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septiembre 4th, 1992:

Monasterios Medievales de Guadalajara. El convento franciscano de la Salceda

 

Para cualquier viajero que desee adentrarse en las evocaciones de arte e historia que ofrece nuestra tierra de Guadalajara, uno de los caminos más sugerentes que se le abre es el de los monasterios medievales, de los que nuestra provincia está literalmente sembrada. No en vano fue aquella remota época la que, con un territorio superpoblado, centraba sus ansias en la perfección religiosa. De ellos, de esos nobles y hermosos monasterios, hoy sólo quedan ruinas y recuerdos. Pero merece la pena irlos conociendo poco a poco. Hoy visitaremos el convento franciscano de La Salceda.

En la parte más alta del llamado Valle del Infierno, a caballo entre los términos de Tendilla y Peñalver, se encuentran situadas las ruinas evocadoras de este convento. Para quien viaje en automóvil desde Guadalajara a Sacedón, a poco de cruzar a lo largo de la encantadora Calle Mayor de Tendilla, y casi coronando las cuestas que la carretera sube hacia la meseta alcarreña, será una sorpresa encontrarse, a la derecha de su camino, los restos llamativos de esta institución eclesiástica.

En aquel lugar, según nos dice la tradición, se apareció la virgen a dos caballeros de la Orden de San Juan, sobre las ramas de un sauce, en ocasión de una tormenta. Y allí pusieron enseguida una pequeña ermita en la que esa talla de la Virgen, muy chiquita de tamaño (dicen que el original es el que se conserva en el altar mayor de la parroquia de Tendilla), con la advocación de Nª Sª de la Salceda, presidió la paulatina construcción de todo un complejo monasterial y eremítico en el que tuvo su asiento el inicio de la reforma franciscana del siglo XIV.

Fue concretamente el fraile Pedro de Villacreces, quien en el año 1366, decidido a dar consistencia a su ya iniciada reforma observante, pidió las correspondientes autorizaciones a la Orden de San Juan, dueña del territorio, al arzobispo toledano, a los superiores de su orden, y al Papa, y con el visto bueno de todos fundó este convento, en principio muy humilde, acompañado de fray Pedro de Regalada y fray Pedro de Santoyo.

El inicio fue en forma de vida eremítica, con pequeñas ermitas dispersas por el monte, que cada fraile personalmente se construía con ramas, piedras y adobes, haciendo en ellas «maravillosísimos ejercicios de virtud y penitencia» como decía un cronista de la época. Y una porción de vida en común, a la hora de las comidas, los oficios religiosos, etc. Durante los primeros 24 años Villacreces dio vida con su dirección a aquel lugar que enseguida tomó fama por toda Castilla de ser hervidero de santos. A finales del siglo XV, vistió el pardo sayal en la Salceda Gonzalo Ximénez de Cisneros, quien luego sería regente de la monarquía y arzobispo toledano. Un monolito puesto a la orilla de la carretera, aún nos lo recuerda. Y otros muchos santos varones anclaron en aquella altura, dando vigor y fama al cenobio. Así fray Diego de Alcalá, famoso por sus milagros, canonizado luego; el francés fray Julián de San Agustín, portentoso en sus penitencias; fray Juan de Tolosa, que un tiempo fue confesor de la reina Isabel la Católica; y fray Pedro González de Mendoza, el hijo de la princesa de Éboli, que aquí profesó también de fraile menor, y alcanzó luego la gloria y la riqueza como obispo de Sigüenza y arzobispo de Granada, dejando escrito y publicado un gran libro, la «Historia de Monte Celia», y erigida a su costa la lujosísima «capilla de las Reliquias» de la que luego hablaremos.

A lo largo de los siglos XVI y XVII este convento cobró fama, allegó caudales y se remozó en sus construcciones hasta alcanzar a tener un edificio complejo, rico y curioso. Nos dicen los cronistas de aquellos siglos que todo en él era motivo de asombro para quienes, peregrinos y devotos, llegaban hasta su altura. El mismo rey Felipe III, ‑devoto de monjas y de conventos‑, acudió en 1604 con su esposa la reina Margarita a orar ante la Virgen de la Salceda, residiendo unos días en el cenobio. Este era por entonces toda una brillante pieza del arte renacentista. El ancho claustro tenía sus corredores cubiertos de azulejería talaverana con escenas de la vida de la Virgen pintadas en vivos colores. Cuadros a decenas se albergaban entre sus muros (sabemos que había un Tiziano) y joyas de la antigüedad, entre las que no era la menor un «Apocalipsis del Beato Amadeo». Esta se guardaba en la fabulosa biblioteca que, en semejanza a la de El Escorial, ocupando todo el ámbito del claustro alto ofrecía largas series de retratos de los maestros franciscanos de Teología, filosofía, Gramática, Retórica, y Humanidades varias, junto con numerosos mapas, esferas y globos terráqueos, amén de varios millares de libros, manuscritos e incunables. Una hospedería muy capaz se encargaba de dar albergue a visitantes y peregrinos, que acudían siempre en gran número.

De todo ello hoy sólo quedan unas tristes y escasas ruinas. Tras las Desamortización de Mendizábal, los frailes se dispersaron, sus pertenencias fueron robadas o malvendidas, y el edificio aprovechado íntegramente por su comprador (Antonio Barbé, de Guadalajara, en 1843) para desguace y venta de materiales. De lo poco que quedó, se bajó a Tendilla la imagen de la Virgen de la Salceda, y las piedras de la portada de la iglesia, que totalmente desfigurada se puso como marco de entrada a un bar de la Calle Mayor. Otros cuadros se trasladaron a la iglesia de Budia y al futuro Museo Provincial quedaron asignados algunos lienzos. Después, el silencio y la evocación sobre sus restos mínimos.

El conjunto de este gran convento se formaba, de un lado, por las quince ermitas que se distribuían por las laderas del «Monte Celia», y que llevaban los nombres de los más famosos frailes que las habitaron. Por la iglesia, que desde un punto de vista arquitectónico podía incluirse dentro del estilo manierista ó clasicismo escurialense propio de los años finales del siglo XVI. Su diseñador y director pudiera haber sido uno de los arquitectos escurialenses, Juan García de Alvarado, residente en esa época en Tendilla, ó Juan de la Pedrosa, maestro de obras de las que el arzobispo González de Mendoza realizó en los ámbitos que de él dependían. Otro de los grandes edificios de este convento de la Salceda, del que hoy quedan las más expresivas ruinas, y que vemos en fotografía junto a estas líneas, era la Capilla de las Reliquias, situada al mediodía de la iglesia y mandada construir por Fray Pedro González de Mendoza para colocar en ella todas las reliquias que consiguió atesorar. Las paredes de este edificio estaban revestidas de azulejos en su parte inferior, alzándose luego hasta la cornisa una serie numerosa de nichos donde se albergaban las reliquias. Un altar de compleja factura manierista completaba el conjunto, cubierto de amplia cúpula hemisférica de subidos adornos dorados.

De todo aquel conjunto solo quedan hoy algunos desmochados paredones, restos de las murallas del espacio conventual, y alzada a gran altura la capilla de las Reliquias, auténtica joya de la arquitectura renacentista clasicista de la primera mitad del siglo XVII. Merece, verdaderamente, aunque solo sea con intenciones evocadoras, darse una vuelta por entre las ruinas del convento franciscano de la Salceda.