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abril, 1993:

Cela, viajero a pie por la Alcarria

 

Nadie mejor que Cela podría ocupar hoy estas líneas. En el Día del Libro, debe ser un autor de fama, y su obra más señalada, quien se dé un paseo por esta ventana del Glosario. Camilo José Cela, el insigne escritor y literato español que hoy ‑por más suerte todavía‑ es vecino nuestro, y enamorado a ciencia cierta de nuestra tierra, que es ya también la suya…

En aquel libro memorable, clásico donde los haya, del «Viaje a la Alcarria», el padronés ejercía de notario, de vagabundo, de etnógrafo y de arriero. Poco más de una semana le bastó a Cela para echar un vistazo, profundo y acogedor, por los caminos, las fondas y las plazas mayores de estos lugares: Torija, Brihuega, Cifuentes, Pareja y Pastrana. A ellos, y otros muchos más (cómo olvidar Trillo, o Casasana, o La Puerta, o el mismo Tendilla), dedicó el hoy Nóbel su aguzado mirar, luego su prístino escribir, y siempre su melancólico pensar. Como una parte de sí mismo han quedado esos lugares: sus camas altas, sus gentes precavidas, sus olmas umbrosas, y el amable recibo de unos cuantos.

Yo recomendaría hoy a mis lectores que cogieran mañana la mochila, metieran dentro un bocadillo, y a pie, o en burro (en cualquiera de los mecánicos modelos que hoy se estilan) tiraran adelante y se fueran por la Alcarria, a recordar con Cela las gentes, las luces y las aliagas que dan cuerpo a este lugar extremoso. Que con él miraran el interior del Parador de Torija, en cuyo primer piso aún existe (en la alcoba) aquella «cama… de hierro, grande, hermosa, con un profundo colchón de paja», en la que durmió felizmente después de un día baqueteado por el incierto vaivén del carro de Martín Díaz. Que con él llegaran (aunque no es aconsejable hacerlo de noche, la noche «es mala hora para entrar en un pueblo…») hasta la plaza de Budia. Puede que allí les miren (y más si es la medianoche, como le ocurrió a Cela) de malas maneras: «Entra en la plaza y lo miran como un bicho raro. Budia es un pueblo donde la gente no se acuesta pronto, donde los mozos se meten en las tabernas a jugar al dominó, sin preocuparse de la hora…». Luego intentar comer algo: «la posadera lo mira de arriba abajo. El viajero debe inspirarle poca confianza», aunque es más recomendable llevárselo de casa. De cualquier modo, las gentes de la Alcarria siguen siendo precavidas, no se fían ni de su padre. Y en el fondo, hacen bien. (Creo. Por algo soy alcarreño yo también).

Deberían llegar mis lectores de hoy hasta Pareja, y allí encontrarse con un árbol de los que hacen época. Cuando Cela pasó era «un olmo añoso  ‑olma le llaman, porque es redondo, ‑ copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizás, como la piedra más vieja del pueblo». Como el fin del mundo ya ha empezado, a la olma de Pareja le ha entrado la muerte poco a poco, y se ha ido quedando seca por las puntas. De todos modos, aún sigue siendo ésta una plaza «amplia y cuadrada», aunque ya le han quitado aquella fuente «de varios caños, con un pilón alrededor» donde iban a abrevar las mulas y las mujeres, con una larga caña, a llenar sus cántaros y sus botijos. Ahora tiene una fuente jardinera, como de un tímido aranjuez sonoro.   

Y en fin, deberá tener la suerte (que ya es difícil) de encontrarse gente tan pulcra y educada como don Paco, el que fuera médico (y aún cronista) de Pastrana. Esperándole en la plaza, tomándose con él un vermú en el casino. Allí, en Pastrana, frente a la mole recia y dorada del palacio ducal, habla con él, y con don Mónico, el alcalde. «Don Paco es un hombre joven, atildado, de sana color y además elegante, pensativo y con una sonrisa veladamente, levemente, lejanamente triste». Hoy ya no está entre nosotros la buena hombría de don Paco. Todos sentimos que el verano pasado la cierta voz de la muerte le llamara, pero Cela lo sintió aún más, porque, como decía recordando sus dos días en Pastrana, «Don Paco es médico, su conversar es discreto, su mirada llena de profundidad, sus juicios serenos y atinados». Por él, que era alcarreño, nos salvamos los alcarreños en este «viaje».

La compañía de Cela es la mejor para volver a andarse las alcarrias de Guadalajara. Llevado de su mano sencilla y solemne a un tiempo, descubrir los caminos (unos a pie, otros en carro, algunos trepando) y encontrarse en las plazas mayores rodeado de gentes que, hoy como ayer, al mediodía del domingo aprovechan la solana para «cargar baterías» y comentan, en su sencilla visión del mundo, cómo «hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad».

Por los llanos entre Torija y Brihuega el alto cedro libanés sigue saludando con elegancia el paso de los viajeros. Y las Tetas de Viana entre Trillo y La Puerta coronan llenas de satisfacción el verde paisaje, ahora tinto de humos nucleares. Nuestra tierra seguirá siendo, en el fondo, la misma. Y gracias a Cela, y a su libro «Viaje a la Alcarria», eterna y recordada, conocida, por todos. Hasta en coreano lo han traducido. Nosotros, que tenemos la suerte de haberla a mano ¿Cómo nos vamos a resistir a pasear mañana por sus oteros?

La pintura de Campoamor, un sendero por la Alcarria

 

Los caminos de la Alcarria tienen un viajero seguro y lento; un vigilante que los ama, los escucha y ‑más que nada y que nadie‑ los mira y acaricia: es Jesús Campoamor, un hombre que lleva en su mirada, en su mano y en su latido el amor tierno y brusco a un tiempo por la tierra en que nace. De ahí que haya pintado al óleo tantas veces la silueta de esta tierra, que haya escrito en papeles varios su pasión por la luz y las hiedras, que haya hecho sonar, por el silbido fino de sus labios, una melodía que inventa y que llama ó congrega a los valles perdidos, a las alamedas dispersas, a las abejas también, que una a una se escapan.

El próximo lunes tendremos la satisfacción de ver, una vez más, la muestra amplia de color y luces que Jesús Campoamor nos ofrece, tras cinco años de ausencia «en cartelera». Será la Sala grande de la Caja Provincial, en el renovado salón de la Calle Benito Chavarri, la que sirva de espacio y contrapunto de mármoles para que nuestra mirada se salte las barreras y se olvide de las distancias; para que el bien medido quehacer de los pinceles del alcarreño se nos ofrezca como una ventana abierta al amplio e inacabable campo de la Alcarria, ese campo que ama Campoamor tan denodadamente.

La trayectoria de Campoamor, ya larga y fecunda, ha sido recta y diáfana. De formación autodidacta, su principal obsesión fue, desde un inicio, la pintura de las tierras y de las gentes de Guadalajara, de la provincia donde nació y ha vivido siempre. De las querencias ancestrales que, por tener ese carácter férreamente humano, fluyen más directas y fáciles ante la barrera de la materia. Los paisajes de suaves lejanías, las luces inciertas del amanecer, las nieblas sueltas que se desgajan sobre los carrascales, y la presencia solitaria y valiente de algún castillo: ésa es la materia que sirve de inspiración básica a Campoamor Lecea.

En esta ocasión, el artista nos ofrece lo más reciente de su producción de óleos, en la clásica consideración del paisaje alcarreño, tanto rural como urbano, con algunas visiones, magníficamente ensoñadas, de calles, plazas y rincones urbanos.  Campoamor, en esta nueva (y van ya…) exposición, como cumple a todo artista de verdad, no se limita a tener una perfección estilista o técnica, a realizar de encargo este o aquel retrato, aquél capricho, aquella silueta preferida, sino que posee una sólida formación cultural y unas ideas propias acerca del hombre y de la vida. Ello le posibilita volcar en sus lienzos, a la hora de hacer tangible su pensamiento y  su inspiración, un paisaje de humana dimensión, una marca de impresionismo subjetivo y personal que acentúa el valor y la belleza del cuadro.

En el contexto de la creatividad artística de la Guadalajara contemporánea, los óleos de este pintor que hoy se muestra en toda su gama de actividad creativa, vienen a ponernos la retina alegre y el espíritu dispuesto a comprender mejor aún la tierra que nos alberga. De ahí que pueda decirse que el rasgo principal de Campoamor es su capacidad de síntesis, su fórmula mágica con la que, en sencillez y gloria, transmuta la compleja impresión de la naturaleza en un cuadro donde el color graduado expresa el conjunto de un mundo enorme y abierto. Hoy, como en alguna ocasión anterior ya expresara en estas páginas, no cabe exageración al decir que estamos ante un clásico de la pintura alcarreña, ante un verdadero artista que sabe discernir lo auténtico de lo superficial, y ponerlo en clave de luz y color sobre la tela paciente de un cuadro.

El mismo maestro de la palabra y las humanas razones que es Camilo José Cela, lo afirma en la presentación que hace al Catálogo de esta exposición: «la pincelada de Jesús Campoamor, al acariciar y fijar en el lienzo el aire de la Alcarria, cumple con el designio del arte que manda dar cuerpo al espíritu y mover el mundo con el ala tenue del alma». Ahí es nada. La mejor definición del arte, y el mejor aplauso a la obra de Jesús Campoamor, en una sola frase. Cela dixit.

La calidad indiscutible de Jesús Campoamor (y que conste que no soy yo, por no ser crítico de arte, el más adecuado para entrar en apreciaciones técnicas) radica en su fusión con el paisaje. Ahí le quiero ver. Ahí le veo, caminando como conmigo lo ha hecho por el cerro de Hita, el barranco del río Bullones, o las agudas pizarras de Valverde de los Arroyos. Diciendo siempre, en admiración de niño, cómo le duelen los colores, porque se le meten dentro. Y sólo es capaz de sacarlos sobre el lienzo, en un parto continuo.

La obra de Campoamor no abarca sólo, ‑pienso‑ al parcelado campillo de la pintura, sino que comulga de la música y de la poesía. Con ellas teje su gran canasto de miel y cerezas. Y, como gran conocedor y amante de todas las parcelas del arte, es capaz de unificar en los lienzos sensaciones y valores de todos los retales de la belleza. En definitiva, Campoamor y Lecea alcanza, en esta exposición de óleos sobre Guadalajara que a partir del lunes día 19 se muestra en la Caja Provincial, su cota más alta de perfección y maestría.

Un recuperado monumento para la ciudad. La iglesia de los Remedios renace de su ruina

 

Para el próximo mes está prevista ya la inauguración de la remodelación de la iglesia de los Remedios. En la fiesta anual que el Colegio de Arquitectos de Guadalajara celebra, con el otorgamiento de sus premios anuales a las mejores actuaciones en el campo de la Arquitectura, uno de los galardones ha sido concedido este año a las dos instituciones que han hecho posible esta realidad tan fabulosa: la Excma. Diputación Provincial de Guadalajara y la Universidad de Alcalá de Henares. Arquitectos de una y otra han sido los artífices modernos que han vuelto a poner en pie, en brillo y en servicio a este edificio, planeado como capilla de un «Colegio de Doncellas» en el siglo XVI por un Mendoza famoso: el obispo de Salamanca don Pedro González de Mendoza.

Los arquitectos de hoy que han sabido llevar a buen puerto esta perfecta remodelación y adecuación a un uso nuevo, han sido hombres de la Diputación y la Universidad, plenos de saber técnico y de buen gusto restaurador. Entre ellos destacan los nombres de Ramón Valentín Gamazo, José Luis Condado Ayuso y Carlos Clemente San Román, a los que ahora se añade el del arquitecto cubano Francisco Bedoya, en tareas de reconstrucción histórica de la evolución secular de las formas de este gran edificio.

En cualquier caso, ellos y muchos otros artistas (aparejadores, restauradores de pinturas, herreros, tallistas, estuquistas, luminotécnicos, carpinteros y un largo etcétera de trabajadores) han hecho posible este renacimiento, que para la ciudad supone un verdadero empujón de la fortuna hacia esa cumbre a que nuestra ciudad se encamina. Y, una vez más, el marchar codo a codo de la Diputación y la Universidad aquí se ha manifestado con toda brillantez. Recogieron el galardón don Manuel Gala, Rector de Alcalá, y don Pedro Fernández, vicepresidente de la Diputación.

* * *

Aunque hablaremos con mayor detenimiento de este templo en próximos artículos, concretamente cuando se inaugure, sí que cabe ahora recordar brevemente su evolución. Fue hacia 1568, a su vuelta del Concilio de Trento, cuando Pedro González de Mendoza, obispo de Salamanca y uno de los principales teólogos del Reino, tuvo la idea de dedicar buena parte de su dinero a construir un «Colegio de Doncellas» en que se recogieran las chicas jóvenes de Guadalajara para recibir una esmerada educación. Para ello adquirió el viejo caserón‑palacio de los marqueses de la Vala Siciliana, parientes suyos, que se habían ido a vivir a Nápoles. Mandó derribarlo y elevar en su puesto un gran edificio renacentista con iglesia aneja.

Fué esta iglesia lo primero que se construyó. Aunque los planos para la misma los aportó el propio obispo (y es muy posible, ó yo al menos así lo sospecho, que los trajera hechos de Italia, al modo y manera que se construía en Trento a mediados del siglo XVI). El maestro de obras Acacio de Orejón, dedicado por entero a los Mendoza, director de las obras de reforma del palacio del Infantado a instancias del quinto duque, fue quien se encargó de los trámites iniciales para construir esta iglesia de los Remedios. Pero el arquitecto definitivo que la dirigió y puso su sello genial y acertado, fue el campiñero Juan de Ballesteros, quien se ayudó de otros artífices en tareas menores. Finalmente, la última parte construida, que es la maravillosa lonja de entrada orientada al norte, con sus tres elegantes y delgadas columnas sujetando los arcos semicirculares, y la portada de líneas sorprendentes manieristas, se debe a Felipe Aguilar, «el Viejo», quien entre 1580 y 1583 afrontó esta obra y concluyó los detalles que dieron fulgor y aire nuevo a este templo, una joya auténtica del Renacimiento que nunca llegó a tener todo el brillo que debiera, pues se utilizó como capilla de ese Colegio de Doncellas que, por problemas económicos, aún tardó mucho en construirse a su lado.

No es hasta mediado el siglo XVII que se termina de hacer el edificio anejo. Y se hizo en materiales pobres (ladrillo, algunos sillares) y sin arte alguno. Además, el hecho de que el obispo Mendoza dejara el patronato de su fundación a los jerónimos de Lupiana, supuso que estos finalmente instituyeron en el lugar un convento de monjas de su Orden, con lo cual el conjunto se cerró casi totalmente al uso de la ciudad. Solamente en el siglo pasado, cuando las jerónimas vendieron el convento al Ministerio de la Guerra, y este destinó el viejo edificio a Hospital Civil Provincial, juntamente con la Diputación obtuvo algunas reparaciones, pero en definitiva el abandono se cebó progresivamente en él. Tras la inauguración en 1932 del nuevo Hospital Provincial «Ortiz de Zárate», el Ayuntamiento decidió derribar el viejo monasterio de los Remedios, y en su lugar se alzó, en los años 60 de nuestro siglo, el moderno edificio de Escuela Normal y hoy Universitaria de Formación del Profesorado. La iglesia, mientras tanto, permanentemente cerrada, tomada en invasión por las palomas, vacía y progresivamente destruida.

En este lugar, en el que las pinturas de José María Larrondo y las vidrieras de Pablos dan nuevo color y luminosidad al conjunto, limpio y airoso en su filigrana renacentista, la Universidad de Alcalá de Henares coloca su Paraninfo y, por lo tanto, su corazón académico en Guadalajara. De aquí nacerá esa nueva presencia que el Estudio Complutense va a protagonizar entre nosotros. No cabe duda que esa puerta renacentista de los Remedios va a ser la puerta por donde un nuevo aire de cultura entrará a nuestra casa común, a esta ciudad que marcha decidida a un futuro mejor.

Pastrana, siempre de actualidad

 

Esta semana pasada, Pastrana ha vuelto a alcanzar la popularidad y el baño de multitudes que habitualmente recibe en estos días iniciales de la primavera con motivo de celebrar su Feria Nacional Apícola, que viene siendo cada año más sugestiva y amplia en ofertas. En ella se vuelcan una serie de organismos, entre los que destacan, de un lado, el Patronato rector con José Luis Herguedas como artífice múltiple, y por supuesto el Ayuntamiento de la villa de Pastrana, más la Excma. Diputación Provincial, la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha y todos los vecinos de Pastrana, que gozan y a un tiempo son protagonistas de este hecho anual.

Pocas semanas antes, concretamente el día 8 de marzo en el «Diario 16» y luego el domingo 14 de este mismo mes en «El País», era la villa de la Alcarria el centro de millones de miradas, al aparecer en un fascículo coleccionable del primero de estos diarios, y llenando una página de la sección de «Viajes» del segundo, en ambos casos con fotografías y planos, más informaciones y sugerencias a cual más atrayente. Se lo tiene merecido, no solo por su valor intrínseco, por ese aire formal de villa antigua, pura y castellana en la que parecen pasar los siglos como lentos balbuceos que van tamizando su sabor antiguo, sino por el afán que últimamente sus munícipes, y muy especialmente la Corporación que hoy preside don Juan‑Pablo Sánchez Sánchez‑Seco, han puesto en encontrar para Pastrana un camino auténtico, realista y firme de desarrollo.

Lejos las ideas, siempre utópicas, de fábricas y multitudes. Saber adecuarse a la realidad de lo que se tiene, de lo que potencialmente se puede alcanzar, y conocer y aprovechar los movimientos que arrastran a la sociedad actual. De ahí que el futuro de Pastrana pase claramente por el tamiz de lo turístico, de la oferta de sus posibilidades, únicas y tan peculiares, de cara a un bloque de visitantes que serán cada vez más numerosos y selectos.

Pero además abrir nuevos caminos paralelos: el de la cultura por ejemplo. El de la enseñanza. El de un lugar de paz donde vivir o crear cosas nuevas y sencillas. De ahí que el empeño de su alcalde y corporación sea buscar asentamientos de artesanos, cooperativas de industrias no contaminantes y que puedan no sólo crear puestos de trabajo sino acrecentar la fama pastranera por otros derroteros ¿Quizás un centro nacional de producción de alimentos melíferos?

También la Universidad de Alcalá tiene puestos sus ojos en Pastrana. ¡Y cómo…! Con pasión de enamorado. Con la obsesión de quien, mire a dónde mire, ve el objeto de su amor en cualquier lado. La Universidad de Alcalá ha planteado la creación de una serie de «alojamientos» ú «hospederías» universitarias por la provincia de Guadalajara. Unos lugares (en Atienza, Sigüenza, Molina y aquí en Pastrana) que destacan por su valor histórico y monumental, en los que se habilitarán edificios con destino a servir de centros de alojamiento y de estudio a un mismo tiempo. En Pastrana, sin embargo, y me consta de conversaciones a diversos niveles dentro del área universitaria en que me muevo, se hará algo más: el propio Palacio Ducal de los Éboli va a ser restaurado, puesto en valor, sirviendo sus salas nobles para sede del gran Museo que tendrá en sus «tapices» universalmente conocidos el hito último de muchas peregrinaciones, mientras que en el resto del edificio se abrirán aulas, salones de conferencias, espacios de acogida, y en definitiva cobrará el entorno, con su plaza señorial abierta al campo olivarero de la Alcarria, un aire nuevo de humanismo y gracia que nunca llegó a perder.

No son sueños. No soy proclive a tenerlos. Sólo los adolescentes los tienen. Hay muchos elementos de juicio ahora reunidos para poder afirmar que esto va en serio. Un equipo decidido en la alcaldía y municipio pastranero, pisando muy seguro donde se debe pisar, y un bloque de gentes con sensibilidad plena en la Universidad alcalaína, van a llevar esto que fue un sueño a ser una realidad. No creo confundirme. Y no soy yo quién lo promete.

Pastrana, siempre de actualidad, invita cada día a recorrer sus calles estrechas y silenciosas. Esquinas y panorámicas donde parece siempre concentrarse el calor y la luz de aquel verano, donde se queda eterna la mirada clara de quien sabe esperar porque merece la pena. Un lugar, en definitiva, para vivir un amor y hacerse viejo.