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A punto de perderse por desidia. El emblema heráldico de Fernando de Mendoza, en Hita

 

La villa de Hita, que fue una de las primeras de la historia alcarreña, por su longevidad y sobre todo por su dinamismo social durante la Edad Media, es de esos lugares venidos a menos en nuestra tierra, que aún ofrecen, como un esqueleto, los blanquinosos restos de su vida antigua. La Guerra Civil española dejó sembrado de cadáveres y de ruinas el hermoso cerro donde Juan Ruiz hiciera gala de su arciprestería y su buen “fablar”. Solo una restauración posterior, y el amor de sus hijos hacia el pueblo, han posibilitado que aquello no quedara, como tantos otros lugares de nuestra provincia, desierto y para siempre muerto.

Tuvo Hita, en la Edad Media, una importancia capital como cruce de caminos, y señalado puesto vigía y estratégico. Los Mendoza lo sumaron a sus posesiones desde el siglo XIV. Y el marqués de Santillana, en el XV, la cercó de estupendas murallas, la reconstruyó su altivo castillo y puso en sus casas y palacios a un buen número de allegados, de parientes y de conocidos de las tierras montañesas y vascas que aquí fundaron estirpes hidalgas. De muchos de ellos ha quedado la memoria en las talladas piedras de sus lápidas mortuorias, instaladas hoy en la iglesia parroquial de Hita, dedicada a San Juan, en la altura de la villa, trasladadas allí después de la guerra, desde el solar que quedó de la que fue iglesia arciprestal de Santa María, desbaratada en los bombardeos.

Con todas esas lápidas reunidas, dibujadas y analizadas meticulosamente, he escrito un libro, el sexto de la Colección “Archivo Heráldico de Guadalajara” que en los próximos meses saldrá a la luz. Pero las andanzas últimas por las cuestas de Hita con este objeto de examinar y estudiar emblemas heráldicos me han deparado una desagradable sorpresa que suma a mi disgusto el de muchos vecinos del pueblo, que sensibles a lo que son los escasos testimonios que la historia dejó en Hita, no pueden soportar que todavía se estén perdiendo ante la impasible mirada de quienes más obligación tienen de protegerlos.

Y me estoy refiriendo concretamente a la lápida que cubrió los restos de don Fernando de Mendoza, el que fuera alcaide de la villa y castillo de Hita a finales del siglo XV y comienzos del XVI, que se dejó sin trasladar al interior de la iglesia de San Juan, permaneciendo a la intemperie en el solar de la antigua iglesia de Santa María. A ese abandono se han sumado los malos tratos que, inexplicablemente, gentes en grupo o solitarias le han infringido, hasta el punto de que en los últimos diez años la lápida de don Fernando de Mendoza ha quedado rota en tres fragmentos, y de seguir las cosas como hoy están, dentro de otros diez no quedará de ella sino el añorante recuerdo.

Para el viajero que se acerque a Hita, subir hasta el solar de la que fue iglesia arciprestal de Santa María no tiene mayor complicación. Allá verá, apoyada en un murete bajo, esta lápida de piedra caliza, verdadera joya de la emblemática heroica de nuestra provincia. Esta hermosa representación heráldica reúne algunas características que la hacen ser, no solamente uno de los ejemplares más bellos del conjunto de la villa de Hita, sino uno de los más curiosos de toda la provincia de Guadalajara. Centrando la lápida del caballero Fernando de Mendoza, aparece un doble escudo, unidos los dos ejemplares, iguales, por sus puntas, de las que salen sendas flores y hojas de cardo. El doble emblema se rodea de una leyenda en letras góticas que dice así: AQUI ESTA SEPULTURA MANDO FAZER LA SEÑORA DOÑA ELVIRA DE MENDOZA MUJER SEGUNDA DEL ONRRADO CAVALLERO FERNANDO DE MENDOZA ALCAIDE DE YTA SANTA GLORIA IA FECHA A X DE ENERO …. FINO AÑO MD … No es difícil identificar al personaje que ocupó el fondo de la fosa que cubría esta lápida. Don Fernando de Mendoza fue alcaide de la villa de Hita y de su castillo durante los años finales del siglo XV, cuando se produjo el edicto de expulsión de los judíos, y siguiendo las normas de su señor el duque del Infantado, favorable a los judíos y a las minorías, como probaron siempre sus antecesores, trató lo mejor posible a los miembros de la poderosa y numerosa judería de Hita. Era de la familia mendocina, lo mismo que su mujer, y usaron el escudo primitivo del linaje, la banda simple, en este caso bellamente engolada por dos cabezas de mastines.

Esta pieza singular, hermosa y muy significativa para la historia de la Alcarria y muy especialmente para la historia de Hita, se encuentra como digo tirada y completamente desprotegida. Las humedades y los hielos, sumados a los abrasadores calores del verano, serán capaces de convertirla en poco dentro de muy poco. Mientras tanto, las personas que tienen la responsabilidad de velar por la conservación de este patrimonio histórico y cultural, que en definitiva es de toda la comunidad, no hacen el más mínimo esfuerzo por evitar su deterioro. La propiedad de la lápida es de la parroquia. El Ayuntamiento tiene, sin embargo, la obligación de velar por todo cuanto sea patrimonio de la villa. Algunos vecinos, especialmente los encuadrados en la Asociación Cultural de Hita, mas sensibilizados y preocupados por estos temas, ya han dejado oír su voz, a nivel local, en este tema. Y han pedido que se salve esta lápida, este significativo testimonio del pasado del pueblo, al que ya tan escasos monumentos le van quedando.

Sirvan estas líneas, esta protesta sumada, a un nivel más amplio, y ojalá que mas contundente, para que las autoridades “cívico‑ religiosas” de Hita, responsables de salvaguardar el patrimonio cultural de la villa, pongan “manos a la obra” y en pocas fechas la lápida del alcaide Fernando de Mendoza, su enseña heráldica y su leyenda gótica queden a buen recaudo y permanezcan por lo menos otros cinco siglos para memoria de la grandeza de este rincón castellano.

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