en el siglo XVIII se la catalogaba como «ermita». Desde el siglo XVI aparecía como un edificio abandonado, aislado entre las ruinas del barrio, que se fue despoblando al haber quedado en el siglo XIII fuera de la muralla. El viajero puede aún apreciar hoy en día la basamenta de la columnata sustentadora del arco triunfal que daba paso desde la nave única al ábside, tallada en buen sillar, así como restos bajos de mampuesto del lateral norte del ábside.

San Juan

Y al fin recordamos (y a muchos brihuegos y brihuegas se les saltarán las lágrimas al recordarla, pues estuvo alzada y casi viva hasta no hace muchos años) la quinta iglesia de las que hoy hablamos, la de San Juan, fundada en el siglo XII por el arzobispo toledano don Juan, y construida en esa misma centuria con una estructura románica de una sola nave, bóveda de cañón sustentada sobre dos arcos fajones, ábside semicircular, y de muy pequeñas dimensiones. El cardenal Tavera la mejoró y amplió en el siglo XVI, construyéndole aneja sacristía y la capilla de la Virgen de la Zarza, así como cuatro contrafuertes en el muro de mediodía, escoltando a la portada que fue adornada con columnas y molduras de la época. Juan de Villa como escultor y Felipe Sanchez como pintor, ambos toledanos, le construyeron el retablo en 1621. Su progresivo deterioro hizo que dejara de ser parroquia en 1900, y tras el expolio sufrido en 1936, la torre y lo poco que qedaba de templo fue derruido en 1965, de tal modo que hoy sólo la constancia del lugar y el recuerdo de los más mayores queda de este templo. Puestos a lamentar pérdidas, cabe aquí decir que durante la Guerra Civil española de 1936-39 se perdieron en los templos de Brihuega una cantidad ingente de obras de arte y de documentación histórica, inútilmente destruida cuando a nadie hacía daño. Entre otras cosas, se perdieron el gran retablo renacentista de la iglesia de San Miguel, el enterramiento gótico del canónigo Molina en dicha parroquia, la talla de la Virgen de la Zarza en San Juan, órganos, campanas, retablos, casullas y documentos sin fin.

Basta este botón, (cinco han sido los botones, realmente) para considerar la riqueza monumental de esta villa alcarreña que tan cerca, tan a mano tenemos. Hay que aprovecharse y salir ya, corriendo, a visitarla.