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septiembre 11th, 1992:

El escudo heráldico de Guadalajara

 

Una de las señas de identidad mas características de una ciudad, es sin duda alguna el escudo heráldico, el elemento que la representa y simboliza la esencia de su historia y sus aconteceres. Pienso que no hay nada mejor en este día en que ya el chupinazo de la fiesta renovada y eterna ha sonado, como este escudo de Guadalajara, para adentrarnos un poco más en la esencia de esa fiesta que nos ha llegado hasta las manos.

El escudo de Guadalajara es un bello muestrario de arte y de historia, sazonada de una buena dosis de leyenda. Es producto de una tradición y largos años, por no decir siglos, de elaboración y pensares.

Muestra un paisaje medieval escueto: un campo llano al fondo del cual surge una ciudad amurallada. Alguna torre descuella sobre las almenas del primer tramo. Una puerta cerrada se acurruca en una esquina del murallón. Sobre la punta de la torre, un banderín de color verde con frases en árabe nos dice que la ciudad es islámica, que la pueblan moros, aunque no se les vea. Sobre el campo verde del primer término, un guerrero medieval monta un caballo. Va revestido el caballero de una armadura de placas metálicas, una celada que le cubre la cabeza y plumas que como lambrequines brotan de ella. Va armado con una espada, o lanza, en señal de fiera ofensa. Y a veces le asoma el pendón castellano por detrás del hombro. En ocasiones, detrás de él, formados y prietos, unos soldados admiran el conjunto, expectantes. De sus manos surgen verticales las lanzas. Parte de su cuerpo se recubre por escudos que llevan pintadas cruces. Son un ejército cristiano que acaudilla un caballero: se llama Alvar Fáñez, el de Minaya, y es algo familiar del Cid Ruy Díaz, y teniente de su mesnada. Un cielo oscuro, de noche cerrada, tachonado de estrellas y en el que una media luna se apunta, cubre la escena.

Dice la tradición que este emblema, tan historiado y prolijo, es la imagen fiel de un momento, de una singular jornada de la ciudad. Representa la noche del 24 de junio de 1085, una noche espléndida y luminosa de San Juan, de hace algo más de 900 años. La ciudad de al fondo es Guadalajara la árabe, la Wadi‑l‑Hiyara de las antiguas crónicas andalusíes. El campo verde sería la orilla izquierda del barranco del Coquín, lo que durante muchos años fue Castil de Judíos o cementerio hebraico. Allá se aprestan el caballero Alvar Fáñez y sus hombres de armas. Esperan el momento, en el silencio de la noche, cuando sus habitantes duerman, y uno de los suyos abra el portón que da paso desde el barranco al barrio de los mozárabes. Escondidos cada cual por su lado, a la mañana siguiente aparecerán con sorpresa por las calles del burgo, y sus habitadores ya nada podrán hacer ante la consumación de la conquista.

En estos días de sana alegría y de pasión arriacense derramada, esta visión del escudo heráldico de la ciudad nos devuelve algo de las esencias más puras y entrañables de nuestro ancestral devenir. Es una verdadera lástima que, tras tantos años, tantos siglos de evolución y uso, el escudo heráldico de Guadalajara todavía no esté reconocido oficialmente. Bueno sería que la nueva Corporación Municipal, abierta a todo cuanto sea mejorar el entronque de los arriacenses de hoy con su auténtica raigambre histórica, gestionara esta declaración e iniciaran el expediente preciso para que la Junta de Comunidades sancione oficialmente el uso de este emblema tan querido.

De ese escudo y esa tradición que se funden en una hermosa leyenda: la que desde hace siglos, las abuelas nos fueron contando a los nietos, revistiendo de magia medieval, de ardor guerrero, de sonidos metálicos y frases perdurables esta conseja que nació, hace ahora más de nueve siglos, para poner el sello de lo maravilloso en algo que probablemente fue muy prosaico, pero que necesitaba cubrirse con tales vestiduras. Allí están, escudo y tradición, para que siga rodando, junto a los fuegos de las chimeneas, o las faldillas de las mesas camillas, de los labios secos de los viejos a los oídos vírgenes de los niños.