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La puerta de Bejanque otra vez en alto

 

Como un milagro nos llega, desde no se sabe dónde, un nuevo monumento a Guadalajara. La puerta de Bejanque hace un mes largo que está de nuevo con nosotros. ¿Dónde fue? ¿A dónde viajó este tiempo? Preguntas son estas que saldrán desveladas en las siguientes líneas. En la primera de todas hay que dejar constancia de este hecho, que considero fundamental y muy explicativo de lo que una acertada política de protección al patrimonio artístico de nuestra ciudad está consiguiendo desde el actual Ayuntamiento, en el que una persona con capacidad y sensibilidad hacia estos temas, José María Bris Gallego, ejerce con todos de alcalde y de amigo, y finalmente deja su sello en estos puntuales hechos que renuevan, reconstruyen y vigorizan el entramado urbano de Guadalajara.

La muralla de Guadalajara

La ciudad de Guadalajara estuvo amurallada desde la época de los árabes, allá por el siglo IX, y mejoró sus defensas en diversas ocasiones, especialmente después de la Reconquista, y bajo el reinado de Alfonso X el Sabio. Una muralla calificaba a una ciudad como poderosa, como sede de instituciones fuertes, de adinerados burgueses, de ejército potente, permitiendo la estancia, de vez en cuando, de reyes, príncipes e infantes, con lo que ello conllevaba de posibilidades de obtener reales privilegios. Tal ocurrió con Guadalajara, que fue siempre muy querida, protegida incluso, de los monarcas castellanos, que aquí celebraron Cortes (las famosas de 1390 bajo Juan II), inventaron órdenes de caballería (la de los Caballeros de la Banda) ó decidieron usarla como lugar de bodas, tal que ocurrió con Felipe II e Isabel de Valois.

El trazado de la muralla antigua medieval es conocido hoy en día gracias a estudios de antiguos cronistas, y al simple paseo que cualquier lector puede realizar, mañana mismo, en su torno. Partiendo del antiguo alcázar (el Cuartel de Globos, para entendernos) la muralla formaba junto a él una primera puerta de acceso a la ciudad, abierta sobre el camino que ascendía desde el río: era la puerta que se llamó de Bradamarte, y luego de Madrid, por llegar hasta ella el camino que venía desde la capital de España. Seguía la muralla en dirección sureste, haciendo de remate al barranco de San Antonio. Trescientos metros más arriba se abría la puerta‑postigo que llamaron del Cristo de la Feria, y luego de Alvar Fáñez, pues es tradición de la ciudad que por allí, en la noche de San Juan de 1085, penetró el capitán castellano con sus tropas para la reconquista de Guadalajara. El barranco hacía aquí un vado que permitía la entrada por dicha puerta hacia la ciudad. Hoy solamente queda de ella la parte popularmente conocida como «torreón» de Alvar Fáñez, uno de los escasísimos restos de la muralla guadalajareña.

Seguía la cerca el borde derecho del barranco, rodeando el ábside de la antigua parroquia de Santo Tomé, que asentaba donde hoy el santuario de la Virgen de la Antigua, y continuaba el muro alejándose del barranco de San Antonio, pero siguiendo el llamado arroyo de Cantarranas, por las actuales calles del Matadero y travesía de Santo Domingo, hasta alcanzar un espacio amplio, abierto, donde tradicionalmente se celebraba el mercado ciudadano. Allí se abría la puerta del Mercado, que daba entrada a los caminos que venían desde la Alcarria. Ese espacio mercadero es hoy en día la plaza de Santo Domingo.

La muralla seguía luego, todavía en dirección norte, hasta alcanzar el otro barranco, el del Alamín. Iba por lo que es hoy la calle de la Mina, que adoptó este nombre en recuerdo de algún posible subterráneo bajo la construcción defensiva, y dejaba en su frente, abierta a levante y sur, una vaguada y ancho camino que llamaron desde muy antiguo la carrera de San Francisco, lugar donde habitualmente se celebraban fiestas, recibimientos a reyes y alardes de la caballería.

Al final de ese largo trazado, de unos 500 metros, se levantaba la puerta de Bejanque, hoy recuperada de su abandono, y que servía de entrada para el camino que llegaba desde Zaragoza. La muralla daba un quiebro en ese lugar, y alcanzaba poco adelante el barranco del Alamín, surgiendo un fuerte torreón esquinero con flancos, justamente en el punto en que doblaba y emprendía la dirección noroeste, siguiendo el borde izquierdo del barranco, que en esa zona es muy pronunciado, con escarpadura difícil, lo que permitía que la cerca no fuera excesivamente fuerte en ese nivel. Unos 500 metros más abajo, surgía el puente que llaman de las Infantas, que cruzaba sobre el barranco, y permitía el paso de los caminos de Aragón por una puerta que se protegía de un torreón, también hoy conservado y conocido como torreón del Alamín. Seguía luego la muralla aún sobre la escarpadura del progresivamente más hondo barranco, hasta enlazar con los muros del alcázar, completándose así el trayecto de la cerca medieval guadalajareña.

La puerta y torreón de Bejanque

Vemos, pues, que la puerta de Bejanque era una de las cinco más importantes que servían de acceso a la ciudad de Guadalajara desde los caminos diversos que a ella llegaban. Su estructura era muy peculiar, pues se aconpañaba de un fortísimo torreón, del que ya nada queda, y en el interior de la muralla se abría aún otro portón que hacía un ángulo de noventa grados, con lo que los caminantes debían moderar su paso, hacer maniobra los carros, y se comportaba como imposible de atravesar en algarada violenta ó sorpresivo ataque. Rodeada de casas, en los últimos años del siglo pasado vino al suelo derribada por la picota, pero no la municipal, que nada tuvo que ver en ésto, sino por un particular cuyo empeño en dar en el suelo con tan venerable monumento pudo más que los esfuerzos hechos por la Corporación guadalajareña para evitarlo.

Precisamente en un reciente estudio de Miguel Angel López Trujillo presentado en el IV Encuentro de Historiadores del Valle del Henares se hace un completísimo estudio de lo que pasó entonces (era el año 1884) con la puerta y torreón de Bejanque, para cuya salvación se movió muy eficientemente la Comisión Provincial de Monumentos, pero que no pudo hacer nada contra ciertos intereses que se pusieron en contra. Adquirido el monumento por 3.000 pesetas, tras ser subastado a tenor de las leyes desamortizadoras de bienes municipales, por un particular (Víctor Peinado), este solicitó permiso para derribar el edificio, con objeto de aprovechar las piedras bien talladas del mismo, que tan difíciles eran de encontrar para la construcción en Guadalajara. La Comisión Provincial de Monumentos, presidida por el profesor don José Julio de la Fuente, se movió y solicitó de la Real Academia de Bellas Artes que frenara el intento. Esta docta Corporación solicitó que se hiciera una fotografía para juzgar el interés del monumento. Y cuando un mes después (marzo de 1884) le llegó el documento gráfico y la descripción detallada del mismo que había hecho el señor de la Fuente, juzgó que no tenía interés y que podía ser derribada sin problemas. El Ayuntamiento, entonces presidido por don Ezequiel de la Vega, puso muy mala cara, hizo un escrito de protesta, pero tampoco pudo opnerse a lo que por ley podía hacer el propietario. Y este lo tiró en un plis-plas y se llevó la piedra para levantar sabe Dios qué edificios…

Lo que no constaba en esta historia, era el afortunado hecho de que, si tirado el torreón de planta pentagonal y silueta guerrera, se salvó la puerta, que se usó para construir una casa encintándola. Y eso es lo que hoy, y gracias a nuestro Ayuntamiento que ha dado con ello buena prueba de su ilustración y sensibilidad, hemos recuperado: la puerta de Bejanque, todo un símbolo para considerar la historia recia y viejísima de nuestra Guadalajara.

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