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Pastrana, el cambio de rumbo

Aspecto interior y retablo mayor de la iglesia Colegiata de Pastrana

 La historia de Pastrana, que aún está por escribir en toda su dimensión de paradigma hispánico, nos ofrece unos contrastes que a veces maravillan. Considerada cada una de sus etapas por separado, todas son interesantes y parecen llenar por sí solas, con su fuerza y su unicidad, el capítulo de la historia alcarreña. Sin embargo, puestas en contrapunto, se complementan y constituyen el ser perfecto, la evolución solemne de un lugar con personalidad y con fuerza.

Es por eso que hoy quiero fijarme en un aspecto poco acentuado hasta ahora en la evolución histórica de Pastrana. Lo que podríamos denominar «el cambio de rumbo», ese que se produce en el primer tercio del siglo XVI, en pleno reinado del Emperador Carlos I, pero que supone de forma contundente el paso de la Edad Media a la Moderna, en el transcurso de unos pocos años. Un cambio que, además, podría quedar simbolizado por las dos imágenes que acompañan a estas líneas: de un lado, el aspecto todavía medieval y arcano de la portada gótica de su Colegiata; de otro, el rigor geométrico, la perfecta axialidad renacentista de su «Plaza de la Hora», trazada a tiralíneas en todas sus perspectivas.

La Edad Media es el momento de auge del Concejo pastranero, que pasa de ser una simple aldea del Común de Zorita, dominado totalmente por la Orden de Calatrava y sus maestres asentados en el lejano y altísimo castillo de la provincia de Ciudad Real, a aparecer como un burgo pujante, dinámico, con feria semanal, y mercaderes asentados en todos sus rincones. El Concejo de Pastrana, ya en los años finales del siglo XIV, cobra una fuerza increíble, hasta el punto de que una vez adquirido el título de Villa con jurisdicción propia, concedido por el maestre de Calatrava en 1369, se dedica a fortificar el burgo con una fortísima muralla que por completo le rodea, a construir unas casas de Ayuntamiento y una serie de obras públicas (fuentes, ermitas, caminos y puentes en las cercanías) que le hacen modélico en la comarca. También la iglesia parroquial, hasta entonces mínima, adquiere una nueva relevancia, y sus bóvedas se elevan tomando la silueta de la crucería.

Esa fuerza del Concejo de Pastrana es reconocida por todos los pueblos de la comarca, que se olvidan de la ferocidad castillera de Zorita, o de la paulatina ascensión de Almonacid como sede del comendador calatravo, y miran hacia el altozano pastranero como lugar donde se toman las decisiones y sobre todo se marcan las pautas de una economía comarcal de indudable auge. El símbolo de esa época, que culmina en los años finales del siglo XV y primeros del XVI, podría ser la puerta de silueta gótica que se levanta sobre el muro norte de la iglesia parroquial, y que es una verdadera maravilla (hoy un tanto estropeada y sucia) dentro de la estética del gótico isabelino de finales de la decimoquinta centuria.

La venta de Pastrana, eximida ya del poder calatravo, en 1539 a doña Ana de la Cerda, viuda del Conde de Mélito, es lo que marca este repetido «cambio de rumbo». La fuerza del Concejo, que es mucha todavía, queda apagada por la prepotencia señorial de esta mujer y de sus hijos, que piensan que la adquisición de la jurisdicción les da capacidad de hacer en todo su voluntad. La manifestación de ese poder se centra en la construcción de un edificio que, aunque llamado «palacio» por la propietaria, y «castillo» por los del pueblo, es en realidad una «casa fuerte» que hará sin duda las veces de símbolo de poder. De forma real lo es, pues para construirle hay que derribar parte de las murallas de Pastrana, el símbolo también más claro de la independencia concejil.

Ese «cambio de rumbo» es vivido de forma mortificante por las gentes de Pastrana. Piensan que ha llegado, en esa cuarta década del siglo XVI, la hora de su acabamiento. Y no es así. Tras la hégira de los La Cerda llegan, en 1569, los Silva y Mendoza, que si retomando el poder señorial sobre el Concejo, dan un nuevo aire a sus relaciones con las gentes: se abren conventos y se construyen sobre todo nuevas obras públicas, dando cancha abierta a la creación de industrias y a la posibilidad de un comercio que traen a Pastrana un nuevo impulso. Es más: los intentos, repetidos y ciertos, del duque don Ruy Gómez de Silva, por hacer a Pastrana ciudad, e incluso por transformarla en capital de España, son reconocidos por las gentes de Pastrana, que en el cambio de siglo adquieren un nuevo talante, más tranquilizado, más cooperante. En definitiva, una nueva forma de entender la vida, que durante esa época que llamo «el cambio de rumbo» se vivió con crispación inusitada.

Por si fuera poco, había sido también el momento (hacia 1527, más o menos) de acabar la Inquisición con el movimiento de alumbrados que en Pastrana había cuajado tras las predicaciones de Gaspar de Bedoya, y los años en que las Comunidades se habían alzado contra la política demasiado «flamenca» del nuevo Emperador. Esos años de tensión y de rebeldía, dieron paso, finalmente, a la época del desarrollo y la riqueza. Representados, sin duda, por el sereno equilibrio de la Plaza de la Hora, diseñada muy posiblemente por el genio del Renacimiento español, Alonso de Covarrubias, como elemento urbano exaltador de la elegancia y la fuerza del palacio ducal puesto en su presidencia.

En cualquier caso, una forma distinta de ver la evolución histórica de Pastrana, que guarda tantas sorpresas todavía en los viejos baúles de su memoria. Hoy, por lo menos, tenemos la posibilidad de contemplar, en vivo, las huellas de estos hechos, los recuerdos de estos personajes, la viveza de sus piedras y sus ámbitos, tan luminosos y sugerentes.

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