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Otro paseo por el románico: Santa Catalina de Hinojosa

 

Es la mañana que sólo existe para nosotros. Es el primer sol, la primera primavera, la luz blanca y verde que nos asalta: es la ermita de Santa Catalina, en medio de un bosque de sabinas oscuras, el suelo cubierto de yerba húmeda, y en la distancia alegres las oropéndolas y los arrendajos diciendo su son. Lejos de cualquier parte, en el remoto extremo del Señorío de Molina, más allá de Labros, de Hinojosa, casi en la raya de Aragón por Milmarcos. Ocupando el lugar, la ladera brusca, donde estuvo Torralbilla, un pueblo que (dicen) se lo comió la termita voraz, allá por el siglo XVI. Es todo eso y algo más: la seguridad ‑por ejemplo‑ de tocar tan cierta la esencia de la felicidad, que es sentirse a gusto con lo que a uno le rodea, con quien uno quiere.

Pocos edificios monumentales de la provincia de Guadalajara reservan al viajero la sorpresa (cuando nunca antes le han visto) de su aparición como esta que llamaremos ermita de Santa Catalina en Hinojosa. Perteneció como iglesia parroquial, humilde y altiva a un tiempo, a un pueblecillo que se despobló completamente en el siglo XVII. Torralbilla se llamaba. Las casas se hundieron, y hoy asoman leves sus muros, las oscuras piedras alineándose entre los troncos duros y las raíces fornidas del sabinar en el que se acoge.

Hay que trepar un poco para llegar a ella. Desearla en su altura. Mirar hacia arriba como en búsqueda de un regalo. El templo es de estilo románico puro, de líneas y volúmenes rurales, sencillo pero perfecto en todos sus elementos: nada le falta. La espadaña al poniente sobre el muro apenas abierto por un pequeño ventanín. La espalda del norte herméticamente cerrada. El costado de levante ofrecido en su hemicircular ábside. Y el vientre del sur, con una admirable galería porticada, formada de seis arcos breves que apoyan sobre pareadas columnas de fuste liso y capiteles también emparejados con detalles ornamentales muy simples, de traza vegetal, ramilletes tallados que siguen dando al hombre la lección de las plantas: la vida total en el silencio.

Dentro de la galería, tocado el ámbito del tono dorado de las piedras limpias, se abre la puerta principal del templo. Es un gran ejemplar románico, con cuatro arcos semicirculares, de arista viva, con una tira de puntas de diamante (o dientes de león, o cualquier cosa que repetida diga poder celeste, riqueza divina) en su parte más externa. Apoyan los arcos en sendas columnas cilíndricas que rematan en capiteles de trazado simple, de memoria vegetal también. El más interno descansa sobre pilastras lisas. Allí, en la penumbra de la galería, al sol tamizado por las piedras y los árboles, los viajeros encuentran nueva razón para su camino: toda la vida durará, mientras vayan encontrando espacios nuevos, como este, que además es mágico.

El interior de este templo guarda la pureza del Medievo. Vacío, solamente los muros ofrece. A ellos se adosa un banco corrido, de piedra tallada. Es así como las gentes en la Edad Media se reunían en la iglesia: sentadas de espalda a los muros, sobre los poyos de piedra en ellos cimentada. Y en la cabecera de la gran casa de piedra, del espacio sagrado que acerca las doradas nubes donde Dios reside, aparece el presbiterio, recto, completado con el semicircular ábside donde un par de ventanas rasgadas aportan luz y fuerza. Hay un arco triunfal, glorioso además, que separa la nave del presbiterio: es más que circular, es apuntado levemente. Y se apoya en dos capiteles que, de tan perfectos y limpios, parecen ajenos al mundo. Uno tiene talladas volutas de hojas; el otro tiene dos trasgos enfrentados. Son voraces, con grandes bocas sanguinarias, garras certeras y músculos en el cuerpo de ave que destilan veneno y pasión sin límite. Son inhumanos, ajenos a este mundo, como gritos ahogados. Una maravilla de capitel, en suma.

Otra vez fuera, los viajeros le dan la vuelta al templo. Santa Catalina de Hinojosa. Tan lejos de todo, tan cerca ahora. Miran hacia arriba, ponen las manos de visera. Hay una serie de canecillos humildes (billetes y molduras), trepidantes (músicos y narigudos contadores de chistes), escalofriantes (más trasgos, harpías y grifos) y lujuriosos (dos cuerpos desnudos frotándose…) ¡Cuánta vida en este silencio! Sólo las nubes rotas, las sabinas ancianas, las leyendas sin título y sin moraleja, la pasión de ser siempre como hoy, jóvenes y altivos…

Un elemento más del inacabable palimpsesto románico de Guadalajara. Qué lujo de edificios, de caminos, de sorpresas. Este de Santa Catalina en Hinojosa ha sido recientemente rescatado de una precaria situación. Se ha restaurado, se ha limpiado, se le ha devuelto la pátina de su original brillo. La Junta de Comunidades, en muchas ocasiones, hace las cosas bien. Y patrocina estas actuaciones de respetuosa consideración hacia los viejos y anecdóticos monumentos. Tan viejos, que nadie recuerda cuando nacieron. Y tan anecdóticos, que viven solitarios en el monte, sin utilidad alguna. Son como jóvenes sin sexo, o como animales vetustos: bellos, simplemente, y no sirven para nada. Para que tú los mires, y ya es bastante.

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