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julio 27th, 1990:

Villaescusa de Palositos, el románico abandonado

La iglesia de Villaescusa, tal como la vio el autor de este reportaje en julio de 1990

 

Después de atravesar bosques, arroyos y pedregosos caminos en cuesta; lejos, muy lejos de cualquier otra parte, donde ni siquiera con automóvil se puede llegar, aparece en lo alto de la montaña un antiguo templo abandonado. La frase podría ser el inicio de un relato de aventuras por la agobiante selva yucateca. O por el gélido Zanskar himalayo. La verdad es que la hemos hecho realidad hace tan sólo un par de semanas. Y en plena provincia de Guadalajara. De forma mucho mas prosaica que en esas remotas regiones del planeta, pero no menos peligrosa y arriesgada, llegar hasta Villaescusa de Palositos, un enclave ya abandonado de la Alta Alcarria, es hoy por hoy toda una aventura que además se ve rematada por la plenitud estética de contemplar un templo románico hasta ahora inédito.

El viaje no es apto para cardiacos ni para ñoños. No se recomienda ir con niños. Se parte de Pareja, se asciende a la meseta de la tercera Alcarria por una pista del ICONA, aceptable pero muy polvorienta. Se deja a un lado Torronteras (donde vive una familia de austriacos hospitalarios) y se sigue por valles, rebollares, trigales y lomas, eligiendo al azar entre un sin fin de veredas y caminos de herradura sin indicación alguna. Cuando se escoge el buen camino, y se divisa la silueta de Villaescusa a lo lejos, después de haber hecho unos 18 kilómetros desde Pareja, hay que dejar cualquier medio de locomoción y echar a andar los dos últimos kilómetros. Es duro, hay que reconocerlo, pero merece la pena.

En lo alto de la loma donde descansa la osamenta de Villaescusa de Palositos (todo son ruinas, o lo serán muy pronto), se alza aún como en milagro permanente la iglesia que fuera parroquial y hoy es templo abandonado y digno. Se trata de un elemento de arquitectura netamente románica, en un buen estado de conservación y con una estructura que mantiene en toda su pureza las líneas iniciales con que fué construida. Tiene en el muro de poniente un gran parche, generado en tiempos en que allí debió abrirse un boquete. Y a lo largo del eje central del ábside se está abriendo peligrosamente una gran hienda. Pero todo lo demás está limpio y pulcro, como si hubiera sido construido (no inaugurado, que eso entonces no se llevaba) ayer mismo.

La iglesia está orientada de forma clásica. La planta es rectangular, alargada de poniente a levante. La puerta de ingreso, única, está en el centro del muro sur. Sobre el extremo poniente de ese muro se alza la espadaña de tres vanos. Los muros de poniente y del norte están lisos, cerrados herméticamente, sin el más mínimo adorno. El extremo de levante ofrece el airoso y elegante ábside de planta semicircular perfecta, con cuatro semicolumnas adosadas, apoyadas en basamentas polimolduradas, y en los tres espacios que dejan libres se abren sendas ventanas, aspilleradas. La central es algo más amplia y tiene una cenefa ancha y moldurada linealmente que cubre el arco semicircular superior y aún se alarga algo a los lados. Las laterales están hoy cegadas.

La puerta de ingreso es simple pero muy hermosa. Se inserta en un cuerpo que sobresale ligeramente del muro del templo. Se forma de un vano semicircular, abocianado en profundidad, con un arco externo decorado con bolas lisas, y luego otros dos arcos de arista viva que a través de una imposta moldurada apoyan en pilares adosados.

El interior es de una sola nave despejada, con tres tramos, algo más corto el occidental, y un ábside elevado y más estrecho que la nave. Esta se cubre de entramado de madera hoy tapado con falso techo de yeso, y el presbiterio con bóveda de cañón de piedra. Rematando todo, un ábside de planta semicircular, también cubierto de bóveda de cuarto de esfera, de piedra. La longitud de la nave es de 13 metros y su anchura de 9, adoptando el plano de este templo una forma en todo tradicional y del más puro y riguroso estilo románico rural. En siglos posteriores se le añadió sobre el costado sur un rudimentario edificio (que no puede ser calificado mas que de feo garito) para servir de sacristía. Hoy le falta el techo. Junto a estas líneas damos el rudimento de plano que elaboramos sobre la marcha, como un «apunte de campo», pero que da idea de la forma y dimensiones del templo. Lo dibujado en negro es la primitiva obra románica.

En cuanto a la época de construcción de este edificio tan interesante, creo que no puede asignarse a la época clásica del románico alcarreño, sino algo posterior. Sería un edificio construido a finales del siglo XIII o incluso ya en el XIV. Y ello por varias razones. Una es la datación tardía, documentada, de los monumentos románicos alcarreños (el templo mayor de Cifuentes, cercano y al norte de este de Villaescusa, es obra probada de hacia 1260). Otra es ese adorno de bolas puesto en el arco externo de la portada, que se ofrece clásicamente en las obras góticas de los siglos XIV y XV en toda Castilla. Incluso la moldura simple de la ventana central del ábside, y las basamentas de las semicolumnas del mismo, son elementos ornamentales de simplicidad y elegancia acordes con tiempos más modernos. Es una obra esta de Villaescusa de Palositos indudablemente románica, que no en otro estilo puede incluirse, pero de una construcción muy tardía. Más incluso de lo que aquí nos atrevemos a apuntar.

En las piedras bien talladas del ábside se ven tallados múltiples signos lapidarios o «marcas de cantería» propias de los diversos canteros que las hicieron. Dos signos solamente, aunque muy repetidos, se ven en este templo. Una «a» mayúscula gótica, y una cruz simple.

Ni que decir tiene que la iglesia románica de Villaescusa, que aquí presentamos con carácter de primicia a incluir en el catálogo, tan numeroso y denso, del románico alcarreño, está vacía de todo adorno, cubierto su pavimento de varios centímetros de excrementos de oveja, y en su interior un hálito biológico que nos transporta a los días de la Creación, de puro auténtico.

De todos modos, recomiendo a mis lectores vivamente el viaje hasta este abandonado y mágico enclave de la Alcarria. A una altura de casi 1.100 metros sobre el nivel del mar, envuelto por el espectacular silencio del campo primigenio, después de este paseo no les quedará ni asomo de duda para escoger una frase que con cierto gancho publicitario, resuma la peripecia: «Guadalajara: toda una aventura». Porque llegar hasta Villaescusa de Palositos, y volver para contarlo, no admite otro epílogo que este farde.