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marzo, 1995:

El Cardenal Mendoza se hace vivo entre nosotros

 

No cabe adjetivo de pesado a quien vuelva, en este año 95, a recordar la memoria del Cardenal don Pedro González de Mendoza en Guadalajara. No cabe por varias razones. Y no es la última el hecho de que el pasado día 8 de marzo, en el inicio del Ciclo de conferencias que con este motivo ha organizado la Asociación de Amigos del Archivo Histórico de Guadalajara, el profesor de la Complutense madrileña don Juan Manuel Carretero Zamora, ajeno por completo a nuestra tierra y a ningún interés que en ella pueda argüir nadie en torno a sus «glorias históricas», dijera con toda rotundidad que la figura del Cardenal Mendoza era una de las más importantes de la historia de España a lo largo y ancho de todos sus siglos. Cuando los calificativos encomiásticos para alguien de aquí se hacen por parte de alguien de fuera, es cuando adquieren su verdadero, su más alto valor. Porque siempre que hemos dedicado a los Mendoza varios, y al Cardenal don Pedro más concretamente, aluvión de adjetivos contundentes y brillantes, siempre nos ha quedado el remoto sentido de estar haciendo «patria chica» a costa de nuestro amor por ella. Es así que las palabras del profesor Carretero, especialista en Historia Moderna de España, cayeron en la Sala de Actos de Ibercaja como un auténtico, encendido y equilibrado homenaje de la Universidad española a la figura de este paisano, que murió en Guadalajara el 11 de enero de 1495, acaba de hacer cinco siglos.

La Asociación de Amigos del Archivo Histórico Provincial ha montado un breve pero enjundioso bloque de conferencias con las que retomar esta efemérides. Y lo ha hecho muy bien, con un equilibrio en los temas y las personas que merecen todo nuestro aplauso. Sobre todo porque han entendido que ese homenaje al Cardenal era necesario, y porque además la forma de hacerlo (conferencias, explicaciones, divulgación y publicaciones) es la más ajustada al tema. Tras la conferencia el día 8 del mencionado profesor Carretero, el miércoles 15 intervino doña Carmen Guzmán Plá, del Archivo Histórico Nacional, con una interesante conferencia sobre «La casa de Osuna; la documentación de los Mendoza en el Archivo Histórico Nacional» en la que pasó a revista al origen y contenido de los amplísimos fondos que sobre los Mendoza guadalajareños se conserva en el gran Archivo Histórico madrileño. Finalmente ha sido el día 22 de este mes cuando el ciclo se ha clausurado con una charla de don Aurelio García López, joven y prestigioso historiador alcarreño, quien ha ofrecido nuevos datos sobre el mecenazgo de la familia del Cardenal Mendoza en su conferencia titulada «La correspondencia del conde de Tendilla».

De todas estas aportaciones, y sin demérito para ninguna de las restantes, fue la del profesor Carretero la que más contundencia y claridad aportó en la valoración realista de don Pedro González de Mendoza. Una visión rápida de su vida, de su formación humanística, de su destino como «segundón» destinado a la profesión eclesiástica que, sin embargo, muy pronto descuella sobre sus hermanos y es la pieza clave que la familia Mendoza aporta a la tarea de iniciar la reforma del Estado haciéndole pasar de su estructura anquilosada y preterida de la Edad Media, a la novedosa e imparable de la Moderna. Los cargos del Cardenal, y la contundencia en el ejercicio de los mismos en la cortes sucesivas de Enrique IV y los Católicos Reyes, le ponen en la primera línea de la historia de la segunda mitad del siglo XV. Aunque nada nuevo añadió el profesor Carretero, sí que puso sobre la mesa algunas preguntas que esperan mejor ocasión para ser contestadas. Fue una la aseveración sin paliativos de que Pedro González de Mendoza inicia con su llegada a la Corte de Enrique IV la reforma del Estado. Se alza como defensor a ultranza de la legitimidad monárquica, y apoya continuadamente al Rey en todas sus peleas con la nobleza levantisca. Son los Mendoza los únicos que acompañan a enterrar en el monasterio de Guadalupe el cadáver del Rey, para a continuación dar el grito de apoyo a Isabel de Castilla y su esposa Fernando de Aragón. El reforzamiento de la figura y de las prerrogativas de los monarcas cuajan en las Cortes de 1480, en las que Mendoza juega un papel destacado, conjugando voluntades y amañando todas las tendencias, en una tarea «de pasillo» que en las sesiones plenarias figuró como plenamente aceptada. Con ello no hace sino reforzar la presencia suya personal y la de toda su familia en la primera línea del nuevo Estado. ¿Porqué, sin embargo, ese giro radical de Mendoza en el apoyo de la línea «jurídicamente» legal (la de Juana la Beltraneja) a la de la ilegal, la de la hermana Isabel? No lo explica Carretero, y no lo explica nadie. El hecho está ahí, y la fidelidad a los nuevos Reyes, y la colaboración en la construcción de la nación española es algo incontestable que debe ser anotado en el haber del Cardenal Mendoza.

Otro importante ciclo de conferencias ha sido diseñado y ya anunciado con nombres y fechas por parte de la Casa de Guadalajara en Madrid. Allí, en la plaza de Santa Ana, en el bullicio enajenador de la Corte, la Alcarria y sus historias tendrán de nuevo protagonismo a lo largo del año. el diseñador de este ciclo ha sido don Félix Utrilla Layna, quien ya ha pronunciado la primera conferencia del bloque: el «Bosquejo de la historia de su época». Magistral, como todo cuanto hace y dice, Utrilla ha hecho una extraordinaria inauguración del ciclo mendocino en los lares madrileños. Seguirán don Fernando Vilches Vivancos, el 31 de marzo, con su visión de «La familia, la persona y la vida del Cardenal». Este escritor ha probado su conocimiento del Gran Cardenal de España en un libro recientemente editado por la Diputación Provincial de Guadalajara, también relativo al personaje. Luego en abril será don José Antonio Suárez de Puga quien disertará sobre «El Cardenal y el humanismo», en mayo don Prometeo Cerezo de Diego hablará sobre «El Cardenal y la Iglesia», en junio lo hará la profesora María Teresa Fernández Madrid presentando al «Cardenal como mecenas», y en septiembre llegará quien esto escribe a clausurar tan digno ceremonial con sus torpes palabras, que tratarán de presentar al Cardenal Mendoza como político, que es lo que en realidad fue con más intensidad y rigor que ninguna otra cosa.

La Casa de Guadalajara en Madrid ha preparado, incluso, una serie de actos que tienen mayor sentido simbólico, y una utilidad a todas luces manifiesta: nada menos que ocho viajes han sido desarrollados por la vocalía de turismo que sirve con su probada pasión por el alcarreñismo nuestra buena amiga Gloria de Lucas Simón. Todos ellos dirigidos (algunos de dos días de duración)  visitar los lugares de la geografía patria en los que el Cardenal Mendoza escribió alguna página de su larga y densa historia. Se irá a Calahorra y a Santo Domingo de la Calzada (los días 1 y 2 de abril), a Sigüenza (el 21 de mayo), a Pioz y la Alcarria Baja (el 11 de junio), a Valladolid (el 25 de junio), a Sopetrán, Jadraque e Hita (el 15 de julio), a Sevilla (los días 23 y 24 de septiembre), a Toledo, donde reposan sus restos en el altar mayor catedralicio (el 8 de octubre) y a Guadalajara, a recorrer una vez más los trazos de su vital secuencia, el 19 de Noviembre. Esto es hacer patria, esto es levantar una bandera, esto es moverse por la Alcarria, por Guadalajara y por las esencias que esos nombres comportan. En ese camino nos vemos.

Chorros de agua corren hacia el Tajuña

Iglesia parroquial de Romancos

 Una excursión que hemos hecho mil veces, y que no por ello nos cansa, es la de subir el Tajuña desde Armuña, pasar bajo la atalaya de Valfermoso y de las Majadillas, el valle ancho y las labiadas en flor, los sauces apuntando su tiriteo en las hojas, y abajo, encajonado siempre, el río que no llega a cortar la tierra, que sólo la acaricia: el Tajuña es por aquí como un Tajo en miniatura, no un aprendiz, sino un buen discípulo de río.

Y en ese paso entre carrascales de ladera, trigos de altura y espartales del vado, vamos viendo paisajes y pueblos. Yo recomiendo sobre todo los paisajes, las vueltas del agua, las alondras y los escaramujos que alegran el azul, los olivares tendidos y tristes. Pero de vez en cuando merece la pena pararse en algún lugar, rememorar su historia, ver sus edificios palpitantes, hablar con alguno de los viejos habitantes que les quedan en la reserva.

Primera parada en Archilla

Ocurre así en Archilla. En la orilla del río Tajuña, aguas abajo de Brihuega, se encuentra este pueblo encantador, rodeado por las altas mesetas de la Alcarria que se ciernen sobre los netos límites de los cuestudos cerros que forman el valle, exuberante de vegetación y arroyos, contrapunto de la seca meseta. Tras la reconquista de esta zona septentrional de la Alcarria, en el siglo XI, el lugar de Archilla quedó incluido en la jurisdicción del alfoz o Común de la Tierra de Guadalajara. En 1184, el Concejo de esta última villa entrega Archilla, como remate de antiguo pleito, a don Gonzalo, médico, que se hizo dueño de gran parte del curso del Tajuña (Archilla, Balconete, Romancos y aun los Yélamos).

Pero en 1186, este magnate lo donó a la Orden de Santiago. A su vez, la orden militar referida, en 1214, entregó el lugar de Archilla al arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, y este junto al Cabildo toledano, lo agregó a su señorío territorial briocense. Por ello en 1233 se le concedió a Archilla la prerrogativa de usar el mismo fuero que usaba Brihuega. En la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II obtuvo del Papa el poder suficiente para enajenar bienes pertenecientes a la Iglesia, por lo que a Archilla le dio privilegio de villazgo, y una vez enajenada se la vendió al letrado alcarreño don Juan Hurtado, en 1578. Poco más tarde el señorío de Archilla pasó a la noble familia alcarreña de los Dávalos, siendo su primer poseedor don Hernando, Dávalos. En poder de esta familia se mantuvo el pueblo hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX.

Sobre el simpático caserío es de destacar la iglesia parroquial de la Asunción, que en su origen fue construcción románica, quizás levantada por iniciativa de su señor el arzobispo don Rodrigo. Pero las modificaciones y arreglos posteriores la han bastardeado totalmente, mostrando hoy de interesante solamente su gran espadaña triangular con arcos para las campanas. Además pueden verse en Archilla buenos ejemplos de arquitectura popular dentro de lo que impera en la comarca alcarreña.

En Romancos surge el arte mejor

Seguimos nuestro camino Tajuña arriba. Y merece desviarse un poco a la derecha para alcanzar, en un escondido paraje entre cerros y olivares, a Romancos, cargado también de historia, pero sobre todo de arte interesante. Alzado sobre un irregular oterillo, en la confluencia de dos arroyos que, cada uno por su vallejo, bajan desde la meseta alcarreña, y corren luego unidos hasta el cercano y más ancho valle del Tajuña, Romancos perteneció al Común de Villa y Tierra de Guadalajara, y en 1184, junto con otros lugares, lo entregó el Rey al médico don Gonzalo, a quien hemos visto también señor de Archilla. Vino luego a parar este pueblo en el señorío que, en tomo a Brihuega, habían formado los arzobispos de Toledo. Y en este entorno eclesiástico y feudal permaneció el pueblo hasta el siglo XVI. En 1564 se hizo villa por sí, pagando al Rey ocho mil ducados.

Después, Felipe II vendió el señorío del pueblo al secretario real don Juan Fernández de Herrera, pero éste en 1580 se lo traspasó a don Diego de Ansúrez, vecino de Brihuega, en cuyo poder estuvo hasta 1586, pues en dicho año la villa ejerció el derecho de tanteo, rescatándose y haciéndose señora de sí misma, pagando por ello nuevamente la fuerte suma de doce mil ducados. Quizás porque no fueron capaces de reunir dicha cantidad, el caso es que el Rey volvió a poner a la venta el pueblo de Romancos, en 1606, adquiriéndolo los Velasco, marqueses de Salinas del Río Pisuerga, quienes lo poseyeron en señorío hasta el siglo XIX.

Tiene de interés su visita por la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, consistente en un interesante ejemplar de arquitectura religiosa, construido hacia finales del siglo XV o principios del XVI. Su fuerte fábrica de sillar y sillarejo muestra sendas puertas orientadas a norte y a poniente. Esta última se compone de un sencillo arco de tres lóbulos, redondeados, sostenidos por jambas de junquillos de pequeños capiteles de decoración vegetal. La principal, orientada al norte, se compone de gran arco conopial ornado con cardinas, florones, etc., muy en la tradición del gótico final o isabelino. Su interior es de tres naves, de grandes proporciones. Presenta capiteles y conjuntos ornamentales en los collarines de los pilares que separan las naves, mostrando carátulas y elementos simbólicos. A los pies del templo, un coro alto con balaustrada decorada con elementos platerescos, pero de tono muy popular, lo mismo que el friso en madera que corre bajo dicho coro. También es muy interesante la puerta de subida al coro desde la nave. Esta decoración de tipo plateresco popular es muy propia de este templo que, por ello, merece ser visitado. Bajo el presbiterio existe una cripta. Nada queda del gran retablo que poseía.

En la altura, agua e historia por Villaviciosa Pasados por Brihuega sin a pe­nas detenemos, pues es este lugar que da para propia y de­tenida excursión, arribamos en la altura de la orilla derecha del Tajuña a Villaviciosa, un espacio de silencio y gozo, un pueblecillo en el que sonríe, ahora ya, la primavera que se inicia, y nos da su historia y leyenda conjuntas.

Cuando Alfonso VI bajó a residir en tierra de moros, en la segunda mitad del siglo XI, quedó señor de Brihuega donde se instaló con sus criados y monteros. Parece ser que por entonces ya conoció el lugar que hoy ocupa Villaviciosa, y por entonces, en 1072, fundó en él un caserío que le sirviera de descanso en sus cacerías por la Alcarria. Una vez reconquistada a los árabes esta comarca, comenzó el lugar a engrandecerse, quedando, como Brihuega, y por merced real, en el señorío feudal de los arzobispos de Toledo. En antiguos documentos se la nombra Villa deleitosa por lo encantador de sus panoramas, alrededores boscosos y huertecillos. El nombre de Villaviciosa, de aquel derivado, nos habla hoy de lo magnífico de sus paisajes. Siguió en el señorío de los arzobispos hasta la segunda mitad del siglo XVI, en que por el rey Felipe II fue hecha Villa por sí, y desde entonces no reconoció otro señorío que el de los monarcas españoles.

Ya en su altura debemos admirar la iglesia parroquial, dedicada a la Santa Cruz, sencillo ejemplo de arquitectura románica rural de la Alcarria. Sobre el muro de poniente se alza la triangular espadaña con un par de vanos para las campanas, adornadas de sencillas molduras. A levante surge el ábside semicircular con ventanilla aspillerada cubierta por reja, y modillones sosteniendo el alero. El interior, de una sola nave, muestra su antigua disposición románica con nave única, gran arco triunfal y presbiterio de planta semicircular, todo ello muy bastardeado. Es interesante el rollo o picota que aparece a la entrada del pueblo, y que demuestra el título de Villa que posee desde el siglo XVI. Se compone de ancha basa y columna cilíndrica de fuste liso, rematada en capitel de variada molduración. También quedan en Villaviciosa los escasos restos ruinosos del que fue rico monasterio jerónimo de San Blas. Hoy se ve el solar que ocupó, utilizado en forma de corrales, huertecillos o yermos vertederos. También se conserva gran parte de la cerca que rodeaba al cenobio. Junto al pueblo se ve una torre de medieval traza con aparejo de sillar y sillarejo y algunos vanos medio caídos. Lo mejor conservado del conjunto es la puerta de ingreso al patio de entrada, obra del siglo XVII, consistente en arco semicircular adovelado, escoltado de dos pilastras semicirculares y rematado todo en una serie de molduras y friso que se corona por roto tímpano en cuyo centro luce sencilla hornacina. Este monasterio se fundó en 1347 por el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, quien primeramente aquí se construyó una casa de reposo y capilla aneja, y luego hizo fundación del convento, que inicialmente fue ocupado por canónigos regulares de San Agustín. El mal comportamiento e irregular vida de éstos, hizo que el arzobispo don Pedro Tenorio los expulsara, y colocara en su lugar una comunidad de monjes jerónimos, traídos de Lupiana, que se ocuparon de engrandecer y dar buen nombre a este monasterio de San Blas.

Y basta por hoy de subir cuestas y hurgar plazuelas. No cansa este bullir de paisajes, pero requiere tomar fuerzas para, al menos, intentarlo la semana próxima.

Horche, la historia a un paso

La ermita de San Roque en Horche

Un breve paseo por la Alcarria más cercana a Guadalajara, nos lleva hoy hasta Horche, en la altura oteante de horizontes amplios, siempre abiertos y luminosos. Se sitúa este pueblo en lugar alto, sobre la meseta de la primera Alcarria, descendiendo en fuertes cuestas por la vertiente que da al profundo valle del río Ungría. Se trata de una villa antigua, llena de encantos tradicionales en sus calles, en sus rincones típicos, en sus fiestas, y en el carácter alegre de sus gentes. Actualmente conoce un crecimiento poblacional importante, surgiendo en su término numerosas colonias de tipo residencial.

Es abundante su término en bellezas naturales. Así, los pinares que llaman la sierra de Horche, en la otra orilla del Ungría, y el paraje denominado La Fuensanta por donde baja serpenteando la antigua carretera, y entre gran abundancia de arboledas aparece una fuente y un merendero.

Su breve historia nos dice de su existencia desde la Edad Media. La tradición del pueblo relata que fue conquistada a los moros por Alvar Fáñez de Minaya, primo del Cid, la noche del 23 de junio de 1085. Posteriormente quedó incluida en la jurisdicción de Guadalajara, formando en el Común de Tierra y aldeas de esta ciudad. Quizás fue en ese momento cuando realmente se creó este enclave, y sería poblado con pastores y ganaderos vascos que le pusieron nombre de clara raigambre euskera, pues no debe olvidarse que en vasco Or‑etxea (Or‑che, que es como siempre se escribió su nombre, sin la hache), significa la casa de arriba, o la casa en lo alto.

En 1537 consiguió de Carlos I, y tras abonar entre todos los vecinos la cantidad de 5.000 ducados, el privilegio de Villa, que posteriormente Felipe II, en 1557, amplió a no poder nunca ser enajenada de la Corona y señorío del Rey. En 1652, Felipe IV, cubierto de deudas, decidió vender la villa de Horche a don Rodrigo de Sandoval Silva y Mendoza, duque de Pastrana, pero el pueblo protestó inmediatamente, exhibiendo sus antiguos privilegios, y no llegó a realizarse la transacción.

El derecho que confería el privilegio de villazgo a levantar horca y picota, hizo que los de Horche decidieran poner esta última en medio de la Plaza Mayor, encargando en 1548 la talla de una picota al cantero de Guadalajara Pedro de Medinilla, quien realizó una obra magnífica, al parecer de gran envergadura, rematada en múltiples adornos de estilo plateresco. Hoy no queda nada de ella, ni nadie nunca se ocupó de describirla o dibujarla. También se hizo por entonces un escudo de armas propio de la villa, que consiste en dos cuarteles, uno sobre otro: en el superior, castillo de plata en fondo azul con dos olivos de su color a los lados; y en el inferior dos manos asidas, en su color, sobre campo azul. Las guerras de Sucesión y de la Independencia, asolaron a Horche, destrozando muchos edificios, muchas obras de arte, haciendo disminuir su población que, afortunadamente, ha vuelto a aumentar en los últimos años.

La iglesia parroquial de la Asunción, a un extremo del pueblo, es un enorme y bello ejem­plo de arquitectura renacentista. Se comenzó a construir en 1510 y durante la primera mitad del siglo XV   duraron las obras. De sillar y sillarejo al exterior, la torre es moderna, pues la antigua se hundió. A poniente y mediodía luce un gran atrio porticado, con columnas de piedra rematadas en bellos capiteles renacientes, traídos del cercano monasterio jerónimo de San Bartolomé de Lupiana, el siglo pasado. Esa es, al menos, la tradición que en el pueblo se mantiene. El interior, consta de 3 amplias naves, con cubierta de buen artesonado de ma­dera, obra de tradición mudéjar, aunque consta haber sido realizado en el siglo XVII. Nada queda del gran retablo mayor, obra plateresca de talla y pinturas, terminado en 1530, y des­truido en 1936. En la sacristía, amplia y de buena arquitectura, se ven tres tallas de buena pintura, del siglo XVI.

La ermita de la Soledad está a la entrada del pueblo viniendo de Guadalajara, en la meseta, y es una bella construcción del siglo XVI con atrio porticado delante, y un Calvario en las cercanías. Se inauguró en 1565. La ermita de San Roque, es de estampa tradicional, pero sin interés artístico.

La Plaza Mayor es de las más tradicionales de la Alcarria, cuadrada, soportalada en algunos lados, con un edificio de Ayuntamiento consistente en doble arquería arquitrabada, y torre para el reloj, y en un rincón una casa blasonada de antigua estampa. La vernos, en uno de sus fragmentos más característicos, junto a estas líneas.

Muchas calles conservan soportales, casas típicas, muchas flores, y adornos, demostrando el cariño de sus habitantes hacia el pueblo en que viven. También aparecen varias fuentes por el pueblo. El barrio del Albaicín se formó con los moros traídos, en número de 48 familias, de las Alpujarras rebeldes, en 1570. El barrio de las flores es digno de ser visitado.

Entre los elementos que la rica historia de Horche nos ha ido dejando, figura el viejo convento de franciscanos, nominado de San Juan de la Penitencia, que fue fundado en 1602 por don Jerónimo de la Rúa, catedrático de Teología en la Universidad de Alcalá, y cura de Horche durante una temporada. El convento se instaló en la casona de este prócer, y la iglesia se comenzó a construir en 1623, con dinero aportado por él y notables ayudas del Concejo, acabando su edificio en 1655. Antiguas crónicas hablan de las riquezas y obras de arte que poseía este templo, entre ellas una gran reja de hierro forjado, dando paso a la capilla mayor; el Cristo de las Misericordias; la Virgen de los Remedios, etc. Desapareció esta comunidad de franciscanos a raíz de la guerra de la Independencia, y hoy quedan sus restos, restaurados magníficamente por su actual propietario, que ha sabido rescatar parte de la iglesia y un bello patio de arquitectura de tradición mudéjar. Del castillo de Horche nada queda, pues ya en el siglo XVI sólo como tradición y antañón recuerdo se tenía la existencia de un castillo antiguo, llamado de Mairena, en las cercanías de la ermita de San Sebastián, por donde hoy dicen Trascastillo. En su término municipal, en la llamada «Cueva de la Galiana» se han encontrado restos arqueológicos de la época musteriense.

Hubo en Horche, desde el siglo XVI, numerosas fábricas de paños y lienzos, constando la existencia de hasta dos decenas de telares y un centenar de personas dedicadas a esta artesanía, de la que nada queda hoy en día.

Si la fiesta tiene en Horche un significado especial, es preciso rememorar para nuestros lectores cuales sean los orígenes de tan acendrada tradición. Fueron muy numerosas, en los siglos pasados, las Cofradías y Hermandades que los vecinos de Horche crearon para su mutua ayuda, culto religioso y organización de fiestas. Entre ellas pueden recordarse el priostazgo del Santísimo Sacramento formado por los sacerdotes, nobles y caballeros de la villa, y que tenía entre otras misiones las de celebrar muy sonadas fiestas en el Corpus Christie, montando espectáculo de «pólvora, novillos y comedias» además de unas famosas Danzas del Santísimo. El Honrado Cabildo de Coronados del Señor San Nicolás estaba formado por la intelectualidad de la villa, y desfilaban a coro en todas las fiestas del pueblo. La Cofradía de San Blas repartía en su fiesta una «caridad» a todos los vecinos, consistente en tortas, queso y vino. La Congregación del Niño Jesús, fundada en 1611, ponía a sus cofrades en la obligación de hacer penitencia rigurosa todos los viernes del año, flagelándose y celebrando simulados responsos por cada uno de ellos para avivar en sus mentes la idea de la muerte.

Las fiestas grandes de Horche se celebran con motivo de la Virgen de la Soledad, el día 8 de septiembre y en las siguientes jornadas. Además de los actos religiosos, procesión multitudinaria hasta la ermita, etc., son muy famosos sus festejos taurinos, con tradicional encierro por las calles, lidia de los toros en la plaza, y otros muchos festejos populares como desfile de carrozas, concursos, etc., que atraen a millares de personas de toda la comarca. El espíritu alegre de los horchanos sabe poner el justo tono de optimismo y gracia a estas sus fiestas tradicionales.

Muchos son los personajes ilustres que a lo largo de los siglos han nacido en Horche. Por mencionar sólo a los más notables, recordamos aquí a Domingo Román, obispo que fue de Orense en el siglo XV. Miguel Pérez vivió en el siglo XVI. Fue catedrático en Sigüenza, y muy versado en todo tipo de sabiduría astronómica, geométrica, etc., escribiendo un monumental libro titulado «Teatro y descripción del mundo y del tiempo». Otro escritor de la época,‑ fue fray Juan Calvete de Horche, jerónimo en El Parral, que dio a luz un libro titulado «Historia de la vida del glorioso San Frutos», en el que con gran conocimiento trata de muchas noticias de la historia segoviana. El más conocido de los varones ilustres de Horche es fray Juan de Talamanco, monje mercedario, nacido en 1692, que escribió a lo largo del siglo XVIII numerosos libros, muchos de ellos todavía inéditos. El más conocido de ellos es una magnífica «Historia de la villa de Horche», impresa en Madrid en 1748, y que presenta con gran cantidad de datos el pretérito devenir de la villa. También vivió muchos años en Horche, y aquí murió en 1908, don Cristóbal Pérez Pastor, académico de la Real de la Lengua Española, y gran bibliógrafo y estudioso de la obra de Cervantes. De Horche era también don Ignacio Calvo Sánchez, erudito historiador, y buen escritor sacro y profano, que publicó, en varias ediciones, una graciosa interpretación del Quijote en latín macarrónico titulada «Historia domini Quijoti Manchegui. Traducta in latinem macarronicum per Ignatiuni Calvum, Curam misae et ollae». Un precioso libro del que no nos estorbaría tener hoy una edición actualizada.

Alcarreños en Indias

Grabado del siglo XVII con la imagen de Fray Pedro de Urraca

 Desde el primer grito de Rodrigo de Triana al dar vis­ta a la pequeña isla de San Salvador, hasta los últimos vuelos de Continental e Iberia hacia Newark o Kennedy Airport, la voz de la Alcarria, la mirada penetrante de las gentes de nuestra tierra, ha estado presente en lo que no es excesivo denominar aventura americana. Porque irse a América, aunque sea para un viaje de placer ahora, o hace tres siglos a buscar fortuna, no deja de ser toda una aventura. Los alcarreños siempre hemos estado en ella: poniendo la vida entera en el empeño, o deján­donos llevar. Alcarreños en Indias siempre los hubo, y no está de más recordar ahora a los pioneros, a los que más sangre, más sudor y más lágrimas dejaron en el camino.

Nombres señeros de la colonización

Tratan estas líneas de sacar, muy brevemente, a la luz temblorosa del recuerdo aquellas figuras de hombres que, nacidos en las tierras del Henares, de la Alcarria, de las Sierras y de Molina, fueron a América y allí dieron la talla, siempre gigantesca como a aquel continente le cuadra, de sus virtudes, sus saberes y su heroísmo. Alcarreños en Indias: una tradición que no ha cesado, desde aquel arriacense don Diego de Mendoza que con Cristóbal Colón se metió en el primer barco que llegó a sus costas, hasta insignes figuras que, en renovada misión cultural, siguen dando la voz de Alcarria por sobre las inacabables extensiones americanas. Recuerdo a Ciriaco Morón, a Antonio Molina, a Ángel Sánchez Sánchez, por colocar aquí tres nombres representativos. Hay muchos más.

Tratar de todos los naturales de la actual provincia de Guadalajara que fueron a América conocidos y triunfantes, sería llenar de apretadas líneas muchas páginas, las más de este periódico. Por ello me limito a recordar, con brevedad y dejando la puerta abierta para que cada cual penetre a gusto en la vida de cada uno de ellos, a los que más destacaron en el Nuevo Mundo. También dejaré a un lado a la más grande figura, de la que, aunque se elucubra sobre su posible nacimiento en esta tierra, aún no está demostrado fehacientemente que lo hiciera. Me refiero concretamente a Cristóbal Colón, el Almirante de la Mar Océana. Del otro grande, Antonio de Mendoza, el primer Virrey de México, que quiso allí fundar una dinastía de monarcas mendocinos, sí sabemos ya, con bastante contundencia de datos, que fue alcarreño, de Mondéjar más concretamente.

La más alta presencia de Guadalajara en América es esa otra ciudad hermana, la jalisciense de Guadalajara, que entre los alcarreños don Nuño Beltrán de Guzmán, el capitán Juan de Oñate y el aludido Virrey Mendoza fundaron y dieron vida en la primera mitad del siglo XVI. Allí mismo, y siglos más tarde, otros alcarreños dieron fruto abundante, corno fray Pedro de Ayala, franciscano natural de nuestra ciudad, que alcanzó el puesto de Obispo de Guadalajara de Méjico, o don Juan Ruiz Colmenero, natural de Budia, que desde una canonjía en la catedral de Sigüenza, fue enviado a América, a fines del siglo XVI, para ocupar la misma mitra, aunque ello no llegó a ser realidad.

Entre las gentes de armas que cruzan el Atlántico, recordamos a don Blas de Atienza, que acompañó a Vasco Núñez de Balboa en el descubrimiento del Océano Pacífico; a Alonso de Molina, que formó con los famosos trece de Pizarro en la conquista del Perú; a Alonso de la Fuente, pastranero, en la misma aventura embarcado; al capitán molinés don Diego Agustín de Ortega, que llegó a gobernador de la isla de Puerto Rico en 1601; a don Rodrigo Campuzano Sotomayor, maestre de campo en Perú; y tantos otros.

Frailes por doquier

La más abundante tropa fue la de religiosos, que desde Guadalajara regó con abundancia las tierras americanas. Simples frailes, misioneros audaces, y orondos arzobispos: de todo prestó la Alcarria al recién descubierto continente. No mencionaremos sino a los más conocidos y sobresalientes: el famoso fray Pedro de Urraca, fraile mercedario nacido al mundo en la villa de Xadraque, a la religión en el Convento de la ciudad de Quito, al cielo en el de la ciudad de Lima en el Perú, según reza la portada de su biografía, escrita por el padre Colombo en 1674, viniendo a resumir su vida de viajero y hombre piadosísimo, que dejó imborrable huella en los lugares en que desarrolló sus virtudes gigantescas.

Otro famoso clérigo, el cifontino fray Diego de Landa, fue abanderado de su Orden en el Yucatán, escalando puestos ‑y en América se escalaba por el propio esfuerzo‑ hasta la dignidad episcopal de Mérida. Convirtió gran porción de indios al cristianismo, aunque, según todos los indicios, se le fue la mano en ocasiones, llevado de su entusiasmo misionero, y ejecutó algunos sonados castigos; nosotros le recordamos especialmente por su obra Relación de las cosas de Yucatán, sabrosa crónica social de los indios en el siglo XVI.

También de Cifuentes era Fray Diego Ladrón de Guevara Orozco y Calderón, quien a fines del siglo XVII alcanzó los obispados de Guamanga, el Cuzco y Quito, y ya en 1710 ocupó el cargo de virrey del Perú.

El arzobispado de Santa Fe de Bogotá lo ocuparon, en diversas épocas, don Antonio Sanz Lozano, natural de Cabanillas del Campo, y don Juan Bautista Sacristán y Martínez‑Atance, que lo era de Maranchón. Alcarreño universal fue don Tomás López Medel, natural de Tendilla, quien en la primera mitad del siglo XVI pasó a Méjico, llegando a ser Oidor de Guatemala y gobernador de Yucatán: Propuesto para varios obispados, decidió regresar a la Península, y dispuso una generosa fundación, con capilla y abundantes obras de arte, en el convento jerónimo de su villa natal. Fray Francisco Miño, de Horche, fue vicario general de la Orden de los Mercedarios en Indias.

Entre la tropa de jesuitas, con las finas dotes políticas de que la Orden ha sido dotada, destacaron Alonso Sánchez, de Mondéjar, y Gregorio López, de Alcocer, que trabajaron en Méjico y pasaron posteriormente a Filipinas. En el territorio de la Florida destacó, como evangelizador, fray Francisco Pareja, natural de Auñón, en el siglo XVII. Y el fundador de los franciscanos en el territorio de Guatemala ha sido considerado unánimemente el alcarreño fray Gonzalo Méndez de quien, muerto en olor de santidad el año 1588, se cuenta todavía el curioso milagro de los peces del lago de Atitlán. Y seguiríamos mencionando obispos, y no acabaríamos en largo trecho; el molinés don Martín Garcés de Velasco, obispo de La Paz; el arriacense fray Juan Beltrán de Guzmán, electo arzobispo de Méjico; don Francisco Fabián y Fuero y don Victoriano López Gonzalo, ambos molineses de Terzaga, y ambos obispos de La Puebla de los Ángeles, en Méjico…

Miles de alcarreños por toda América

Centenares, por supuesto, de gentes alcarreñas, que dieron todo lo mejor que en sí llevaban por dejar el sello de España, que era su lengua, su religión, su forma de ser, su apasionamiento, su gallardía, su raíz universal e inconfundible en las tierras americanas. Los ánimos emprendedores del briocense don José López Pérez; la energía política y constructora de don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, eternizado en sus virreinatos de Méjico y Perú; el arte insuperable de Juan del Campo, natural de Hita, que desarrolló sus habilidades de pintor por diversos lugares de la nueva América… Tantos fueron, que Lupe Sanz Bueno ha desarrollado un interesante trabajo de investigación en tomo a las cantidades y a las calidades de los alcarreños emigrados a América en los siglos primeros de la colonización, y cuenta que sólo en el siglo XVI salieron de la ciudad de Guadalajara al menos 223 personas, y en torno a los 913 contabilizando todo el actual territorio de la provincia. De algunos pueblos salieron cantidades especialmente notables: ahí está el ejemplo de Brihuega, que mandó a lo largo de ese siglo XVI un total de 241 individuos (173 varones y 68 hembras) o ya a mayor distancia Torija, que mandó 42 personas a América; Pastrana, de donde salieron 39; 27 de Uceda, 24 de Fuentelencina y 21 de Hita, etc. Toda una interesante relación que nos muestra que no sólo destacados personajes, sino infinidad de gentes salidas del más absoluto anonimato, y a él reducidas, hicieron un cambio total en sus vidas y se fueron al territorio de los milagros y las profecías… al continente de las fuentes de la Vida y de los árboles de pan y oro. Una aventura colectiva que merece ser recordada.

La fábrica de Paños de Brihuega, un balcón sobre la Alcarria

Un rincón de los jardines románticos de la Fábrica de Paños de Brihuega

Son muchas las actuaciones que los poderes públicos (desde el nivel meramente local al más alto de la Administración Central, pasando por el provincial y el regional autonó­mico) pueden hacer sobre esta tierra nuestra, que todavía se mantiene en el cómputo de las más deprimidas y olvidadas de la Península. Una de ellas, que abarcaría tanto aspectos patrimoniales artísticos, como niveles de mejora social y promoción de una comarca en la que sólo han llovido Centrales Nucleares, sería la de enfrentar de una vez por todas, y con visión auténticamente de futuro y de realismo, la restauración y uso de la Real Fábrica de Paños de Brihuega

Un recuerdo histórico

El elemento fundamental de la historia socioeconómica de Brihuega durante el siglo XVIII, y uno de los aspectos que más fama le dieron a la villa en tiempos pasados, fue su fábrica de paños, de la que sólo queda el recuerdo de su historia, y la constancia monumental de su bello e interesante edificio. 

La fábrica briocense se fundó en octubre de 1750, cuando el rey Fernando VI se digna beneficiar a los vecinos de la villa de Brihuega, propia de la Dignidad Arzobispal de Toledo, deformar en ella una Fábrica de Paños finos. Desde años antes, muchos vecinos de la villa trabajaban ya en la industria pañera, bien en telares particulares, bien en talleres comunitarios, enviando su producción a la Real Fábrica de Paños de Guadalajara, donde se les daba acabado y marca. Influyó en esta fundación el hermano del Rey, el infante don Luís, que a la sazón era arzobispo de Toledo y por tanto señor de Brihuega. 

Se inició en régimen de explotación directa por la Hacienda Real, pasando en 1757 a establecerse mediante contrato la cesión de la explotación a los llamados Cinco Gremios Mayores, una empresa privada que gestionó la producción pañera en Brihuega durante diez años, quedando al final muy maltrecha económicamente, por lo que en 1767 el Rey decidió volver a hacerse cargo, a través de la Real Hacienda, de la explotación de estas industrias pañeras (Brihuega, Guadalajara y San Fernando) consideradas capitales en la economía hispana. Fue nombrado nuevamente superintendente de la fábrica briocense don Ventura de Argumosa. 

Y durante el último tercio del siglo XVIII se mantuvo, con altibajos en la producción y ren­dimiento, pero siempre activa y suficiente para mantener dignamente a gran parte de la pobla­ción que se benefició de su trabajo en ella, adquiriendo entonces la producción pañera de Brihuega una merecida fama internacional. Se unió administrativamente en ocasiones a las Reales Fábricas de Guadalajara y San Fernan­do, independizándose otras veces de ellas. En cualquier caso, mantuvo su producción hasta el momento del inicio de la Guerra de la Indepen­dencia, en que hubo de cerrar y sus operarios fueron dispersados, enrolados en partidas gue­rrilleras o simplemente condenados a pasar ham­bre y esperar mejores tiempos. 

Los buenos tiempos del siglo XVIII

En 1772 el auge de su producción aconsejó ampliarla. Argumosa solicitó a la Real Hacienda se destine para las fábricas el castillo o fortaleza de Brihuega, que por su capacidad es acomodado para custodia de los materiales i utensilios i para la habitación de dependientes sin perjuicio del vecindario, pero esta utilización del «castillo de la Peña Bermeja» para sede de la Real Fábrica no llegó nunca a ser realidad. Lo que sí se hicieron entonces, hacia 1775, fue construir nuevos edificios, entre ellos la famosa «rotonda», donde albergar nuevos telares y maquinarias. Las obras fueron costosas y lentas, y ello forzó a que mucha de la producción pañera volviera a realizarse mientras tanto en domicilios y talleres particulares de la villa. El hecho cierto es que nunca fue una industria próspera, y se mantuvo esta fábrica con altibajos gracias al apoyo que el estado le daba, sabedor de su importancia para la economía general del país. Venían a ser estas Fábricas de Paños, como la de Brihuega, empresas estatales que a pesar de dar pérdidas había que mantener abiertas. 

A final del siglo, de nuevo la compañía de los Cinco Gremios Mayores pretendió hacerse cargo de las fábricas de Guadalajara, San Fernando y Brihuega, pero el Estado no aceptó la propuesta. En 1797, otra empresa privada, la Real Compañía de Ganaderos de Soria, solicitó comprar la Real Fábrica de Brihuega, negándose la Real Hacienda con las siguientes razones alegadas por el propio monarca: Por el pays en donde está situada y por las circunstancias que concurren en aquellos naturales es una  alaja digna de todo su aprecio Y atención… deben mantenerse las Fábricas administradas como están, para hacer competencia a los texidos extrangeros y dar trabajo a centenares de havitantes y crear un buen plantel de artesanos… aunque acarrean algún gasto al Erario… han prosperado y se hallan en un grado mui proximo a su perfección. 

A la terminación de la Guerra de la Independencia, que supuso como ya hemos visto el cierre de la Fábrica y la destrucción de la economía alcarreña y briocense, se hicieron unos intentos para mantener activas las Fábricas de Paños de Brihuega y Guadalajara: tras pretender su financiación a expensas de los productos de los géneros plomizos y Siete Rentillas, se las arrendó por un contrato de cuarenta años con un particular, sin que este cumpliera sus compromisos. Ante la situación de ruina inminente en que se encontraba la fábrica, los brihuegos pidieron al Rey que se pusiera a la venta. En 1829, se hicieron algunas reparaciones para contener su ruina, funcionando de forma lánguida hasta 1835 aproximadamente, y siendo vendida, fábrica y edificios, en 1840 a un particular, acabando así la existencia de una institución ejemplar, tan querida y crucial en la historia de Brihuega. 

Un edificio con solera

El edificio de esta fábrica de paños se construyó en 1752, en el lugar donde hasta entonces estuvo la ermita de Santa Lucía, siendo superintendente de sus obras don Ventura de Argumosa, quien aprovechó elementos de la primitiva muralla medieval de la villa, pero utilizando nuevas técnicas y las ideas más avanzadas para hacer de esta industria un elemento verdaderamente productivo desde su inicio. 

La descripción que una Crónica de 1753 nos da de este edificio dice así: No linda con casa alguna por estar dominando a todas y dentro del término de las murallas; su figura circular tiene seiscientos y veinte y quatro pies de circunferencia y doscientos de tramero, con la puerta principal al Norte, otra que sale a la Rama y tendederos a mediodía y la puerta de la intendencia al Poniente, con su cerca de mampostería que ocupa tres fanegas de tierra, Asimismo tiene esta Real Fábrica sobre el río Tajuña a distancia de un quarto de legua de esta población una casa batán y allí inmediata otra casa que sirve para lavadero de lanas. En ese momento fundacional, contaba con 33 telares corrientes, trabajaban en su edificio 45 oficiales, 15 aprendices y 20 canilleros, más un crecido número de hilanderas, que subían el total de operarios a más de 300 individuos. En ella se tejían piezas de paño de a treinta varas que se vendían a sesenta reales la vara. Todos estos elementos constituían sin duda una fábrica muy bien montada, pues Larruga escribe en su concienzudo estudio sobre la industria española del siglo XVIII: La manufactura de Brihuega es más cómoda y promete todavía mayores ventajas que la de Guadalajara. 

Tras haber permanecido muchos años inactiva y en proceso de ruina, fue adquirida en la segunda mitad del siglo XIX por don Justo Hernández Pareja, quien la restauró y construyó en sus patios meridionales unos bellos jardines para su uso particular. En los últimos años, y tras sufrir un grave incendio, se ha ido adecuando a diversos usos, entre ellos el de construcción de apartamentos en el ala principal, y la limpieza progresiva de la rotonda, que, de todos modos, aún está esperando una actuación definitiva que la dignifique y conceda un uso abierto y público que redundará sin duda en un claro beneficio para el pueblo de Brihuega. ¿Qué hacer allí? ¿Montar un hotel de lujo, instalar un gimnasio para la juventud briocense, articular un centro cultural con sala de representaciones teatrales, exposiciones de pintura y declamatorios, o simplemente limpiar el suelo, las paredes y las bóvedas, y dejar que se pasee el personal por sus circulares pasadizos? Los políticos de todos los niveles (repito, desde el local hasta la Administración del Estado, pasando por el provincial y el regional autonómico) tienen la palabra. Deberían tener, ‑¡qué menos!‑, algunas ideas.