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Mercado y mercadillos de Guadalajara

 

Tuve la suerte, hace unas fechas, de ser invitado por Nueva Alcarria para formar parte del jurado que había de fallar el premio literario de este nuestro periódico. El tema, suculento y con posibilidades inmensas, era el de un día por los mercados y mercadillos de Guadalajara y provincia… La afluencia de concursantes fue masiva. Muchos lectores habituales se animaron a ser por un día observadores y escritores. Y así resultó un vocerío sin fin de artículos, de cuentos, de ensayos, de pensamientos a renglón tendido, de sonidos, de llantos incluso… muy bonito. Y muy difícil para el jurado elegir los mejores. Al fin se llegó a un resultado. Preciosos los tres premiados. El primero, un encantador paseo por el mercadillo de Cifuentes, entrañables páginas cargadas de meditados recuerdos escritos por Pilar Villalba; el segundo, una pieza literaria magnífica, ambientada con fuerza y con certeza, poniendo ante el lector un argumento muy en la línea de Patrick Süskind que ha sido llevado adelante por quien como Pep Bruno se mueve con soltura en el mundo del cuento; y el tercero un onírico encuentro con Antonio Pérez y la princesa de Éboli en medio del mercadillo semanal de Guadalajara, junto a los muros del palacio del Infantado.

Leer decenas y decenas de escritos sobre mercadillos le levantó la envidia de no poder yo mismo escribir sobre ellos. Por una razón muy sencilla: porque nunca he ido. Y bien que lo siento. Estoy seguro que los mercadillos de Guadalajara, de Cifuentes, de Sigüenza o de Molina han de ser espacios sugerentes, casi mágicos, y a tenor de lo que algunos concursantes contaban, espacios donde cualquier fabulación, cualquier dislate ó sueño podía tener acogida.

Así no podré yo explicaros cómo son estos lugares. A veces uno se pierde por esos mundos estrafalarios y distintos, por lejanos y ajenos, y siente un rebullir de asombros ante la danza múltiple del Rastro madrileño, a donde he ido un par de veces en mi vida, o en el Marché aux Puces de París, donde varias veces me zambullí buscando viejas medallas republicanas; o se introduce de golpe en el mundo de las Mil y Una noches por las anchas y olorosas galerías del mercado egipcio de Estambul, o aún se piensa estar en la vieja Edad Media cuando se aprieta contra las paredes del zoco de Kairouan para dejar pasar a los borricos cargados de alfombras y collares, de pieles de camello y samovares de plata; o se queda mudo, como yo quedé de asombro en la calle Arbat de Moscú mientras las viejas vendían fragmentos de iconos y los maestros cuentistas se alzaban sobre una vieja silla y contaban y cantaban sus fábulas a decenas de asombrados paseantes, por no contar las peripecias en el Flea Market de Chelsea allá por la calle 26 de Manhattan, donde se juntan los muebles, las cosas y las razas más raras del mundo.

Si hubiera ido a los mercadillos de la provincia de Guadalajara, a buen seguro que hubiera podido referiros esos otros olores a churro mañanero, a calurosa salutación gitana que promete adivinar futuros al tiempo que te intenta vender por cuatro perras un jersey de los que pronto estiran o una correa de perro con matapulgas incluido. No me hubiera sido difícil explicaros que a pesar del viento frío de Sigüenza, al otro lado del barranco del Vadillo hay también senegaleses vendiendo tallas de ébano, quinquis con camionetas cargadas de pantalones vaqueros y quincalleros (que no son lo mismo, todos lo sabéis) vendiendo ceniceros de baratillo. Os hubiera informado del cuidado que hay que llevar en Atienza si quieres llevarte un lechón vivo, o de las andanzas por los tenderetes bamboleantes de junto al torreón de Alvarfáñez, donde suenan todavía casettes de Manzanero y roncas arengas sobre la medicinal virtud de la manzanilla, el llantén o la pamplina de agua, sin olvidar a la vital y exuberante amazona periférica que avanza sus brazos sobre el mostrador ofreciendo a todas sus sostenes de talla extraordinaria. Os hubiera dicho, si hubiera tenido alguna vez la suerte de acudir a un mercadillo de nuestra provincia, que a él van los curas de paisano, los concejales a lucirse, y las mocitas enamoradas de un gitano reventón que intenta vender paisajes nevados.

Me conformaré, porque no tengo tiempo para otra cosa, con referiros la antigüedad y belleza de estas panoplias. Con deciros que ya en 1133 tenía Guadalajara mercado semanal, porque así figura en su Fuero Viejo: los martes se reunían las gentes a comprarse y venderse cosas: et los homes de Guadalfayara que fueren a mercado non den portazgo en la mi tierra. El Fuero extenso de 1219 aludía brevemente al mercado, condenando severamente a quien en él robase. Guadalajara tenía, desde la Baja Edad Media, un azogue (lugar permanente donde las tiendas abrían todos los días, de callejas estrechas y fuertes olores: lo que un zoco árabe es hoy día. La palabra es prima hermana, por no decir la misma. Como Azuqueca, que debía ser lugar de muchas transaciones). Y tenía un mercado los martes, que se celebraba delante de la puerta también llamada del mercado: lo que es hoy Santo Domingo, frente al convento de la Santa Cruz de los Dominicos, hoy iglesia de San Ginés. En 1523, el emperador Carlos Quinto estableció que el mercado se celebrara los viernes. La cuestión era cambiar, había que cambiarlo todo, máxime después de una victoria tan solemne sobre los Comuneros (¿a quien me recuerda esto…?). Pero en 1608 Felipe III dio libertad para celebrarlo cuando se quisiera, y el Concejo reunido en sesión de 16 de septiembre de 1609 decidió volverlo a celebrar los martes. Desde entonces, ese día permaneció inamovible. No hace mucho, se añadió el sábado como día de mercado.

El lugar también ha deambulado de acá para allá. Primeramente se celebraba en la plaza del Concejo, delante de las Casas de Ayuntamiento. Pronto se hizo pequeño el espacio, a pesar de haber derribado dos manzanas para ensancharlo. Y se pasó a Santo Domingo, delante de la gran puerta por donde se entraba a la ciudad, calle mayor arriba. En tiempos del alcalde Román Atienza, a finales del siglo XIX, se levantó un nuevo y moderno edificio en la plaza de Santo Tomé, frente a la iglesia de tal nombre que ahora es santuario de la Virgen de la Antigua. Tras un siglo de estancia, se fue al huerto de las Adoratrices, y ahora por fin encuentra asiento junto a la venerable dureza de las murallas. La torre de Alvarfáñez, que antiguamente se llamó puerta de Feria, vuelve a tener el mismo cometido que en la Edad Media. La vida, sobre todo si es larga (y las ciudades como la nuestra la tienen especialmente) da muchas vueltas.

El mercadillo de Sigüenza es también antiguo como pocos. Aunque hasta el siglo XV no aparece documentado, es lógica la suposición de Adrián Blázquez de que ya existiera en el siglo XIII, dado que la ciudad era cabeza de obispado y capital de una amplia comarca natural, nudo de comunicaciones entre las cabeceras del Henares y el Tajuña por un lado y el Jalón y el Duero por otro. Se celebraba los miércoles y era franco total. En 1468 (el año después de ser nombrado obispo de Sigüenza el Cardenal Mendoza) el rey Enrique IV mejoró sus condiciones confirmando exenciones impositivas a sus tratos. En el siglo XVIII empezó a celebrarse también los sábados, y hace ya muchos años que es solo este día el de mercado en Sigüenza. Antes era en la plaza mayor, delante de la Catedral, tal como en 1494 lo había dispuesto su obispo y señor don Pedro González, donde se celebraba el mercado. Ahí vemos en una vieja fotografía a las gentes del Ducado cambiar sus paños ordinarios por abarcas, sus simientes de cebada por las de trigo, y sus lechones por alforjas de colorines. Hoy se ha llevado al otro lado del Vadillo, atravesando la estrecha puerta de la Cañadilla o del Toril.

Y en Cifuentes… también desde mediados del XIII se celebra un día a la semana público mercado. Fernando III en 1242 dio un privilegio para que se celebrara libremente. Con gran influencia en toda la comarca, Cifuentes llegó a tener dos días a la semana de mercado: jueves y domingos en el siglo XVIII, que quedó reducido a sólo los domingos en el siglo pasado, y fijado en los jueves en nuestros tiempos. Hacia 1754 un inspector de la Hacienda pública valoraba el total de transaciones en el mercado cifontino en la astronómica cifra de 2.000 reales… en un sólo día. Tiempos aquellos. Lástima que nos los hayamos perdido, y, más tonto soy, hoy también me los esté perdiendo.

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