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La capilla de Luís de Lucena

 

Soy el primero en lamentar tener que sacar este tema nuevamente a la pública luz de la prensa alcarreña. Pero no me queda otro remedio que hacerlo, aunque sólo sea (aunque lo es por más cosas) por dejar tranquila a mi propia conciencia. Porque en estos tiempos en que a tantos se les enternecen las telas del alma, y de sus buenos y acrisolados sentimientos les brotan las ansias de limpiar los altos y los bajos fondos de la «res pública», si realmente hay algo que huele mal en Guadalajara, es la capilla de Luis de Lucena. Pero mal físicamente: o sea, que da asco pasar junto a élla.

La capilla de Luis de Lucena es, sin que lo ponga en duda nadie, uno de los más importantes edificios históricos y artísticos de la ciudad de Guadalajara. Uno de esos monumentos que podrían, por sí solos, marcar el signo de una comunidad y darle silueta, darle figura, darle sonoridad y brillo. No es exagerado este inicial piropo si tenemos en cuenta lo que hace unos años el ministerio de Obras Públicas decidió hacer para orientación de los automovilistas que se dirigen a nuestra ciudad: en las diversas carreteras, incluidas la autovía, que a ella acceden, puso enormes carteles anunciando los dos mejores monumentos de Guadalajara: el palacio del Infantado, y la capilla de Luis de Lucena.

Este edificio, a mitad de la cuesta de San Miguel, ofrece por fuera una singular imagen de fortificación enladrillada, una curiosísima y nunca vista estructura de templo semejando fortaleza, con arcos cegados, torreones esquineros culminados en almenadas cupulillas, y un sin fin de alardes ornamentales hechos con el ladrillo. El interior, aún más portentoso, ofrece sus bóvedas totalmente cubiertas de pinturas renacentistas en las que la imaginación de su constructor y el arte del pintor florentino Cincinato pusieron una complicada teoría teológica en la que se juntan las Sibilas con las Virtudes y las aventuras de Moisés con las genialidades de Salomón. Cualquier ciudad europea que tuviera un elemento arquitectónico y artístico de este calibre, no sólo lo pregonaría, como hacemos nosotros, por guías turísticas y por anuncios en las carreteras: lo tendría cuidado, limpio, y abierto a la contemplación de las gentes.

Tener, como tenemos nosotros, la capilla de Luis de Lucena en estado de total abandono, sin luz, sin nadie que la limpie, sin posibilidad de que nadie la pueda admirar en su interior, sin otorgarla un fin digno y civilizado, es una verdadera ignominia. Que salpica no solamente a las autoridades de las que administrativamente depende (el Ministerio de Cultura), sino a aquellas otras que podrían, con su iniciativa, hacer algo positivo por salvarla (leáse, de un lado, a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, o de otro al Ayuntamiento de la capital), y además a todos cuantos hacen, o hacemos, algo que queremos sea positivo por la cultura de nuestra tierra y de nuestras gentes. Incluso a estas salpica. Todos somos igualmente culpables en este tema. Unos por no hacer nada en su favor, otros por encogerse de hombros, otros por ni siquiera protestar.

¿Merece la pena que vuelva aquí a recordar la figura de don Luis de Lucena? ¿De aquel humanista que nació en Guadalajara en 1492, y que se dedicó como médico a cuidar la salud de los Papas, como arqueólogo a estudiar las antigüedades romanas, y como pensador a dirigir academias de intelectuales en Roma? ¿Sería oportuno aquí evocar la fundación que hizo en nuestra ciudad de la primera «biblioteca pública» para uso y disfrute de los lectores arriacenses? Creo que no. Porque es algo sobradamente conocido, y porque viene escrito, y con pormenor, en muchos otros lugares y libros que están al alcance de cualquiera. Estas líneas de hoy lo único que tratan es de volver a dar el aldabonazo a la conciencia pública sobre algo que nos atañe a todos, de lo que no tiene la culpa este o aquel organismo, mengano o perengano en su poltrona: no. Es un problema que depende de todos, y llego a sospechar que de quien menos depende es de mí, porque en los últimos años he denunciado públicamente esta cuestión, incluso publicando el año pasado un libro monográfico sobre este edificio, y con múltiples artículos en la prensa local, conferencias, visitas a historiadores, etc., y el silencio sobre lo peticionado ha sido absoluto. Es más: me he dirigido personalmente al alcalde de la ciudad, también personalmente y por carta al Consejero de Cultura de la Junta, al Ministerio de Cultura, etc. y la respuesta ha sido unánime: el más clamoroso silencio. Por todas estas razones, y a pesar de mi corto entendimiento, empiezo a colegir que no es al edificio al que se ignora: es a mis razonamientos, a mis personales súplicas. Así es que prometo solemnemente que, a partir de esta prédica, no vuelvo a quejarme ni una palabra de la situación en que se encuentra la Capilla de Luis de Lucena. Cargaré con mi parte de culpa, que reconozco la tengo, y allá sus ladrillos… si se caen, que se caigan, si se pudren las pinturas y los visitantes (y los niños de Guadalajara, y los jubilados de la provincia a los que pasean con tanta frecuencia por Toledo, y los especialistas italianos en arte manierista, etc, etc.) que quieran verla se tiene que volver con un palmo de narices, que se vuelvan.

La vergüenza de esta situación marcará, mientras esto no se arregle con dinamismo, con efectividad y con un «quiero y puedo» de quien tiene la posibilidad real de hacerlo, a todos los alcarreños que, simplemente, lo permitimos.

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