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La Alcarria de Burgos

 

El próximo martes día 3 de mayo, a las 8 de la tarde, y en la Sala grande de exposiciones de la Caja de Guadalajara, en su sede principal de la calle Benito Chavarri, inaugurará exposición de óleos el alcarreño Antonio Burgos, quien des­pués de más de cinco años sin ofrecernos mues­tra de su obra, lanza un numeroso g rito de color y formas sobre los muros cálidos de esta prestigiosa Sala. Cita importante para la cultura de Guadalajara, cita con la pintura renovada de este maestro que asienta con su obra en la página central de la historia del arte en nuestra tierra.

La Alcarria sólo existe, como todos saben, en Guadalajara, en Cuenca y en Madrid. No existe otra en el mundo. No la hay tan bella y tan profunda, tan dulce a la vez y tan descarnada. No hay Alcarria en la tierra de Burgos. Lo que hace el título de este artículo es relacionar nuestra tierra con quien la mira con mejores ojos y la acaricia con más seguras manos: la Alcarria que ve Antonio Burgos Fraile es, quizás, la más cierta, y así nos la presenta: firme y nítida, retratada y bella en todos sus momentos.

El horizonte nevado

No suele nevar en la Alcarria. El planeta se va calentando, entre todos lo estamos consiguiendo (a saber, si para bien o para mal…)  y ya en la Alcarria no nieva tanto como antes. Nuestros padres y abuelos contaban de aquellas nevadas del invierno de antes: el medio metro de polvo helado por las calles, el blanquear de meses en los cerros y montañas de la tierra alcarreña, los fríos que helaban aceras y cañerías. Todo eso ha pasado a la historia. Así es que cuando, como este pasado invierno, un día caen cuatro copos y visten a la Alcarria de un blanco tenue, el paisaje adquiere un melancólico aspecto que el pintor no se resiste a retratarlo. En la exposición de Burgos se ven algunos paisajes nevados de la Alcarria que erizan los pelos de la espalda (a quien los tenga) y dan una inédita belleza a nuestras reconocidas planicies en las que los olivos, las carrascas y los mínimos navazos ponen el contrapunto de oscuridad que requiere la belleza.

El río Henares

El agua es sin duda uno de los elementos que mayor dificultad encierra a la hora de ser dibujado. Técnicamente, el mineral líquido que es el agua, cambia de forma y de color en cada instante. Y cuando va, como el río Henares que surca con su hilo azul o gris la tierra de Campiñas y Alcarrias, prieto entre las tierras, las alamedas y los cortados que le escoltan, se hace más vivo y más móvil. Antonio Burgos ha puesto todo su empeño en retratar al río Henares. Especialmente cuando, en las cercanías de Guadalajara, se ve escoltado por esos murallones de tierra rojiza que conocemos con el nombre de «terreras del Henares». Una belleza dormida, alejada del diario bullir, nos espera muy cerca. Junto al puente, o abajo pasado el Mesón de Hernando, siempre en la margen izquierda del fluir de las aguas: por las terreras de Cervantes, frente al Espinar de Cela, o por Casasola en Chiloeches, en la Barca de Alovera, en el Val de Alcalá… rojas y rugosas, atenazando el agua del río que da vida a la historia de Guadalajara, ahora vivas y mágicas en el pincel de Antonio Burgos.

Las sierras, los castillos, el Ocejón azul

Tiene muchas novedades esta exposición de Burgos. Tantas, que podría calificarse de histórica. En aspectos inéditos de nuestro paisaje, en técnicas y apariencias, en materiales que escoltan o sirven de basamento a la pintura. En este último caso, Burgos ha utilizado una vieja puerta para, en sus cuarterones de duro y brillante roble, pintar los paisajes mínimos, pero ciertos y vehementes, de Guadalajara. En ellos están las azules somosierras de Tamajón y Bustares; el Ocejón altivo de MajaeIrayo, visto siempre desde la Campiña como un héroe solitario; los castillos que vigilan los valles que rasgan esas sierras en bebedizas dulzuras, y así Jadraque, o Atienza, o el simple trigo ondulado sobre las parameras. No se cansa uno de mirar tanto color cierto, tanta emoción de camino reducida a la expresión de un cuadro.

Molina de Aragón

Quizás el más hermoso, el más llamativo de los cuadros de esta próxima exposición de Burgos sea el retrato del alcázar de Molina. Una composición que, siendo cierta en sus perfiles, retratando al detalle casas, ventanas, tejados y fortaleza, confiere al lugar una grandiosidad única, nueva, aterradora. El cielo tiene la fuerza que le puso Zuloaga, y la tierra de Castilla pega un grito tan fuerte que borra incluso las palabras de Azorín y los versos de Machado: nunca vi tal fuerza, tanta altura, en las cosas de nuestra tierra. Esta sorpresa se la debo a Burgos, que se hace artista a base de ofrecer la realidad con perfiles de leyenda.

Palomas y olivos sobre las rejas

De un momento concreto de su vida, Antonio Burgos saca pasión de retratar a la Naturaleza en sus criaturas más sencillas. Las palomas pueden ser, las ramas de olivos. Son ofertas de apuntes que con el óleo adquieren rasgos de obra definitiva. La mínima sombra del ala, el brillo único del ojo, la suavidad charolada de la hoja, todo ello forma parte también del paisaje alcarreño. Quizás sean esas palomas retratadas en un instante sobre la ventana y el muro desportillado de un suburbio lo que da mejor idea de lo que es la fugacidad del tiempo. Lo vivo que se capta y permanece ya fijo sobre el lienzo, es salvación y es aplauso. De cualquier forma, son estos fragmentos de la vida lo que confiere a la exposición de Burgos un nuevo valor,

También retratos, personas y sentimientos

Aunque es difícil poner sobre el lienzo, a base de lanzarle coloreados aceites, un sentimiento, Burgos lo consigue con sus retratos. Son, en cualquier caso, anónimas expresiones, pero siempre con un nombre y unos apellidos detrás. La duda y la sorpresa, la resignación y el dolor, se esconden más allá de las superficies carnosas, más a lo hondo de las palabras y los latidos. De todos modos, y aunque recomiendo vivamente la visita a la exposición de Burgos, y la posibilidad que ella brinda a muchos de poder hacerse con uno de sus cuadros para dar cierta razón de la Alcarria en sus hogares, no acaba aquí el discurso del artista: Burgos tiene (nunca lo ha expresado sobre el papel) una firme filosofía de la vida y de la tierra en que vive. Su oferta la hace en color, con el óleo, sobre las maderas y los lienzos. Vamos a correr a verla, porque es única.

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