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E Museo Municipal de Guadalajara

 

No hace todavía muchas fechas que mi buen amigo el catedrático de Historia Moderna Teodoro Martín Martín, director del «Centro Madrileño de Investigaciones Pedagógicas» de la capital de España, me enviaba el folleto que, escrito por él, ha publicado el Servicio de Educación del Ayuntamiento madrileño, y que lleva por título «Museo Municipal de Madrid», constituyendo el primer número de la Colección de «Cuadernos Madrileños».

Lo confieso: me moría de envidia. Por ver cómo en la ciudad del Manzanares, y en un edificio tan maravilloso como el antiguo Hospicio, está instalado un Museo ciudadano que reúne todas las características que un centro de esta clase debe tener. Un edificio con solera, aglomerando en sus salas maquetas, cuadros relacionados con la ciudad, documentos importantes, libros sobre la urbe, retratos de personajes, y un sin fin de elementos que, bien ordenados, permiten la reconstrucción de la historia de la Villa y Corte, con un sentido además muy didáctico, ideal para que los jóvenes tomen por los ojos el pulso a la ciudad, y se hagan con la esencia de su devenir, de su historia, de su presente, de sus peculiaridades.

Guadalajara, evidentemente, carece de un Museo de este tipo. Hoy está demostrado que los Museos son elementos claves para la educación y el fomento del respeto por el pasado. En nuestra ciudad (y lo veo por mis propios hijos) están continuamente los Colegios y Centros de educación haciendo viajes a otros lugares para enseñarles los Museos que mas o menos modélicos, exponen fragmentos bien conjuntados del pasado o de temas interesantes a la juventud: desde el Arqueológico de Madrid al del Prado; desde el de Ciencias Naturales, al de Santa Cruz en Toledo. Alguna vez, incluso, han ido al Museo Provincial de Guadalajara que vive (o sobrevive, según se mire) en los bajos del palacio del Infantado. Pero el encuentro con la historia, con las raíces y la esencia auténtica de la tierra en la que han nacido y viven, no pueden conseguirlo hoy por hoy.

Es necesario crear este Museo: el Municipal de Guadalajara, el de Historia de la ciudad, el que ofrezca en una panorámica densa y fidedigna, bien montada, clara y cierta, la evolución de Guadalajara, de su historia, de sus gentes, de sus monumentos y de sus costumbres. Es una tarea de orden cultural que se impone acometer. Si no en un sólo año, sí al menos en una legislatura, por ejemplo en la próxima que se avecina.

Es necesario primeramente buscarle el local. El lugar ideal (el retrato robot del Museo Municipal de Guadalajara), está bien claro: un edificio céntrico, en la parte vieja, necesitado de restauración, mejor si es él mismo un monumento, y que pueda adecuarse a esta función mostrativa. Existe un edificio que responde a estas características, y que hasta hace poco hubiera sido el candidato principal: el antiguo palacio de los Guzmán, en la calle del Dr. Creus, frente a Santa María. Pero la inminencia de su ruina hizo que hace unos meses se anunciara su destino futuro como Residencia de Estudiantes que la Junta de Comunidades va a costear y construir en él. De todos es sabido que YA existe una Residencia de Estudiantes en Guadalajara: la que tiene la Excma. Diputación Provincial en su Centro «Príncipe Felipe» del paseo de las Cruces. Pues la Junta va a construir otra. Prefiero no opinar sobre el tema, no vaya a incurrir en desacatos. Lo que con seguridad todavía no hay ninguno es Museo Municipal. Una ocasión perdida…

Así es que pocos más edificios cumplen las características del «retrato robot». Quizás el espacio cerrado del Mercado de Abastos, que antes o después debe dejar de cumplir su agobiante misión en ese lugar. Quizás el antiguo palacio de los Dávalos y Sotomayor, en la plaza (hoy aparcamiento) de Dávalos. O algún viejo edificio de la Plaza del Concejo, que aún pueda ser salvado en su tradicional estructura urbana. O alguna de esas magníficas y sencillas casas que se alinean en el costado norte de la Plaza Mayor, pegadas al Ayuntamiento…

Los materiales para formar el Museo son abundantes: unos existen, otros habría que hacerlos. Un equipo de especialistas, tanto en historia de la ciudad como, sobre todo, en instalación de museos, podrían ir agrupando en salas los planos que ofrecieran la evolución del burgo, las maquetas que representaran sus murallas, sus viejos edificios desaparecidos, los documentos del Archivo en que los Reyes del Medievo concedían fueros y privilegios, las Ordenanzas municipales, los libros que tratan de su historia, los cuadros que plasman sus imágenes, los escudos tallados en piedra que, recogidos de casas derribadas aún se conservan en almacenes municipales, los carteles de las Ferias y Fiestas, las fotografías que don Tomás Camarillo hizo a un tiempo ido. Y, por supuesto, las «tablas de San Ginés» que hoy se acurrucan por despachos y escaleras del edificio concejil, sin apenas sitio para respirar y, por su puesto, con la dificultad que su admiración padece.

En definitiva, una idea que está lanzada y que algún día algún equipo municipal tendrá que recoger. En este tiempo de cultura, de cultivo de la razón local, de estímulo para la conservación de las raíces esenciales de los pueblos, el Museo Municipal de Guadalajara está pidiendo a gritos su nacimiento. A ver quién le escucha.

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