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Tajuña arriba

 

A Gloria de Lucas Simón, con fervorosa simpatía

La tarde de primavera resplandece de oros y verdes. Ayer me dijiste, Gloria, que yo te veía, pero que tú no podías verme. Hoy valen más, mucho más, los colores del Tajuña, el azul purísimo del cielo, y ese pardo ceniciento de los olivares que se descuelgan desde las alcarrias que ya amarillean. Porque si tú no puedes verlos, están gritando para que los oigas, y pidiendo que les pases las manos por encima, para que los sientas.

El río Tajuña es la espina central de la Alcarria. Más que espina es una médula de agua opaca y silenciosa que se desliza entre las tajantes orillas cubiertas de carrizales y junqueras, abrigada por las sombras de los álamos blancos, de los gigantescos chopos cimbreantes, de las acacias que guardan los caminos, de algunos pinos que se asoman, juguetones, en los pasos estrechos. El río Tajuña va pintando el paisaje con la cinta tierna y frágil de su delgadez niña.

Vamos a subir juntos el Tajuña, Gloria. A pisar sus orillas desde Loranca, a correr la honda verdura de sus huertas. Vamos a hacer una excursión, como a ti te gusta. Y cruzar Aranzueque  a paso de carreta, dando zig‑zags entre la casa del Indiano y la roca donde asienta la iglesia a la que puso portada el obispo Fonseca. Subiremos hasta la costanilla de Armuña, para divisar arriba y abajo los suaves perfiles del valle, tan ancho y distante.

Pasaremos luego cerca de Tendilla, de Romanones, de los trigales tímidos que se levantan por los costados tajuñeros, y veremos de lejos las ruinas del cerrillo de Alvarfáñez donde, dicen los viejos, se echó una siesta el conquistador de la Alcarria.

Veremos, desde abajo, el nido de águilas de Valfermoso, soberbio y suspendido en imposible vuelo. Pasaremos junto a la compuesta estampa de Archilla, con sus casas limpias de la calle de la Fuente, y su modosa quietud aldeana. Miraremos, siempre con envidia de una mejor vida, las idílicas fronteras de Nueva Vrajamandala, y tras pasar la Merced arribaremos a Brihuega, donde nos espera la Peña Bermeja con su Virgen, su castillo, sus moros y sus princesas. Y ahí sí que está todo el color, Gloria, de la Alcarria. Toda la dulce parsimonia de los siglos cuajados en murallas, en iglesias románicas, en fábricas barrocas, en jaranas andalusíes. Todo el color de tu tierra, de nuestra tierra, sabiendo a poco.

Luego será la altura de Villaviciosa, chorreando aguas. El altar de Cívica, la hondura de Valderrebollo y los anchos campos de Yela. Masegoso después, a medias entre el valle y la sierra. Y subiremos (aquí habrá que ir ya a pie, entre breñas unas veces, entre las agrias rocas de la Tajera otras) hacia Abánades, donde además se oirá la densa correría de los rebaños de ovejas, y en lo alto del cerro tendremos la certeza de estar en tierras románicas, porque la abierta galería porticada de su templo nos lo dirá con medidas, con tactos pétreos de sabor medieval.

Seguiremos viendo las estrechas alamedas donde se oye (donde casi se aprende de tan puro) el canto de los jilgueros y los ruiseñores, que los hay todavía. Y llegaremos a Cortes de Tajuña, hundido el caserío entre las abruptas rocas del paso. De ahí el nombre. ¡Qué antiguas evocaciones, qué sencillas historias sin más que verlo! Y aguas arriba Luzaga, con el recuerdo de los celtíberos, que parecen haberse dejado lanzas y escudos entre las rocas, y a miles las dan color, las dan brillo de acero. El camino, que en otoño se hará pisando las caídas hojas de los robles, pasará bajo las ruinas severas del castro de «La Cava», donde aún se oyen las voces de los guerreros celtas, que se fueron anteayer, como el que dice. Y pasaremos por Luzón, por el molino donde hace años nos recibía Samuel Rubio, y nos daba cordero, y truchas, y amistad de la sana. Llegaremos en fin, Gloria, y tú lo verás, lo ves ahora, a Maranchón, blanca de nieves, aterida en grisura pálida de la más alta paramera, donde se acaba el mundo, y el río, y este viaje que he querido hacer contigo, para darte razón de los colores, de los sonidos y de la vida que se prende en las orillas de nuestro río más entrañable, el Tajuña. Del río que tú has recorrido, y ahora quiero (es un homenaje que te dedico, por cuanto haces y harás todavía por nuestros paisanos) que vuelvas a caminar conmigo.

Gracias, Gloria, por tu entusiasmo alcarreñista. Por tu honrada labor, por tu fe sin límites. Gentes así necesita nuestra tierra para salvarse. Tú has cumplido, y por eso te doy las gracias, en nombre de todos.

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