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Un personaje de la historia de Cifuentes: Fray Diego de Landa y Calderón

 

De entre las múltiples esquinas que la historia de la villa de Cifuentes posee, una es la que hoy escojo para remembrar y traer a la consideración de mis lectores. Es la de un fraile caminante y enjundioso, listo como pocos, pero también violento. Un prototipo de la raza. Exponente también, para nuestra gloria y nuestra desgracia, de la actuación de los hispanos en América durante el siglo XVI. Se trata, sin más preámbulos, de don Diego de Landa y Calderón (1524‑1579) a quien las historias apostrofan de muy diversas maneras, siempre con el fray de su condición franciscana por delante: desde máximo estudioso de la mayística, a tiranuelo el más sádico de cuantos pisotearon las culturas autóctonas mesoamericanas.

Veamos qué razones hay para los que de un lado u otro de su figura se colocan. Perteneciente a una linajuda familia cifontina (los de Quirós y Calderón, procedentes de las montañas norteñas y asentados en la villa alcarreña al comienzo de su repoblación en el siglo XIII), fraguó su ardor religioso al contacto de los franciscanos del Convento de la Cruz, pasando luego, en plena adolescencia, al convento de San Juan de los Reyes en Toledo, donde profesó.

Se fue para América en 1547, junto con otros cinco religiosos de su Orden, en el grupo que encabezaba Nicolás de Albalate y que se dirigía a Yucatán para proseguir tareas de descubrimiento y conquista. Fue destinado al convento de franciscanos de Izamal (un grupo de cabañas de paja, por entonces) que fue realmente construido bajo su dirección a partir de 1552. Cuatro años más tarde era custodio de toda la provincia del Yucatán, y primer Definidor de la misma. Algo después, Landa fue nombrado primer responsable de la nueva provincia franciscana que unía las de Yucatán y Guatemala. Desde 1560 era guardián del convento de Mérida.

La figura de fray Diego de Landa ha estado marcada siempre por la polémica, debido a la actuación que emprendió para frenar lo que él denominaba «prácticas de idolatría» entre los indios mayas. Y así, en 1562, fue el dirigente máximo que procedió contra varias decenas de caciques, y multitud de indios, procesando a los más destacados, castigándolos de diversas maneras (trasquiles, encorazados y ensambenitados) procediendo, tras torturas, a destruir y quemar ídolos (más de 5.000), grandes piedras de altar, rollos con jeroglíficos y cientos de vasijas. Muchos indios, ante la magnitud del castigo, desesperados se suicidaron.

Su excesivo rigor fue mal visto en la Corte, siendo llamado para ser juzgado. En 1563 volvió a España, pero se consideró finalmente que los franciscanos en Yucatán tenían también el mandato de inquisidores según algunas Bulas papales. Nuestro personaje fue finalmente absuelto, quedando en España varios años, concretamente en Guadalajara, en Toledo, y en Cifuentes, donde se dedicó a escribir su gran obra, la Relación de las cosas de Yucatán que quedó terminada en 1566.

En 1572 embarcó fray Diego nuevamente para América, como obispo designado de Mérida y de todo el Yucatán. Se sabe que mandó imprimir una Doctrina Cristiana en lengua maya. Tras diversos viajes por el territorio de su diócesis, murió en Mérida a los 54 años de su edad. Sus restos fueron  traídos a España, y depositados en una de las capillas de la nave del Evangelio de la parroquia, donde aún en el siglo pasado se podía leer el epitafio, que desapareció en la Guerra Civil. Hoy, en Mérida, en la céntrica plaza de Izamal, cerca del Convento del que fuera guardián, se ve una estatua que recuerda a este gran estudioso de la mayística.

Hace pocos años, con motivo de haber creado la editorial de «Diario 16» una colección de libros sobre textos originales relacionados con la empresa americana (bajo el título «historia 16»), se puso en edición y a la venta el libro de Fray Diego de Landa. En él, se hace por parte del profesor Miguel Rivera una interesante introducción a la figura del fraile y al entorno en que vivió, y luego se pone completo el manuscrito que él redactara en su pueblo natal, en Cifuentes, allá por 1566, en una temporada que, obligado por las circunstancias, como hemos visto, hubo de venirse a residir a este pago de la Alcarria.

Del libro no me cabe hacer aquí el más mínimo comentario. No cabría. A quienes apasiona (porque no es para menos, la mayística y todo lo relacionado con la historia primigenia de América, y más especialmente con el Yucatán) reproduzco la frase con que inicia el Capítulo III, todo un reto a los investigadores de hoy: «Que algunos viejos de Yucatán dicen haber oído a sus pasados que pobló aquella tierra cierta gente que entró por levante, a la cual había Dios librado abriéndoles doce caminos por la mar, lo cual, si fuese verdad, era necesario que viniesen de judíos todos los de las Indias…» Esa teoría que, al parecer, llevaba Colón en su mollera, de que se llegaba a la Nueva Tierra Prometida en llegando a América, donde sería posible instalar el Reino de los Justos con mayor facilidad que en la pútrida Europa, es la que utiliza Landa para explicar las leyendas de los indios mayas sobre su mítico origen. Sobre su desaparición, aunque hoy ya se sabe que fueron unas viruelas especialmente feroces, Landa no debía tener tantas dudas. Porque de otra forma quizás no, pero lo que es a disgustos, unos cuantos indios sí que se llevó por delante…

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