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junio, 1994:

Bajando las aguas de los ríos de Guadalajara

 

La invitación al viaje, al descubrimiento, a la admiración, puede hacerse de muchas maneras, desde muy diversas perspectivas. Una de ellas pasa por las orillas de los ríos, de los múltiples cursos de agua que confieren a la provincia de Guadalajara el calificativo indudable de húmeda y cantarina. Ninguna otra de las provincias castellano‑manchegas tiene tantos recursos acuáticos como la nuestra. ¿Quién lo dudaría, tras pasearla, tras recorrerla detenidamente? En cualquier rincón suena el agua, se ven las arboledas que escoltan un río. O los horizontes dilatados de los embalses donde (antes) se remansaba el agua de los altos ríos. Hoy solo sirven de parada momentánea para que el agua de nuestras entrañas corra fuera, a tierras más sedientas.

La altiplanicie de Guadalajara que desde las sierras centrales e ibéricas se inclina hacia el suroeste, ve cómo múltiples barrancadas la hienden en su altura y anchos valles la dulcifican en su nivel más bajo. Tres grandes cuencas forman el sistema hidrográfico de esta provincia: de oeste a oriente, son las del río Henares, el Tajuña y el Tajo. Los dos primeros, además, afluentes del último, de cuya gran cuenca fluvial forman parte. Recogen todos ellos, a través de menores afluentes, las aguas de las sierras centrales el primero; las del subsuelo alcarreño el segundo, y las de las serranías ibéricas el tercero. No tengo aquí las cifras de los kilómetros que entre uno y otro estos ríos recorren por nuestra geografía. Viene en cualquier tratado de geografía. Lo que no puedo dejar de hacer (uno es literato, al fin y al cabo, más que científico) es cantar nítidamente, y con voz alta, las maravillas paisajísticas que en su tomo crean todos ellos.

Y así, del Henares gritar su paciencia y rectitud en la difícil orquestación de los ambientes serranos, campiñeros y alcarreños. Parece como un telón que le va colocando la naturaleza a esas tres comarcas, por las que el Henares discurre, ante el aplauso de todos. Nacido en los altos de Horna, junto a Soria, es Sigüenza la primera gran ciudad que baña. Sigue luego por estrecheces y roquedales. Y se abre, tras Mandayona, en las abiertas latitudes de la Campiña, donde Jadraque, Hita, Humanes, Yunquera y finalmente Guadalajara justifican su historia por la presencia del río. Junto a él pasaron los romanos como seguro camino entre Mérida y Zaragoza. Y en sus orillas fundaron ciudades, villas y castros. Mil perspectivas nos entrega. Al caminante yo sólo le sugiero una. Quizás no la más importante, pero sí la que está cargada de una belleza singular y un, verdadero amor de los hombres por el río: en Baides (la fotografía adjunta lo representa) pasa el río por en medio del pueblo, y. allí le han hecho un paseo muy hermoso, con bancos, paseos y arboledas que le confieren la sensación de un monumento, con latido humano.

El Tajuña nace en las peladas, en las áridas altitudes en torno a Maranchón Apenas una fuente lo señala. Corre enseguida (por Luzón y Anguita ya es mayorcito) a formar hondos valles, agrestes, horizontes donde se ven castros celtíberos y torreones medievales en profusión increíble. Apenas si recibe afluentes el Tajuña, y estos muy pequeños, de muy corto recorrido. Ello se debe a lo estrecho de su cuenca, pues tanto por el oeste, como por oriente, las del Henares y Tajo respectivamente están muy cercanas, separadas por Cerros o breves mesetas, que brindan sus aguas a los dos anteriores cursos. Pero en esa brevedad, en esa estrechura, en la línea recta y segura del río está todo el encanto del Tajuña. Atraviesa los más nítidos perfiles de la Alcarria. Y le presta su fulgor a lugares como Abánades, Masegoso o Brihuega, pasando bajo la atalayada mirada de Valfermoso y sonriendo por Loranca y Aranzueque.

El Tajo es el grande, el que en su inicial recorrido desde las turolenses alturas de Albarracín nos ofrece uno de los espectáculos más hermosos de la naturaleza española: el Alto Tajo, donde los bosques, las rocas y la fauna en profusión se mezclan y cantan. Desde las inquietas serranías molinesas y conquenses, el Tajo va recibiendo aguas limpias, caudalosos torrentes, fuentes y cascadas que signan un paisaje de tonos verdes y húmedos límites. Sonoros son los nombres de sus afluentes, tan hermosos en paisajes como él mismo: el Cabrillas, el Ablanquejo, el Gallo mismo. En este río molinés por excelencia pues todo su trayecto lo tiene en tierra del antiguo Señorío, se centra quizás la más alta sorpresa. Desde que nace por las peladas tierras de Alustante, de Motos y Orea, hasta que entrega su sonora carga en el Tajo por el puente de San Pedro, bajo la atenta mirada del castillo de Alpetea, el Gallo forma paisajes dulces y espectáculos violentos. La vega de Chera y el barranco de la Hoz entre Ventosa y Torete son, quizás, sus más representativos espacios.

A los ríos del Señorío dedicó sus más hermosas páginas el historiador de Hinojosa don Diego Sánchez Portocarrero, quien en su «Historia del Señorío de Molina» alaba, uno por uno, a los ríos y arroyos de su tierra, y canta las excelencias del frescor de uno, del paisaje agreste de otro. Es al Gallo al que, sin embargo, le otorga la preeminencia y el apelativo apasionado de «Patrio río». Dice que en su largo recorrido -trece a catorce leguas‑ sólo atraviesa tierras del Señorío, o provincia molinesa, como entonces se apelaba oficialmente la región, «mostrando que sólo le destinó Dios para ella». Tiene el Gallo su origen en el Cerro de San Cristóbal, junto a Orea, en la sexma de La Sierra. Baña luego progresivamente las sexmas de El Pedregal y de El Sabinar, en la que se hace monumento natural, tajando el paraje de La Hoz y yendo a dar, poco después, sobre el Tajo, en el Puente de San Pedro.

Sánchez Portocarrero alaba del Gallo las truchas, y dice que sus aguas son excelentes y de más estimación por lo útil que por lo caudaloso, y sobre todo es famoso por su notable fecundidad de pesca, en particular de truchas asalmonadas, en nada inferiores a las más excelentes. Dice que le alabaron, ya en la antigua, clásica, y más modernamente autores como Máximo Sículo, Gil González Dávila y Camilo Borrelo, habiendo servido para abastecer continuamente de viandas frescas la mesa real cuando Felipe IV y su corte pasó en 1644 hacía Aragón, llevándole hasta Zaragoza a diario este manjar del río Gallo, que hoy produce en bastante menos cantidad, pues dice el historiador que entonces había tantas que si se guardara este Río en algunos tiempos del Año, es creybIe que a bueltas del Agua se, sacara en las vasijas que, se coje. Quizás la pasión del terruño tiraba de la pluma de don Diego, pero no andaría muy lejos de la verdad al ponderar de esta manera estas truchas molinesas, que podrían ser, hoy todavía, una fuente importante de riqueza para esta región tan apartada de todos.

¿Hay todavía alguna duda acerca de lo interesante, que puede ser un viaje a lo largo de los nos de Guadalajara? Un mapa muy escueto, pero esclarecedor, y básica guía del futuro viajero, acompaña a estas líneas que han querido ser oferta húmeda y breve reseña de nuestras venerables carreras acuáticas.

El Cuadrón: una fortaleza medieval descubierta

La Torre del Cuadrón en junio de 1994.

La torre del homenaje, llamada del Cuadrón, resto eminente del castillo de la Orden de Calatrava en la orilla derecha del río Tajo, en término de Auñón. Imagen de junio de 1994

No sé qué nombre podría dársele al deporte que consiste en andar por Guadalajara. Muchos lo practican desde hace tiempo. Muchísimos lo van a empezar a practicar ahora. Y más cuando sepan que en su desarrollo pueden ocurrirles cosas tan hermosas como esta: a la que se va andando por los campos, subiendo cerros y descubriendo navazos, puede uno encontrarse en medio de los campos con un viejo castillo medieval medio arruinado sobre el que nadie escribió hasta ese momento una línea consistente ni su registro aparece en los libros de historia.  

Una sorpresa en plena Alcarria 

Algo así le ocurrió al autor de estas líneas cuando no hace mucho, una calurosa tarde de la pasada primavera, se lanzó por la provincia a buscar imágenes de castillos y fortalezas, con el objeto de aumentar su caudal de fotografías para un próximo libro que sobre este tema va a presentar. Layna Serrano, el indiscutible sabedor e investigador de estos temas, no llegó sino a apuntar en una línea la existencia de una vieja torre en término de Auñón, según decían antiguos pergaminos. Las Relaciones Topográficas del siglo XVI que los vecinos de Auñón enviaron al rey Felipe II, nombraban también, y describían someramente, la vieja torre del Cuadrón, como elemento inservible y medio arruinado. Y el libro de los Castillos de Guadalajara que escrito por Jorge Jiménez Esteban y editado por Penthalón hace poco más de un año la menciona e incluso fotografía con el nombre de «torre de Santa Ana», aunque confiesa no saber nada respecto a su historia u orígenes.  De aquí pues los elementos indispensables para lanzarse a descubrir. Cualquiera puede hacerlo este próximo fin de semana. Hay que llegarse hasta Auñón por la “carretera de los pantanos” y, ya en la vega del Tajo, seguir la carretera que por Anguix y Sayatón les llevará hasta Pastrana y Almonacid de Zorita. En este camino, unos dos kilómetros después de haber iniciado esa carretera (es la comarcal 204 en el idioma de Obras Públicas), a la derecha y sobre un otero de suaves perfiles, se alza la vieja fortaleza. La situación, para los que lo tengan, en el mapa a escala 1:50.000 del Insti­tuto Geográfico Nacional, en la hoja 562 co­rrespondiente a Sacedón, es la de latitud entre 40º 28′ y 40º’ 29′ Norte, y de longitud entre 2º 47’  y 2º 48′ Este. Allí está señalada como «torre de Santa Ana» vigilante de una depresión que lleva el nombre de «barranco de Valdelagua».  

Pero se trata, en realidad, de la «torre del Cuadrón» de las viejas crónicas. Y, por lo que yo pude comprobar sobre el terreno, lo que hoy se ve es el resto de un auténtico castillo. Del que apenas media torre del homenaje queda en pie. Pero esta auténticamente reveladora de su importancia y valor.  

Lo que dicen los viejos papeles 

Las Relaciones Topográficas de Auñón (año 1575) dicen lo siguiente, acerca de este edificio: «A los treinta y seis Capítulos dixeron: que en término de esta Villa ay una Torre de Cal y Canto de Sillería, a la cual llaman la Torre del quadron, y tiene un epitafio y letrero, el qual no se ha podido entender por ser letra mui extrangera y peregrina y que vulgarmente dicen: que la hizo el Rey Jaime de Aragon, para desde ella combatir una Ciudad y población que estaba en un cerro mui alto, que se dice el cerro de Campana. La muralla y edificios denotan lo que era la dicha habitacion, que están todos arrobinados, pero mucha parte de la muralla está por partes sana y va así dando noticia y muestra por donde iva la dicha muralla, que es mucha tierra, y que no se entienden aver otros epitafios, ni letreros ni antiguallas más de esto». A este texto, el editor de las Relaciones, el cronista provincial Juan Catalina García le ponía la siguiente nota al pie: «Permanece esta torre más abajo del ensanche que hace la vega del pueblo al acercarse al Tajo. Pero no sé que conserve inscripción alguna…. cuanto a lo tocante al rey D. Jaime de Aragón, no es cierto». Abundando en el tema, Jorge Jiménez describe con exactitud esta «torré de Santa Ana» aunque sin identificarla con «el Cuadrón», y dice que de la inscripción tan traída y llevada sólo se entiende la primera palabra, que es «Garcés».  

Descubriendo el castillo del Cuadrón 

Hacía calor al ascender el montículo sobre el que se eleva la torre. El arroyo que a sus pies discurre, proveniente de los altos cerros que median entre el Tajo y el Arlés, estaba casi seco. Cerca, muy cerca, el Tajo ensanchado todavía por la represa de Bolarque. Cientos de tiendas de campaña rodeadas de coches, niños, señores en chándal, y demás parafernalia a las orillas del gran río. En lo alto, el silencio. La brisa chocando con las esquinas lastimadas. Y contando en un idioma ininteligible una historia imposible.  

Lo que queda del Cuadrón es parte de su gran torre del homenaje. Tenía ésta tres pisos. La entrada, orientada al noreste. De planta aproximadamente cuadrada, de unos diez metros por lado, la planta baja se cubría por bóveda de crucería de la que aún se ven los arranques de los nervios. La planta media era de bóveda encañonada, apuntada, soportada por dos arcos fajones de los que también se ven, los arranques laterales. A esta planta se subía por una escalera que iba por dentro del grueso muro, y de la que aún quedan señales. Esta escalera seguía ascendiendo hasta la tercera planta, una terraza descubierta protegida posiblemente por almenas que ya no existen. La altura total, unos quince metros. Su construcción, de firme sillarejo calizo, con refuerzos de sillar en las esquinas. En el muro de la planta baja, casi al alcance de la mano, un escudo heráldico que aún mantiene su policromía original: un castillo de tres torres, de oro, sobre campo de color rojo. El emblema de la nación castellana.  

Emblema heráldico del Reino de Castilla, en el muro interior de la Torre del Cuadrón de Auñón

Emblema heráldico del Reino de Castilla, en el muro interior de la Torre del Cuadrón de Auñón

Pero hay más. En derredor de esta torre, se ven los restos de su recinto exterior: un gran cuadrilátero de muros de casi un metro de espesor, totalmente derruidos, que en sus esquinas tenía torreones, semicirculares, posiblemente con única función de refuerzo constructivo. Su acceso estaba abierto al noroeste, y en su derredor, un amplio foso que aún se hace evidente a pesar de haberse ido rellenando, a lo largo de los siglos con los materiales del desplome de la muralla. En el interior del espacio castillero, nada de señalar sino es la incierta boca de un pozo junto al costado norte de la torre.  

De forma apresurada, pero muy próxima a la realidad, hice un apunte de esta vieja fortaleza que junto a estas líneas. Y las fotografías que ofrecen el aspecto del Cuadrón (el nombre le viene, sin duda, de la planta cuadrada del edificio) desde norte‑noroeste, con la estructura evidente de su primitiva construcción. El muro del sur, que es el que se ve desde la carretera, está totalmente cerrado, a excepción de una pequeña saetera a la altura de la segunda planta.  

¿Quién y cuando construyó este castillo vi­gilante de un pequeño arroyo y de la vega del Tajo? Los detalles arquitectónicos revelan que sin duda fue alzado a mitad del siglo XV. En una época en la que esta región del medio Tajo se, vio sacudida por una violenta guerra (casi do­méstica) en el seno de la Orden militar de Calatrava, señora del territorio. Don Juan Ramírez de Guzmán, a quien se le conoce en las viejas crónicas con el sobrenombre de «Carne de Ca­bra», se autonombró maestre de Calatrava frente a la auténtica magistratura del infante don Alfonso de Aragón. Conquistó todas las villas y fortalezas de la encomienda de Zorita, y du­rante años luchó contra Auñón, el único encla­ve que permaneció fiel al maestre Alonso de Aragón. Quizás fue éste quien mandó construir esta fortaleza, y de ahí quedó en la memoria popular (como un siglo después se escribía) que fue levantada por el rey Jaime de Aragón, la figura que en las legendarias memorias aparecía como gran rey y guerrero.  

En cuanto a la leyenda tan controvertida, efectivamente existe, y muy al acceso del lector, curioso. Un ancho dintel de piedra, caído del que formaba la puerta de entrada, y hoy empotrado en el suelo, deja en parte ver un letrero escrito en caracteres góticos, y del que, lo confieso que sido incapaz (a pesar de estar largo rato intentándolo, en todas las posturas imaginables) de leerlo, La palabra Garcés que dice Jiménez no la he visto por ninguna parte. Todo un reto para próximos viajeros.  

Una oferta, pues, que a mis lectores recomiendo no desaprovechen. Un castillo nuevo que sumar a ese centenar de viejas fortalezas que hacen grande a nuestra tierra de Guadalajara. Una forma ideal de iniciar un periplo castillero por nuestros caminos sin fin.

La Soldadesca de Hinojosa: Una lucha entre moros y cristianos

 

Pasado mañana, domingo día‑12 de junio, cuando ya el sol caliente sobre los páramos de Molina, porque el cuarenta de mayo es pasado y uno puede ir más o menos tranquilamente sin el sayo encima, celebrará otra vez la villa de Hinojosa su fiesta mayor, que adquiere caracteres de representación en honor de la Virgen de los  Dolores, y que viene a ser la expresión anual de la alegría y la tradición de un pueblo, que no quiere renunciar a sus ancestrales modos de vivir la comunitaria fiesta.

Moros y Cristianos en Hinojosa

La Soldadesca de Hinojosa es una interesante y espléndida fiesta, cargada de ancestralísmos y vistosidad colorista. Está declarada de Interés Turístico Provincial, y recibe por lo tanto una ayuda de la Diputación de Guadalajara, a la que este año se une la colaboración de la Caja Guadalajara, la Ibercaja, la Comunidad del Real Señorío de Molina y la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha. Tiene, además, la celebración de este año un nuevo sentido: el del 200 aniversario de la construcción de la ermita barroca de la Virgen de los Dolores, donde se centra, en buena parte, la acción dramática y carnavalesca de «la Soldadesca».

Así es cómo Hinojosa tendrá pasado mañana la cumplida vivencia de esta fiesta única, de esta celebración de antiquísimo origen que, reformada primero, y rescatada del olvido después, adquiere ahora una fuerza nueva, una vistosidad única y una gracia incomparable que supondrá, sin duda, la afluencia de numerosos visitantes al enclave molinés.

No está lejos Hinojosa, si se toma con ilusión el camino. Se llega hasta Alcolea del Pinar, por la general de Zaragoza. Desde allí, pasado Aguilar, Maranchón y Mazarete, al llegar a Canales del Ducado, se sube siguiendo el trazado del valle del río Mesa hasta Labros, y de allí, unos pocos kilómetros a la derecha, se encuentra Hinojosa, que en día como el próximo domingo ha de bullir por sus cuatro costados. Las casonas nobiliarias de los Malo, de los Moreno, de los Ramírez y tantas otras, brotan con su severidad de balconadas y portones ante el asombro de todos. En la plaza se formará la procesión que sube hasta la iglesia, donde se hace el oficio religioso de la Santa Misa.

La esencia de la fiesta

A las 11:30 de la, mañana comenzará el espectáculo. La «Soldadesca» de Hinojosa consiste en una escenificación de la leyenda de un milagro. Los cristianos, a caballo y revestidos de sus mejores galas, llevan en procesión a la Virgen de los Dolores. De pronto, surgen de un ángulo de la plaza una caterva de moros que les atacan y les roban la imagen de la Virgen. Los cristianos les persiguen y finalmente entablan batalla campal con ellos. Es feroz, con espadas y lanzas, a muerte. Finalmente, porque   así lo quiere la tradición, y cuando está la situación muy comprometida, un milagro evidente paraliza a los moros, quienes se ven desposeídos de su fuerza: los cristianos vencen, recuperan su ima­gen virginal, y todos reconocen un milagro del Cielo,’por lo que también los árabes, sorpren­didos, se declaran partidarios de la virgen, se convierten y aquello acaba en amistosa concu­rrencia de razas y vestimentas.

La representación de la «Soldadesca» de Hinojosa se realiza con participantes revesti­dos de lujosos trajes de época, cabalgando en caballos y con un verismo en la representación muy notable. Sus papeles son recitados en lo que constituye todo un «auto sacramental» del mejor estilo, con letra del siglo XVIII, aunque el esquema de la representación es probable­mente más antiguo, dentro de una tradición de «luchas de moros y cristianos» que tuvo y cada día tiene más auge en la parte oriental de la península, especialmente en las sierras ibéri­cas y mediterráneas.

Este tipo de fiestas tiene su origen inme­diato en la rememoración de algo que supuso lugar común de muchos pueblos y gentes de Castilla y Aragón durante largos siglos: las luchas de la Reconquista entre cristianos y moros, los dos pueblos (que en realidad eran uno solo) que poblaron la Península Ibérica a lo largo de ocho siglos. Se continuaron cele­brando simulacros que trataban de recordar a las generaciones que no las habían conocido, las peleas entre unos y otros, siempre tiñéndolas de maravilla que terminaba en milagro y, por supuesto, en victoria de los cristianos, de los intérpretes.

Pero la médula de la fiesta radica en algo más hondo. No hace mucho, el etnógrafo López de los Mozos le dedicó un interesante y pro­fundo estudio que ha contribuido a aclarar la esencia de esta manifestación de gozo y de espíritu devocional mezclada a la tradición lúdica de las gentes ibéricas. Esa médula está en la perenne lucha del Bien y el Mal, de las dos fuerzas que rigen el mundo y la vida huma­na, y que vienen en su esencia de mucho más antiguo. No podemos decir de cuándo, ni en qué manera tenía forma esa representación. Sí sabemos, porque aún en la fiesta de La Loa de la Hoz de Molina se celebra, que había danzas guerreras con espadas y escudos, lo cual pue­de significar un tipo de danza o fiesta de tipo propiciatorio, antes de la batalla, para conse­guir desde un punto de vista mágico la fuerza necesaria con que, vencer al enemigo. En Hinojosa existieron esas danzas también, y la «Soldadesca» actual adquiere ese valor de rito propiciatorio, de auto sacramental, de vistosa representación casi teatral que en este próxi­mo domingo servirá, de una parte, ‑para que todos los hijos del pueblo se junten y pasen el día de la fiesta en la alegría que corresponde. Y, por otra, para que la provincia entera tenga la oportunidad de contemplar esta fiesta que, gracias a la ayuda hacia el folclore y las tradi­ciones que presta la Excma. Diputación Provin­cial, ha vuelto a recuperarse, y a estar en la palestra del costumbrismo vivo y latiente.

Andar por Brihuega

 

La villa alcarreña de Brihuega fue siempre, en los pasados siglos, patrimonio de los obispos de Toledo. Cedida por Alfonso VI al primero de ellos, tras la reconquista de 1085, siempre fue querida y cuidada por estos mandatarios eclesiásticos. En lo alto de su «peña roja» colocaron el castillo, y entre las estrechas y empinadas calles pusieron múltiples templos, de los que sabemos que al menos cinco fueron románicos (Santa María, San Miguel, San Felipe, San Juan y San Pedro). Del último solamente quedan hoy mínimas huellas; del penúltimo, el recuerdo, pues se hundió a comienzos de este siglo. Los tres primeros se mantienen en pie, bien restaurados, dispuestos a la admiración del viajero.

Santa Maria de la Peña

En el llamado Prado de Santa María, al extremo sur de la población, puede admirarse la iglesia parroquial de Santa María de la Peña, uno de los cinco templos cristianos que tuvo Brihuega y que fue construido, en la primera mitad del siglo XIH, a instancias del arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada.

Su puerta principal está orientada al norte, cobijada por atrio porticado. Es lo primero que ve el viajero, y por ahí recibe toda su admiración inicial, su preparación al asombro. Se trata de un gran portón abocinado, con varios arcos apuntados en degra­dación, exornados por puntas de diamante y esbozos vegetales, apoyados en columnillas adosadas, que rematan en capiteles ornados con hojas de acanto y alguna escena mariana, como es una ruda Anunciación. El tímpano se forma con dos arcos también apuntados que cargan sobre un parteluz imaginario y entre ellos un rosetón en el que se inscriben cuatro­ círculos. La puerta occidental, a los pies del templo, fue restaurada en el siglo XVI por el cardenal Tavera, cuyo escudo la remata.

El interior es de gran belleza y puro sabor medieval. Durante el rato que dure la visita (que recomiendo hacerla en domingo, y por la mañana, que es cuando permanece abierto el templo con más seguridad), el viajero’ se adentrará sin dificultad en un ámbito medieval, luminoso y de drástica serenidad a un tiempo. En él llaman la atención sus muros, de piedra descubierta en sus tres naves, que comportan una tenue luminosidad grisácea de deslumbrante poder evocativo. El tramo central es más alto que los laterales, estando separados unos de otros por robustas pilastras que se coronan con varios conjuntos de capiteles en los que sorprenden sus motivos iconográficos, plenos de escenas medievales, religiosas y mitológicas. Las techumbres se adornan con nervaturas góticas. Sobre la entrada a la primera capilla lateral de la nave del Evangelio, una gran ventana gótica se muestra. En el siglo XVI, el cardenal Tavera modificó el templo colocando a sus pies un coro alto, que se sostiene sobre valiente arco escarzano, en el que medallones, escudo y balaustrada pregonan lo radicalmente distinto del arte plateresco con respecto al románico. Sobre el muro de este coro aparece una interesante pintura medieval que merece ser conservada y, por supuesto, admirada por los viajeros. La cabecera del templo está formada por un, ábside de planta semicircular, que al exterior se adorna con unos contrafuertes adosados, y esbeltas ventanas cuyos arcos se cargan con decoración de puntas de diamante.

San Felipe

La iglesia de San Felipe es, sin duda, la más bella de Brihuega. Construida en la misma rosetones, el central calado con semicírculos formando una estrella. Al sur existe otra puerta, más sencilla, pero también de estilo tradicional. El interior ofrece un aspecto de autenticidad y galanura medieval como es muy difícil encontrar en otros sitios. Se estructura en tres naves esbeltas, la central más alta que las laterales, que se separan por pilares con decoración vegetal y se recubren con artesonado de madera. Al fondo, el presbiterio, con su tramo recto inicial, y la capilla absidial, semicircular, de muros lisos, cinco ventanales aspillerados y cúpula de cuarto de esfera, completa el conjunto que sorprende por su aspecto románico de transición, netamente medieval. La torre del templo no está totalmente unida a él, sino que se aprovechó uno de los torreones de la cercana muralla, poniéndole en lo alto unas campanas.

San Miguel

Está situada esta iglesia en la parte baja de la villa, camino ya de Cifuentes, y ha sido recientemente restaurada con unos criterios de modernidad. Así, y a pesar de que siempre está cerrada, puede verse su grandiosa portada abierta al muro de poniente, en limpio estilo románico de transición, con sencillos capiteles y múltiples arquivoltas apuntadas, y otra puerta sobre el muro meridional, del mismo estilo pero más sencilla. A levante se alza el  ábside poligonal de traza mudéjar, construido de ladrillo descubierto, con múltiples contrafuertes adosados y sin ventanas. El interior, en el que prácticamente han quedado tan sólo los muros y los pilares que separaban las tres naves, muestra completa la cabecera, a la que se accede a través de un arco triunfal apuntado que apoya en columnas y pilastras con capiteles de decoración vegetal, y se cubre en su parte absidal mediante una hermosa bóveda nervada de ladrillo, en forma de estrella de seis puntas, lo mismo que el tramo recto del presbiterio. El estilo que inspiró este templo estaba netamente en conexión con el más puro mudéjar toledano, al que recuerdan las escasas estructuras que aquí quedan. La torre de las campanas está adosada al lado norte del templo.