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La iglesia de Atanzón, nueva joya renacentista

El pasado sábado día 20 de abril, a eso de la media tarde, un gentío denso y alegre se movía entre la plana anchura de la plaza y el alto escaraguaitón de la iglesia de Atanzón. Más allá de Iriépal, de Centenera y el arroyo de Matayeguas, en la altura de la primera alcarria, dando vistas al hondón verdoso del Ungría, la luz de la alegría comunal lo llenaba todo. Se inauguraba la iglesia parroquial, el remozado templo de la villa, una de las joyas del renacimiento alcarreño, recuperado felizmente para sus vecinos, y para todos cuantos amamos, uno a uno, estos pueblos irrepetibles de la Alcarria.

Atanzón está situado en una suave hondonada de la meseta alcarreña, cayendo su caserío en declive hacia el profundo y pintoresco valle del Ungría, que riega su término, y tiene tantas historias, decires y siluetas, que uno de sus más sabios hijos, Felipe Maria Olivier López de Merlo, el narrador de la memoria prodigiosa, escribió no hace mucho un libro que así se titulaba, Historias de Atanzón, en el que cuenta todo lo que puede decirse, y es mucho, de este alto enclave alcarreño. Mientras paseaba con él por las calles de este pueblo, todo su entusiasmo se desbordaba junto a mi oído.

Alguna vez conté, en acelerado repaso, la película de los siglos en Atanzón. Que es más o menos ésta: su nombre deriva del árabe, y viene a significar la existencia primitiva de un «molino» en aquel lugar. Reconquistada la zona, perteneció desde su principio a la Tierra y Común de Guadalajara, gozando de su Fuero y acudiendo con sus impuestos a la mejora de los puentes de la villa cabeza del territorio, lo cual fué causa de largos y enojosos pleitos en siglos posteriores. De siempre dedicada a la agricultura de secano y huertas, durante varios siglos una parte de su población se dedicó a la industria de la fabricación de paños, que llegaron a alcanzar cierto renombre por Castilla.

Fue adquirida la villa en el siglo XIII por don Fernán Rodríguez Pecha, camarero de Alfonso XI, pasando posteriormente a sus hijos y descendientes, que por enlaces matrimoniales vinieron a traer el pueblo a la nómina de pertenencias de la casa de Mendoza. El gran cardenal, don Pedro González, en 1469, se la cedió junto a otros lugares de la tierra de Guadalajara, como los Yélamos, el Pozo y Pioz con su castillo, al secretario de Enrique IV, don Alvar Gómez de Ciudad Real, a cambio de la villa de Maqueda. En esta familia ilustre de los Gómez de Ciudad Real, en la que sobresalieron famosos guerreros y poetas, permaneció varios siglos Atanzón.

Su edificio más singular, y el de muchos kilómetros a la redonda, es sin duda la iglesia parroquial,  que está dedicada a Nuestra Señora de la Zarza. Es un edificio majestuoso, crecido en lo alto del caserío, con un pétreo armazón que le confiere un tono brillante entre amapola y zanahoria, de clasicista arquitectura propia de la segunda mitad del siglo XVI. Sus muros son de piedra basta y en las esquinas y cercos de vanos y puertas, surge el sillar bien tallado. Una de las partes más singulares del edificio es su portada principal, grandiosa y severa de líneas, en un innegable estilo heredado de Serlio, trazada por ignoto arquitecto que copió uno de los modelos que este autor boloñés puso en su De architectura libri Quinque, editado en Venecia allá por 1569, por lo que de muy poco después debe ser el trazado de esta portada atanzonense. En las enjutas del arco de entrada, se ven los escudos de los señores del pueblo, los Gómez de Ciudad Real: un león bermejo en campo de plata y tres puñales de oro sobre el azur.

El interior del templo, ahora recién acabado de restaurar, oliendo a nuevo por los cuatro costados, pero con la pátina de los siglos entre medias de ellos, es de grandioso aspecto, con tres naves separadas de esbeltos pilares, lo que la convierte en una edificación o «iglesia de salón» que elegancia italiana. Sobre el espacio de la capilla mayor surge entero y prolijo un bello artesonado mudéjar. Aún se añaden unas bóvedas de crucería en las dos capillas laterales de la cabecera del templo, y el elegante coro a los pies de las naves, donde figura la fecha de 1565 como una de las más concretas de esta edificación. La capilla del Cristo de la Consolación, añadida siglos después al costado norte del templo, también ha sido restaurada y ofrece su elegancia barroca con todo esplendor.

La tarde de primavera, fresca aún, acogió en la puerta, ante el denso gentío, las figuras y las voces de don Luis, el párroco, contento con toda la razón del mundo; a don Jesús Plá, obispo de la diócesis; a don Laureano Martínez Pinilla, delegado provincial de Educación y Cultura de la Junta; a don Germán Hierro, quien con su hermana Pilar han sido los arquitectos directores de la obra; y a don Vicente Hita, el alcalde de Atanzón, que estaba también feliz como pocos días en la vida, ‑pienso‑, puede estarlo quien hace de la cosa pública su principal objetivo. A todos la enhorabuena, y un aplauso.

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