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San Salvador de Pinilla el último románico

 

Existen aún muchos lugares de la provincia de Guadalajara donde se encuentran vestigios románicos de gran interés. La mayoría de ellos son pura ruina, inestable amontone de piedras entre las que luce algún desgastado capitel, la forma de un ábside a medio caer, un hueco de campana o una portada abocinada en medio de los campos o los sabinares. A esos lugares te invito, lector, a que viajes, y en ellos palpes por ti mismo el silencio que emanan, la fortuna de su vivencia, la belleza cantarina de su gris soledad.

Estas notas son recuerdos de tantos viajes, y tan antiguos, que parecen salir de la penumbra de un sueño. Como aquel primero que un día de junio de 1981 hicimos a varios enclaves de las sierras. Al final del día paramos en el monasterio rendido de San Salvador de Pinilla, en medio de un robledal hosco, a la orilla derecha del río Cañamares. El reventado complejo arquitectónico solamente tiene en pie la portada que reformaron en el siglo XVI las monjas calatravas, con el escudo de Carlos V y la efigie de San Bernardo, y los restos del templo que fué románico puro, orientado como todos los de su especie, con un ábside semicircular, nave única, canecillos tallados y restos de su entrada desde el claustro, en el que aún se ven algunos desgastados capiteles en lo que sería el acceso a la sala capitular. La iglesia, vacía de todo, solo contenía los habitáculos de las palomas y los vencejos, aunque guardaba los silencios de las monjas, y supo quedarse con tu risa nueva. Hoy, lejana de todo y de todos, es uno de esos lugares donde resuena el recuerdo y el ánimo se entretiene leyendo la página de los imposibles despropósitos.

Misterios aparte, otros muchos lugares de Guadalajara encierran la sorpresa del románico desconocido, del edificio entero, a medias o a décimas, que nunca hasta ahora ha sido pregonado en los papeles. Puede ser uno de ellos el pequeño enclave de Campiello, en término de Villaverde del Ducado, personalizado en lo que allí llaman ermita de San Bartolomé, y que se encuentra en una elevación del terreno sobre un poco profundo valle que va discurriendo desde la altura de Alcolea hacia el Tajuña en Luzaga. Tiene el edificio, que fué iglesia parroquial, planta de nave única, ábside semicircular a levante, y dos puertas de acceso, una al norte y otra al sur, con arcos de medio punto abocinados y sencillos decorados geométricos. En su interior queda todavía una gran pila bautismal que nadie pudo llevar, de lo que pesa.

Por Molina quedan ejemplos de interesante presencia, que tampoco han salido en los libros, pero a los que merece la pena acudir en peregrinación veraniega, pues el invierno, ya se sabe, es demasiado crudo por aquellas tierras. Uno de ellos es Teroleja, relativamente cerca de la capital, que muestra una portalada preciosa, sencilla pero muy completa: arcos de medio punto cobijan el acceso al templo, y algunos canecillos decorados se presentan en la cornisa de esa puerta.

Por las tierras ásperas de la sesma del Campo, a medio camino entre Concha y Tartanedo, están las ruinas evocadoras de Chilluentes, que también fué un pueblo hasta mediados del siglo XVI en que quedó abandonado. Se conserva la torre vigía, espléndida en su altura y reciedumbre. Y la iglesia parroquial, que fué dedicada a San Vicente, y que ofrece simples retazos de elementos románicos, a los que suma la decoración del dintel de su ventana absidal, que vemos junto a estas líneas, y que supone una decoración muy primitiva, que parece surgir silenciosa de la más remota tradición céltica. Es obra, sin duda, del siglo XIII.

Aún por las tierras norteñas de la provincia, merecen un viaje los humildes lugares de Romanillos de Atienza, donde la iglesia parroquial, de enorme aspecto, sugiere la existencia de un antiguo atrio porticado que fue tapado en siglos de mejora económica y creciente población; de Morencos, un despoblado cerca de Alcolea de las Peñas, donde se ve airosa pero en ruinas la espadaña triangular de la torre de su templo, y junto a ella los enterramientos de sus antiguos vecinos, excavados en la roca; de Hijes, con interesante portada en la que lucen capiteles tallados con escenas guerreras y costumbristas; de Miedes, donde se percibe sin dificultad la estructura del primitivo templo románico bajo el actual, más moderno y feo; de Riendas, junto a las salinas de su nombre, camino de Paredes y de la última sierra que separa a Guadalajara de Soria: aquí se encuentran los restos de su antigua iglesia románica engullidos por la nueva construcción que sobre ella se hizo en el siglo XVI, y de la primitiva quedan multitud de canecillos decorados por el alero del ábside, entre ellos algunas figuras típicas del rural bestiario, como animales de enorme boca que se comen a otros, músicos y aún bailarinas contorsionistas que se quedan fuera de los templos, porque la religión no permite se metan dentro tales muestras de la perdición y el vicio; de Castilblanco de Henares, en cuya iglesia se encuentra estructura y disposición muy sugerente de ser románica, aunque las reformas posteriores le añadieron tamaño y capas de yeso, etc.

En este repaso, que es último y como palmerazo final de una sesión de fuegos artificiales, cuando por el cielo se abren en abanico las últimas luces, quiero citar otros lugares donde existen esas pisadas del románico que a veces son difíciles de adivinar, pero que están ahí, dispuestas a ser descubiertas por vosotros: En San Pedro de Valfermoso de Tajuña se ven restos mínimos de su iglesia parroquial; en Carrascosa de Tajo, sin embargo, el edificio se halla entero, y la puerta de acceso, orientada al mediodía, es un bonito ejemplar de románico rural en la misma orilla del Tajo; también en Lupiana, en lo que hoy se conoce como finca de Pinilla, queda el ábside entero y semicircular de lo que fué iglesia parroquial de este despoblado, todavía utilizada como ermita del Cristo al que vienen los del pueblo en peregrinación y romería una vez al año; también en la Olmeda del Extremo hay un templo de estilo románico agradable de descubrir, con espadaña, ábside semicircular, y sobre todo una portada de características muy puras, muy sencilla pero también muy hermosa; en el valle del Arlés, aguas abajo de Berninches, se encuentra el enclave del Collado, donde tuvieron su encomienda los caballeros de la Orden de Calatrava, y donde hoy se levanta entera la iglesia que es plenamente románica, con su nave única, su ábside semicircular, su portada meridional de amplias arcadas, y el resto mínimo de su espadaña a poniente; cerca, en los carrascales que limitan el valle por los altos del norte, se encuentran las ruinas de La Golosa, otro pueblo que fué abandonado en el siglo XIV, cuando la terrible epidemia de peste, y del que ha quedado muy derrotado el templo parroquial, que aún muestra su semicircular portada; finalmente, en el extremo más meridional de la provincia, yendo desde Albalate de Zorita hacia el Tajo por un camino, se encuentran los restos de la iglesia de Cubillas, que hoy se utilizan para cementerio del lugar, y que ofrece el muro sur cubierto con la puerta de arco levemente apuntado, y un rimero de canecillos decorados con motivos zoomórficos y antropomórficos de gran efecto.

En cualquier caso, y con estas líneas acabamos nuestro recorrido, son estos restos un pequeño muestrario de lo mucho y sorprendente que todavía guarda el románico de Guadalajara como saco de sorpresas para quien con devoción se acerca a él, con ganas de ser sorprendido, y el resultado es que la conclusión se hace obligada: la provincia entera de Guadalajara está cuajada, aquí y allá, de templos y edificios que dicen de su denso pasado medieval, de su fiebre constructiva en una época que creemos bárbara, pero que estuvo, al menos, llena de fe y de entusiasmo. Todo lo contrario de lo que ahora pasa.

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