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septiembre, 1992:

Apuntes para una biografía de Montesclaros

  Estos datos fueron utilizados para pronunciar sobre ellos una conferencia en Madrid, en el Palacio de Linares, el 18 de Septiembre de 1992 con motivo de la clausura del Congreso Iberoamericano de Heraldistas y Genealogistas

Dibujo de Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, cuando fue virrey del Perú, según dibujo de Huamán Poma de Ayala

 Nacido en Guadalajara (España) en 1571

Muerto en Madrid en 1628

1º Marqués de Montesclaros: Rodrigo de Mendoza (2º hijo del tercer duque del Infantado) a quien el Emperador concedió este título en recompensa de los «servicios prestados por etse Caballero que figuró en el séquito del Emperador al ser coronado en Bolonia y luchó en la conquista de Túnez y en La Goleta con singular ardimiento».

2º Marqués de Montesclaros: Juan Hurtado de Mendoza y Luna, que levantó su gran palacio de Guadalajara, y acogió en él a intelectuales, escritores y artistas. El mismo fué autor de composiciones.

3º Marqués de Montesclaros: Juan Manuel de Mendoza y Luna, hijo póstumo. El mayor Rodrigo murió de niño, Francisca se casó con el conde de Palma, y Ana profesó monja en La Piedad.

Bautizado en Santiago, el 22 de enero. Se formó en Guadalajara.

Estuvo de paje en la boda de 1582 entre Rodrigo, el hermano del 5º Duque, y la hija de este y su heredera, doña Ana de Mendoza.

Participó en acciones de guerra (Portugal, 1580 83), galeras, etc.

En 1591 recibió las insignias y hábito de Santiago.

Estando al servicio de los duques de Alba conoció a Lope de Vega.

En 1595 casó con una parienta, Ana Mesía de Mendoza, hija del marqués de la Guardia, Rodrigo Mesía Carrillo y de Isabel de Mendoza y Mendoza, hermana del 5º duque del Infantado.

En 1596, 1º hijo, Juan de Mendoza y Mesía.

Estando en Sevilla, a comienzos del XVII tuvo hijo ilegítimo con Ana María de Salamanca. La hija se llamó Antonia María y fue excelente poetisa (la «divina Antandra».

Estando en Perú de Virrey se unió a Luisa de Mendoza, dama de la Virreina y algo parienta suya. Tuvo dos hijos de ella, en secreto: María Magdalena de Mendoza, que quedó a vivir en Lima, y allí casó, y Antonio de Mendoza, que trajo a España y le dió la carrera militar.

De desconocida dama tuvo aún otra hija, Juana de Mendoza, nacida ya en Madrid, en 1622, estando casado en segundas nupcias. A la muerte del marqués, ella estaba recogida con las monjas de La Piedad.

Se casó por segunda vez al quedar viudo. La duquesa Ana, gran casamentera, le unió a Luisa Antonia Portocarrero y Mendoza, sobrina suya, pues era hija de Luis Fernando de Portocarrero y Bocanegra, tercer conde de Palma, y de Francisca de Mendoza y Manrique, hermana del Virrey. De este matrimonio nació en 1619 Isabel de Mendoza y Portocarrero, a quien en 1627 (con 8 añitos) casaron con Rodrigo de Sandoval y Mendoza (nieto de la 6ª duquesa doña Ana), heredero luego del ducado del Infantado.

En 1600 se le nombra Asistente de Sevilla, antesala del Virreinato.

En 1603 (contando 32 años) se le nombra Virrey de Nueva España.

En 1607, Virrey del Perú.

En 1615, vuelta a España.

Años de incertidumbre. Brujulea en la corte de Felipe III.

Una encomienda enAmérica, en Conchucos, irónicamente.

Consejero de Estado, y tareas burocráticas.

Luego Presidente del Consejo de Hacienda.

Intentó por todos los medios el Consejo de Indias, sin conseguirlo.

En 1626, presidente del Consejo de Aragón.

Virrey de México

Devoción acentuada. Apoyo a lo eclesiástico. Obras hidráulicas, tras las inundaciones de 1604 5.

En 1603, crea el Consulado de México o Universidad de Mercaderes.

Apoyo a los estudios de Retórica y Latinidad de los jesuitas.

Frase de Felipe III al nombrar a montesclaros virrey del Perú:

«de cuya mucha cristiandad, prudencia y bondad confío que procederá en el Gobierno dessos Reynos con la integridad, justificación y entereza que conbiene y lo ha hecho y haze en la nueva españa»

Virrey de Perú

La época de mayor profusión de rituales y ceremonias públicas.

(Canonización de San Ignacio de Loyola, Gran cleebración litúrgica por el fallecimiento de la reina Margarita, entradas de personajes, justas poéticas, etc.)

Creación de Tribunales económicos (Tribunal de contaduría Mayor, Tribunal de Cuentas, Tribunal del Consultado.

Preocupación por las condiciones de trabajo de los indios (las mitas y yanaconas) que no consiguió eliminar ni mejorar esas condiciones de vida.

Las minas de Huancavelica y Potosí, haciéndolas productivas, las hizo varias visitas.

El «Memorial de Conchucos» protestando por las encomiendas.

Asuntos religiosos. persecución de la idolatría. Luchas intestinas de las órdenes religiosas.

Actividad conquistadora y pacificadora en Chile.

Constructor y urbanista en Lima: construyó el puente del Rimac, la Alameda de los Descalzos, la Casa del Divorcio, y grandes ermitas.

Ataques de los holandeses, especialmente en mayo julio de 1615, en que atacó Joris van Spielbergen el Callao, con derrota para las armas españolas.

Poeta y Prosista

Hizo poemas, de los que solo nos han quedado cuatro ó cinco, irónicos. Hizo traducciones de clásicos, y escribió muchos informes con galanura, entre ellos el documento «Tocante a las Indias de Castilla…» también titulada «Relación del estado de gobierno de estos reinos que hace el Marqués de Montesclaros al señor Príncipe de Esquilache, su sucesor» del que existen una docena de copias. Y la «Introducción y Advertimiento para la Administración del Oficio de Proveedor General de la Real Armada del Mar del Sur», publicada por primera vez.

Protector de artistas

de Juan Dávalos de Ribera (alcalde de Lima a comienzos del XVII)

de Diego de Aguilar y Córdoba, corregidor de Parinacochas.

Creación de la «Academia Antártida», con Diego Mexía, el doctor Francisco de Figueroa, Cristóbal de Arriaga, fray Juan Gálvez y Diego de Hojeda. este escribió «La Cristiada», con Pedro de Oña, que escribió «Arauco Domado» y que es una auténtica crónica versificada de la actividad política de Montesclaros. El general de la Mar del Sur, don Fernando de Córdoba y Figueroa, alcalde de Lima entre 1601 y 1604. También don Francisco Fernández de Córdoba, corregidor de Huaylas, y el Correo Mayor de Indias, Diego de Carvajal. el criollo natural de Huánuco Alonso de Huerta llegó a ser catedrático de lengua quechua en la Universidad de San Marcos en Lima. Fue protegido Luis de Ribera, corregidor de Paspaya, escribió «Poesías Teológicas». Fray Lucas de Mendoza expresó su arte poético en la ocasión de las exequias por la reina Margarita. Juan de Miramontes, autor de las «Armas Antárticas», compuesto en 1700 octavas reales. Y Bernardino de montoya, criollo autor del «Memorial de Conchucos» en verso.

Montesclaros apoyó ante el Rey la obra gigantesca del indio Felipe Huaman Poma de Ayala, la famosa «Primer Crónica i buen gobierno» ahora tan editada y famosa por sus dibujos, en uno de los cuales aparece el Virrey Mendoza. Otros cronistas fueron protegidos por éste: fray Buenaventura de Salinas y Córdoba, cronista de los franciscanos y autor del «Memorial de las Historias del Nuevo Mundo Perú». También el padre Arriaga, el bachiller Juan Hurtado de Vera y Rosales, y el seguntino Francisco Lopez de Caravantes con su «Noticia General de las Provincias del Pirú, Tierra Firme y Chile» recientemente publicada.

Protegió, en fin, el teatro, especialmente en las fiestas del Corpus. Gabriel del Río fue su agente para introducir el teatro en Lima, representándose ampliamente a Lope de Vega, Vélez de Guevara y otros en un «Corral de Comedias» que construyó Alonso de Avila en 1614.

Un Centenario arriacense. 500 años del palacio del Infantado

I

La hora del Quinto Centenario está servida. Dentro de unas semanas, el mundo hispánico (y quien quiera apuntarse) celebrará con toda solemnidad el Quinto Centenario de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo. Los alcarreños también tendremos, y no por «pelusa», sino con todo el peso de la historia de nuestra parte, un «Quinto Centenario» que conmemorar: el del palacio del Infantado, emblema impar de la ciudad de Guadalajara, pues no cabe duda que este edificio simboliza el arte y la historia de nuestra ciudad, ya que en él pusieron los Mendoza lo más intenso de su carga intelectual y humanística, y el más acendrado sentimiento de apego hacia sus tierras alcarreñas.

Se construyó este palacio, por voluntad del segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, a partir de 1480, y en 1483 estaba ya construida la fachada, poco después el patio, y en 1492 lucía el monumento, ya acabado, en todo su esplendor de goticismo, de artesonados y riquezas.

Sufrió reformas posteriormente, ya que en 1569, el tataranieto del constructor, don Iñigo López de Mendoza, quinto duque del Infantado, inició una serie de cambios estructurales y decorativos dirigidos por Acacio de Orejón, que tendían a parangonar su palacio con el que Felipe II levantaba en Madrid, poniendo para ello ciertos detalles renacentistas en la fachada (abrió nuevas ventanas, tapó las antiguas, desmochó los pináculos góticos), en el patio, y decorando los techos de los salones bajos con pinturas al fresco realizadas por los artistas italianos que por entonces vinieron a decorar El Escorial y otras obras reales. De cómo quedó el palacio tras esas reformas dan buena idea los dos grabados que acompañan a estas líneas, realizados por Salcedo en el siglo pasado.

Tuvo a su costado unos jardines, primero moriscos y luego renacentistas con asuntos mitológicos, hoy restaurados y limpios. El palacio del Infantado fue trazado y dirigido por el bretón Juan Guas, autor del castillo mendocino del Real de Manzanares, y del monasterio toledano de San Juan de los Reyes, colaborando con él Egas Cueman y Lorenzo Trillo. Una larga nómina de artistas mudéjares participaron en los diversos aspectos decorativos de la casona: artesonados, frisos, azulejería, pinturas y rejas. Es su estilo radicalmente hispano. Pues aunque parte de la decoración y estructura de balconajes o portadas son de corte gótico de tradición flamenca, otros muchos elementos decorativos, y la disposición de vanos en la fachada, incluso el mismo tema ornamental de las cabezas de clavos, son de herencia morisca, y de lo más exquisito que ha producido el arte mudéjar. Supera uno y otro estilo, y adquiere el marchamo hispánico del estilo mendocino.

La gran fachada occidental, tuvo en su origen una amplia plaza delante. En ella aparece la puerta descentrada, situada al extremo interno del tercio izquierdo, correspondiéndose al interior con un ángulo del patio. Se remata por un gran escudo ducal que pone el sello de la grandeza de un apellido, el de Mendoza, a toda la fachada del palacio. Antaño estuvo empotrado en los mocárabes de la galería, por causa de haber abierto el quinto duque un par de balcones sobre la portada, que separaron los dos elementos que, tal como hoy vemos, debían ir unidos. En la reciente restauración ha ocupado el puesto que le correspondía desde su origen. Está sostenido por dos velludos salvajes y se rodea de veinte escudetes que representan los múltiples estados del segundo duque del Infantado.

En la planta baja de la fachada se abren algunas ventanas y una puerta, obras de la reforma del quinto duque: llevan lisas molduras, frontoncillos con el escudo ducal y rejas de la época. En la primera planta, y también abiertos en la reforma del siglo XVI, aparecen balcones del mismo orden renaciente. En la línea superior de la fachada, mostrando una vez más esa predilección de la arquitectura hispánica, entroncada con la árabe, de decorar prolijamente ciertas áreas de una fachada, aparece como un corrido alfiz la galería de ventanales y garitones que pronuncian su grito gótico‑mudéjar más claro. Consiste en una serie de ventanales que alternan con garitas salientes, con múltiples columnillas y capiteles, antepechos y tracerías góticas, apoyado todo ello en amplia faja de mocárabes, repartiéndose por el conjunto los escudos de Mendoza y Luna. El resto de la fachada, toda ella construida con dorado sillar de Tamajón, se cubre con ornamentación de cabezas de clavos dispuestas en peculiar distribución en una ideal red de rombos. Es también un tema derivado directamente del arte árabe.

Y este es el aspecto exterior, tantas veces retratado y reproducido, del palacio del Infantado, que ahora se viste con el traje almidonado de su Quinto Centenario, en el que apenas se ha hecho hasta ahora nada que destaque este evento, pero que no estaría de más aprovechar los tres meses que nos quedan de año para destacar este acontecimiento. La Corporación municipal actual, que propició meses atrás esta celebración, tiene ahora la palabra. Yo propondría una sola y radical actividad a este respecto, germen de lo que debe ser el cariño y respeto de todos los ciudadanos hacia este palacio: pasar por él, a lo largo de este primer trimestre del curso, a todos los colegiales de Guadalajara, enseñárselo con detenimiento (la fachada, el patio, las salas pintadas, el Museo…), entregarles como recuerdo alguna pequeña publicación que lo describa, y animarles luego en clases a que lo describan, lo dibujen, lo animen siempre con su presencia y su cariño.

La semana próxima, de todos modos, continuaré con la descripción de las áreas internas de este palacio, que a pesar de ser, como antes decía, el emblema de la ciudad, y de contar, ya, con esos Quinientos años de vida espléndida, es todavía poco conocido en su dimensión auténtica por la mayoría de los arriacenses. 

II

Después de ver, la semana pasada, el aspecto exterior y la historia de este palacio del Infantado que es la gloria máxima de nuestro patrimonio monumental, me voy a ocupar en este momento de su aspecto interior, menos conocido por diversas razones: una la de que en muchas ocasiones del día y fines de semana está cerrado, y otra el hecho de que mucha gente se contenta con ver su fachada, y llevársela en la retina y en la cámara fotográfica, sin intentar pasar a ver la maravilla en piedra de su patio, o la brillantez de la historia mendocina en sus pinturas. Este del Quinto Centenario del Palacio del Infantado ha de ser, sin duda, un buen momento para entrar en él de una vez, y conocerlo en toda su dimensión.

El patio central de este palacio, llamado patio de los leones, es de forma cuadrilátera, ligeramente alargada de sur a norte, pues en los lados de levante y poniente aparecen siete arcos, por cinco tan sólo en los compañeros. Se compone de doble arquería superpuesta, formada de arcos conopiales mixtilíneos, muy del gusto de Juan Guas, en la galería baja, y el mismo tipo, pero con un par de entrantes laterales que le complican y quiebran aún más, en la arcada superior. El trazo atectónico de estos elementos, que sólo buscan el recurso decorativo, es evidente. Sobresalen florones y picos de su fino intradós, y una faja de bolas los circunda. Las columnas que sostienen la arquería inferior son de orden dórico, sin ninguna decoración, y notablemente achaparradas para la que sería su altura lógica con respecto a la contextura total del patio. Fueron puestas por el quinto duque en 1571, previo el levantamiento del suelo, y es de presumir que en un principio fueron idénticas a las de la galería alta, magníficos pilares bocelados de fuste helicoidal surcado de cintas y hojarascas, con un collarín al promedio, y capitel de hechura prismática, muy decorado de tema vegetal, en el remate.

Como relleno de los paramentos alzados sobre los arcos, y cubiertos sus fondos de taqueado, vemos un mundo prolijo de temas entre los que destacan parejas de leones tenantes del emblema de don Diego Hurtado de Mendoza, primero de los duques del Infantado: una tolva de molino de las que, al igual que los leones, es difícil ver dos idénticas. Sobre cada columna se alza un escudo, alternando el del apellido Mendoza con el de Luna. Todos se rematan con la correspondiente corona ducal, también variable en cuanto a su ornamentación, y una celada terciada, unas veces a derechas y otras a izquierda, que tiene por lambrequines unas largas hojas de cardo, y como apoyo de los leones y bichas aladas, que llevan por cimera, se interponen sendas coronas cívicas. A lo largo de la rosca de los arcos aparece tallada una fina y larguísima cartela, hoy ya mutilada, en la que se inscribe una frase en caracteres góticos que anotó Quadrado en el siglo pasado, y en éste completó Layna y aun Azcárate introdujo alguna sustancial corrección. Dice así: El yllustre señor don yñigo lopes de mendoça duque segundo del ynfantazgo, marques de santilllana, conde del rreal e saldaña, señor de Mendoça y de la Vega, mando fa (ser esta) portada (año del nascimiento de nro salvador ihu xpo de MCCCCL) XXXIII años… seyendo esta edificada por sus antecesores con grandes gastos e de sumptuoso edeficio, se (pu)so toda por el suelo y por acrescentar la gloria de sus proxenitores y la suya propia la mandó edeficar otra vez para más onrrar la grandeza (de su linaje) año myll e quatrocientos e ochenta y tres años. Illustris dominus S. Enecus Lopesius Mendoza dux secundus del Infantado, marchio Sanctiliane, comes Regalis et Saldanie, dominus de Mendoza et de la Vega hoc palatium a… progenitoribus quondam magna erecum impensa sed…al solum usque ferme… ad ilustrandam mejorum suorum… am et suam magnitudinem post… dandam pulcherrima et sumptuosa mole, arte miro…scultoris…Esta casa fizieron iuan guas e maestre egascoman e otros muchos maestros… Vanitas vanitatum et omnia vanitas.

El paramento de la galería superior presenta parejas de alados grifos enfrentados y encadenados, separados por complicado florón remate del arco. En la prolongación de las columnas se ven pináculos hoy desmochados, que sufrieron su tala cuando el quinto duque hizo su ya mencionada reforma, y hoy no han sido colocados nuevamente, dejando como friso bajo el alero una línea de clasicista cornisamiento, que rompe notablemente el conjunto, y le deja inexpresivo en esa altura. Uno de esos pináculos perdidos e idealizados, ha servido para ilustrar la portada de este libro.

El interior y estancias del palacio del Infantado han perdido en gran parte su antiguo esplendor. De la primitiva escalera nada queda. De los artesonados mudéjares, los mejores del mundo, sin duda alguna, destruidos en la Guerra Civil de 1936‑39, sólo quedan fotografías fragmentarias y escasísimos restos que se intenta sirvan para una futura reconstrucción de algunos de ellos. Lo que sí se ha conservado, y hoy lucen esplendorosas tras meticulosa restauración, son las pinturas al fresco que en algunas de las salas bajas del palacio pintores italianos decoraron a fines del siglo XVI por encargo del quinto duque. Se pueden contemplar hoy la salita de Cronos, con imagen de este dios y la serie de símbolos del Zodiaco; la gran «Sala de las Batallas», representando múltiples y movidas escenas de la historia militar de los Mendoza, que se complementan con representaciones de virtudes cívicas y figurillas de «putti» jugueteando con arneses de guerra. Al fondo de esta sala aparecen dos ovaladas saletas con decoración pictórica de escenas mitológicas. Otra sala magníficamente decorada en sus techos es la de Atalanta, en la que aparecen cinco escenas de la leyenda que protagoniza esta diosa junto a Hipómenes, tomadas directamente del relato de Ovidio, acompañadas de múltiples figuras de variados animales y escenas de caza. En ella luce la gran chimenea de mármol de Carrara que en 1573 hicieron los italianos Juan Bautista y Domingo Milanés. Las pinturas de estas salas las realizó el florentino Rómulo Cincinato entre 1578 y 1580 por encargo del quinto duque.

Tras haber sufrido un bombardeo el 5 de diciembre de 1936, en plena Guerra civil española, que dejó el edificio por los suelos, y la mayor parte de sus riquezas internas destruidas para siempre, en los años sesenta de este siglo fue restaurado, y hoy ha recobrado toda la dignidad que merecía, al ser utilizado con fines netamente culturales: en su planta baja se encuentra el Museo de Bellas Artes de la Provincia, con varias salas cargadas de pinturas, esculturas y cerámicas interesantes, y en la planta alta la Biblioteca Pública Provincial, el Archivo Histórico Provincial y diversas dependencias culturales que le hacen ser un lugar de encuentro permanente de cuantos en Guadalajara tienen inquietudes culturales. Ojalá que este momento, este otoño del 92 en que se cumple el Quinto Centenario de su acabamiento, sea también la fecha que marque ese definitivo entronque y total conocimiento con la población, ‑las gentes, los niños sobre todo‑ que le acoge.

El escudo heráldico de Guadalajara

 

Una de las señas de identidad mas características de una ciudad, es sin duda alguna el escudo heráldico, el elemento que la representa y simboliza la esencia de su historia y sus aconteceres. Pienso que no hay nada mejor en este día en que ya el chupinazo de la fiesta renovada y eterna ha sonado, como este escudo de Guadalajara, para adentrarnos un poco más en la esencia de esa fiesta que nos ha llegado hasta las manos.

El escudo de Guadalajara es un bello muestrario de arte y de historia, sazonada de una buena dosis de leyenda. Es producto de una tradición y largos años, por no decir siglos, de elaboración y pensares.

Muestra un paisaje medieval escueto: un campo llano al fondo del cual surge una ciudad amurallada. Alguna torre descuella sobre las almenas del primer tramo. Una puerta cerrada se acurruca en una esquina del murallón. Sobre la punta de la torre, un banderín de color verde con frases en árabe nos dice que la ciudad es islámica, que la pueblan moros, aunque no se les vea. Sobre el campo verde del primer término, un guerrero medieval monta un caballo. Va revestido el caballero de una armadura de placas metálicas, una celada que le cubre la cabeza y plumas que como lambrequines brotan de ella. Va armado con una espada, o lanza, en señal de fiera ofensa. Y a veces le asoma el pendón castellano por detrás del hombro. En ocasiones, detrás de él, formados y prietos, unos soldados admiran el conjunto, expectantes. De sus manos surgen verticales las lanzas. Parte de su cuerpo se recubre por escudos que llevan pintadas cruces. Son un ejército cristiano que acaudilla un caballero: se llama Alvar Fáñez, el de Minaya, y es algo familiar del Cid Ruy Díaz, y teniente de su mesnada. Un cielo oscuro, de noche cerrada, tachonado de estrellas y en el que una media luna se apunta, cubre la escena.

Dice la tradición que este emblema, tan historiado y prolijo, es la imagen fiel de un momento, de una singular jornada de la ciudad. Representa la noche del 24 de junio de 1085, una noche espléndida y luminosa de San Juan, de hace algo más de 900 años. La ciudad de al fondo es Guadalajara la árabe, la Wadi‑l‑Hiyara de las antiguas crónicas andalusíes. El campo verde sería la orilla izquierda del barranco del Coquín, lo que durante muchos años fue Castil de Judíos o cementerio hebraico. Allá se aprestan el caballero Alvar Fáñez y sus hombres de armas. Esperan el momento, en el silencio de la noche, cuando sus habitantes duerman, y uno de los suyos abra el portón que da paso desde el barranco al barrio de los mozárabes. Escondidos cada cual por su lado, a la mañana siguiente aparecerán con sorpresa por las calles del burgo, y sus habitadores ya nada podrán hacer ante la consumación de la conquista.

En estos días de sana alegría y de pasión arriacense derramada, esta visión del escudo heráldico de la ciudad nos devuelve algo de las esencias más puras y entrañables de nuestro ancestral devenir. Es una verdadera lástima que, tras tantos años, tantos siglos de evolución y uso, el escudo heráldico de Guadalajara todavía no esté reconocido oficialmente. Bueno sería que la nueva Corporación Municipal, abierta a todo cuanto sea mejorar el entronque de los arriacenses de hoy con su auténtica raigambre histórica, gestionara esta declaración e iniciaran el expediente preciso para que la Junta de Comunidades sancione oficialmente el uso de este emblema tan querido.

De ese escudo y esa tradición que se funden en una hermosa leyenda: la que desde hace siglos, las abuelas nos fueron contando a los nietos, revistiendo de magia medieval, de ardor guerrero, de sonidos metálicos y frases perdurables esta conseja que nació, hace ahora más de nueve siglos, para poner el sello de lo maravilloso en algo que probablemente fue muy prosaico, pero que necesitaba cubrirse con tales vestiduras. Allí están, escudo y tradición, para que siga rodando, junto a los fuegos de las chimeneas, o las faldillas de las mesas camillas, de los labios secos de los viejos a los oídos vírgenes de los niños.

Monasterios Medievales de Guadalajara. El convento franciscano de la Salceda

 

Para cualquier viajero que desee adentrarse en las evocaciones de arte e historia que ofrece nuestra tierra de Guadalajara, uno de los caminos más sugerentes que se le abre es el de los monasterios medievales, de los que nuestra provincia está literalmente sembrada. No en vano fue aquella remota época la que, con un territorio superpoblado, centraba sus ansias en la perfección religiosa. De ellos, de esos nobles y hermosos monasterios, hoy sólo quedan ruinas y recuerdos. Pero merece la pena irlos conociendo poco a poco. Hoy visitaremos el convento franciscano de La Salceda.

En la parte más alta del llamado Valle del Infierno, a caballo entre los términos de Tendilla y Peñalver, se encuentran situadas las ruinas evocadoras de este convento. Para quien viaje en automóvil desde Guadalajara a Sacedón, a poco de cruzar a lo largo de la encantadora Calle Mayor de Tendilla, y casi coronando las cuestas que la carretera sube hacia la meseta alcarreña, será una sorpresa encontrarse, a la derecha de su camino, los restos llamativos de esta institución eclesiástica.

En aquel lugar, según nos dice la tradición, se apareció la virgen a dos caballeros de la Orden de San Juan, sobre las ramas de un sauce, en ocasión de una tormenta. Y allí pusieron enseguida una pequeña ermita en la que esa talla de la Virgen, muy chiquita de tamaño (dicen que el original es el que se conserva en el altar mayor de la parroquia de Tendilla), con la advocación de Nª Sª de la Salceda, presidió la paulatina construcción de todo un complejo monasterial y eremítico en el que tuvo su asiento el inicio de la reforma franciscana del siglo XIV.

Fue concretamente el fraile Pedro de Villacreces, quien en el año 1366, decidido a dar consistencia a su ya iniciada reforma observante, pidió las correspondientes autorizaciones a la Orden de San Juan, dueña del territorio, al arzobispo toledano, a los superiores de su orden, y al Papa, y con el visto bueno de todos fundó este convento, en principio muy humilde, acompañado de fray Pedro de Regalada y fray Pedro de Santoyo.

El inicio fue en forma de vida eremítica, con pequeñas ermitas dispersas por el monte, que cada fraile personalmente se construía con ramas, piedras y adobes, haciendo en ellas «maravillosísimos ejercicios de virtud y penitencia» como decía un cronista de la época. Y una porción de vida en común, a la hora de las comidas, los oficios religiosos, etc. Durante los primeros 24 años Villacreces dio vida con su dirección a aquel lugar que enseguida tomó fama por toda Castilla de ser hervidero de santos. A finales del siglo XV, vistió el pardo sayal en la Salceda Gonzalo Ximénez de Cisneros, quien luego sería regente de la monarquía y arzobispo toledano. Un monolito puesto a la orilla de la carretera, aún nos lo recuerda. Y otros muchos santos varones anclaron en aquella altura, dando vigor y fama al cenobio. Así fray Diego de Alcalá, famoso por sus milagros, canonizado luego; el francés fray Julián de San Agustín, portentoso en sus penitencias; fray Juan de Tolosa, que un tiempo fue confesor de la reina Isabel la Católica; y fray Pedro González de Mendoza, el hijo de la princesa de Éboli, que aquí profesó también de fraile menor, y alcanzó luego la gloria y la riqueza como obispo de Sigüenza y arzobispo de Granada, dejando escrito y publicado un gran libro, la «Historia de Monte Celia», y erigida a su costa la lujosísima «capilla de las Reliquias» de la que luego hablaremos.

A lo largo de los siglos XVI y XVII este convento cobró fama, allegó caudales y se remozó en sus construcciones hasta alcanzar a tener un edificio complejo, rico y curioso. Nos dicen los cronistas de aquellos siglos que todo en él era motivo de asombro para quienes, peregrinos y devotos, llegaban hasta su altura. El mismo rey Felipe III, ‑devoto de monjas y de conventos‑, acudió en 1604 con su esposa la reina Margarita a orar ante la Virgen de la Salceda, residiendo unos días en el cenobio. Este era por entonces toda una brillante pieza del arte renacentista. El ancho claustro tenía sus corredores cubiertos de azulejería talaverana con escenas de la vida de la Virgen pintadas en vivos colores. Cuadros a decenas se albergaban entre sus muros (sabemos que había un Tiziano) y joyas de la antigüedad, entre las que no era la menor un «Apocalipsis del Beato Amadeo». Esta se guardaba en la fabulosa biblioteca que, en semejanza a la de El Escorial, ocupando todo el ámbito del claustro alto ofrecía largas series de retratos de los maestros franciscanos de Teología, filosofía, Gramática, Retórica, y Humanidades varias, junto con numerosos mapas, esferas y globos terráqueos, amén de varios millares de libros, manuscritos e incunables. Una hospedería muy capaz se encargaba de dar albergue a visitantes y peregrinos, que acudían siempre en gran número.

De todo ello hoy sólo quedan unas tristes y escasas ruinas. Tras las Desamortización de Mendizábal, los frailes se dispersaron, sus pertenencias fueron robadas o malvendidas, y el edificio aprovechado íntegramente por su comprador (Antonio Barbé, de Guadalajara, en 1843) para desguace y venta de materiales. De lo poco que quedó, se bajó a Tendilla la imagen de la Virgen de la Salceda, y las piedras de la portada de la iglesia, que totalmente desfigurada se puso como marco de entrada a un bar de la Calle Mayor. Otros cuadros se trasladaron a la iglesia de Budia y al futuro Museo Provincial quedaron asignados algunos lienzos. Después, el silencio y la evocación sobre sus restos mínimos.

El conjunto de este gran convento se formaba, de un lado, por las quince ermitas que se distribuían por las laderas del «Monte Celia», y que llevaban los nombres de los más famosos frailes que las habitaron. Por la iglesia, que desde un punto de vista arquitectónico podía incluirse dentro del estilo manierista ó clasicismo escurialense propio de los años finales del siglo XVI. Su diseñador y director pudiera haber sido uno de los arquitectos escurialenses, Juan García de Alvarado, residente en esa época en Tendilla, ó Juan de la Pedrosa, maestro de obras de las que el arzobispo González de Mendoza realizó en los ámbitos que de él dependían. Otro de los grandes edificios de este convento de la Salceda, del que hoy quedan las más expresivas ruinas, y que vemos en fotografía junto a estas líneas, era la Capilla de las Reliquias, situada al mediodía de la iglesia y mandada construir por Fray Pedro González de Mendoza para colocar en ella todas las reliquias que consiguió atesorar. Las paredes de este edificio estaban revestidas de azulejos en su parte inferior, alzándose luego hasta la cornisa una serie numerosa de nichos donde se albergaban las reliquias. Un altar de compleja factura manierista completaba el conjunto, cubierto de amplia cúpula hemisférica de subidos adornos dorados.

De todo aquel conjunto solo quedan hoy algunos desmochados paredones, restos de las murallas del espacio conventual, y alzada a gran altura la capilla de las Reliquias, auténtica joya de la arquitectura renacentista clasicista de la primera mitad del siglo XVII. Merece, verdaderamente, aunque solo sea con intenciones evocadoras, darse una vuelta por entre las ruinas del convento franciscano de la Salceda.