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Bonaval cisterciense, símbolo del románico alcarreño

 

Durante el año que ahora termina, de una forma callada pero muy efectiva, se han venido poniendo las bases que pueden significar la recuperación definitiva y la puesta en valor permanente de una parte muy significativa de nuestro patrimonio monumental. Concretamente del grupo de edificios que se pueden incluir en la denominación genérica de “románico de Guadalajara”, y que por las circunstancias históricas a las que nuestro entorno provincial se vio sometido durante los siglos de la Edad Media, es numeroso y netamente superior al del resto de las provincias de Castilla‑La Mancha.

Por parte de la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Comunidades, se ha estado llevando a cabo un trabajo continuado de catalogación y descripción de muchos de estos templos. De un lado, con vistas a su restauración mas o menos inmediata, y de otro para centrar de un modo homogéneo sus características y sus aportaciones singulares al mundo de la arquitectura medieval hispánica.

Quizás donde más detenidamente se ha centrado este grupo de trabajo, dirigido por el arquitecto Nieto Taberné, ha sido en el grupo de iglesias románicas del norte de la provincia. Y muy concretamente en el monasterio cisterciense de Bonaval, que pudiera decirse es el símbolo de esta arquitectura y de este singular arte nuestro. Hoy, como homenaje a cuantos han estado laborando, calladamente pero con entusiasmo continuado, en este tema, recordaremos una vez más la singular pieza monumental que es el monasterio de Bonaval, junto a Retiendas, que está a la espera de esa restauración total que merece.

Está Bonaval en el término de Retiendas. Se llega hasta él tomando la carretera que sigue hacia la presa de El Vado, y a unos doscientos metros del pueblo sale un camino a la izquierda, que lleva directamente, tras media hora de andadura, hasta las ruinas de este cenobio medieval. Fue fundado por el rey Alfonso VIII de Castilla, en 1164, para los monjes cistercienses, y en 1175 vemos ya confirmado definitivamente a su primer abad don Nuño y a los monjes que vinieron de Valbuena, en Palencia. Les dio un ancho territorio para que vivieran de sus productos, y los reyes sucesivos lo fueron confirmando. Como lugar muy aislado, paulatinamente fue perdiendo su importancia, hasta quedar como residencia de monjes ancianos. En 1821 fue deshabitado, pasando sus ocupantes a Toledo. Más de 650 años estuvieron poblando Bonaval los monjes blancos. Lo que ahora puede el visitante contemplar es su situación en lo hondo de un estrecho valle poblado de árboles, cerca de su desembocadura en otro valle más ancho, el del Jarama.

La estructura del templo y monasterio es muy característica de los modos cistercienses de construcción en el siglo XII o comienzos del XIII. La forma actual del templo ofrece unas dimensiones similares de anchura y longitud. De sus tres naves, sólo queda cubierta la de la epístola. Las tres capillas de la cabecera, o triple ábside, comunicadas entre sí por pequeñas puertas abiertas en el fuerte muro, se conservan bastante bien, y cubiertas de sus primitivas cúpulas nervadas. Adosada a la capilla del Evangelio, se encuentra la sacristía, de encañonada bóveda semicircular. En lo que fué el crucero, se abre una escalerilla que asciende hasta la torre. Por el interior del templo, se ven numerosos capiteles de bella decoración foliácea.

Al exterior, en el muro del sur, se abre la puerta del templo, de estilo netamente cisterciense, con apuntado arco cargado de archivoltas, que a su vez descansan en sendos capiteles foliados. Sobre ella, y ligeramente descentrada, se abre una elegante ventana de estilo de transición. Junto a la puerta, se levanta la torre, de planta poligonal, rematada en almenas.

El aspecto de los tres ábsides en la cabecera del templo es magnífico. En ellos se abren grandes y estilizados ventanales de arco apuntado, con finísimas columnas que sostienen mínimos capiteles, y una cinta de puntas de diamante bordeando el conjunto. Rodeando a la iglesia por occidente y norte, se ven los altos muros, derruidos y sin interés, de lo que fue el convento.

Todo un enclave romántico en su apariencia y denso en su historia, que hoy concita las miradas de muchos amantes de nuestro pretérito patrimonio, y que está ya esperando la llegada definitiva de quienes han preparado meticulosamente su restauración. Mientras tanto, en este fin de año que nos ofrece la perspectiva de una nueva década, hacemos votos de ir nuevamente hasta su serena solemnidad solitaria, y allí evocar tantas horas, y tantos pensamientos, y tantos proyectos, siempre en la misma dirección puestos.

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