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¿Dónde está la Sorterraña?

 

Puede que a estas horas, la imagen románica, tallada en madera en el siglo XIII, de Nuestra Señora del Soterraño, ya no esté en la Alcarria. Es muy posible que haya salido, conducida con nocturnidad y premeditación, rumbo a otras tierras donde nunca sabrán qué significa, aparte de ser una imagen de la Virgen María. Es, incluso, muy probable, que quien hoy se ponga a rezar delante de ella, no sepa cómo llamarla, aparte de María… La Virgen del Soterraño, a la que en Pastrana todos querían y llamaban «la Soterraña», es una pieza magnífica, de las escasas que ya quedan entre nosotros, de la escultura románica castellana. Fue puesta por los caballeros calatravos en la cripta subterránea de la iglesia románica del castillo de Zorita de los Canes, y en ella, como señora de los espacios penumbrosos y mistéricos del Sacro Convento Caballeresco de Zorita, alumbró corazones apesadumbrados durante siglos. Luego, cuando ya los caballeros medievales dejaron la altura castillera, y esta fue adquirida por don Ruy Gómez de Silva, primer duque de Pastrana, y su mujer Ana de Mendoza, este matrimonio la recogió como sagrado y queridísimo elemento del culto y la puso en la iglesia del convento de San José, en la parte baja de su villa ducal de Pastrana, que en 1569 habían fundado para las carmelitas de Santa Teresa de Jesús, y en 1576 refundó doña Ana para las franciscanas concepcionistas. Allí quedó, sobre un pedestal junto al presbiterio, un pedazo de madera que, aparte de su valor material como obra de arte, tenía la fuerza talismánica de disolver penas, levantar depresiones y animar espíritus con la fuerza que sólo la Fe de Cristo es capaz de dar a las gentes a través de su Madre, la Virgen María. A estas horas, quizás, la Soterraña ya no está en Pastrana. ¿Quién ha sido capaz de tachar, de un solo plumazo, tanta historia y tanta confianza?

La historia se ha repetido en Pastrana. Un convento de monjas se disuelve de la noche a la mañana. Se van las monjas a otro lugar, y no dan cuentas, o no quieren darlas, a nadie. El problema es suyo. Y ellas solas lo resuelven. Así ocurrió en el mismo Pastrana, en 1574, cuando las carmelitas montaron todas sus pertenencias en un gran carromato y, por no aguantar a su señora la princesa tuerta que se había empeñado en hacerse monja con ellas, se marcharon a Segovia. Dos años después quedaba fundado el Convento de San José, con franciscanas concepcionistas, a las que doña Ana de Mendoza levantó la iglesia, la hizo lo mejor posible, y la llenó de regalos y obras de arte. Una de ellas, la imagen de la Virgen del Soterraño. Muchas otras cosas las dio, y los vecinos de la villa fueron entregando, año tras año y siglo tras siglo, demostrando el cariño que hacia estas «señoras monjas» profesaban. Tanto, que gracias a ellos pudieron salir con bien del arrebato de la Guerra de la Independencia. Y de otros malos momentos. Las «monjas de abajo» en Pastrana eran algo más, mucho más, que un convento y un grupo de mujeres. Eran la luz de la Fe, la prueba de que el espíritu cristiano sigue vivo en Castilla, sigue latiente en esta villa de la Alcarria.

Desde un punto de vista estrictamente legal, en el contexto de un Estado de derecho como el que vivimos, la propiedad del edificio y sus bienes muebles es de la comunidad de monjas que ahora ha decidido marcharse. Pero los tiempos están, afortunadamente, muy cambiados. Hay más justicia que nunca, y se aplica lo más perfecta y rápidamente que se puede. Pero también hay una sensibilidad hacia lo que es la historia, la cultura y los bienes patrimoniales de una comunidad. Hacia las raíces con las que se ancla un pueblo en la tierra, en el devenir del tiempo, y le nutren y le conforman. La gente de Pastrana sabe muy bien qué es eso. Hoy mejor que nunca. Y esa Virgen del Soterraño, y esos cuadros de Juan Bautista Mayno (pintor dominico nacido en el pueblo), y esas casullas del gran arzobispo don Pedro González de Mendoza, hijo de la princesa, y esos pergaminos, documentos y archivos en los que está escrita la historia de la villa, y esas piezas de marfil, de plata, de cristal y de madera, todo cuanto de material (y su forro espiritual) había en el convento, son parte plena de la villa. Existe sobre ellas una propiedad común, que no puede dirimirse acudiendo a un juez, o soportando el peso de unas pruebas y unas demostraciones de un par de abogados. Creo que se me entiende fácilmente. Y más por quien tiene, por ser cristiano y creer en que los cuerpos y sus obras nacen del espíritu, la capacidad de decir a dónde deben ir, en última instancia, ese patrimonio cultural y artístico que ha sido, con nocturnidad, premeditación y alevosía, sacado de su lugar de origen, de aquel de donde nunca debiera haber salido.

Antonio Herrera Casado

Cronista Provincial de Guadalajara

EL MUNDO – Septiembre 1994

La Virgen del Soterraño es una imagen de madera tallada, en estilo románico, sedente, del siglo XIII, una más de las miles que existen en toda España, en toda Europa. Pero una de las pocas, poquísimas, que ya quedan en la provincia de Guadalajara. Esta imagen, además, durante cuatro siglos largos ha recibido día a día la veneración y ha servido de consuelo espiritual a generaciones enteras de hombres y mujeres de Pastrana, la villa alcarreña que ahora no sabe dónde ha ido a parar esta imagen, como también ignora cuántas cosas, de qué manera y con qué destino, han salido del Convento de San José de esta villa, rumbo a la de Membrillas en Ciudad Real. Allí es donde la comunidad de franciscanas concepcionistas ha decidido trasladarse, y durante unos días han ido sacando, con sigilo y en secreto, gran cantidad de objetos que ellas consideran «propios de un convento», pero en los que se incluyen ropas litúrgicas del Arzobispo don Pedro González de Mendoza, cuadros de Juan Bautista Mayno, tallas de marfil barrocas, documentos y manuscritos fundamentales para la historia de Pastrana… y la Virgen del Soterraño, que ha dejado huérfanos de misericordia a los vecinos de Pastrana, que con este tema están, como es de imaginar, muy alterados.

La Virgen del Soterraño fue tallada en plena Edad Media para servir de imagen en el altar minúsculo de la cripta subterránea de la iglesia románica del castillo de Zorita de los Canes. Sobre la orilla izquierda del Tajo, en lo alto de un abrupto roquedal, custodiando uno de los tres puentes que en el reino de Toledo daban paso a las mercancías sobre el gran río hispánico, los caballeros de la Orden de Calatrava pusieron su castillo-convento en el que durante muchos años del siglo XII tuvo su sede la mesa maestral. Siglos adelante, mediado el XVI, Zorita y Pastrana fueron adquiridos al rey por su secretario y primer ministro don Ruy Gómez de Silva, quien por esas fechas (1569) fue nombrado duque de Pastrana. Casó el caballero con doña Ana de Mendoza, bellísima y turbadora a pesar de su ojo tuerto. Y añadieron a sus títulos el de Príncipes de Eboli.

El desarrollo que en sus días, en la segunda mitad del siglo XVI, alcanzó la villa de Pastrana fue de tal categoría, que don Ruy llegó a sugerir a Felipe II se instalara allí la capitalidad de España. Existen documentos en su Archivo Municipal que así lo demuestran. Madrid se llevó el gato al agua. Pero Pastrana vió asentarse una densa colonia de moriscos, llegando también muchos inmigrantes de Portugal e Italia, a trabajar en las prósperas industrias de la seda, los tapices y el cordobán que los duques instalaron. Atendieron también a la espiritualidad de la época, y llamaron a Santa Teresa de Jesús, la «animadora espiritual» del momento, para que allí fundara dos conventos. Uno, el de San Pedro, para frailes carmelitas. Y otro, el de San José, para monjas de la misma orden. Dotados con magnificencia, los duques vistieron los conventos con obras de arte sin cuento, y al de las monjas se trajeron, por mejor cuidarla, la imagen de la Virgen del Soterraño desde el castillo de Zorita. Se puso en la pared de la nave de su iglesia, y ahí ha estado, hasta hace unos días.

Era el año 1569, y poco después murió el duque, quedando la princesa tan sin consuelo -decía- que no vio a su vida más solución que la de meterse monja. Pero enseguida demostró serlo muy especial: recibiendo caballeros en su celda, organizando en ella tertulias en las que no estaría muy lejos la conspiración, poco después las monjas decidieron irse: y en una noche, sin aviso previo, montaron sus ropas y sus breviarios en un gran carromato, y a Segovia que se fueron sin decir ni adiós. Llueve, como se ve, sobre mojado.

Era 1574, y la princesa decidió que sin convento no se quedaba Pastrana. Así que llamó a las franciscanas concepcionistas. Doña Felipa de Acuña y Mendoza hizo de primera priora. Y allí entró, poco después, su querida hija Anusca: la Eboli puso, pues, savia de su sangre en este convento que ahora, también de la noche a la mañana, se evapora sobre unas furgonetas de «SEUR». A la institución le regaló doña Ana de Mendoza joyas sin cuento. En un documento que se conserva en el Archivo Histórico Nacional, sección de Osuna, legajo nº 1.999, sin foliar, aparece el «Inventario de objetos donados por la Princesa de Eboli al Convento de la Concepción Francisca de Pastrana» por ella fundado. De la larga lista de bienes merece mencionarse: «Para el Santísimo sacramento un ostario de plata con sus patenas / una cruz de cristal guarnecida de plata / otra cruz de alquimia / otra cruz pequeña de plata para el altar / y otra cruz de alquimia / tres portapaces de Plata guarnescidas de ebano / una ymagen de nrª señora de bulto (quiere decir una talla, posiblemente la Soterraña) / un rretablo de nrª señora y santa Ana / un rretablo de xpo con la cruz a cuestas / cinco rretablos de ymagenes de nuestra señora pequeños / otro rretablo de lymbo / yten una ymagen de Santo Alejandre con la cabeza del mesno santo…» y sigue y no acaba la lista con ropas, muebles, y un largo etcétera de elementos que, a pesar de lo movido de los tiempos en nuestro país, y con las guerras de Sucesión, de Independencia y Civil de 36-39 por medio, aún habían llegado hasta nuestros días en buena cantidad.

¿Qué era exactamente lo que existía en estos momentos en el Convento de San José de Pastrana, y que las monjas se llevan a otra casa lejana y en secreto? No lo sabemos. Nadie lo sabe. Han sacado cuadros, muchos, y alguna talla grande envuelta en sábanas. Y varios Niños Jesuses propiedad de cada una de las hermanas. Pero el dato exacto se desconoce. Y ello por una razón muy sencilla, por una razón que afecta peligrosamente a gran parte del patrimonio artístico de la Iglesia, al menos en la provincia de Guadalajara: porque no está inventariado. Así no hay forma de saber lo que hay, lo que queda, lo que se vendió y lo que se llevan. Así están abiertas todas las puertas a la explicación que más les convenga.

Pastrana está hoy que bulle. Las gentes de Pastrana han ido tomando conciencia, a lo largo de los siglos, pero muy especialmente en los últimos años, de la importancia capital en la historia de Castilla que su villa ha jugado. Gran plaza de mercado bajo el dominio de la Orden Calatrava. Villa capital de la industria, las artes y la cultura en el Siglo de Oro, con la protección de sus señores los duques, la gran familia Silva y Mendoza que construyó, entre otras cosas, un magnífico palacio y una plaza renacentista delante, dirigidas las obras por el arquitecto Alonso de Covarrubias; una inmensa colegiata con cabildo de curas, y aires de catedral en su crucero manierista; un colegio de San Bartolomé para niños cantores, dos grandes conventos carmelitanos, poniendo en uno de ellos (el de San Pedro, para hombres) el Generalato de la Orden; un tesoro inconmensurable de arte en sus templos, especialmente en la Colegiata, en la que hoy lucen las impresionantes tapicerías de la conquista de Africa por Alfonso I de Portugal, considerada la mejor colección del mundo en tapices de tema profano. Y artistas de todos los géneros: pintores, escultores, poetas, teólogos, frailes milagreros… las comedias del pastranero Manuel de León Merchante se representaron en el siglo XVII con inusitado éxito por corralas y plazuelas. Hasta hoy mismo, Camilo José Cela no encuentra mejor lugar que Pastrana para tener la sensación de hallarse «en una ciudad medieval, en una gran ciudad medieval».

Pastrana está tomando, desde tiempos muy recientes, una cierta capitanía en la Alcarria como sede de Congresos, de reuniones culturales, de Cursos de Verano de la Universidad de Alcalá. Recoge cada fin de semana varios miles de turistas que recorren atónitos, embelesados, sus retorcidas y cuestudas callejas. Entre ellas aparece de vez en cuando un caserón inquisitorial, un viejo pósito, un zarandeado altar de mayas, o un convento, como el de San José, que asoma en su plazuela sin avisar. Y dentro de él la historia palpitante, los retablos, los carteles de la techumbre en que se clama por la benignidad de doña Ana de Mendoza, en que los colores vivos de sus escudos heráldicos pregonan antigua nobleza, y las tallas, los cuadros, las custodias y las telas… todo éso, según la ley, es de las monjas. ¿Pero no tiene algo que decir la gente de Pastrana? ¿No tiene algo qué decir, incluso, el pueblo castellano entero, que hoy mejor que nunca comprende que aquello es un patrimonio que sólo pertenece a quien lo parió, a sus gentes que hicieron posible que ese milagro se produjera? Juan Bautista Mayno nació en Pastrana, en una familia de inmigrantes milaneses, y en el pueblo alcarreño vió la luz y los colores que luego puso, brillantes y sumisos, en sus cuadros. ¿Es justo que se vayan de aquel entorno sus pinturas? El porvenir de Pastrana está, en buena medida, en el sesgo que acertadamente se le está dando (por parte de su actual Ayuntamiento y de la Diputación Provincial de Guadalajara) de cara a crecer como lugar de cultura, de encuentros, de turismo serio, de vigorosa pátina histórica… y en ese camino no sobra nadie, ni siquiera las monjas concepcionistas del Convento de San José, que salen de allí (ellas solas conocen la causa) como escapadas.

Para quien hoy se ponga ante el convento de San José de Pastrana, la figura externa le dirá muy poco. Ya no se puede entrar a su iglesia (a la clausura no entró nunca nadie, excepto el médico de las monjas), pero tras la fachada escueta, verdaderamente carmelitana, con su portón adovelado protegido por un tejaroz, y un gran cuadro de azulejería que hace unos años puso el Ayuntamiento en recuerdo de la Santa andariega, podía contemplarse un templo de nave única rematada en un pequeño ábside semicircular que se marca al exterior, viéndose un amplio sotocoro a los pies, más ancho que la nave, de la que se separa por las tradicionales rejas puntiagudas. El presbiterio se cubre de curiosa bóveda en forma de venera de charnela alta que recuerda las obras que en la tierra de Guadalajara firmaba Juan de Ballesteros, un arquitecto discípulo de Covarrubias. sobre el friso del entablamento de en que se sustenta la bóveda, corre con letras romanas un texto fundacional que dice «esta iglesia y monesterio fundó y dotó la excelentísima señora doña Ana de Mendoza y de la Cerda princesa de Mélito y duquesa de Pastrana cuio origen procede legítimamente de los Reyes de Castilla y de Francia. Acabóse a beinte días del mes de maio del año de nuestro Salvador Jesuchristo de mill y quinientos y ochenta y dos a onrra de Dios y de su bendita madre Tota Pulcra est Maria». Escudos de los linajes de Silva (un león de gules) y Mendoza (partido en sotuer la banda roja sobre el campo verde y las leyenda Ave Maria Gratia Plena en azur sobre el oro) campan por muros y bóvedas. La Soterraña, que tantas oraciones de los pastraneros y las pastraneras ha recogido durante más de cuatro siglos, en una peana junto al altar mayor. ¿Qué será desde ahora de todo ello? No caben lamentaciones, ni literarias rimas plañideras evocando mejores días. Se plantea, así lo ha planteado claramente el alcalde de Pastrana, Juan Pablo Sánchez Sánchez-Seco, la Corporación que preside y el pueblo todo, en un «Fuenteovejuna» sin precedentes, que este patrimonio mueble sea devuelto a Pastrana y expuesto (sería un sitio ideal si no pudiera ser el propio convento) en su gran Museo Parroquial. La duda, que está sobre el tapete, de quien es el auténtico, el legítimo propietario de esos bienes, está servida. Se plantea en esta anécdota alcarreña algo más, mucho más, que una mera cuestión jurídica: se plantea la existencia de un sentimiento de enraizamiento histórico, hasta ahora poco nítido en el pueblo castellano frente a otros pueblos españoles que sí lo han demostrado, y la cuestión final de quien debe administrar esos bienes. El pueblo de Pastrana ha tenido el valor, el gesto histórico, de plantearlo, y de jugarse mucho en ello.

Antonio Herrera Casado (Guadalajara, 1947). Médico, historiador y editor de libros, es Cronista Provincial de Guadalajara desde 1973, y Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia. Autor de un libro titulado «Pastrana, una villa principesca» (AACHE, 1992).

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