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Un viaje a Ruguilla

 

En estas frescas jornadas de la ya naciente primavera es casi obligado el viaje a nuestros pueblos, a los entornos frescos que forman los arroyos y apuntadas umbrías por los parajes recónditos de la Alcarria. Uno de los pueblos que se rodean de más hermoso paisaje en nues­tra tierra es, sin duda, el de Ruguilla. Hasta allí llegamos el pasado verano, en una jornada de calor justo y diáfanos horizontes, y en esta semana propongo a mis lectores que se animen a acercarse allí de nuevo, con este bagaje de noticias que pueden ser de utilidad para ellos.

Asienta este típico pueblo alcarreño en la falda de un cerro coronado por peñasco de piedra tobiza, sobre el que se alza la característica ermita de Santa Bárbara. Sus calles son cuestudas e irregu­lares. Por el noroeste, levante y sur, el pueblo se rodea de rocosas eminencias a las que allí denominan las covachas, las cuevas y la muela en las que aparecen numerosas cavernas o perforaciones, muchas de ellas artificiales. Entre unas y otras alturas, bajan por estrechos y profundos barranquillos las aguas de pequeños arroyos que, reuni­dos y encaminados hacia Sotoca, darán finalmente en el rio Tajo por su margen derecha.

Aparte la curiosa e inolvidable disposición del caserío de Ruguilla, su término abunda en deliciosos paisajes cubiertos de espesas bosquedas y roquedales: así el valle de trasmuela, o la callejuela cercana al pueblo; o el peñascoso barranco de las Carcamas, entre cuyas rocas de variada silueta crecen mas de mil quinientas variedades de plantas silvestres que dan oportunidad a las abejas de formar la miel mas exquisita de toda la Alcarria. Lugares amenos para la excursion o periodos de descanso.

El nombre del pueblo deriva de las varias rocas de sus contornos, y quizas mas concretamente de la roca o roquilla en que asienta. En sus cercanías se descubrieron muy concretas muestras de culturas prehistóricas: así, en el cerro de las Covachas hay restos de calles y un dolmen; sobre el cerro de la Muela se encuentra cerámica que atestigua la existencia de anti­guo poblado, quizas celtibérico; en la falda del cerro de las Covachas, restos de necropolis de la misma época tardo‑romana o hispano‑romana. Tras la reconquista a los árabes de la zona, realizada a finales del siglo XI, quedó este lugar incluído en el Común de Villa y Tierra de Atienza, que hasta la margen derecha del Tajo extendió sus límites.

Se rigió por el Fuero de dicha villa realenga. En su término gozaron de grandes y productivas propiedades los monjes del cercamo monasterio cisterciense de Ovila, situado en la margen derecha del río. En 1479 aparece incorporada al señorío de los condes de Cifuentes, la familia Silva, y a la jurisdicción ordinaria de dicha villa. Aun dentro del señorío de Silva y Mendoza, en el que llegó hasta el siglo XIX, hacia 1750 consiguió el privilegio de villazgo y ser villa eximida de la jurisdicción cifontina. Padeció grave destrucción en la Guerra de Sucesión, por ser su señor partidario del archiduque Carlos; y lo mismo ocurrió en la guerra de la Independencia, asolada por los fran­ceses. Hoy se mantiene con un ritmo de vida y economía un tanto precarios, aunque muchos de sus naturales, emigrados a las gran­des ciudades, regresan al pueblo en los periodos de vacación y descanso, dándole una animación inusitada sobre todo en las épocas de vacación, como la Semana Santa que se aproxima, y en el verano.

El viajero deberá admirar en Ruguilla la iglesia parro­quial dedicada a Santa Catalina. Es una bonita e interesante obra arquitectónica del siglo XVI, con una sola nave e inmenso cruce­ro, que remata en cúpula y linterna. La nave se cubre de bóveda de medio cañón. Tras la desamortización, fueron traídos a este templo muchos altares, cuadros, estatuas y joyas del culto del monasterio cisterciense de Ovila, pero en la Guerra Civil de 1936‑39 las milicias republicanas destruyeron todo lo que conte­nía el templo. Sólo queda en él de antiguo la pila bautismal de aire románico, con bonitas tallas geométricas en su taza.

En la parte más baja del pueblo, a su salida, aparece la ermita de la Soledad, con puerta de entrada de doble arco. Sobre la rojiza roca que culmina el pueblo, destaca la sencilla ermita de Santa Bárbara, con un atrio delantero, hoy absolutamente vacia.

Este pasado verano, en visita rápida pero inolvidable a Ruguilla, pude todavía descubrir un elemento de su patrimonio que no conocía, y que bien merece ser destacado en el conjunto de sus edificios de interés. Está en la parte baja de la villa. y se trata de la picota, elemento singular que recuerda el poder de administrar justicia que en la villa tenían los condes de Cifuentes. Se constituye por unas gradas de planta cuadrada, y sobre ellas la columna cilíndrica que remata en curiosísimo capitel en cuyas esquinas hay una suma de rostros humanos, de cada uno de los cuales cuelga una argolla de hierro. De ahí se eleva un bloque de piedras en decrecida que rematan a su vez con la cruz y un cuchillo, en hierro. Todo un ejemplo de simbolismo jurisidccional.

Muy numerosas son las fiestas y costumbres que añaden interés a Ruguilla. Se celebra la fiesta de Santa Catalina, patrona del pueblo, el 28 de noviembre; antiguamente se celebra­ban en esta ocasión corridas de toros, y al finalizar el espectá­culo, con el astado muerto, se guisaba en la plaza, y todos los asistentes a la fiesta comían de él. Mucho se celebraban los ritos de iniciación de los mayos, con rondas y canciones alusivas de los jóvenes hacia las mozas. El día de la Cruz, el 3 de mayo, se subía a la ermita de Santa Bárbara, y desde allí se bendecían los campos.

En la festividad de Santa Agueda tenían su día señalado los mozos, que en esa jornada ejercían la autoridad municipal, y corrían por las calles un viejo macho cabrío al que se azuzaba para asustar a las mozas, comiéndoselo luego entre todos a la puerta de cualquiera de las muchas bodegas de las inmediaciones; ese mismo día se formaba una especie de tribunal por los jóvenes que dirimía las cuestiones suscitadas entre ellos durante el año.

También era muy celebrada la festividad del Corpus Christie, en la que se sacaba el Sacramento por las calles con altares en las encrucijadas y muchedumbres de florecillas monta­races cubriendo el suelo, o arrojadas desde ventanas y balcones; la flor del cantueso, utilizada para tapizar el suelo de la iglesia, era por eso llamada «la flor del Señor». Muy típica era también la fiesta celebrada la noche y víspera del 14 de noviem­bre, festividad del Cristo: esa noche se reunía todo el vecinda­rio en la plaza y se encendía una gran hoguera: se disparaban cohetes, se departía amigablemente, y el Concejo repartía caña­mones y vino en taza para todos.

Es curioso saber también que en Ruguilla nacieron grandes pensadores, literatos e historiadores. Incluso alguno, como Layna Serrano, aunque no nació físicamente en el lugar, residió en él largas temporadas, hasta poder decirse que en él fraguó su personalidad, y cristalizó en sus perfiles el alcarreñismo más puro. Entre los ilustres personajes nacidos en Ruguilla, son a destacar don Manuel Serrano Sanz (1866‑1932), archivero de la Biblioteca Nacional, catedratico de Historia en la Universidad de Zaragoza, y cronista provincial de Guadalajara, gran experto en bibliografía, arte medieval y en Historia de América, dejó escri­tos inmensos acopios de libros y artículos sobre estos temas, así como varios otros en torno a la provincia de Guadalajara. También don Juan Francisco Yela Utrilla, profesor de latín en varios Institutos de España, dejó escritos numerosos libros y artículos, entre los que destacan sus grandes obras, Gramática latina y España en la Independencia de los Estados Unidos de America. De este personaje se cumplió el pasado año el centenario de su nacimiento.

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