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marzo 10th, 1995:

Alcarreños en Indias

Grabado del siglo XVII con la imagen de Fray Pedro de Urraca

 Desde el primer grito de Rodrigo de Triana al dar vis­ta a la pequeña isla de San Salvador, hasta los últimos vuelos de Continental e Iberia hacia Newark o Kennedy Airport, la voz de la Alcarria, la mirada penetrante de las gentes de nuestra tierra, ha estado presente en lo que no es excesivo denominar aventura americana. Porque irse a América, aunque sea para un viaje de placer ahora, o hace tres siglos a buscar fortuna, no deja de ser toda una aventura. Los alcarreños siempre hemos estado en ella: poniendo la vida entera en el empeño, o deján­donos llevar. Alcarreños en Indias siempre los hubo, y no está de más recordar ahora a los pioneros, a los que más sangre, más sudor y más lágrimas dejaron en el camino.

Nombres señeros de la colonización

Tratan estas líneas de sacar, muy brevemente, a la luz temblorosa del recuerdo aquellas figuras de hombres que, nacidos en las tierras del Henares, de la Alcarria, de las Sierras y de Molina, fueron a América y allí dieron la talla, siempre gigantesca como a aquel continente le cuadra, de sus virtudes, sus saberes y su heroísmo. Alcarreños en Indias: una tradición que no ha cesado, desde aquel arriacense don Diego de Mendoza que con Cristóbal Colón se metió en el primer barco que llegó a sus costas, hasta insignes figuras que, en renovada misión cultural, siguen dando la voz de Alcarria por sobre las inacabables extensiones americanas. Recuerdo a Ciriaco Morón, a Antonio Molina, a Ángel Sánchez Sánchez, por colocar aquí tres nombres representativos. Hay muchos más.

Tratar de todos los naturales de la actual provincia de Guadalajara que fueron a América conocidos y triunfantes, sería llenar de apretadas líneas muchas páginas, las más de este periódico. Por ello me limito a recordar, con brevedad y dejando la puerta abierta para que cada cual penetre a gusto en la vida de cada uno de ellos, a los que más destacaron en el Nuevo Mundo. También dejaré a un lado a la más grande figura, de la que, aunque se elucubra sobre su posible nacimiento en esta tierra, aún no está demostrado fehacientemente que lo hiciera. Me refiero concretamente a Cristóbal Colón, el Almirante de la Mar Océana. Del otro grande, Antonio de Mendoza, el primer Virrey de México, que quiso allí fundar una dinastía de monarcas mendocinos, sí sabemos ya, con bastante contundencia de datos, que fue alcarreño, de Mondéjar más concretamente.

La más alta presencia de Guadalajara en América es esa otra ciudad hermana, la jalisciense de Guadalajara, que entre los alcarreños don Nuño Beltrán de Guzmán, el capitán Juan de Oñate y el aludido Virrey Mendoza fundaron y dieron vida en la primera mitad del siglo XVI. Allí mismo, y siglos más tarde, otros alcarreños dieron fruto abundante, corno fray Pedro de Ayala, franciscano natural de nuestra ciudad, que alcanzó el puesto de Obispo de Guadalajara de Méjico, o don Juan Ruiz Colmenero, natural de Budia, que desde una canonjía en la catedral de Sigüenza, fue enviado a América, a fines del siglo XVI, para ocupar la misma mitra, aunque ello no llegó a ser realidad.

Entre las gentes de armas que cruzan el Atlántico, recordamos a don Blas de Atienza, que acompañó a Vasco Núñez de Balboa en el descubrimiento del Océano Pacífico; a Alonso de Molina, que formó con los famosos trece de Pizarro en la conquista del Perú; a Alonso de la Fuente, pastranero, en la misma aventura embarcado; al capitán molinés don Diego Agustín de Ortega, que llegó a gobernador de la isla de Puerto Rico en 1601; a don Rodrigo Campuzano Sotomayor, maestre de campo en Perú; y tantos otros.

Frailes por doquier

La más abundante tropa fue la de religiosos, que desde Guadalajara regó con abundancia las tierras americanas. Simples frailes, misioneros audaces, y orondos arzobispos: de todo prestó la Alcarria al recién descubierto continente. No mencionaremos sino a los más conocidos y sobresalientes: el famoso fray Pedro de Urraca, fraile mercedario nacido al mundo en la villa de Xadraque, a la religión en el Convento de la ciudad de Quito, al cielo en el de la ciudad de Lima en el Perú, según reza la portada de su biografía, escrita por el padre Colombo en 1674, viniendo a resumir su vida de viajero y hombre piadosísimo, que dejó imborrable huella en los lugares en que desarrolló sus virtudes gigantescas.

Otro famoso clérigo, el cifontino fray Diego de Landa, fue abanderado de su Orden en el Yucatán, escalando puestos ‑y en América se escalaba por el propio esfuerzo‑ hasta la dignidad episcopal de Mérida. Convirtió gran porción de indios al cristianismo, aunque, según todos los indicios, se le fue la mano en ocasiones, llevado de su entusiasmo misionero, y ejecutó algunos sonados castigos; nosotros le recordamos especialmente por su obra Relación de las cosas de Yucatán, sabrosa crónica social de los indios en el siglo XVI.

También de Cifuentes era Fray Diego Ladrón de Guevara Orozco y Calderón, quien a fines del siglo XVII alcanzó los obispados de Guamanga, el Cuzco y Quito, y ya en 1710 ocupó el cargo de virrey del Perú.

El arzobispado de Santa Fe de Bogotá lo ocuparon, en diversas épocas, don Antonio Sanz Lozano, natural de Cabanillas del Campo, y don Juan Bautista Sacristán y Martínez‑Atance, que lo era de Maranchón. Alcarreño universal fue don Tomás López Medel, natural de Tendilla, quien en la primera mitad del siglo XVI pasó a Méjico, llegando a ser Oidor de Guatemala y gobernador de Yucatán: Propuesto para varios obispados, decidió regresar a la Península, y dispuso una generosa fundación, con capilla y abundantes obras de arte, en el convento jerónimo de su villa natal. Fray Francisco Miño, de Horche, fue vicario general de la Orden de los Mercedarios en Indias.

Entre la tropa de jesuitas, con las finas dotes políticas de que la Orden ha sido dotada, destacaron Alonso Sánchez, de Mondéjar, y Gregorio López, de Alcocer, que trabajaron en Méjico y pasaron posteriormente a Filipinas. En el territorio de la Florida destacó, como evangelizador, fray Francisco Pareja, natural de Auñón, en el siglo XVII. Y el fundador de los franciscanos en el territorio de Guatemala ha sido considerado unánimemente el alcarreño fray Gonzalo Méndez de quien, muerto en olor de santidad el año 1588, se cuenta todavía el curioso milagro de los peces del lago de Atitlán. Y seguiríamos mencionando obispos, y no acabaríamos en largo trecho; el molinés don Martín Garcés de Velasco, obispo de La Paz; el arriacense fray Juan Beltrán de Guzmán, electo arzobispo de Méjico; don Francisco Fabián y Fuero y don Victoriano López Gonzalo, ambos molineses de Terzaga, y ambos obispos de La Puebla de los Ángeles, en Méjico…

Miles de alcarreños por toda América

Centenares, por supuesto, de gentes alcarreñas, que dieron todo lo mejor que en sí llevaban por dejar el sello de España, que era su lengua, su religión, su forma de ser, su apasionamiento, su gallardía, su raíz universal e inconfundible en las tierras americanas. Los ánimos emprendedores del briocense don José López Pérez; la energía política y constructora de don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, eternizado en sus virreinatos de Méjico y Perú; el arte insuperable de Juan del Campo, natural de Hita, que desarrolló sus habilidades de pintor por diversos lugares de la nueva América… Tantos fueron, que Lupe Sanz Bueno ha desarrollado un interesante trabajo de investigación en tomo a las cantidades y a las calidades de los alcarreños emigrados a América en los siglos primeros de la colonización, y cuenta que sólo en el siglo XVI salieron de la ciudad de Guadalajara al menos 223 personas, y en torno a los 913 contabilizando todo el actual territorio de la provincia. De algunos pueblos salieron cantidades especialmente notables: ahí está el ejemplo de Brihuega, que mandó a lo largo de ese siglo XVI un total de 241 individuos (173 varones y 68 hembras) o ya a mayor distancia Torija, que mandó 42 personas a América; Pastrana, de donde salieron 39; 27 de Uceda, 24 de Fuentelencina y 21 de Hita, etc. Toda una interesante relación que nos muestra que no sólo destacados personajes, sino infinidad de gentes salidas del más absoluto anonimato, y a él reducidas, hicieron un cambio total en sus vidas y se fueron al territorio de los milagros y las profecías… al continente de las fuentes de la Vida y de los árboles de pan y oro. Una aventura colectiva que merece ser recordada.