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El Cubillo de Uceda: una iglesia para todos los gustos

 

Quizás peque de repetitivo. No el más que simple admiración. Para mí es la iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, la parroquial de El Cubillo de Uceda, uno de los mejores y más espléndidos monumentos de, toda la provincia de Guadalajara. Una auténtica gozada en la que se combina su situación, la mezcolanza, armónica de estilos, el embrujo que en cualquier momento o ángulo despide, y sin duda también la íntima sucesión de recuerdos que a quien esto escribe le proporciona. Todo se alía para que una vez recomiende a mis lectores que vayan allí, que la vean despacio, a su sabor, y que la guarden fieles en su recuerdo de la mejor y más auténtica Guadalajara.

La mejor forma de llegar al Cubillo desde Guadalajara y cualquier parte de la provincia es a través de la carretera comarcal que por Marchamalo y Usanos atraviesa las ondulaciones campiñeras hasta el Jarama en Uceda. Cerca ya de este pueblo, pasado Viñuelas, aparece en el horizonte El Cubillo.

Para verla en su interior, hay que llegar el domingo, a media mañana, que es cuando se dice misa y la abren públicamente. No obstante, si se llega a otra hora, y no quiere (no se debe) irse sin verla por dentro, recurrir a la señora que tiene las llaves, una amable vecina que vive en una de las casas del costado meridional de la Plaza Mayor, a la derecha del Ayuntamiento.

Una mezcla suprema de estilos

En la iglesia de la Asunción de El Cubillo de Uceda se encuentran, sin violencia, dos estilos arquitectónicos dispares, que mutuamente se potencian y enriquecen el conjunto: de una parte el románico‑mudéjar en el que está construida la cabecera (presbiterio y ábside) y de otra el mejor renacimiento castellano de raigambre toledana, del que son expresión culminante la portada de poniente y las tres naves.

Está construido este templo parroquial de El Cubillo de Uceda con los materiales propios de la comarca (canto, rodado y sillarejo calizo), y otros más nobles (sillares graníticos) traídos de las canteras del Jarama. La fábrica del edificio está formada de hiladas horizontales de piedra caliza y mampostería de canto rodado, que no llega a ser sillarejo, alternando con breves paramentos de ladrillo. Su muro frontal, orientado al poniente, es muy amplio, equilibrado de proporciones, y en él se abre la portada.

Qué admirar, y desde dónde

El costado meridional del templo está revestido por un atrio sustentado de pilares delgados apoyados en altos pedestales, y en él se abre una portada de sencillísimas líneas clásicas. En la cabecera del templo, orientado clásicamente a levante, aparece el ábside, que es el único resto de la construcción primitiva, afortunadamente respetado, y que muestra, en todo su esplendor el estilo románico‑mudéjar, con proporción de arcadas ciegas hechas totalmente de ladrillo, consiguiendo un equilibrio y unos contrastes de luces que le dan un valor estético muy acusado.

Puede considerarse dividido el muro de este, ábside en dos cuerpos.‑ En el alto aparecen nichos rectangulares, y en el bajo se suceden tres líneas de arcos. Todo ello se sustenta en un basamento de fuerte sillar. Adosada al muro septentrional de la iglesia, se alza la torre’ toda de ladrillo, con algunas ventanas interesantes, especialmente la del costado oriental, que ofrece una estrecha saetera bajo arco poli lobulado de indudables reminiscencias árabes.

El interior es espléndido, de tres naves, separadas por pilares cilíndricos que rematan en grandes y curiosos capiteles cargados de iconografía renacentista. No hace falta examinar por mucho tiempo estos capiteles, para percatarse que son extraordinariamente parecidos a los del claustro del monasterio jerónimo de San Bartolomé, de Lupiana. Abundan en ellos los angelillos, los putti, las cabezas de camero y los emblemas de lazos y cajas tan queridos de Alonso de Covarrubias, a quien ya, sin duda, cabe atribuir la paternidad de esta obra arquitectónica. Un buen artesonado de la misma época (primera mitad del siglo XVI) con clara ornamentación mudejarizante, cubre su altura.

Al fondo de la nave central, en la cabecera del templo, se abre el presbiterio, incluido en el antiguo ábside, que es de pequeñas proporciones, y de planta semicircular. Sus muros son totalmente de ladrillo visto, y se cubre por una bóveda de horno que, al igual que el arco toral que la inicia, es apuntada. Se ilumina este ábside con tres estrechas ventanillas tras el altar, y un gran Cristo tallado cuelga elegante desde la altura. Un arco triunfal de medio punto y aristas achaflanadas aparece enmarcando este espacio El equilibrio del interior de esta iglesia tiene el encanto suficiente como para permitimos asegurar que estamos ante una obra con firma, una pieza meditada y dirigida por un arquitecto con experiencia y oficio. Un arquitecto, además, del círculo anejo a los obispos de Toledo, pues el Cubillo perteneció, como un gran área del sur de la provincia de Guadalajara, a la archidiócesis toledana durante muchos siglos, e incluso este mismo pueblo fue también, durante varias centurias, señorío de los obispos toledanos. Quizás no costaría ver, como autor de este templo, por lo menos en sus líneas magistrales, y según acabo de apuntar líneas arriba, a Alonso de Covarrubias, que en esta comarca dejó muchas obras (Guadalajara capital, Sigüenza, Pastrana, Lupiana, Alcalá de Henares).

La portada de entrada

Lo que hoy llama principalmente nuestra atención es el ingreso occidental al templo, el único actualmente practicable. La descripción del mismo podemos hacerla con brevedad y sencillez: de estructura plana, con leves resaltes sobre el muro, aparece un vano escoltado de jambas lisas y pilares adosados. Sobre el referido vano, un arquitrabe con tallas, y sobre él un friso de extraordinaria decoración y movimiento. La línea de pilares remata en flameros, y el friso se corona por tímpano semicircular en el que se incluye una hornacina con la estatua de San Miguel.

En esta portada parece querer imponerse una estructura clásica, antigua, sobre una puerta de iglesia, pilares y frisos destacan en su sencillez distributiva, y recurren a cargarse de. una decoración en la que ganan los elementos clásicos: sólo se ven cabezas de guerreros, grutescos excesivos, putti utilizados como atlantes, jarrones, monstruos y un largo y abigarrado etcétera en el que la temática es absolutamente pagana, totalmente referida a motivos clásicos. Si solo se contemplara, en una perspectiva ideal, el arquitrabe, frisos, capiteles y pedestales de esta portada, se dudaría de estar ante una iglesia, cristiana: se apostaría más fácilmente por tener delante el resto de un edificio romano hallado entre unas ruinas.

Esta magnífica portada de El Cubillo de Uceda, como la iglesia toda a la que da entrada, es una pieza magistral y antológica del Renacimiento castellano, diseñada por Alonso de Covarrubias, y que recomiendo muy vivamente a mis lectores que visiten y saboreen despacio, pues en su silencioso lugar de la Campiña viene a ser un hermoso paradigma de lo que el arte, del Renacimiento plantea, más allá de anécdotas y lugares comunes, aún en nuestra propia tierra: la contradicción continúa entre el tema y el sistema. De esa pugna, como de toda discusión, nace la luz y la esplendidez del arte. Hay que correr a admirarla.

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