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Una visita a Tamajón

 

Sobre una llanada amplia, al pie mismo de las altas y frías serranías de¡ Ocejón, encontramos la villa de Tamajón, que alcanzó en siglos pasados gran prosperidad como centro comercial y nudo de comunicaciones con el resto de los pueblos y lugares que se esconden en las anfractuosidades de las montañas que abrazan a este alto cerro pizarroso y gris. Lo limpio y sano de su aire, y el magnífico paisaje que sobre este pueblo se cierne, hizo que ya en el siglo XVI se fijara en él Felipe II como uno de los posibles lugares donde colocar su monasterio real de San Lorenzo, que finalmente llevó al Escorial, bajo el Guadarrama.

Algo de historia

Fue reconquistado Tamajón, al mismo tiempo que todas las vegas del Jarama y Henares, por Alfonso VI. Perteneció en principio al Común de Villa y Tierra de Atienza. Posteriormente el rey Sancho IV se lo donó en señorío a su hija la infanta doña Isabel, y ésta se lo traspasó en la misma calidad a doña María Fernández Coronel, su ama de compañía. Ya en el siglo XIV pasó este lugar a engrosar los abultados dominios del caballero don Iñigo López de Orozco, quien a su muerte se lo dejó a su hija doña Teresa López, segunda mujer del magnate alcarreño don Pedro González de Mendoza, a partir de quien quedó en esta casa nobiliaria. Vemos así, cómo don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, deja el lugar de Tamajón en herencia a su hijo don Pedro Hurtado de Mendoza, quien ocupó durante largos años, y con gran valor militar, el puesto de adelantado de Cazorla, título dado al capitán de los ejércitos que sostenía el arzobispo de Toledo contra los moros de Granada. Pasó luego a sus herederos, ramas secundarias de los Mendoza, y así vemos que en 1536 pertenecía Tamajón a doña Guiomar Carrillo de Mendoza, y en ese mismo siglo fue de don Diego de Mendoza y de doña María de Mendoza y de la Cerda, constructora esta última del palacio de esta familia en el centro de la villa, y del monasterio de San Francisco en sus aledaños. En el señorío de esta familia continuó hasta el siglo XIX. Adscritos a esta casa, vivieron en Tamajón otras familias nobles que dejaron en el pueblo su recuerdo.

Durante la Edad Media, Tamajón tuvo un gran crecimiento económico, pues poseía el Concejo grandes cantidades de ganados: los reyes castellanos le concedieron el derecho a que éstos pastasen en tierras de Ayllón, sin pagar derechos. También, desde Sancho IV, y luego confirmado por sus sucesores, Tamajón gozó del derecho de no pagar portazgo sus arrieros por ningún lugar de Castilla. Estas franquicias hicieron acudir a numerosas gentes a residir en el lugar, poblándose y creciendo notablemente.

Visitando calles y edificios

Sorprende en un principio Tamajón por lo bien urbanizado, lo recto de sus calles y lo uniforme de sus edificios. Guarda esta estructura de calles paralelas y en perpendicular perfecta, con plaza central y la iglesia a un extremo y en alto, desde el siglo XVI. Destacan en el conjunto de sus edificios civiles el palacio de los Mendoza, situado en la calle mayor, junto a la plaza, y hoy está destinado a edificio de Ayuntamiento. Fue restaurado recientemente, aunque sólo se conserva la portada, pues el resto vino al suelo y ha habido que remozarlo completamente. Lo que queda constituye, sin embargo, un ejemplar magnífico de la arquitectura civil plateresca. Puede datarse su construcción a mediados del siglo XVI. En recia piedra sillar de la zona, la portada se estructura con un gran portón lateral, de arco semicircular adovelado. Sobre él, un escudo circular que, muy machacado, se hace hoy imposible de identificar. Empotrado en el muro, se ve también un gran escudo, con las armas de Mendoza y la Cerda esculpidas, en medallón y frisos cuajados de grutescos. Diversas ventanas de traza sencilla completan el conjunto.

Otras casonas que pueden admirarse en Tamajón son: la de los Montúfar, con portada de sencillo barroquismo, propia del siglo XVII en sus finales, y gran escudo con yelmo y lambrequines de rectas plumas, mostrando las armas de esta familia con otros entronques; la «casa del marqués», que no posee escudo ni detalles artísticos, pero que está construida totalmente en bien tallados sillares de la dorada piedra de Tamajón; y otra casa, de algún labrador, que en su dintel lleva tallado un escudete en que se representan los elementos de su trabajo: una hoz, un hacha, un azadón y un martillo.

La iglesia parroquial fue en sus orígenes románica, y de aquella época conserva una docena de interesantes canecillos, con carátulas sonrientes y personajes del siglo XIII en diversas y curiosas actitudes, hoy colocados sobre el muro meridional del templo. Lo actual es del siglo XVI en su primera mitad, y consiste en un atrio porticado, con arcos semicirculares apoyados en sencillos capiteles de geométrica traza; de un total de nueve sobre el lado mayor, el central sirve de acceso, y los restantes presentan una alta baranda de piedra. El lado menor de este atrio tiene dos arcos apuntados. A los pies del templo, una torre. El resto del edificio, todo él en sillar construido, no presenta nada de notable. En su interior, de tres naves separadas por gruesas, pilastras sobre las que cargan semicirculares arcos, se cubren con bóvedas de crucería.

En el pavimento de la nave central, aparece gran cantidad de lápidas funerarias. La cabecera del templo se forma por tres capillas en las que rematan las correspondientes naves. La capilla mayor es cuadrada y más profunda que las laterales, con bóveda de crucería estrellada más rica que las demás. En una capilla del lado de la epístola, construida por la familia Montúfar en el siglo XVI, se ven escudos policromados y esta leyenda pintada en el friso: «Esta capilla mandaron hacer, a honra y gloria de Dios, Alonso de Montufar, natural de esta Villa, i Olalla Martínez, su muger, natural de…. de Duero, vezinos que fueron de la villa de Madrid. Acabose en el mes de febrero año de mil y quinientos noventa y seis años». Las estatuas orantes, talladas de alabastro, de estos señores que adornaban la capilla, fueron destruidas en la Guerra Civil de 1936‑39.

En las afueras del pueblo, aparte de algunas ermitas, se conserva el gran edificio de la antigua fábrica de vidrios, que en el siglo XVIII y aun en el XIX, produjo gran cantidad de bellos productos en material suavemente azulado. Otro grupo, muy amplio, de ruinas, viene a señalar el lugar en que asentó el monasterio de la Concepción de la Madre de Dios, de frailes franciscanos. Lo fundó en 1592 doña María de Mendoza y de la Cerda, y dio para ello la enorme cantidad de 12.000 ducados más varias tierras, cuadros y obras de arte. Encomendó el cuidado y patronato del convento a su primo el poderoso duque de Pastrana. La iglesia hubo de ser reconstruida de nuevo en el siglo XVIII, y estuvo a cargo de los vecinos de Tamajón Juan del Olmo y María Campillo. Tras la desamortización de 1835 el convento quedó vacío, y las piedras de su iglesia y dependencias sirvieron a los vecinos del pueblo para construirse casas nuevas. Hoy sólo queda del antiguo cenobio el perímetro anchísimo, y, en su interior, leves muestras de la que fue iglesia, claustro, y muy poco más.

La ermita de los Enebrales

Todavía en el término de Tamajón, camino de MajaeIrayo, sobre un altozano desde el que se divisa el cercano picacho del Ocejón, se alza la ermita de Nuestra Señora de los Enebrales, muy venerada en toda la comarca, donde a la Virgen la llaman «la Serrana» y se hacen alegres y nutridas romerías el domingo siguiente a la Natividad de María. Merece la pena visitar este enclave por sus paisajes y tradición. Esta dice que la Virgen se apareció, en este mismo lugar, cuando el párroco de Tamajón se dirigía al pueblo de El Vado a decir misa, y fue atacado por una enorme serpiente amenazante, que fue vencida por el resplandor de la Virgen aparecida sobre su enebral, y el cura puesto a salvo. Esta leyenda se pintó al fresco en el muro norte de la ermita, que es construcción del siglo XVIII, sin ningún interés. Quiere también la tradición popular mantener siempre, día y noche, una puerta abierta del templo, para evitar apariciones demoníacas a los caminantes. Es, en cualquier caso, un lugar este de Tamajón y sus alrededores, al que merece llegarse en cualquier día de este invierno, y gozar de sus paisajes, plenamente serranos, y de su aire limpio y fascinante.

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