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Casonas solariegas de Peralejos de las Truchas

 

Entre las múltiples maravillas y sorpresas que encierra el Señorío de Molina (allá van los paisajes serranos, prietos de roquedales y bosques por el Alto Tajo, serenos de trigos ondulantes por la Sesma del Campo), no se contabiliza como la menor el conjunto de casonas nobles, solariegas y blasonadas con que cada pueblo rememora la densa nómina de hidalgos que en los siglos de la Edad Moderna, ‑muchas venidos de las norteñas regiones de Navarra y Tierra Vasca‑ pusieron en lo céntrico de las plazas, o en el mejor ángulo visible de cada pueblo, su pétreo solar.

Hoy nos llegamos a la lejanía geográfica de Peralejos de las Truchas, con la recomendación a nuestros lectores de pasear sus calles y buscar las casonas (los restos, mejor dicho) de sus más nobles linajes medievales. No puedo dejar de evocar en estas líneas al mejor escritor que Peralejos ha dado, y a quien debo muchas de las noticias que en este artículo se expresan: José Sanz y Díaz, uno de los más prolíficos escritores, y sin duda el más voluntarioso y tenaz de los investigadores molineses, que en este Peralejos natal puso tanta emoción en recordar siempre.

Las casonas

Son cinco ó seis las nobles casonas solariegas que Peralejos tuvo, y aún en cierto modo conserva y ofrece a la visión del visitante. Algunas de éllas, incluso, las pongo en dibujo para dar mejor idea de lo que son, ó fueron. Hay una de éllas, sencilla en extremo, y ya sumamente alterada al haberse transformado el antiguo portón románico en inexpresiva ventana, que está en la Plaza de la Taberna, y que habiendo pertenecido al linaje de los Jiménez Hermosilla, tenía un arco semicircular adovelado, con tres estrías por simple adorno. Severa y antiquísima, evocaba la época en que los hombres de Peralejos, casi recién asentados en el lugar, tras la reconquista, iniciaban sus labores de ganadería y trashumancia.

El linaje de los Sanz es de los más antiguos de Peralejos y de todo el Señorío. Asentaron estos valientes hidalgos en este rincón de la serranía molinesa, y fue quizás el primero en llegar un tal Fortún Sanz de Vera, procedente de las montañas navarras, en el siglo XIV. Aquí edificaron su casa‑fortaleza, que fue luego reformada por sus descendientes, en 1592, y poco más tarde añadida de una preciosa capilla, llamada “el Oratorio” de estilo imitación al gótico, en 1670, por don Mateo Sanz Caja, canónigo inquisidor y abogado de los Reales Consejos. En esta casa (figura 1) llama la atención la perfetca disposición de los sillares que componen su puerta, sobre todo el gran dintel de piedra sobre el que apoya el escudo de armas de la familia Sanz.

Otro linajudo grupo de Peralejos fue el de los Díaz. Tuvieron su casona, construida al estilo tradicional de estas tierras, con un portón principal de medio punto, adovelada y en la clave un escudo con las armas talladas de la familia: una cruz florenzada escoltada de cinco estrellas y en la punta un cordero recostado. La fecha de 1630 se ve inscrita debajo, señal del año en que fue construido este caserón. Sus propietarios han sido, durante generaciones, los Díaz y Jiménez. La vemos en la figura 2. Aquí vivió el mencionado historiador, escritor y novelista José Sanz y Díaz, y en ella vivió también, en el siglo XIX, el boticario Jiménez Ramos, aunque los constructores iniciales, en el siglo XVII, fueron los Díaz, agricultores y ganaderos de la zona.

También de la familia Jiménez es la casona que allí llaman del Inquisidor. Posiblemente residiera en ella, en algún momento de su existencia, algún temido “familiar del Santo Oficio” tallando en el dintel la cruz que así lo indicaba. Sus líneas severas y rectas indican la sobriedad constructiva de estas tierras, en las que la sensación de fuerza y poderío de las portadas hace parejas con la grandiosidad interna de estos palacetes, hoy muy transformados (figura 3).

La Casa Grande de los Arauz

Finalmente, vemos una de las mejores casonas de Peralejos, la “Casa Grande” de los Arauz, que se construyó sobre la solariega del Tío Anochea, a finales del siglo XVIII. La llegada de vizcaínos a las tierras de Molina fue un hecho contrastado desde el siglo XVI. Llegaban como especialistas de la minería del hierro y capaces de poner en marcha fundiciones. Dieron muchos problemas de orden público, y la mayoría se marcharon a sus tierras. Pero algunos quedaron, y de ellos surgieron familias respetabilísimas que hoy son esencia del Señorío. A la herrería que en el siglo XVIII se construyó en el estrecho valle del río Hoceseca, uno de los más espléndidos parajes de toda la provincia, llegaron los Arauz, que casaron con las dos únicas hijas de otro vasco, riquísimo, llegado años antes, al que llamaban “el tío Anochea”. Esta casona tan hermosa y solemne en la distribución de vanos, con su puerta principal y de servicio, sus balconadas de los salones y los respiraderos del tinado, la construyeron ya los Arauz. Precisamente de esta familia, que hoy tiene su solar principal en la Vega de Arias, junto a Tierzo, han salido también eminentes escritores, de los que no pueden olvidarse aquí al novelista don Enrique Arauz Estremera, y al agudo ensayista, todavía vivo, don Santiago Arauz de Robles. Este caserón (figura 4) es, realmente, y aunque moderno, el paradigma de las casonas solariegas de Peralejos de las Truchas, y sin olvidar otros venerables edificios, todos del siglo XVII, cono las casas de “doña Jacoba” y “doña Ramona”, merece por sí mismo una atenta visita.

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