Carabias, el románico incomparable

viernes, 12 enero 1990 0 Por Herrera Casado

 

Si al viajero le preguntan hoy por el lugar donde dejó su corazón un día, responderá sin duda que fue Carabias, una especie de fin del mundo frío y solitario, brillante y húmedo, donde la vida reclama su ancestral valor, y las horas tienen la dimensión justa de esa vida. Sin definición posible, en Carabias existe y existirá siempre el más cierto pálpito de la felicidad: será por la mañana; habrá helado y la escarcha cubrirá, con su costra de diminutas perlas, la hierba y el musgo de los rincones; saltarán las urracas con su resorte no ensayado; alguna mujer enfundada en viejas telas se acercará a la fuente a por agua; y en el centro surgirá, con el tono rojizo de la piedra arenisca, la iglesia parroquial, que muda dictará su larga conseja de siglos.

Cuando alguien quiera ver, palpar incluso, la solemne belleza del arte románico rural de Guadalajara, debe desplazarse hasta Carabias. Está algo más allá de Palazuelos, la otra vieja ciudad amurallada del marqués de Santillana. Derramada sobre la pendiente izquierda que abriga el valle del río Salado, la villa de Carabias tiene hoy un escaso caserío, un fontanar rumoroso, y un templo cristiano que fue construido, en la parte baja, hacia el siglo XIII. A pesar de las reformas de posteriores centurias, ha conservado su primitivo aspecto, y puede ser calificado sin hipérbole de pieza única de la arquitectura medieval de nuestra tierra.

Esa etiqueta le viene de su estructura singular. El templo propiamente dicho consta de una sola nave. Alta, cubierta de bóveda falsa de escayola que se viene abajo de un momento a otro, tiene un presbiterio elevado y algunos altarcillos barrocos en los que San Sebastián, San Antonio y un triste Cristo meditan su abandono. Bajo la tribuna del coro, a media luz, se entrevé la antigua pila bautismal, como un enorme fósil con formas de venera. Al exterior, una torre muy antigua cobija las campanas (y alguna que otra paloma) en el ángulo sureste del edificio. Y por fin, el pórtico o atrio, que es lo verdaderamente singular de este monumento, y que, caso único en toda la provincia, tiene muros abiertos (los tuvo en su origen, al menos) a los cuatro puntos cardinales.

El templo parroquial de Carabias fue dotado de una galería porticada que le rodeaba por mediodía y poniente. Pero que tenía también acceso por levante y algún vano abierto al norte. De ahí la anterior aseveración de ser la única iglesia románica de nuestra tierra que posee galería con muros orientados a los cuatro puntos de la esfera terrestre. La parte más amplia y hoy conservada de esta galería es la del sur. Dos bloques de siete arcos cada uno, separados por un grueso pilastrón, se sostienen por sus respectivos pares de columnas de canon muy alargado, y rematadas en parejas de capiteles, todos ellos con elegante decoración vegetal. No tenía acceso la galería por este lado. A levante sí, a través de un arco en el que remataba esta galería, y que hoy se ve tapiado e incluido (dentro de un abandonado cuartucho) en el muro de la torre.

Por el lado de poniente, la galería continúa con su sucesión de arcos y columnas: en el centro de ella se abría la puerta más principal a la galería. Y a sus lados, tres arcos también sujetos de columnas y capiteles parejos. Finalmente, al norte se abrían un par de arcos completando ese abierto y airoso y alegre y feliz atrio en el que, el viajero se imagina sin gran esfuerzo, se reunirían al mediodía de los domingos, allá en los pasados siglos, las gentes del lugar.

Al templo se entra, desde el lado meridional del atrio, a través de una puerta de sencilla hermosura: es un vano cobijado de arcos semicirculares en el que surgen dos arquivoltas y un dintel arqueado. Se adornan de baquetones y algunos trazos geométricos. Y a su vez se apoyan en columnas rematadas por capiteles ya muy destrozados, pero en los que aún se adivina alguna forma humana. Los mejores capiteles son, sin duda, los de la galería porticada: muy parecidos a los de las iglesias (próximas entre sí) de Pozancos y Sauca, y sin duda copiados de los elementos iconográficos de los templos seguntinos (San Vicente, Santiago, la Catedral…), a su vez heredados de formas francesas, narbonenses y rosellonesas. Algunas formas del templo de Carabias van junto a estas líneas. Son apuntes tomados sobre el terreno, esquemas surgidos de la mano fría y el corazón contento.

El peregrinaje mañanero e invernal por los pueblos de Guadalajara tiene siempre su recompensa. Unas veces es la aparición de un monasterio entre la niebla; otras es la gran plaza donde un Ayuntamiento restaurado concita añoranzas; y aun la ermita barroca y aislada puede entregar el favor divino de la sonrisa franca. Esta vez ha sido la iglesia románica de Carabias, un lugar al que todos deberíamos ir, al menos, una vez en la vida. Porque es el lugar idóneo para enterrarla.