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febrero, 1994:

Pastran y la Princesa de Éboli

 

El año 92 nos trajo, entre muchas y renombradas conmemoraciones, la evocación de un personaje alcarreño por demás singular y curioso: a doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la Princesa de Éboli, de quien se cumplió en ese momento el cuarto centenario de su muerte. El Ayuntamiento de Pastrana, junto a la Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana» y la Caja de Ahorros de Guadalajara, se volcaron en la celebración de la efemérides, y surgieron así exposiciones, conferencias, conciertos, recitales y hasta proyecciones cinematográficas, todo ello bien distribuido en una anualidad que sirvió, de eso no hay duda, para rescatar ante el mundo de hoy la atormentada vida de doña Ana.

¿Quién era doña Ana de Mendoza?

Una biografía corta, pero movida, cuajada de amores, de proyectos, de sufrimientos y del asombro de ver el más bajo de los odios en quienes te rodean. Después de una vida plena de emociones, de amores intensos, de multitud de partos, de viajes e intrigas, el rencor del Rey Felipe II encerró a esta bella mujer entre las cuatro paredes de su propia casona, situada en la plaza mayor de Pastrana (que hoy ha recogido el tradicional nombre de «Plaza de la Hora» en recuerdo de la que la princesa pasó, cada día, asomada a su ventana más alta) y allí murió, triste y abatida, acompañada exclusivamente de su hija Anichu y algunos carceleros.

De doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que era su nombre completo y real, se ha escrito muchísimo. Todos han querido expresar su admiración por esta figura tan singular de nuestra historia, que, sin intervenir directamente en ninguna acción del agitado siglo XVI español, y con la sutileza y silencio propio de las mujeres, tuvo mucho que ver en los rumbos de la alta política. Gregorio Marañón, al escribir su Antonio Pérez hizo un análisis magistral de doña Ana. Muro escribió una biografía muy completa aunque falta de análisis psicológico, de esta figura. Y la irlandesa Kate O’Brien finalmente ha realizado un, análisis, novelado, en su libro «Esa Dama», que no sólo entretiene, sino que emociona, pues con toda la profundidad que el análisis de un personaje histórico requiere, pero también con la elegancia y el ritmo de una gran escritora, ha sabido darle la verdadera dimensión a esta mujer que figura, por derecho propio, en las páginas más principales de la historia de Pastrana y de la Alcarria toda.

Perteneciente a la linajuda fami­lia de los Mendoza de Guadalajara, doña Ana de Mendoza y de la Cerda nació en Cifuentes el año 1540. Era su padre don Diego de Mendoza, príncipe de Mélito y duque de Francavilla, descendiente directo del segundo de los hijos del gran Cardenal Mendoza. Educada en un ambiente de piedad cerrada por su madre, doña Catalina de Silva, hermana del conde de Cifuentes, fue casada muy joven, a los doce años, con Ruy Gómez de Silva, personaje de origen portugués que alcanzó enseguida el grado de secretario real con Felipe II.

Por adquisición del señorío de Pastrana y su tierra, en 1569, fue distinguida, junto a su marido, con el título de duquesa de Pastrana, lo que la introducía en el estrecho círculo de la grandeza de España. También tuvo (y por él es más conocida) el título de princesa de Éboli, que lo usó en calidad de consorte, pues era don Ruy quien lo había recibido. La ciudad de Éboli se encuentra en el sur de Italia.

Doña Ana de Mendoza consumó su matrimonio con Ruy Gómez en 1559, teniendo 10 hijos de su marido. De entre ellos, destaca el primogénito don Rodrigo, pendenciero y buen soldado en Flandes y Portugal. Otro fue don Pedro González de Mendoza, que hizo la carrera eclesiástica, escalando notables puestos. Su hija más querida, doña Ana, ingresaría monja carmelita en el convento de esta Orden en Pastrana, que fundaron sus padres junto a Santa Teresa.

La princesa de Éboli, junto a su marido, protegió notablemente la Reforma carmelitana que estaba llevando a cabo la madre Teresa de Jesús. Hasta tal punto, que la facilitaron terrenos y ayudas para fundar y levantar en Pastrana dos conventos, uno de monjas (la Concepción) y otro de frailes (San Pedro), trayendo a la famosa monja abulense a participar en la ceremonia de la fundaci0n.

Esto ocurría en 1569, y poco después, al morir don Ruy en 1573, doña Ana decidía meterse monja en la Concepción, provocando desde entonces tales problemas y escándalos que la madre Teresa decidió sacar a sus monjas de aquel escenario y abandonar la población.

Aunque ha sido muy modificada por la leyenda, tuvo la vida de doña Ana un denso, y triste, destino aventurero. Su arrebatadora belleza (a pesar de llevar el ojo derecho cubierto por un parche según dice la leyenda) y su indudable encanto, consiguieron enamorar tanto al secretario real Antonio Pérez como al mismísimo rey Felipe II. Mezclada en las intrigas que llevaron a enemistar mortalmente a estos dos hombres, o quizás por su negativa a cumplir cualquier deseo del rey, el caso es que fue perseguida y encarcelada por la justicia real: primero en Santorcaz, luego en Pinto, y finalmente en Pastrana, donde vivió sus últimos años encerrada en unas habitaciones de la torre oriental de su palacio, y muriendo allá en 1592, a los 52 años de edad. Esta triste circunstancia fue la que dio pie a la celebración que referimos.

El libro sobre Pastrana y la Éboli

Viene este recuerdo de la ilustre tuerta a cuento de haber sido editado, y con gran elegancia y pulcritud, por parte de las tres instituciones referidas, un hermoso libro en el que se recogen los trabajos escritos por diversos historiadores con motivo de aquel centenario. Con ello se vuelve a revitalizar a la Princesa, y su época (la de Felipe II, Antonio Pérez y Escobedo) se hace más vívida, palpitante y atractiva. En ese libro, de 150 páginas, en cuya portada aparece en atrevido recorte la faz dulce y melancólica de la princesa alcarreña, firman los más ilustres nombres de la historiografía del siglo XVI. En sus documentos y apreciaciones, complementados unos con otros, está la esencia toda de esta mujer singular. Para orientación del lector, aquí van nombres y temas que pueden ser saboreados con el libro de marras en las manos: el catedrático de Alcalá, Alfredo Alvar Ezquerra, nos habla bajo del título «De una delicada relación personal a una cuestión de Estado» de la peripecia política de Ana de Mendoza en el turbulento mundo del Madrid felipista. El profesor y académico Eloy Benito Ruano, en su trabajo sobre «La Princesa de Éboli: persona, personaje y personalidad» nos expone con claridad y elegancia la vida y la humanidad de esta mujer. El también catedrático de Historia Moderna José Cepeda Adán nos hace un retrato vivo y fascinante de la época con su artículo sobre «El Madrid de Felipe II». El eximio profesor andaluz, ya jubilado pero admirado en el mundo entero por sus estudios sobre los modernos siglos, Antonio Domínguez Ortiz, nos deleita en este libro con un trabajo meticuloso y revelador titulado «Pastrana en la coyuntura histórica del reinado de Felipe II», en el que la villa (aspiraba entonces a ser ciudad, y capitalina) de Pastrana creció al impulso personal de los duques don Ruy Gómez y doña Ana de Mendoza, cuajados sus barrios de moriscos primero, y luego de italianos y portugueses. El profesor de la Universidad de Cleveland, José Labrador Herraiz, nos da un breve y poético toque en torno a un detalle de la vida de la princesa, en su trabajo «Estancia de Marco Antonio de Vega a la Princesa de Éboli», que es un fino alarde de erudición y una filigrana de datos. El también profesor de la Universidad Cornell de lthaca, en el estado de Nueva York, Ciriaco Morón Arroyo, nos ofrece todavía un trabajo que bajo el título de «La Princesa de Éboli en la literatura» viene a darnos una visión panorámica de lo que esta mujer fue capaz, en siglos posteriores a su vida, de alimentar la imaginación y la creatividad de los hombres. Finalmente, en medio de este parnaso de nombres y temas, un artículo de quien esto escribe, sin duda el peor, que trata de «El palacio ducal de Pastrana» como emblema artístico de la villa y expresión de la vida y los gustos de doña Ana.

En resumen, una obra que auspiciada por las tres instituciones referidas, y con el patrocinio económico de la Caja de Guadalajara, viene a poner el broche de oro a aquel centenario tan alcarreñista, tan cordial y bien llevado que nos ofreció la posibilidad de rememorar a esta mujer tan sin par, a doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la princesa de Éboli.

La iglesia de los Remedios de Guadalajara

 

Hace unos días, nuestro Semanario Nueva Alcarria ha entregado en animada fiesta los títulos de «Populares del Año» a diversas personas e instituciones. El de Patrimonio Artístico no ha tenido discusión: ha sido para la iglesia de los Remedios en Guadalajara, el mejor rescate de nuestro patrimonio que se ha realizado a lo largo de 1993. El mejor medido y utilizado. La obra bien hecha, sin rodeos ni ditirambos forzados. La Excmª Diputación Provincial de Guadalajara y la Universidad de Alcalá de Henares se han llevado, al alimón, el aplauso y el premio. Y los arquitectos de ambas instituciones, en la misma camaradería, la gloria de haber realizado esta obra perfecta: Carlos Clemente y Ramón Valentín-Gamazo, sin olvidar al pintor Larrondo, decorador de los muros, y al vitralista Muñoz de Pablos, dador de nuevos colores a sus vidrieras.

Un recuerdo del templo

 Se comenzó a construir este edificio hacia 1570, y fue lo primero en ser hecho realidad del conjunto de la fundación de González de Mendoza. Pueden definirse tres etapas bastante concretas en el proceso de construcción de este templo, que duró unos 15 años.

Una primera etapa abarca de 1570 a 1574. En ella actuó como mayordomo, administrador, y jefe de obras, el maestro Acacio de Orejón, que estaba actuando de lo mismo en las más complicadas obras del quinto duque en el palacio del Infantado. En esta etapa se alzaron los muros maestros, hasta el nivel de bóvedas, labrándose las paredes de mampostería, las esquinas de sillería y los cuatro grandes pilares cantones ó esquineros del crucero, así como el hueco de la puerta principal, la puerta del coro de las monjas, la sacristía y los muros maestros de la lonja.

En un segundo proceso, que abarca de 1575 a 1580, y bajo la dirección de Diego de Balera, también en ese momento maestro de obras de los Infantado, se terminó el cuerpo del templo, se puso el coro a los pies, y se concluyó todo el interior, incluídas las bóvedas, así como un pasadizo desde el palacio de los marqueses al presbiterio, para que pudieran oír la misa cómodamente sin tener que salir a la calle. La tercera y última etapa abarca desde 1580 a 1583, y estuvo bajo la dirección del maestro Felipe de Aguilar el Viejo, quien se encargó de levantar la lonja, la puerta principal con todo su aparejo decorativo y elegante traza, así como los coros alto y bajo de comunicación con el futuro Colegio. Sería precisamente Felipe de Aguilar quien continuaría con las obras de ese Colegio, que se prolongaron por espacio de otros treinta años, acabándole sus hijos y yernos.

Respecto al autor de las trazas de la iglesia de los Remedios, ningún documento existe que lo declare con exactitud. Layna apostó en su día por Alonso de Covarrubias. De los maestros de obras que la dirigieron en la primera etapa, aparece documentado Juan de Ballesteros, un hombre que dejó abundantes muestras de su riguroso quehacer constructivo y su fina elegancia ornamental en muchas iglesias de los márgenes del Henares, en Alcalá también, y por supuesto en Guadalajara. La fórmula de cubrir el crucero con una bóveda baída y la de rematar el presbiterio con una gran venera acharnelada la había ensayado previamente en la iglesia parroquial de Málaga del Fresno. Además, la famosa «traza» para este templo, que trajo de Salamanca don Pedro González de Mendoza cuando vino en 1571, y que luego dejó en manos del general de los jerónimos, estaba firmada por «el señor prior de Salamanca, Acaçio de Orejón y jª de ballesteros».

Forma y vida de los Remedios

Con respecto a la originalidad en la forma, la estructura y la decoración de esta iglesia alcarreña de los Remedios, que sin esfuerzo podemos atribuir a la mano de Juan de Ballesteros, bien merece que destaquemos algunos de sus más relevantes aspectos.

Al exterior llama la atención en primer lugar, y como emergiendo de su sobria presencia pétrea, el elegante atrio o lonja, que se compone de tres arcos de medio punto sobre columnas dóricas, muy delgadas y de una sola pieza, apoyadas sobre altos pedestales, y en su fondo la portada, de muy clásico diseño, con un arco semicircular de ingreso flanqueado por columnas pareadas, exentas, sobre pedestales, y encima de ellas una cornisa ática que a su vez sostiene una sencilla hornacina entre pares de remates piramidales.

Los muros que forman este templo están construidos con un aparejo intermedio de piedra caliza, si bien las esquinas, la estrecha cornisa de coronamiento y las guarniciones de las ventanas de medio punto que se abren en la parte alta de los referidos muros, son de sillar bien labrado. El hecho de que todo el cuerpo del templo esté construido a base de mampostería, obligó al constructor a tapizarlo de un enfoscado de yeso.

El interior es de una magnificencia muy calculada. Su planta es de cruz latina pura, con crucero muy marcado. La anchura de la nave es igual a la de los brazos del crucero, por lo que las proporciones de estas estructuras y de la capilla mayor, así como la elegancia severa y excelente iluminación lograda por amplios ventanales de la nave y brazos del crucero, la confieren un aire plenamente italiano, sugerente de haber sido inspirada por espacios sagrados del norte de la Península itálica, a los que quizá tuvo acceso el tracista, y sobre los que, indudablemente, por su permanencia seis largos años en Trento, el obispo fundador mantenía un conocimiento perfecto.

La extraordinaria pureza renacentista y hondamente clásica de esta iglesia se expresa en una desornamentación generalizada, a la que apenas combate el hecho de que unas rosetas se asomen sobre las facies rehundidas de los pilares del crucero y de los arcos fajones de la bóveda. Esa sencillez se acentúa en la forma en que los muros dan sostén a la cubierta: los pilares de muros y esquinas del crucero, y las ménsulas que en la nave sustituyen a las pilastras, sirven de apoyo final a un liso y corrido entablamento que a todo lo largo del espacio eclesial se extiende, y sobre cuyo friso aparece la frase conmemorativa que quiso el Obispo dejar como recuerdo de su benemérita acción. A lo largo de todo el ámbito del templo, y con letras romanas de limpia lectura, se puede distinguir la siguiente leyenda: ESTA YGLESIA Y MONASTERIO DE Nª Sª DEL REMEDIO, DE RELIGIOSAS GERONIMAS, EDIFICO Y FUNDO EL YLLº I Rº Sr Dn PEDRO GONZALEZ DE MENDOZA OBISPO DE SALAMANCA Y ARCEDIANO DE TALAVERA, HIJO DE LOS YLL°s Sr Dn YÑIGO LOPEZ DE MENDOZA DUQUE CUARTO DEL YNFANTADO Y DE Dª YSABEL DE ARAGON SU MUGER. DOTOLE DE RENTA PARA LAS DONCELLAS Y PARA LOS CAPELLANES QUE DIZEN LOS OFICIOS DIVINOS. SE ACABO AÑO 1578.

Las naves se cubren de bóvedas de medio cañón con lunetos, excepto en el crucero, que se remata con una elegante bóveda de aristas, semibaída; todas las bóvedas se adornan con planas molduras de dibujo geométrico a base de círculos, cuadros y rectángulos formando cadenetas.

La capilla mayor es de planta semicircular y su cubierta es sumamente original y bella, muy poco vista en los templos castellanos. Se trata de una cúpula de cuarto de esfera en forma de concha, totalmente avenerada, con su charnela en la parte más alta.

En la clave de todos los arcos fajones de la nave, sobre los muros del crucero a ambos lados de la capilla mayor, en los lunetos de aquél y sobre las cuadradas ventanas de los coros alto y bajo, aparecen policromados escudos luciendo los emblemas heráldicos del fundador.

En el muro de la epístola del crucero, se abre una puerta que da acceso a la bella sacristía, que nos ofrece un espacio cuadrilátero cubierto de una bóveda nervada, que viene a ser una supervivencia ojival un tanto extraña, y como añadida a la fuerza en este ámbito de tan pulcro italianismo.

Desde la calle se ve la lonja de acceso al templo. Orientada al norte, obligada por la situación general de la iglesia y en general de la parcela en que se alzó la fundación, esta lonja, de un innegable aire italiano y muy clásica, está sostenida por tres arcos de medio punto que apoyan sobre delgadas columnas toscanas, cubriéndose con tres bóvedas de arista.

La puerta principal de la iglesia, que se abre al comedio de la lonja, es de muy elegante diseño, y es en ella donde con más fuerza se aprecian algunos detalles propios del manierismo de raíz serliana: el entablamento toscano se carga de triglifos transformados en ménsulas salientes, luciendo entre ellas las correspondientes metopas en las que alternan clípeos o páteras y escudos italianos con las armas de Mendoza y Luna, propias del obispo fundador. En el frontispicio, roto en su centro y adornado con roleos en las zonas fragmentadas, luce una imagen de la Virgen de los Remedios, que da nombre al templo, y que apoya sobre un pedestal convexo.

Poco diría la descripción que acabo de hacer del templo de los Remedios, si el lector no acude a contemplarlo por sí mismo. Quizás olvidado de triglifos y metopas, de arcos bahídos y de rosetas, pueda admirar de un solo golpe de vista la grandiosidad del espacio y la pureza de sus líneas. Porque en arquitectura es éso, en definitiva, lo que cuenta: la calidad de la atmósfera que crean muros, ventanales, luces y líneas. Y aquí en los Remedios, gracias a un Ballesteros, un Aguilar y un Ocejón antiguos, y a un Clemente y un Valentín-Gamazo modernos, se ha conseguido plenamente esa adecuación entre la materia y el aire, recobrando un templo en toda su dimensión, para una vivencia moderna.