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Pastran y la Princesa de Éboli

 

El año 92 nos trajo, entre muchas y renombradas conmemoraciones, la evocación de un personaje alcarreño por demás singular y curioso: a doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la Princesa de Éboli, de quien se cumplió en ese momento el cuarto centenario de su muerte. El Ayuntamiento de Pastrana, junto a la Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana» y la Caja de Ahorros de Guadalajara, se volcaron en la celebración de la efemérides, y surgieron así exposiciones, conferencias, conciertos, recitales y hasta proyecciones cinematográficas, todo ello bien distribuido en una anualidad que sirvió, de eso no hay duda, para rescatar ante el mundo de hoy la atormentada vida de doña Ana.

¿Quién era doña Ana de Mendoza?

Una biografía corta, pero movida, cuajada de amores, de proyectos, de sufrimientos y del asombro de ver el más bajo de los odios en quienes te rodean. Después de una vida plena de emociones, de amores intensos, de multitud de partos, de viajes e intrigas, el rencor del Rey Felipe II encerró a esta bella mujer entre las cuatro paredes de su propia casona, situada en la plaza mayor de Pastrana (que hoy ha recogido el tradicional nombre de «Plaza de la Hora» en recuerdo de la que la princesa pasó, cada día, asomada a su ventana más alta) y allí murió, triste y abatida, acompañada exclusivamente de su hija Anichu y algunos carceleros.

De doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que era su nombre completo y real, se ha escrito muchísimo. Todos han querido expresar su admiración por esta figura tan singular de nuestra historia, que, sin intervenir directamente en ninguna acción del agitado siglo XVI español, y con la sutileza y silencio propio de las mujeres, tuvo mucho que ver en los rumbos de la alta política. Gregorio Marañón, al escribir su Antonio Pérez hizo un análisis magistral de doña Ana. Muro escribió una biografía muy completa aunque falta de análisis psicológico, de esta figura. Y la irlandesa Kate O’Brien finalmente ha realizado un, análisis, novelado, en su libro «Esa Dama», que no sólo entretiene, sino que emociona, pues con toda la profundidad que el análisis de un personaje histórico requiere, pero también con la elegancia y el ritmo de una gran escritora, ha sabido darle la verdadera dimensión a esta mujer que figura, por derecho propio, en las páginas más principales de la historia de Pastrana y de la Alcarria toda.

Perteneciente a la linajuda fami­lia de los Mendoza de Guadalajara, doña Ana de Mendoza y de la Cerda nació en Cifuentes el año 1540. Era su padre don Diego de Mendoza, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, descendiente directo del segundo de los hijos del gran Cardenal Mendoza. Educada en un ambiente de piedad cerrada por su madre, doña Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes, fue casada muy joven, a los doce años, con Ruy Gómez de Silva, personaje de origen portugués que alcanzó enseguida el grado de secretario real con Felipe II.

Por adquisición del señorío de Pastrana y su tierra, en 1569, fue distinguida, junto a su marido, con el título de duquesa de Pastrana, lo que la introducía en el estrecho círculo de la grandeza de España. También tuvo (y por él es más conocida) el título de princesa de Éboli, que lo usó en calidad de consorte, pues era don Ruy quien lo había recibido. La ciudad de Éboli se encuentra en el sur de Italia.

Doña Ana de Mendoza consumó su matrimonio con Ruy Gómez en 1559, teniendo 10 hijos de su marido. De entre ellos, destaca el primogénito don Rodrigo, pendenciero y buen soldado en Flandes y Portugal. Otro fue don Pedro González de Mendoza, que hizo la carrera eclesiástica, escalando notables puestos. Su hija más querida, doña Ana, ingresaría monja carmelita en el convento de esta Orden en Pastrana, que fundaron sus padres junto a Santa Teresa.

La princesa de Éboli, junto a su marido, protegió notablemente la Reforma carmelitana que estaba llevando a cabo la madre Teresa de Jesús. Hasta tal punto, que la facilitaron terrenos y ayudas para fundar y levantar en Pastrana dos conventos, uno de monjas (la Concepción) y otro de frailes (San Pedro), trayendo a la famosa monja abulense a participar en la ceremonia de la fundaci0n.

Esto ocurría en 1569, y poco después, al morir don Ruy en 1573, doña Ana decidía meterse monja en la Concepción, provocando desde entonces tales problemas y escándalos que la madre Teresa decidió sacar a sus monjas de aquel escenario y abandonar la población.

Aunque ha sido muy modificada por la leyenda, tuvo la vida de doña Ana un denso, y triste, destino aventurero. Su arrebatadora belleza (a pesar de llevar el ojo derecho cubierto por un parche según dice la leyenda) y su indudable encanto, consiguieron enamorar tanto al secretario real Antonio Pérez como al mismísimo rey Felipe II. Mezclada en las intrigas que llevaron a enemistar mortalmente a estos dos hombres, o quizás por su negativa a cumplir cualquier deseo del rey, el caso es que fue perseguida y encarcelada por la justicia real: primero en Santorcaz, luego en Pinto, y finalmente en Pastrana, donde vivió sus últimos años encerrada en unas habitaciones de la torre oriental de su palacio, y muriendo allá en 1592, a los 52 años de edad. Esta triste circunstancia fue la que dio pie a la celebración que referimos.

El libro sobre Pastrana y la Éboli

Viene este recuerdo de la ilustre tuerta a cuento de haber sido editado, y con gran elegancia y pulcritud, por parte de las tres instituciones referidas, un hermoso libro en el que se recogen los trabajos escritos por diversos historiadores con motivo de aquel centenario. Con ello se vuelve a revitalizar a la Princesa, y su época (la de Felipe II, Antonio Pérez y Escobedo) se hace más vívida, palpitante y atractiva. En ese libro, de 150 páginas, en cuya portada aparece en atrevido recorte la faz dulce y melancólica de la princesa alcarreña, firman los más ilustres nombres de la historiografía del siglo XVI. En sus documentos y apreciaciones, complementados unos con otros, está la esencia toda de esta mujer singular. Para orientación del lector, aquí van nombres y temas que pueden ser saboreados con el libro de marras en las manos: el catedrático de Alcalá, Alfredo Alvar Ezquerra, nos habla bajo del título «De una delicada relación personal a una cuestión de Estado» de la peripecia política de Ana de Mendoza en el turbulento mundo del Madrid felipista. El profesor y académico Eloy Benito Ruano, en su trabajo sobre «La Princesa de Éboli: persona, personaje y personalidad» nos expone con claridad y elegancia la vida y la humanidad de esta mujer. El también catedrático de Historia Moderna José Cepeda Adán nos hace un retrato vivo y fascinante de la época con su artículo sobre «El Madrid de Felipe II». El eximio profesor andaluz, ya jubilado pero admirado en el mundo entero por sus estudios sobre los modernos siglos, Antonio Domínguez Ortiz, nos deleita en este libro con un trabajo meticuloso y revelador titulado «Pastrana en la coyuntura histórica del reinado de Felipe II», en el que la villa (aspiraba entonces a ser ciudad, y capitalina) de Pastrana creció al impulso personal de los duques don Ruy Gómez y doña Ana de Mendoza, cuajados sus barrios de moriscos primero, y luego de italianos y portugueses. El profesor de la Universidad de Cleveland, José Labrador Herraiz, nos da un breve y poético toque en torno a un detalle de la vida de la princesa, en su trabajo «Estancia de Marco Antonio de Vega a la Princesa de Éboli», que es un fino alarde de erudición y una filigrana de datos. El también profesor de la Universidad Cornell de lthaca, en el estado de Nueva York, Ciriaco Morón Arroyo, nos ofrece todavía un trabajo que bajo el título de «La Princesa de Éboli en la literatura» viene a darnos una visión panorámica de lo que esta mujer fue capaz, en siglos posteriores a su vida, de alimentar la imaginación y la creatividad de los hombres. Finalmente, en medio de este parnaso de nombres y temas, un artículo de quien esto escribe, sin duda el peor, que trata de «El palacio ducal de Pastrana» como emblema artístico de la villa y expresión de la vida y los gustos de doña Ana.

En resumen, una obra que auspiciada por las tres instituciones referidas, y con el patrocinio económico de la Caja de Guadalajara, viene a poner el broche de oro a aquel centenario tan alcarreñista, tan cordial y bien llevado que nos ofreció la posibilidad de rememorar a esta mujer tan sin par, a doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la princesa de Éboli.

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