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El Románico en la Sierra de Pela

 

Poco a poco, sin que nadie se haya dado cuenta, las mentes de los españoles han ido estructurándose en orden a una división primero provincial y luego autonómica, que ha supuesto la creación de unas líneas, invisibles pero tangibles, a lo largo y ancho de nuestro mapa peninsular, rompiendo, muchas veces, la unidad geográfica que suponen ciertas regiones. Esto que suena a parrafada desorbitada y agria, se comprenderá mejor si nos referimos, como ejemplo concreto de los muchísimos que se pueden poner, a la altiplanicie castellana vertebrada por las sierras de Ayllón, de Pela y de las Cabras, hoy dividida entre las provincias de Guadalajara y Soria, y aún entre dos comunidades autónomas diferentes. Es, en realidad, el punto máximo de separación entre una y otra Castilla, al norte el Duero y al sur la cuenca del Tajo. Pero no se puede dividir, tajantemente, con una línea fría y esquemática, esta zona que guarda, en todos los aspectos de su vivir, una gran homogeneidad.

La gris monotonía de sus horizontes, los más altos, quizás, de toda España; el rojizo estremecimiento de sus serrijones; la verde y vieja mansedumbre de sus encinares… el viento y el sol, hermanos gemelos, únicos para toda esa zona, se quedaron sorprendidos un día al ver que, unos señores con el mapa delante, trazaban una línea por encima de las sierras y a lo largo de los arroyos. Al norte, Soria. Al sur, Guadalajara. Pero siempre un sólo corazón latiendo en cada piedra y en cada mata de tomillo.

Todo esto viene a cuento de la artificiosa división que se le ha dado hasta ahora al arte románico de esta zona. Esta concepción de levantar iglesias y de adornarlas, producto de la mentalidad medieval tan íntimamente conservada en la región, reaparece uniformemente encuadrada tras el análisis minucioso de los monumentos a estudiar. La obra de Gaya Nuño sobre el arte románico en Soria, y la de Layna Serrano sobre el de nuestra provincia, han de quedar, necesariamente, sin pastas y sin títulos, porque los edificios, los capiteles, los modos de concebir el arte del siglo XIII quedan ligados íntimamente en esta altiplanicie castellana. Ya no se puede hablar, como hacía el doctor Layna, de la influencia del románico soriano en el de Guadalajara. Es imprescindible referirse al arte románico de la sierra de Pela, que yo centraría, como monumento clave, en la ermita de Tiermes.

El devenir es común ya en los albores de nuestra historia. Las ciudades celtíberas de Termancia y Tythia (Atienza), amigas y aliadas de Numancia, soportaron los embates de romanos. Reconquista común por parte de castellanos y leoneses; favores de Alfonso de Aragón, que construye iglesias; desmanes de navarros… Villacadima, Galve, Campisábalos, Albendiego, Atienza, Paredes, Caltójar y Termancia… claves son de este arte románico de única raíz y fuerza hispánica.

Una vez establecido este nuevo concepto de la unidad del románico de Pela, quisiera recordar un tema iconográfico que aparece en dos de sus monumentos, y que define, sin necesidad de palabras, el espíritu de una época como fué el comienzo de la Baja Edad Media española.

En uno de los capiteles de la ermita de Tiermes, dos caballeros armados alzan el poema rugiente de la pelea. En la pared meridional de la capilla de San Galindo, en Campisábalos, y como corola guerrera del mensario feliz y rústico, otra pareja de medievales figuras a caballo se aprestan a la lucha. Son éstas, quizás, las postreras representaciones románicas de un tema que se viene repitiendo desde el siglo XI, y que es directo heredero de la canción de gesta francesa, más concretamente la de Roldán, que es introducida en nuestro país a través del Camino de Santiago. Es en uno de sus más importantes enclaves, en Estella concretamente, donde vemos un magnífico capitel con la lucha de Roldán y el gigante Ferragut, ambos a caballo y pertrechados de escudos, de lanzas y jaeces de soberbio realismo. Posteriormente, en el monasterio palentino de Santa Cruz de Ribas, premostratense, surge de nuevo el tema. Igual que va a ocurrir en Tiermes, ambos caballeros protegen sus cabezas con cascos puntiagudos, únicamente horadados a nivel de los ojos. Aquí uno lleva lanza y el otro espada, y sus vestimentas son muy parecidas. Similares asuntos de caballerescas peleas surgen en capiteles de Caracena, de Torreandaluz, Rebolledo de la Torre, Irache y catedral vieja de Salamanca. La influencia francesa ha ido decantándose en su avance por España, y así, lo que en un principio era trasluz del espíritu de justa y torneo casi literario, acaba por representar, en Tiermes y Campisábalos, el fragor que surge de la lucha religiosa y racial entre cristianos y árabes, tan cercana geográfica y cronológicamente de ambos lugares.

Muchos otros temas resurgen hermanados al considerar como un bloque único, de naturaleza y características muy particulares, el arte románico en torno a la sierra de Pela. Desde la estructura de templos y orientación de atrios, a la decoración de canecillos y capiteles. ¿Serán los sorianos quienes rehagan este olvidado concepto? ¿Seremos los alcarreños? De cualquier manera, es ésta una tarea que nos está llamando, y que quizás, espero, se haya visto reflejada en el estudio sobre el románico de Guadalajara que un equipo de la Junta de Comunidades ha estado realizando durante el pasado año.

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